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domingo, 4 de enero de 2009

Esbozo de una teoría etnocentrista

Premisa: las estructuras simbólicas y religiosas de los pueblos son las que guían su organización social, política y económica. Justificación: el hombre no sabe naturalmente qué es el mundo ni cómo debe comportarse ante él y con los otros hombres. Luego debe inventarlo todo: su comprensión, su representación de la realidad, sus formas de acción. Esa tarea la lleva a cabo el pensamiento en su fase más elemental (simbólico-religiosa), configurando esquemas básicos que luego se desarrollan.

Cuando contemplamos horrorizados la ruina económica y social de pueblos enteros de la tierra, antes de apresurarnos a entonar el incesante mea culpa heredado del complejo postcolonialista, deberíamos preguntar qué tipo de pensamiento domina esas sociedades y está encargado de su organización. El animismo y el misticismo fideísta generan miseria. Luego son falsos. Sólo la conciencia de la libertad, que es atributo de las estructuras de pensamiento cristianas, genera prosperidad. Luego la libertad es verdadera. Cada vez que reaparece el tedioso debate acerca de las raíces de Europa, se obvia de una manera preocupante que la racionalidad tecnológica y la moralidad universalista son un producto histórico de las formas de representación cristianas y que no son pensables al margen de éstas. Sus productos culturales no se exportan sin un sólido instinto anti-multiculturalista. Mientras lo olvidamos, Occidente se convierte en el laboratorio de todos las aberraciones intelectuales que hoy día se le enfrentan de tú a tú: no hay radical bolivariano ni fanático yihadista que no hay recibido del pensamiento europeo las herramientas intelectuales con las que bendice su guerra contra Occidente.

Pero, en fin, la constatación más obvia del paradójico y ridículo destino del relativismo cultural es el hecho de que, en su guerra contra las perversiones de la sociedad liberal, ni los bolivarianos usan cerbatanas amazónicas ni los yihadistas la gumía. Y es que, mientras se pone en duda la supremacía política, intelectual y moral de Occidente, nadie duda de la del AK-47.