Mostrando entradas con la etiqueta visión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta visión. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de diciembre de 2008

Elogio de la contemplación

Mis alumnos del instituto no quieren para su viaje de fin de curso ningún destino donde haya cosas “que ver”. Realmente la saturación estética de los medios ha traído consigo que la visión agote, y que agote hasta tal punto que las técnicas publicitarias tengan que afinarse cada vez más para evitarlo. A los más jóvenes no impresionan especialmente las pirámides ni las cataratas del Niágara, así que mucho menos la Catedral de Burgos o las Meninas de Velázquez. Pero hubo un tiempo en que la visión era algo tan placentero que San Agustín llegó a otorgarle una categoría especialísima de pecado: la “concupiscentia oculorum”, el momento en que la belleza de una cosa nos hace esclavos de ella.

Contemplar es el último reducto de una piedad primigenia. En la contemplación celebramos el hecho puro y gratuito de que las cosas sean, y de que sean como son y no de otra manera. No hay relación más sincera, más noble, más desinteresada, más amorosa con el mundo. Vueltos hacia el brillo mágico de las cosas, detenemos la espiral rutinaria de la utilización, del consumo, del dominio. Todo lo contrario de la cultura de la imagen en que vivimos, donde la belleza es siempre sierva de un deseo que ella nunca puede satisfacer. Por eso en la publicidad toda belleza implica dolor, frustración y lejanía. Pero al otro lado de la pantalla, todo es distinto. Por ejemplo, en este atardecer del invierno manchego, donde crepita un cielo entrecortado por las nubes, y bajo cuyas llamas los hombres tiritamos, igual que pajarillos hambrientos, con las bocas abiertas ante el Misterio.