Hasta aquí lo reprobable. Y ahora vienen las matizaciones: pues con estupor descubro que quienes defienden la traducción que yo propuse, se quedan agarrados férreamente a esa frase, como si en ella se condensase toda la moraleja del libro: según esta lectura, en el Madrid republicano se habrían cometido muchos crímenes, pero Schlayer afirma que Carrillo y los grandes dirigentes políticos del momento no supieron nada. Aquí hay un debate sobre esto. Así que me veo obligado a matizar: ciertamente Schlayer dice en ese momento que le pareció posible que Carrillo no supiera nada, pero en el relato inmediatamente posterior el autor va volviéndose escéptico respecto a su impresión inicial. Nada más decir que le pareció posible que Santiago Carrillo no supiera nada, continúa: "Pero incluso en esa noche y al día siguiente, se continuó con la deportación desde las prisiones, sin que Miaja o Carrillo se esforzaran por hacer algo. Y esta vez no tenían la excusa de no saber nada, pues ya habían sido informados por nosotros" (p. 140). Así pues, todo el libro pone en cuestión el tan cacareado espíritu democrático de los líderes republicanos, sugiere la absoluta despreocupación del gobierno, cuando no su implicación directa, relata crímenes concretos de las organizaciones obreras contra civiles considerados "burgueses" (secuestros, robos, asesinatos, asaltos a embajadas extranjeras...), presenta una versión desconocida de la Pasionaria al poner en su boca que la solución al problema político era "que una mitad de España extermine a la otra" (p. 244), lamenta la inexistencia en España de una clase media realmente democrática, etc., etc. No es, por tanto, necesario ni justo deformar las frases del libro para hacerse una imagen desmitificada de los últimos años de la Segunda República. Lo necesario y justo para nosotros es leer el relato de Schlayer con la dosis precisa de interés y espíritu crítico: es una parte fundamental de nuestra memoria histórica.