lunes, 19 de octubre de 2015

La nueva política en la barra del bar

Ayer, mientras mi pueblo entero festejaba una romería que había sido cancelada por la lluvia, yo me tragué el debate entre Iglesias y Rivera organizado por Jordi Évole en La Sexta. El programa comenzaba con el small talk de Pablo y Albert en el asiento de atrás de un coche. Llegan a Nou Barris y, por la calle, un señor mira al líder de Podemos con cara de adoración: "Usted es Pablo Iglesias, ¿verdad?". A Rivera no le dice ni hola, así que el pobre se echa a un lado y todos pensamos que se han topado con un votante de Podemos. Hablan unos segundos y cuando se van a despedir, Évole le pregunta al señor: "bueno, ¿y usted a quién ha votado?". Entonces el señor confiesa haber votado PSOE en las municipales, luego señala con el dedo a Rivera como si fuera el hijo de la vecina y dice: "En las autonómicas, a Ciudadanos". Y sigue mirando a Iglesias con cara de alucinado. Me pareció tan genial que es el detalle que mejor recuerdo de la entrevista.

Bien. Los tres se van a un bar y, nada más entrar, la dueña se queja de que ningún candidato se pasa por Nou Barris. Y este primer detalle, esta estética ya dice algo de lo que está pasando, a pesar de que el eslogan de la nueva política se repita como un mantra hasta el punto de que la saturación nos empuje a dudar de él. Algún tuitero bromeaba ayer con que a la entrevista solo le faltaba un tío saliendo de cagar del baño. En España, el pueblo son los bares. Allí se escuchan las quejas, las preocupaciones, las opiniones de la gente. Dos políticos y un periodista tomando café con leche en un bar de barrio es una escenografía distinta, radicalmente nueva, a la que representa ese político asomado a un plasma para responder preguntas previamente dadas a los periodistas. Solo hacía falta tratar de imaginar allí las figuras artificiosas de Rajoy y Sánchez para entender que estábamos en otra dimensión.

El contenido: flojo en mi opinión, muy del gusto del formato televisivo. Faltó completamente la cuestión ecológica, al parecer irrelevante para la política actual. De dos temas tan importantes como la educación y la sanidad solo se dijo lo que alimenta la polémica mediática: la segregación por sexos en los colegios, en cuanto a lo primero, y la atención sanitaria a los inmigrantes, en cuanto a lo segundo. Dos asuntos que, mirados con atención, rozan lo irrelevante. Ambos líderes son hábiles y usan cualquier detalle para barrer para casa. Pero Rivera estuvo mucho más ágil: lo tiene más claro, explica mejor las propuestas del partido y se evidenció como un candidato a la altura de La Moncloa. Iglesias vaciló, no pudo concretar, diluyó propuestas iniciales en mera declaración de intenciones, regulativas, como las ideas de la razón de Kant. Propuso cosas que le van a quitar mucho apoyo a nivel nacional (como el acercamiento de presos de ETA, la celebración de un referéndum en Cataluña y la excarcelación de Otegi). Pero incluso en ellas hay que reconocer la honestidad de un político que afirma y explica aquello que cree bueno para su país, sin rodeos ni concesiones a la ambigüedad. Rivera hace lo mismo con temas económicos: le gustaría -dice- un salario mínimo más alto o una jubilación temprana, pero lo ve imposible en las condiciones demográficas y económicas actuales. Las malas noticias hay que explicarlas con honestidad: la gente lo entiende y lo valora.

La diferencia entre nueva y vieja política se ve especialmente al contrastarla con el nivel de la mesa de El Objetivo, que tiene lugar justo después de la entrevista. Allí Pablo Casado (PP) se ríe, con esa ironía cansina y falsa de los políticos profesionales, por las coincidencias entre Iglesias y Rivera. La estrategia es espantar a los votantes del PP de una posible huida a Ciudadanos. Y no entiende que a los ciudadanos que no adoramos a nuestros partidos como sectas, esas coincidencias nos parece que van en la buena dirección: la de que partidos tan distintos puedan ponerse de acuerdo en la regeneración institucional del país. Pero no solo: Casado también ironiza con el hecho de que ambos candidatos reconocieran haber pagado en alguna ocasión en negro. Entonces uno, como telespectador, contempla atónito cómo este Pablo Casado, representante del partido de la mentira, el expolio y la corrupción generalizada, se pone moralista porque ambos líderes declaren haber pagado en su vida alguna cosa en negro. Y luego está Adriana Lastra, la representante del PSOE, que usa su condición de mujer para pedir que no la interrumpan (!) y que se enfada con Íñigo Errejón porque el hombre mueve las cejas cuando ella habla.

Bien. En una sociedad en la que, como decía Erich Fromm, se ha perdido la gran esperanza en la política, quizá lo nuevo de la nueva política consista en que ya no nos mueva un gran sentimiento al que entregar el corazón, sino un compromiso sosegado con las buenas ideas. Quizá sea el momento, no de grandes revoluciones, sino de grandes consensos, de reformas surgidas de una puesta en común que, según todos los sondeos, va a ser inevitable. Al hilo de la entrevista pensaba, precisamente, que la Constitución Española no fue más que el resultado de múltiples renuncias. La renuncia a lo propio en atención a lo de todos. Esto a veces se olvida. La gran esperanza se diluye entonces en una confianza razonable: la de que es posible mejorar ciertas cosas. No conquistar el cielo, pero sí mejorar la tierra. Sin sectarismos ni certezas absolutas. Al terminar la entrevista, me acordé del personaje que apareció al principio: el pueblo español se parece mucho a ese señor que pasea por las calles de Nou Barris, vota PSOE en las municipales, Ciudadanos en las autonómicas y mira con simpatía a Pablo Iglesias. Que a la nueva política no se le olvide.

lunes, 12 de octubre de 2015

Día de la Hispanidad

Decía Spinoza que nadie sabe cuánto puede un cuerpo. De la misma manera, uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la ignorancia fanática de este país. La ignorancia, bastante universal, es el desconocimiento de la realidad de la que se habla. El toque fanático, típicamente hispano, lo aporta esa seguridad con que hablamos, sea desde el púlpito eclesiástico o desde la tribuna de la red social. La última ocurrencia de la ignorancia fanática hispana es el rechazo al Día de la Hispanidad. El argumento es que celebramos el inicio de un proceso de colonización violento. Entonces se ignora, supongo, que la herencia latina o árabe -de las que hoy nos sentimos tan orgullosos- fueron resultado de la invasión militar llevada a cabo por pueblos que en un momento concreto de la historia alcanzaron la hegemonía política en cierta zona del mundo. Nadie se escandaliza de que los franceses conmemoren el día de la Toma de la Bastilla, hecho que dio lugar a un período revolucionario en el que rodaron cabezas a diestro y siniestro y que culminó con la ocupación militar de media Europa. Solo hay que entender la letra de la Marsellesa para hacerse una idea de lo violenta y cruel que es la historia del surgimiento de una nación. Allí, en Francia, hay columnas y plazas dedicadas al golpista Napoleón de la misma manera que la República Italiana está plagada de estatuas y calles en honor del rey Víctor Manuel. Tampoco es frecuente escuchar reproches al hecho de que la conquista del Oeste, la creación misma de EEUU como nación, fuera realizada por medio de un exterminio tal de los pueblos amerindios que apenas quedan hoy de ellos más que unas cuantas reservas donde malviven, subadaptados a la sociedad surgida de la colonización. Por supuesto, tampoco se escucha la obviedad de que lo celebrado hoy es el día de la llegada a América, no las barbaridades que unos u otros pudieran cometer desde entonces. También se ignora -y de ahí el enfado fanático desde el que se habla- que esos pueblos conquistados fueron a su vez pueblos conquistadores: que los aztecas, por ejemplo, oprimían a los pueblos anteriores a su llegada o que hacían espantosos sacrificios humanos a sus dioses. Que en la llamada Colonización española intervinieron también pueblos americanos, aliados ocasionales de los españoles para librarse de viejas tiranías. Se olvida que fue un fraile español, Fray Bartolomé de las Casas, quien inició un proceso de defensa de los derechos de los indios de tal envergadura que es considerado por muchos politólogos como el nacimiento del Derecho Internacional: fue Carlos I de España quien promulgó en 1542 las Leyes Nuevas que prohibían expresamente la esclavitud de los indios americanos y que son el primer documento legal inventado en la historia para proteger a los habitantes de los territorios colonizados. En fin: a mí me pasa, como a Paco Ibáñez traduciendo a Brassens, que "cuando la fiesta nacional / yo me quedo en la cama igual / que la música militar / nunca me supo levantar". Pero una cosa es no tener emociones excesivamente patrióticas y otra muy distinta es encubrir el resentimiento en toda una mitología al servicio de la estupidez.

domingo, 16 de agosto de 2015

Juan Espadas y la Virgen de los Reyes (un apunte sobre Estado y religión)

Ayer se celebró la fiesta de la Asunción de María, que en Sevilla se venera en la advocación de la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, ese día la imagen sale en procesión. El nuevo alcalde, el socialista Juan Espadas -que gobierna gracias a IU y la marca de Podemos en Sevilla- decidió limitar la presencia voluntaria de representantes del Ayuntamiento a dos concejales por cada partido. La jugada, políticamente hablando, no es mala, aunque se le ve el plumero: contenta a sus apoyos con un mal gesto hacia el establishment religioso de la ciudad, pero sin ser tan radical como para enfadar a los suyos y al pueblo sevillano, poco receptivo con los políticos que meten las manos en el folclore religioso de la ciudad, como pudo comprobar Teresa Rodríguez [me corrigen: fue Begoña Gutiérrez] cuando se le ocurrió mencionar el tema de la Semana Santa. Y por si fuera poco, como sus apoyos no van a estas cosas, Espadas se hubiera visto en un acto multitudinario abandonado por los suyos y rodeado de concejales de la oposición. Bien por ti, Juan. La jugada fue buena y, de todas formas, la Virgen salió con normalidad y la gente la disfrutó sin estar muy pendiente de cuántos concejales la acompañaban. Lo interesante del hecho es la discusión que ha provocado en torno a la presencia de los políticos en los actos religiosos y el consiguiente debate sobre laicismo y aconfesionalidad en España que se repite periódicamente al hilo de este tipo de noticias. Y es este asunto el que querría comentar.

Lo primero que hay que tener en cuenta, en el debate sobre aconfesionalidad, es el origen histórico del problema. La reflexión sobre la separación Iglesia-Estado es muy antigua: es célebre el texto del franciscano Guillermo de Ockham Sobre el gobierno tiránico del Papa. Allí, Ockham explica que el derecho y el poder político de los gobernantes existieron antes de la institución de la Iglesia y que, por tanto, su legitimidad emana de una fuente distinta a la propia Iglesia. La cuestión se vuelve verdaderamente candente entre los siglos XVII y XVIII, precisamente en el contexto de las guerras de religión europeas. Desde comienzos de la modernidad y con la aparición de las reformas protestantes, la religión se había convertido en un instrumento de identidad nacional, de tal manera que una confesión religiosa "equivocada" podía fácilmente equipararse a un acto de traición y llevarte a perder la cabeza. Todo el mundo conoce el caso de Tomás Moro o el de John Fisher, condenados por no reconocer el Acta de Supremacía que hacía de Enrique VIII cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Para evitar este tipo de guerras y la falta de libertad religiosa en las naciones europeas, Locke realiza una reflexión -inspiradora de la Constitución americana, por cierto- que incluye argumentos para separar la Iglesia (en cuanto comunidad libre de hombres que practican un culto común) del Estado (comunidad igualmente libre dedicada al cuidado de los asuntos mundanos). Hay un texto muy famoso que resume bien esto. Dice así: "No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en el Cristianismo a causa de la religión. La cabeza y los jefes de la Iglesia (...) han levantado, en contra de lo que dice el Evangelio y la caridad, a las autoridades y a las masas en contra de los que tienen ideas diferentes en religión, predicando que los cismáticos y los herejes debe ser expoliados de sus posesiones y destruidos. Y así han mezclado y confundido dos cosas que son en sí mismas completamente diferentes, la Iglesia y el Estado".

Por tanto, históricamente hablando, el principio ideológico de la aconfesionalidad tiene que ver con la exigencia de respecto a la libertad de conciencia. Nada más y nada menos. Por eso la obra donde Locke trata este tema se llama Tratado sobre la tolerancia. En España, este principio está perfectamente recogido en la Constitución y de un modo que, desde mi punto de vista, es más perfecto que el de las constituciones de algunos estados europeos. Los laicistas siempre ponen de ejemplo el caso francés. Craso error, pues allí mismo hay ya una reflexión sobre el carácter liberticida de un laicismo que impone la invisibilización de la vida religiosa en el espacio público. Gracias al modo como la Constitución Española tematiza el carácter aconfesional del Estado, no tenemos los problemas que tiene Francia respecto, por ejemplo, al uso de símbolos religiosos en las escuelas. El artículo 16 dice que “se garantiza la libertad religiosa y de culto. [...] Ninguna confesión tendrá carácter estatal" y en 16.3 se explica que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones". En el curso de la tramitación de la Ley Fundamental, allá por el año 1978, fue el propio Santiago Carrillo -no sospechoso de clericalismo- quien explicó: "No hay ninguna confesionalidad solapada. Lo que hay, me parece, de una manera muy sencilla, es el reconocimiento de que en este país la Iglesia católica, por su peso tradicional, no tiene en cuanto fuerza social ningún parangón con otras confesiones igualmente respetables, y nosotros, precisamente para no resucitar la cuestión religiosa, precisamente para mantener ese tema en sus justos límites, hemos aceptado que se cite a la Iglesia católica y a otras confesiones en un plano de igualdad". Más claro, imposible.


En todo este debate hay varias confusiones. La más básica, me parece, es que hay un aspecto interior de la religión y un aspecto exterior que deben ser diferenciados, aun cuando ambos estén relacionados de una manera compleja. El aspecto interior no concierne al Estado: tiene que ver con las creencias y los dogmas de cada credo. Pero la dimensión social de la religión no puede dejarse de lado, precisamente por ser parte de la realidad humana que constituye la sociedad en que vivimos. En este plano, la religión debe estar al mismo nivel, al menos, que los teatros, los acontecimientos deportivos, las asociaciones vecinales, la Feria, el carril bici y la fiesta de la primavera. Es una confusión también pensar que lo público es lo de todos: no todo el mundo va al teatro ni usa el carril bici ni va a las piscinas municipales. Público es lo que hace la gente, lo que la gente quiere y practica. Y la religión debería ser para un político eso: una cosa que la gente (alguna gente, mucha gente) hace. Como tal, por supuesto que deben estar presentes los representantes de la ciudadanía en las manifestaciones religiosas de la ciudad. Lo que no puede ocurrir, en virtud del principio de aconfesionalidad, es que el rey se proclame cabeza de la Iglesia nacional ni que se prohíban libros por ser contrarios a una confesión consagrada por el Estado. Pero no es el caso. Hablamos de representantes públicos en prácticas públicas. Ocurre que hay quienes hacen de la política un medio para buscar problemas donde no los hay, mirar cada detalle de la realidad humana con el ojo de una moral irascible e inquisitorial: son estos quienes hacen verdad una frase que escuché en cierta ocasión a un amigo: "lamentablemente, ser de izquierdas se está convirtiendo, para algunos, en estar todo el día enfadado por cualquier cosa".

miércoles, 1 de julio de 2015

Grecia, Rousseau y la superstición plebiscitaria


En este mundo nuestro, mediático y apresurado, ciertas ideas se imponen por lo obvio de su apariencia inmediata, a pesar de que se desmoronarían en cuanto uno abordase el más básico análisis de sus consecuencias. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la idea de democracia. Se ha impuesto la creencia de que la democracia consiste en que la gente decida sobre todo lo posible. En consecuencia, el acto de votar deja de ser una herramienta de control democrático y se convierte en una actividad totémica, una especie de liturgia incuestionable a través de la cual se manifiesta la voluntad del Bien en la Tierra: tal es la superstición plebiscitaria. Mientras que, por norma general, todo el mundo acepta que los puentes deben ser construidos por arquitectos e ingenieros y que las personas deben ser curadas por médicos, hay quienes se niegan a aceptar que una sociedad necesita un tipo específico de expertos. La gente no tiene por qué decidir continuamente y, por lo general, no sabe hacerlo. De la misma manera que no le decimos al mecánico cómo tiene que arreglar el coche sino que simplemente esperamos que lo repare a cambio de dinero, los ciudadanos democráticos queremos que nuestros representantes -a quienes hemos elegido por su ideología, por su perfil técnico o por un discurso y una imagen inspiradores- resuelvan los problemas propios de su profesión. Así que hacer votar, por ejemplo, al pueblo griego sobre un acuerdo económico cuyas implicaciones son imposibles de valorar por la mayoría de la gente no es un gesto democrático, sino un acto de mala fe política y una dejación de la responsabilidad ejecutiva. Y ya que estamos en Grecia: fue Pericles, en su famoso discurso transmitido por Tucídides, quien explicó que la democracia no era solo el gobierno de la mayoría, sino la igualdad ante la ley, la preeminencia del mérito sobre el linaje, la prosperidad comercial, la representación... Siglos más tarde, el gran padre intelectual de nuestras democracias lo resumió en unas líneas transparentes: “en pocas palabras, el orden mejor y más natural es aquel en el que los más sabios gobiernan a la multitud, cuando se está seguro que la gobernarán en provecho de ella y no del suyo particular; no hay que multiplicar inútilmente la competencias ni hacer con veinte mil hombres lo que pueden hacer todavía mejor cien hombres escogidos” (Rousseau, El Contrato Social, III, 5).

lunes, 11 de mayo de 2015

Ganar el centro

Los seres humanos tenemos tendencia a identificarnos con etiquetas, símbolos, discursos. Es la manera en que construimos nuestra identidad y sabemos quiénes somos. Lo que sentimos es más importante que lo que pensamos, porque se actúa desde el sentimiento, no desde la razón. Hablando del posicionamiento de Ciudadanos en el espectro político, me preguntaron el otro día cuántas personas conozco que son de centro. Y la cuestión depende, en este sentido, del lugar desde donde se quiera responder: desde la razón, casi todo el mundo; desde el sentimiento, casi nadie. Es decir, la gente, cuando piensa, es de centro; cuando siente, vuelve a la polaridad. Por eso -a pesar del cacareado fin del bipartidismo- hay tantos que íntimamente desean poder votar a los de siempre y, si no lo hacen, es porque estos lo ponen muy difícil. Allí, en los de siempre, se encuentra un imaginario sólido (azul-rojo, derecha-izquierda, progresismo-conservadurismo, etc.) que atrae o repele. La gente, así en general, es de centro: piensa que el libre mercado es el sistema económico natural, basado en el derecho a la propiedad privada y en la libre iniciativa individual, pero también espera que el Estado sea capaz de corregir las desigualdades insoportables que ese sistema, eventualmente, pueda producir. En ciertas cuestiones sociales pasa algo parecido: la mayoría de la gente está tan lejos de considerar que cualquier aborto es un infanticidio como de pensar que se trata de un simple derecho sobre el propio cuerpo. Y si no piensan esto desde un punto de vista moral, entienden al menos, desde un punto de vista político, que la legislación debe cubrir un espacio de compromiso entre posturas irreconciliables. Hay quienes piensan que la moderación es indefinición y que el término medio es el resultado de la debilidad, como si hubiera que elegir entre ser caníbal y practicar el veganismo. Por supuesto, es justo lo contrario: las posiciones extremas y fanáticas suelen servir de compensación a quienes se sienten inseguros ante una realidad compleja en la que las cosas nunca son blancas o negras. El viejo Tales, casi con toda seguridad el filósofo más antiguo de occidente, ya lo vio claro: "sea tu oráculo la mesura". El reto consiste ahora en trasladar al corazón lo que ya está en la cabeza de la gente, transformar en esperanza la opinión y darle a las ideas mayoritarias de la sociedad un soporte discursivo, emotivo e ideológico: una mitología de la centralidad política.

sábado, 2 de mayo de 2015

Envenenando el pozo

Hace una bonita mañana. La primavera se asienta y, con ella, la luz y el calor crecen escalando las horas del día como una enredadera. Los pájaros cantan junto a mi ventana mientras termino el desayuno y echo un vistazo a las redes sociales. De pronto, sobresalto: los tuiteros hablan, histéricos, del pacto PSOE-Ciudadanos en Andalucía, así que corro a los periódicos a enterarme de los detalles. Y allí están, en efecto, los detalles: Ciudadanos se sienta a negociar después de que Susana Díaz haya aceptado sus condiciones iniciales. Por lo tanto, no hay pacto alguno (de momento) y Twitter, una vez más, actúa como un pirómano corriendo por un pastizal seco. Los opinólogos y chismólogos necesitan ese incendio, porque el pensamiento es aburrido y la paciencia, una virtud medieval, mientras que ellos viven de un ingenio falaz que se siente cómodo en la polémica.

Ciudadanos no ha llegado a ser lo que es únicamente por sus propuestas económicas o sociales o educativas. Ciudadanos es lo que es por haber sabido recoger el descontento social de los últimos años (que parecía absorbido por el radicalismo) y darle una dirección moderada, liberal y progresista. Su defensa de la igualdad constitucional, de la integridad de la nación, de la dignidad de las instituciones democráticas y de una forma más noble de hacer política es su verdadera fuerza. Todo lo demás se encuentra -a ojos del electorado- en un mar de niebla. ¿Qué regeneración política podría prometer si, una vez aceptadas sus condiciones, se negase a negociar para no ensuciar su propia imagen? ¿Esa es la nueva política? Ciudadanos no está donde está para practicar la kale borroka parlamentaria: está para forzar acuerdos donde se abran cauces para la regeneración institucional, aunque tenga que ser -si así fuera finalmente- con Susana Díaz (a la que, por cierto, han votado -nos guste o no- la mayoría de los andaluces). La dignidad política consiste precisamente aquí en poner la ética democrática por encima de las filias y las fobias partidistas. En el parlamento de Andalucía hay lo que hay: lo que han elegido los andaluces, ni más ni menos. Y ahora toca hacer política. Sería lamentable que Ciudadanos apoyara a sus adversarios políticos dándoles carta blanca para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, pero el fin del bipartidismo implica necesariamente -como ya ocurrió en la Transición- llegar a acuerdos razonables en los que todos cedan parte de sus posiciones. Lo decisivo aquí no es el pacto mismo, sino su contenido. Deberían saberlo quienes se dedican a envenenar el pozo antes de que nadie saque agua de él.

lunes, 30 de marzo de 2015

Ser nazareno en Sevilla

A veces, alguna gente me pregunta por qué salgo de nazareno. Mis alumnos, sin ir más lejos, dicen que no me pega nada, que tengo "cara de ateo". No sé cómo os deja eso a los ateos, la verdad. El caso es que ayer me puse a darle vueltas hasta que comprendí que no había ninguna razón, es decir, que no tenía ningún "motivo" para hacerlo en el sentido de una decisión meditada en torno a un fin. Hay en mi casa una vieja foto en la que mi hermano y yo sostenemos una vara de las que se da a los niños porque los cirios les pesan demasiado. Mis padres, jovencísimos, sin una cana aún, detrás de nosotros. Desde entonces, durante casi treinta años, repetimos el mismo rito: vestirnos con la túnica blanca y el antifaz azul, ceñirnos el cíngulo y colgarnos la medalla, comer en casa de mi abuela el guiso de patatas con carne -todos esos años, sin una sola excepción mientras vivió, el mismo plato- y luego caminar por Pagés del Corro, desde la casa de abuela, donde mis primos y yo jugábamos con los cazos de la cocina, muy cerca de la iglesia donde me bautizaron. Año tras año, en un ciclo idéntico, como las estaciones y las mareas. Porque, a pesar de lo que vende la ideología de nuestro tiempo, la mayoría de las cosas importantes de la vida no son fruto de decisiones. Simplemente nos encontramos en ellas, arrojados, como decía Heidegger, en un mundo que es más grande y más antiguo que nosotros. Como la patria, como la lengua, como los padres. Ayer, una vez más, acompañé a María Santísima de la Estrella hasta su capilla. Es el primer año que lo hago solo. Pero mi padre y mi hermano siempre estarán junto a mí en ese camino que huele a cirio y a incienso y a azahar. Todos los años alguien me dice "reza por mí". Yo no sé qué caso harán en el Cielo a un patán por muy vestido de nazareno que vaya. Pero yo lo hago, por si acaso, y todo el camino me acompañan aquellos a quienes quiero y lo están pasando mal. Así que, sin ningún motivo, cuando entro en la capilla me emociono. Desde allí nos observa -esto es un privilegio de los católicos- un Dios hecho madera y, sin ningún motivo explicable, esa emoción antigua me acompaña cuando vuelvo a casa por las calles, ya silenciosas y vacías, de Triana.