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viernes, 15 de septiembre de 2017

Otegi en Cataluña

Como si el ruido permanente de los secesionistas catalanes no fuera ya suficientemente insufrible de por sí, como si no fuera suficientemente humillante la montaña diaria de mentiras, falacias, descalificaciones y desplantes, ahora se les ha ocurrido traer a Arnaldo Otegi para convertirlo en un icono de la causa catalanista. Un tipo que estuvo en prisión por secuestro y pertenencia a organización terrorista. Un tipo que, el 14 de julio de 1997, se negó a participar en la condena del asesinato de Miguel Ángel Blanco, a quien ETA había ejecutado de un tiro en la nuca ignorando una movilización ciudadana sin precedentes. Un tipo que, en 2002, cuando ETA mató a una niña de seis años, Silvia Martínez Santiago, salió a explicar cómo era necesario “racionalizar el conflicto” y las circunstancias que hacían posible que ocurrieran “dolorosos sucesos” como aquel, para inmediatamente culpar a Aznar de lo ocurrido. (¿No suena reciente esto de culpar al presidente del gobierno de lo que hace un grupo de terroristas fanáticos?). Un tipo que, cuando ETA mató (son tantos ya) a López de Lacalle, periodista, fundador de CCOO y un referente en la lucha por las libertades, lo único que alcanzó a comentar fue que el atentado ponía sobre la mesa “el papel de los medios de comunicación en Euskal Herria”.
Este es el tipo y es conocido por todos. En realidad, lo cuento porque tal vez haya quien me lea y no conozca aquella parte -tan reciente que casi es presente- de la historia de España. Yo no soy ningún sabio ni un experto en política, pero he leído a Marcuse, a Horkheimer, a Benjamin, a muchos de los que lucharon en Europa contra el fascismo cuando el fascismo no era una palabra que usan los niñatos para desprestigiar el sistema que los mantiene con vida y libres. ETA y su mundo han sido lo más parecido que ha habido, ya en una España constitucional, al totalitarismo genocida europeo de los años 30 y 40.
El otro día, el símbolo de aquel totalitarismo todavía invicto, fue a la televisión pública catalana para mofarse de Albert Rivera, tras abrazarse y hacerse selfies con simpatizantes independentistas por las calles de Barcelona. Siendo lo menos malo que ha hecho en su vida, me pregunto cómo hemos llegado a este estado miserable de impunidad y olvido. Ese estado que nos ha llevado a presenciar marchas nocturnas con antorchas, quema de banderas, homenaje a terroristas, acoso a partidos de la oposición, y que no es más que la consecuencia de una renuncia al ejercicio del poder nacional y al dominio del discurso político. Y, aunque no tengo muchos motivos para la esperanza, todavía deseo que, con la misma higiene democrática con que se ilegalizó y desmontó el entramado político que hacía posible la supervivencia de ETA, se ponga fin al golpe de Estado en Cataluña y toda la inmundicia moral que lo rodea.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Elogio y refutación del humor

La escena es bien conocida: Un monje llamado Jorge de Burgos -facciones duras, ojos blanquecinos por la ceguera- le explica a Guillermo de Baskerville (trasunto literario de Ockham, la incipiente modernidad nominalista) cuáles son los peligros de la risa. "La risa es un viento diabólico -dice el airado monje- que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos". La descripción del monje busca, obviamente, nuestra antipatía. Su odio a la risa es solo expresión de un odio general, más profundo, contra el ser humano y contra la vida. Representa la mirada irritada de un mundo que prefiere la férrea seriedad del orden a la caótica alegría de una libertad venidera. Jorge -¡atención spoiler!- resulta ser finalmente el responsable de las extrañas muertes acontecidas en la abadía, al haber envenenado las páginas de un libro de Aristóteles dedicado a la risa. 

Pues bien: Cuando Aristóteles, en la Poética, se ocupa de la comedia y el humor, señala con claridad que se trata de un arte de segunda. "Lo cómico -dice- es un defecto y una fealdad que no contiene ni dolor ni daño". Imita, frente al gran arte de la tragedia, aquello que es feo, miserable, estúpido, no ejemplar. A pesar de este papel secundario, la comedia tiene su lugar en el arte, y precisamente porque pone de manifiesto la imperfección, pudo convertirse con el tiempo en un arte proclive a la crítica. Especialmente a la crítica social. La literatura española tiene, desde el Barroco y ya antes, muchos y muy claros ejemplos de ello. En la Alemania del siglo XVIII, el humor, lo cómico y el chiste alcanzaron incluso dignidad filosófica cuando los primeros románticos convirtieron el concepto de Witz en una categoría metafísica. Novalis decía que el ingenio humorístico (Witz) era electricidad espiritual, lo que atraviesa y unifica todos los conceptos. Pero el propio Schlegel advierte que "el Witz entendido como instrumento de la venganza, es tan peligroso como el arte entendido como instrumento de la curiosidad".

En efecto, hay algo peligroso en el humor, y he pensado en ello cada vez que algún problema social ha sido tratado frívolamente en un tuit, una viñeta, un meme humorístico. Cada producción del espíritu humano genera sus propias contradicciones y en esto el humor no es una excepción. Pone de manifiesto, intuitivamente, las disonancias del mundo, pero, al hacerlo, prescinde de las reglas lógicas del discurso. Ignora -cuando no asume deliberadamente- la facilidad con que una falacia se instala en el lenguaje y hace imposible el entendimiento. 

Pues bien: El estado de nuestra época es el de una sociedad de la risa gratuita, del humor sin motivo ni fin. El mismo hombre contemporáneo que necesita encender la tele, la radio, el ordenador, para no sentir la tristeza de una existencia nihilista, prescinde del debate sosegado, del análisis lento, de la aburrida información. Desconoce cuanto Hegel llamaba el "lento trabajo de lo negativo" y lo sustituye por un borrón, una negación abstracta, un chiste que tapa con la risa la seriedad de las cosas y que, en general, solo conserva su carácter humorístico en la medida en que se ríe de los otros. Se acuerda uno entonces de aquella famosa escena de En busca del fuego en que los neanderthales -inspirados por la joven sapiens- aprenden a reír cuando uno de ellos le tira una piedra en la cabeza a otro. Es, literalmente, una risa simiesca. Entonces el chiste, la viñeta, el humor no solo se desvisten de su potencial ilustrado y emancipador, sino que se convierten de hecho en el modo como se consuma la tendencia involutiva de las sociedades postmodernas: el chiste se convierte en un instrumento de la incomunicación, de la fragmentación tribal, de la venganza. 

No es difícil constatar que hoy, en las sociedades postmodernas, el humor se ha convertido en un absoluto: Debe haber humor en los debates políticos, en los mensajes de whatsapp, en los programas de cocina, en las misas y en la información meteorológica. Dan ganas de decir que no hay nada más deprimente que esta sobrecarga de risas simiescas. El humor es, sí, un absoluto y, como tal, es también un tabú: uno puede decir cualquier barbaridad y pretenderse al margen de todo juicio ético o penal con tal de aducir que "solo es un chiste". Es decir, que el chiste se ha convertido en lo más serio que tenemos. 

Termino. Suele decir mi amigo Bernardo que la vida es un cachondeo. Y tiene razón. Pero -permítanme el chiste hegeliano- también es verdad lo contrario: que la vida es una cosa muy seria. El enfado de Jorge de Burgos -tan desagradable a nuestra sensibilidad- tal vez tenga algo que decirnos a los hombres del final de la historia: La risa unifica a los hombres en el ridículo teatro de una vida siempre contradictoria y deficiente. Tal vez no deberíamos enfrentar un destino tan épico con las facciones deformadas, empujados por ese viento diabólico que hace que los hombres parezcan monos.

sábado, 26 de agosto de 2017

La unidad esa, sí

El otro día, gracias al elenco pluralista de mis amigos de Facebook, tuve ocasión de leer un artículo muy interesante que sin ellos, seguramente, se me habría pasado. El texto se titula "La unidad esa" y el medio en que aparece es CTXT, diario que se autodefine como progresista y que está dirigido por Miguel Mora, ex periodista de El País. Para que no haya confusión respecto al sesgo ideológico del artículo -permítase el lector ir más allá del aparente ad hominem-, su autor es Guillem Martínez, escritor y periodista que en 2015 aparece entre los firmantes de un manifiesto en apoyo de Barcelona en Comú
En el texto -que ya digo me parece bien escrito y argumentado- el autor se queja de que, gracias al atentado de Barcelona y de las llamadas a la unidad de las fuerzas políticas y sociales, ha sido posible ver cosas inauditas: el Rey presidiendo un acto sin ser increpado, políticos laicos en una misa católica, etc. La violencia terrorista -arguye- tiene siempre como efecto secundario un engrosamiento de la legitimidad del statu quo al producir una falsa apariencia de uniformidad en torno al gobierno y las instituciones. 
El artículo me ha hecho pensar en cómo, efectivamente, es la sociedad civil la que espontáneamente produce esa unidad mientras la clase política se empeña en sacar tajada partidista con los cuerpos todavía calientes en la morgue. Desde Hobbes y Spinoza, por lo menos, la finalidad del contrato democrático consiste en suprimir la violencia. La democracia es entonces un teatro en el que los actores disputan sus propios roles, sus intereses, sus concepciones morales o lo que sea. Pero detrás de ese teatro están el estado de naturaleza, la barbarie, la guerra de todos contra todos, la disolución de la convivencia democrática, la guerra, la violación, la esclavitud, la rapiña y el hambre. Cosas serias. Por eso, cuando la violencia eclosiona de una manera especialmente brutal, el espectro de la violencia primigenia reaparece. Y ahí es donde tiene sentido la llamada a la unidad: no a una falsa unidad ideológica, que es imposible e incluso contradictoria con el sistema, sino a la unidad del deseo de convivir de acuerdo a leyes y de resolver las diferencias por procedimientos democráticos. Pasa con los actos terroristas, pero también con los asesinatos machistas o con las grandes catástrofes naturales. Es la unidad del Leviatán frente al miedo que, según Hobbes, lo creó. Y por eso me parece especialmente acertado el lema surgido como respuesta al atentado de Barcelona: no tinc por, mejor así, en singular. El individuo sin miedo como sentido último de la convivencia política. Y por eso, una vez más, la izquierda reaccionaria y el nacionalismo antisistema explicitan su naturaleza antidemocrática cada vez que, como está ocurriendo en los últimos días, anteponen su propia concepción del orden político o de la forma que ha de tener la jefatura del Estado a la manifestación de esa unidad anterior que garantiza nuestra existencia. Son, en toda situación, el parásito totalitario de nuestra democracia.


sábado, 30 de julio de 2016

La zorra y las uvas (el resentimiento en la política)

Hay una vieja fábula atribuida a Esopo que narra el esforzado intento de una zorra por alcanzar un racimo de uvas demasiado alto. Tras fracasar una y otra vez, la zorra se aleja y exclama, desdeñosa: “¡Todavía están verdes!”. Suelo usar esta historia en clase para ilustrar el concepto de “resentimiento” en Nietzsche: el odio que profesamos hacia todo aquello que secretamente queremos pero no somos capaces de alcanzar. El odio de la impotencia alterando el valor de las cosas. A veces uso otro ejemplo: esa persona que, tras haber estado enamorada de otra de un modo no correspondido, termina diciendo: “¡No sé cómo pude enamorarme de alguien tan feo y estúpido!”. La vida cotidiana está llena de ejemplos de esta perversa alteración del valor que nos permite sobrellevar la frustración y que, por eso mismo, es solo un mecanismo psicológico de supervivencia emocional bastante simple. “Desde su impotencia –decía Nietzsche– crece en ellos el odio hasta convertirse en algo gigantesco y siniestro, en lo más espiritual y lo más venenoso”.


Ocurre, sin embargo, que esa inversión de los valores (despreciar lo bueno que no está a nuestro alcance, apreciar lo mediocre que sí lo está) no afecta solo a los bienes exteriores (las uvas maduras, las chicas guapas, las asignaturas difíciles, la merecida fama) sino también a los bienes interiores: así es como el tonto suele despreciar la inteligencia; el ignorante, la cultura; el débil, la fuerza; el miserable, la honestidad. El resentimiento –decía Max Scheler, otro de sus grandes teóricos– es una autointoxicación psíquica: en el fondo de nuestra oscura caverna psicológica nos vengamos de una realidad empeñada en no rebajarse a nuestra altura.

El resentimiento es un odio enmascarado hacia la vida. Una vida que no nos da lo que deseamos, que no se pliega a la forma de nuestra voluntad. Entonces, el resentimiento conduce necesariamente a un escenario psicológico en el que nadie es mejor que yo, en el que no existe nada valioso que no me pertenezca de antemano, en el que las uvas maduras nunca están demasiado altas. La jerarquía, la diferencia, es ofensiva para el resentido. Lo decía Chesterton, a su modo: “Quizá la mediocridad consista en estar al lado de la grandeza y no darse cuenta”. Fuera del mecanismo del resentimiento, uno tiene dos opciones ante la grandeza: se puede aspirar a alcanzarla por medio del esfuerzo y la obstinación, o se puede simplemente admirarla, reconociendo que está muy por encima de uno mismo y disfrutar del hecho de que al menos sí esté al alcance de otros. Aspirar a la inteligencia, al saber, a la virtud, o al menos admirarlos en otros. Ambas opciones respetan la naturaleza jerárquica de los valores: los dejan en el lugar que merecen. “Un alma delicada –decía Nietzsche en Humano, demasiado humano– se siente molesta al saber que hay que darle las gracias; un alma grosera, al saber que tiene que darlas”.

Nietzsche fue el primero en percibir el modo como el resentimiento había sido capaz de crear sistemas de valores a lo largo de la historia, y el primero también en detectar que este mecanismo impregnaba, de manera alarmante, toda la vida espiritual de la Europa moderna. Su intuición fue desarrollada, en diferentes sentidos, por Scheler y Ortega. El resentimiento en la moral de Max Scheler aparece en 1912 y La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, en 1929. Ambas se publican, pues, cuando en Europa es ya muy clara la sintomatología política y social de una enfermedad que Nietzsche había diagnosticado veinte años antes de que terminase el siglo XIX y que alcanza su desarrollo total en nuestra propia época. “Aprended esto de mí –clamaba Zaratustra– en el mercado nadie cree en hombres superiores. Y si queréis hablar allí, ¡de acuerdo! Pero la plebe responderá, parpadeando, «todos somos iguales»”.

La moral dominante niega la diferencia, la excelencia, el mérito, así como la grandeza intelectual y moral. Lo que Ortega llama el "hombre masa" –es decir, el individuo en cuanto no se diferencia de ningún otro por ninguna cualidad especial– se convierte en prototipo de existencia. “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”. Esto se confirma cada vez que uno se toma la molestia de observar qué tipo humano, qué paradigma de la existencia se predica desde los programas televisivos, las tertulias, las listas de los partidos políticos, los ídolos deportivos. Por todas partes, ocupando los principales espacios de la vida común, hay hombres vulgares convencidos de que su vulgaridad es la medida de todo valor. Todos somos iguales, y por tanto debemos parecerlo: he aquí la base de esta universalizada e hipócrita estética de la humildad que nos rodea. La mediocridad es convertida en la medida de todo valor. Como dice en España invertebrada, "la rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de estos -he aquí la razón verdadera del gran fracaso hispánico". Y este fenómeno alcanza a toda la vida social europea: “El europeo que empieza a predominar sería, relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo, un bárbaro emergiendo por escotillón, un «invasor vertical»”. Este invasor vertical es también el que, en la acción política contemporánea, se manifiesta en las múltiples dogmáticas de la democracia directa: cualquiera es tan bueno como cualquier otro, no hay que encargar la política a ningún representante, pues la representación es en sí misma una jerarquía, y por tanto, el último residuo de la desigualdad. 


Otro de los rasgos del resentimiento político es su amnesia histórica. Nunca ha habido en la historia de la humanidad tanto tiempo de paz, prosperidad y libertad como el que disfruta el mundo de las democracias liberales actuales, y ello a lo largo de cuantos sistemas de organización social, política, moral y religiosa han existido. Pero el resentido no puede aceptar algo que implicaría el reconocimiento de su propia condicionalidad: que el simple hecho de existir ya nos pone en una situación de inferioridad y dependencia respecto al pasado. Somos siempre efecto antes que causa. “Quien pertenece a la plebe –dice Nietzsche – tiene una memoria que solo alcanza al abuelo, el tiempo termina en el abuelo”. Es esto lo que conduce a lo que Ortega llama “la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia”. La creencia infantil en que los logros históricos, los derechos adquiridos, son connaturales a la propia existencia, que no son algo conquistado y, por tanto, en permanente riesgo de pérdida. La civilización como naturaleza, no como empresa. Parecería que -en su intuición general, pues en los detalles Ortega se contradice como nadie- este es el terreno donde se juega la condición moral y política de nuestro tiempo: entre un negacionismo del pasado revestido a veces de falso progresismo, la mediocridad elevada a virtud colectiva, y la negativa a reconocer el valor de los mejores, la verdadera aristocracia del mérito y de la condición –no la de la sangre o la clase social– que siempre han guiado las grandes empresas históricas de la humanidad. 

jueves, 28 de julio de 2016

La hemiplejía moral del populismo

Si el alcalde de Granada le dice a Teresa Rodríguez que "cuanto más tapada la boca, mejor", es un machista repugnante, pero si Pablo Iglesias dice que quiere azotar a Mariló Montero hasta hacerla sangrar, se trata de una conversación privada y una simple broma. Si en las listas de Ciudadanos va un humorista como Felisuco, es un fichaje ridículo y risible, pero si en las listas de Podemos va un analfabeto como Cañamero, con decenas de querellas a sus espaldas y que manifiesta abiertamente no someterse al poder judicial, se trata de un hombre del pueblo y criticarlo es clasista. Si España está como está, es culpa de las malvadas élites que no quieren contribuir al pago de los derechos laborales de los trabajadores, pero si Echenique contrata a un asistente sin pagarle la seguridad social, no es más que un hombre humilde víctima del sistema. Así es la hipócrita indignación de los indignados, su ética unidireccional, la hemiplejía moral del populismo.

viernes, 25 de marzo de 2016

Política y racionalidad

De entre los aburridos filósofos que, a lo largo del siglo XX, se dedicaron a la ciencia y al lenguaje científico, hay uno que me resulta muy simpático. Se trata de Karl Popper, judío austriaco, converso al liberalismo, apóstata del comunismo y el psicoanálisis, y nombrado sir por la reina Isabel II. Popper decía que el criterio para definir una teoría como científica y racional es la falsabilidad, es decir, que la teoría esté formulada de tal manera que se pudiera encontrar al menos un hecho que la desmintiese. Consecuentemente, la racionalidad no consiste en intentar confirmar nuestras teorías, sino en intentar refutarlas. Ello implica, además, que nunca estamos en posesión definitiva de la verdad: la ciencia, la racionalidad, es un proceso siempre incompleto, una aproximación infinita. Así, la física de Einstein es científica porque predice un montón de acontecimientos que, de no suceder, refutarían completamente la teoría. La teoría arriesga y en ese riesgo asumido revela su racionalidad, pues solo se mantiene en la medida en que, exponiéndose a la crítica, no sucumbe a ella. También el marxismo es una teoría científica: describe las leyes que determinan el funcionamiento de la realidad histórica y, como consecuencia de ese funcionamiento, predice tendencias y acontecimientos que no se han cumplido. La teoría de Einstein es una teoría científica no refutada de momento, mientras que la teoría de Marx es una teoría científica que ya ha sido refutada. Como el geocentrismo, el galvanismo o la creencia en el éter supralunar.

Popper decía que el marxismo murió de marxismo: fue una buena teoría que predijo el advenimiento de la dictadura del proletariado y la posterior disolución del estado como expresión del dominio de una clase social privilegiada. Pero con la dictadura del proletariado llegaron el hiperestatalismo, la dominación brutal, el exterminio, la guerra, la bancarrota. Stalin, Mao Zedong, Castro, refutaron a Marx. Por eso hizo bien el PSOE cuando, en el año 79, abandonó el marxismo como ideología del partido y lo transformó en un mero instrumento discursivo más.

Ocurre, sin embargo, que cuando una teoría es refutada, la inmensa estructura de poder montada a su alrededor se rebela para evitar su propio declive. Siempre ha sido así: la Inquisición contra Santo Tomás, los dominicos contra Galileo, los creacionistas contra Darwin. Quienes viven del chiringuito de una teoría se resisten a reconocer su ruina. A partir de ese momento, el carácter científico de la vieja teoría desaparece completamente. Se la intenta apuntalar con los modos de un fanático enfervorecido que quisiera reconstruir con sus propias manos un templo arruinado. Es difícil mantener la honestidad cuando uno asiste al crepúsculo de sus propios ídolos.


Ya no queda nada del marxismo como teoría científica. Entonces, sociológica y políticamente hablando, lo que hay es el marxismo como espacio simbólico al que referir un cierto sentido de la identidad, el marxismo como etiqueta, como estética ideológica, como postureo. Es decir, el marxismo degradado a ideología en el sentido marxista. El marxismo como sacralidad, como templo, como Kaaba, como pueblo elegido, más allá del cual están los infieles, los impuros, los idólatras. Y dentro de ese universo intelectual y emocional se dan cita todas las actitudes reaccionarias que precisamente el marxismo combatió con las herramientas críticas del hegelianismo: los sentimientos identitarios, la falsa conciencia de clase, la victimización arbitraria, el desconocimiento del sistema económico. Y entonces lo que tenemos es un marxismo degradado que continúa insistiendo en las nacionalizaciones, en una errónea concepción de las relaciones con las confesiones religiosas, en la estatalización, en el control político de los medios, en la alienación ideológica, en el discurso de la lucha de clases. Y así es como algunos siguen viviendo del marxismo en la política española, insistiendo en el error como si no hubiera pasado nada, como si no supiéramos ya adónde conduce y como si no se hubiera convertido, por la evidencia de la sangre y de la bancarrota, en el fantasma de una ciencia fracasada. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Lamentaciones


Los actos generan normas. Se pretenda o no. Lo pensaba esta mañana mientras veía las noticias con el desayuno y le daba vueltas al hecho de que cada vez esté más extendida en toda España la idea de que la solución lógica al problema de Cataluña sea la celebración de un referéndum. Porque el problema aquí es precisamente este: ¿qué norma generaría su realización? ¿Que cualquier territorio puede decidir erigirse en estado independiente? ¿Que lo pueden hacer solo los territorios autodenominados históricos? ¿Que lo puede hacer cualquiera con tal de llevar un tiempo reclamándolo? ¿Que se puede hacer eso con una mayoría simple? ¿Con dos tercios? ¿Y una ciudad puede hacer lo mismo? ¿Una comarca? ¿Un pueblo? ¿Y podría volver a integrarse en el estado del que se separó? ¿Y en ese caso podríamos decidir algo los demás? La razón por la que el derecho de autodeterminación no aparece en ninguna constitución normal es precisamente ese: que el acto no genera una norma asumible, sino caos y disgregación. Lo contrario de un Estado. 
Me temo que todavía tendremos que ver -y pagar- la escasa cultura política de este país, la pobreza intelectual con que se despacha cualquier análisis sobre nuestra vida colectiva, este infantilismo pseudodemocrático del derecho a decidir, como si una nación pudiera funcionar sometiéndose a sí misma a un plebiscito permanente. Lástima de nosotros, pero sobre todo lástima de los muertos que murieron para esto.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Una profecía inquietante

En el gimnasio. Veinteañero barrigudo, gorra blanca y tatuajes, le cuenta a su colega que se quiere comprar una bandera de EEUU. De pronto le asalta una duda: "¿El tío Sam quién é allí, quillo? Como aquí Franco, ¿no?". La conversación se vuelve confusa a partir de ese momento, pero al final alcanzo a escuchar: "Nosotros semo er futuro, quillo, nosotros semo er futuro". Y qué razón tiene.

martes, 8 de diciembre de 2015

Anotaciones al debate

Me gustó mucho el debate de ayer en a3media, y no tanto por lo que allí se dijo, que fue poco y poco nuevo, sino por su contexto: en este país la política está dejando de ser un tabú conversacional y vuelve a provocar más interés que hartazgo. Más de nueve millones de personas vieron el debate y en Twitter no se hablaba de otra cosa. Muchos jóvenes que aún no han terminado el instituto ven los últimos debates y hablan de política. Y esta misma mañana, en una cafetería de barrio en Dos Hermanas, las señoras comentaban las propuestas en educación. Este país necesita una política nueva, y eso que precisamente los candidatos de la "nueva política" mostraron ayer qué fácil es caer en la vieja política del vacío: un discurso de mínimos para no pillarse los dedos con nada. En este sentido, he visto a Albert Rivera mucho más concreto y sólido en otras ocasiones, teniendo en cuenta que me sigue pareciendo la alternativa más viable al impasse político de este país. Hay que decir lo que se piensa de la guerra, de la contratación y de los impuestos. Precisamente ahí estuvo muy bien Pablo Iglesias cuando, por ejemplo, defendió el referéndum soberanista. Decir esas cosas nos aclara a los ciudadanos a quién no debemos votar si no queremos que una sola legislatura dinamite la gran conquista histórica de la unidad nacional. Los ciudadanos quieren oír discursos sólidos, propuestas viables, proyectos tangibles, para no correr el riesgo de que el discurso político se convierta, como decía Popper respecto de la pseudociencia, en un conjunto de afirmaciones infalsables, y por tanto, completamente irrelevantes. Ayer Rajoy, como siempre, se ausentó. Es el presidente que se oculta a sí mismo, el Sanctasanctórum, la Kaaba: en su no manifestarse, intenta crear la ilusión de su propia divinidad. Y como lo Absoluto no puede manifestarse (Éxodo, 33:18-23), mandó a su profeta Soraya, que no estuvo nada mal teniendo en cuenta que iba camino del Gólgota. Recibió a tres bandas, con cierta dignidad. A Rajoy, en cambio, no le gusta que le pregunten cosas. Las divinidades no dan explicaciones a la chusma. Por el contrario, sí estuvo en casa de Bertín Osborne, otra divinidad, en un bochornoso acto de propaganda grosera donde se alternaban relatos enternecedores de su infancia con fotos antiguas y música nostálgica. Pero de los sobres y de los pobres, de la política económica y de la economía politizada, de las aulas y los hospitales, no tiene nada que decir. La estrategia estética de Rajoy es la de los emperadores japoneses y los faraones egipcios: solo exponerse ante el populacho en escenificaciones de su propia grandeza. Con independencia de los frutos que pueda recoger de esta estrategia, ayer fue el peor del debate y demostró, una vez más, que no está a la altura de lo que merece España. Y eso que ni siquiera estaba.

lunes, 12 de octubre de 2015

Día de la Hispanidad

Decía Spinoza que nadie sabe cuánto puede un cuerpo. De la misma manera, uno nunca sabe hasta dónde puede llegar la ignorancia fanática de este país. La ignorancia, bastante universal, es el desconocimiento de la realidad de la que se habla. El toque fanático, típicamente hispano, lo aporta esa seguridad con que hablamos, sea desde el púlpito eclesiástico o desde la tribuna de la red social. La última ocurrencia de la ignorancia fanática hispana es el rechazo al Día de la Hispanidad. El argumento es que celebramos el inicio de un proceso de colonización violento. Entonces se ignora, supongo, que la herencia latina o árabe -de las que hoy nos sentimos tan orgullosos- fueron resultado de la invasión militar llevada a cabo por pueblos que en un momento concreto de la historia alcanzaron la hegemonía política en cierta zona del mundo. Nadie se escandaliza de que los franceses conmemoren el día de la Toma de la Bastilla, hecho que dio lugar a un período revolucionario en el que rodaron cabezas a diestro y siniestro y que culminó con la ocupación militar de media Europa. Solo hay que entender la letra de la Marsellesa para hacerse una idea de lo violenta y cruel que es la historia del surgimiento de una nación. Allí, en Francia, hay columnas y plazas dedicadas al golpista Napoleón de la misma manera que la República Italiana está plagada de estatuas y calles en honor del rey Víctor Manuel. Tampoco es frecuente escuchar reproches al hecho de que la conquista del Oeste, la creación misma de EEUU como nación, fuera realizada por medio de un exterminio tal de los pueblos amerindios que apenas quedan hoy de ellos más que unas cuantas reservas donde malviven, subadaptados a la sociedad surgida de la colonización. Por supuesto, tampoco se escucha la obviedad de que lo celebrado hoy es el día de la llegada a América, no las barbaridades que unos u otros pudieran cometer desde entonces. También se ignora -y de ahí el enfado fanático desde el que se habla- que esos pueblos conquistados fueron a su vez pueblos conquistadores: que los aztecas, por ejemplo, oprimían a los pueblos anteriores a su llegada o que hacían espantosos sacrificios humanos a sus dioses. Que en la llamada Colonización española intervinieron también pueblos americanos, aliados ocasionales de los españoles para librarse de viejas tiranías. Se olvida que fue un fraile español, Fray Bartolomé de las Casas, quien inició un proceso de defensa de los derechos de los indios de tal envergadura que es considerado por muchos politólogos como el nacimiento del Derecho Internacional: fue Carlos I de España quien promulgó en 1542 las Leyes Nuevas que prohibían expresamente la esclavitud de los indios americanos y que son el primer documento legal inventado en la historia para proteger a los habitantes de los territorios colonizados. En fin: a mí me pasa, como a Paco Ibáñez traduciendo a Brassens, que "cuando la fiesta nacional / yo me quedo en la cama igual / que la música militar / nunca me supo levantar". Pero una cosa es no tener emociones excesivamente patrióticas y otra muy distinta es encubrir el resentimiento en toda una mitología al servicio de la estupidez.

miércoles, 1 de julio de 2015

Grecia, Rousseau y la superstición plebiscitaria


En este mundo nuestro, mediático y apresurado, ciertas ideas se imponen por lo obvio de su apariencia inmediata, a pesar de que se desmoronarían en cuanto uno abordase el más básico análisis de sus consecuencias. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la idea de democracia. Se ha impuesto la creencia de que la democracia consiste en que la gente decida sobre todo lo posible. En consecuencia, el acto de votar deja de ser una herramienta de control democrático y se convierte en una actividad totémica, una especie de liturgia incuestionable a través de la cual se manifiesta la voluntad del Bien en la Tierra: tal es la superstición plebiscitaria. Mientras que, por norma general, todo el mundo acepta que los puentes deben ser construidos por arquitectos e ingenieros y que las personas deben ser curadas por médicos, hay quienes se niegan a aceptar que una sociedad necesita un tipo específico de expertos. La gente no tiene por qué decidir continuamente y, por lo general, no sabe hacerlo. De la misma manera que no le decimos al mecánico cómo tiene que arreglar el coche sino que simplemente esperamos que lo repare a cambio de dinero, los ciudadanos democráticos queremos que nuestros representantes -a quienes hemos elegido por su ideología, por su perfil técnico o por un discurso y una imagen inspiradores- resuelvan los problemas propios de su profesión. Así que hacer votar, por ejemplo, al pueblo griego sobre un acuerdo económico cuyas implicaciones son imposibles de valorar por la mayoría de la gente no es un gesto democrático, sino un acto de mala fe política y una dejación de la responsabilidad ejecutiva. Y ya que estamos en Grecia: fue Pericles, en su famoso discurso transmitido por Tucídides, quien explicó que la democracia no era solo el gobierno de la mayoría, sino la igualdad ante la ley, la preeminencia del mérito sobre el linaje, la prosperidad comercial, la representación... Siglos más tarde, el gran padre intelectual de nuestras democracias lo resumió en unas líneas transparentes: “en pocas palabras, el orden mejor y más natural es aquel en el que los más sabios gobiernan a la multitud, cuando se está seguro que la gobernarán en provecho de ella y no del suyo particular; no hay que multiplicar inútilmente la competencias ni hacer con veinte mil hombres lo que pueden hacer todavía mejor cien hombres escogidos” (Rousseau, El Contrato Social, III, 5).

lunes, 11 de mayo de 2015

Ganar el centro

Los seres humanos tenemos tendencia a identificarnos con etiquetas, símbolos, discursos. Es la manera en que construimos nuestra identidad y sabemos quiénes somos. Lo que sentimos es más importante que lo que pensamos, porque se actúa desde el sentimiento, no desde la razón. Hablando del posicionamiento de Ciudadanos en el espectro político, me preguntaron el otro día cuántas personas conozco que son de centro. Y la cuestión depende, en este sentido, del lugar desde donde se quiera responder: desde la razón, casi todo el mundo; desde el sentimiento, casi nadie. Es decir, la gente, cuando piensa, es de centro; cuando siente, vuelve a la polaridad. Por eso -a pesar del cacareado fin del bipartidismo- hay tantos que íntimamente desean poder votar a los de siempre y, si no lo hacen, es porque estos lo ponen muy difícil. Allí, en los de siempre, se encuentra un imaginario sólido (azul-rojo, derecha-izquierda, progresismo-conservadurismo, etc.) que atrae o repele. La gente, así en general, es de centro: piensa que el libre mercado es el sistema económico natural, basado en el derecho a la propiedad privada y en la libre iniciativa individual, pero también espera que el Estado sea capaz de corregir las desigualdades insoportables que ese sistema, eventualmente, pueda producir. En ciertas cuestiones sociales pasa algo parecido: la mayoría de la gente está tan lejos de considerar que cualquier aborto es un infanticidio como de pensar que se trata de un simple derecho sobre el propio cuerpo. Y si no piensan esto desde un punto de vista moral, entienden al menos, desde un punto de vista político, que la legislación debe cubrir un espacio de compromiso entre posturas irreconciliables. Hay quienes piensan que la moderación es indefinición y que el término medio es el resultado de la debilidad, como si hubiera que elegir entre ser caníbal y practicar el veganismo. Por supuesto, es justo lo contrario: las posiciones extremas y fanáticas suelen servir de compensación a quienes se sienten inseguros ante una realidad compleja en la que las cosas nunca son blancas o negras. El viejo Tales, casi con toda seguridad el filósofo más antiguo de occidente, ya lo vio claro: "sea tu oráculo la mesura". El reto consiste ahora en trasladar al corazón lo que ya está en la cabeza de la gente, transformar en esperanza la opinión y darle a las ideas mayoritarias de la sociedad un soporte discursivo, emotivo e ideológico: una mitología de la centralidad política.

sábado, 2 de mayo de 2015

Envenenando el pozo

Hace una bonita mañana. La primavera se asienta y, con ella, la luz y el calor crecen escalando las horas del día como una enredadera. Los pájaros cantan junto a mi ventana mientras termino el desayuno y echo un vistazo a las redes sociales. De pronto, sobresalto: los tuiteros hablan, histéricos, del pacto PSOE-Ciudadanos en Andalucía, así que corro a los periódicos a enterarme de los detalles. Y allí están, en efecto, los detalles: Ciudadanos se sienta a negociar después de que Susana Díaz haya aceptado sus condiciones iniciales. Por lo tanto, no hay pacto alguno (de momento) y Twitter, una vez más, actúa como un pirómano corriendo por un pastizal seco. Los opinólogos y chismólogos necesitan ese incendio, porque el pensamiento es aburrido y la paciencia, una virtud medieval, mientras que ellos viven de un ingenio falaz que se siente cómodo en la polémica.

Ciudadanos no ha llegado a ser lo que es únicamente por sus propuestas económicas o sociales o educativas. Ciudadanos es lo que es por haber sabido recoger el descontento social de los últimos años (que parecía absorbido por el radicalismo) y darle una dirección moderada, liberal y progresista. Su defensa de la igualdad constitucional, de la integridad de la nación, de la dignidad de las instituciones democráticas y de una forma más noble de hacer política es su verdadera fuerza. Todo lo demás se encuentra -a ojos del electorado- en un mar de niebla. ¿Qué regeneración política podría prometer si, una vez aceptadas sus condiciones, se negase a negociar para no ensuciar su propia imagen? ¿Esa es la nueva política? Ciudadanos no está donde está para practicar la kale borroka parlamentaria: está para forzar acuerdos donde se abran cauces para la regeneración institucional, aunque tenga que ser -si así fuera finalmente- con Susana Díaz (a la que, por cierto, han votado -nos guste o no- la mayoría de los andaluces). La dignidad política consiste precisamente aquí en poner la ética democrática por encima de las filias y las fobias partidistas. En el parlamento de Andalucía hay lo que hay: lo que han elegido los andaluces, ni más ni menos. Y ahora toca hacer política. Sería lamentable que Ciudadanos apoyara a sus adversarios políticos dándoles carta blanca para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, pero el fin del bipartidismo implica necesariamente -como ya ocurrió en la Transición- llegar a acuerdos razonables en los que todos cedan parte de sus posiciones. Lo decisivo aquí no es el pacto mismo, sino su contenido. Deberían saberlo quienes se dedican a envenenar el pozo antes de que nadie saque agua de él.

sábado, 3 de enero de 2015

La tragedia española

He escrito en alguna ocasión contra Podemos. Lo he hecho de una manera tan explícita que cualquiera podría pensar que mi posición oscila entre la antipatía personal y una distancia ideológica insalvable. Lo cierto, sin embargo, es que no hay partido en el espectro político español actual que me resulte tan simpático. Es decir, que estamos en el mismo pathos. ¿En qué radica este pathos? Básicamente en la repugnancia ante la degradación moral de la vida política en nuestro país y sus consecuencias para el bienestar de nuestros compatriotas. Vivimos gobernados por una casta parasitaria de tipo feudalista que crece consumiendo el cuerpo social que debería sanar y cuidar; una casta que impide prosperar en el ejercicio del poder precisamente a quienes conciben la política como una vocación de servicio público y, por tanto, estarían más capacitados para mejorar las cosas. La imagen de perversión que ofrecen, a día de hoy, las instituciones fundamentales del Estado es, sencillamente, insoportable, y la indignación ante dicha imagen crece sin cesar y es la energía que nutre a Podemos.

¿Dónde está, entonces, mi objeción? Conviene analizar este hecho: Podemos es a la política lo que el Cuadrado negro de Malévich al arte o el monolito de Kubrick al cine: es el triunfo de lo negativo, la victoria de un modelo de seducción basado en la negación de todo contenido. Cuando la entera imagen del ser es odiosa, la única esperanza está en la nada. Por supuesto, Podemos no es un partido meramente crítico y negativo: está lleno de propuestas concretas. Pero no son exactamente sus propuestas las que lo han llevado a donde está (cuarta fuerza política en las elecciones europeas y prácticamente al mismo nivel que PP y PSOE en intención de voto a lo largo de varias encuestas). Por ejemplo: todavía no sabemos exactamente en qué quedará su propuesta estrella de una renta básica universal y en los últimos tiempos el discurso de la formación se acerca peligrosamente en este punto a lo que ya nos suena por Rajoy: "nos hubiera gustado cumplir nuestro programa, pero la herencia recibida...". Tampoco sabemos bien cómo se concretará su reforma fiscal ni qué significa exactamente eso de un "proceso constituyente" como solución a las tensiones territoriales en las regiones con mayoría nacionalista. Pero lo más importante es que hay un gran número de votantes potenciales que fundamentalmente ignoran el contenido de las propuestas del partido: Podemos es la voz unificada de una indignación heterogénea. Lo que la ha convertido en una fuerza política de primer rango es su capacidad para seducir a padres de hijos en el paro, votantes conservadores desencantados del PP, decepcionados de los partidos tradicionales de izquierda e incluso a sectores con escaso interés en la política como los más jóvenes.

Podemos parece haber absorbido las posibilidades de UPyD y Ciudadanos (otros partidos que surgieron con ánimo regeneracionista) por medio de una genial maniobra estética: cuestionando la totalidad del sistema, presenta el reformismo como maquillaje del sistema, es decir, como hipocresía. La radicalidad del discurso crítico funciona conectando directamente con el comprensible resentimiento del pueblo: no valen medias tintas, es necesario extirpar el mal de raíz (de ahí las metáforas higienistas tan habituales en el discurso de Podemos: limpiar, barrer, extirpar...). Mientras -como parece pretender últimamente- la formación avance sutilmente hacia la socialdemocracia para seducir a los moderados, es posible que pierda parte de una fuerza magnética que ha funcionado precisamente gracias a no hacer concesiones a la moderación.

Y así nos vemos ante el siguiente panorama: la credibilidad en la política por los suelos, la desconfianza en la justicia por las nubes, una universal sensación de impotencia en los votantes, un gobierno ineficiente, inercial, carcomido por la corrupción, y frente a él una oposición hipócrita, en medio de un país empobrecido, desencantado y encima amenazado en su integridad territorial por el independentismo. La tragedia española, al menos de cara a las próximas elecciones, es que el único partido que se ha mostrado capaz de plantar cara a todo ello y que tiene la ambición de hablar de Política con mayúsculas, sea prisionero de los viejos prejuicios ideológicos de sus dirigentes y que toda esta exaltación de los grandes ideales termine siendo solo, como tantas veces en la historia, la máscara de una hiperpolítica liberticida.

domingo, 29 de enero de 2012

Algunas propuestas sobre Educación

Aunque hay muchas propuestas, y mejores que éstas, circulando por la red, he aquí algunas cosas que yo propondría para la reforma educativa:

Ante todo, una reflexión colectiva acerca del hecho mismo de la educación, de la implicación de la sociedad y los medios. Luego, un análisis de sus fines: qué se quiere lograr. Y, entonces, un diseño coherente, que responda al doble objetivo de crear ciudadanos capacitados para la vida laboral, y capacitados para la vida social misma, en su dimensión ética y política.

Sería bueno, aunque no completamente necesario, que la reforma educativa fuera fruto de un consenso lo más amplio posible. Es el único modo de garantizar que los cambios en el sistema no tengan que ver con débitos ideológicos o de otro tipo, sino con la resolución técnica de problemas.

Sacar 1º de la ESO de los centros de enseñanza secundaria. En estas edades en que un solo año puede significar una gran diferencia en términos de desarrollo físico y mental, los alumnos de 1º se nos presentan, a quienes trabajamos en este ámbito, desorientados, descentrados, incapaces de afrontar un diseño totalmente distinto al que responde la Primaria, lo que tiene consecuencias muy negativas para ellos y para el conjunto de la etapa.

Reformulación del principio de educación obligatoria. Relajación del modelo carcelario de los centros de enseñanza. La obligatoriedad de la educación debe ser reinterpretada en un contexto histórico que es ya completamente distinto al que la propició. La coacción organizada que supone dicho modelo es perjudicial para los alumnos y para el sistema mismo.

Aumento a tres años del Bachillerato, acentuando la orientación de esta etapa hacia los estudios superiores, diversificando la oferta (como ya ocurre con los bachilleratos de arte, de artes escénicas, etc.) siguiendo el modelo inglés y centroeuropeo.

Supresión de esa estafa que son los programas de bilingüismo en su diseño actual.

Bifurcación de itinerarios en 4º de la ESO.

Concentrar los recursos económicos en la bajada de la ratio. Pagar ordenadores portátiles, pizarras digitales, sistemas de vigilancia, programas de gratuidad, etc., no sirve de nada si el profesor, en lugar de atender a un grupo relativamente pequeño, acaba teniendo a su cargo más de cien alumnos repartidos en grupos de treinta. La atención personalizada, el conocimiento de las especificidades de cada uno, se pierde, dañando gravemente la calidad de la enseñanza.

Supresión del programa de gratuidad. Los libros de texto, diseñados por editoriales privadas, no tienen por qué ser el eje de la enseñanza. La elaboración de materiales es responsabilidad del profesor experto en su materia.

Con el dinero ahorrado por el programa de gratuidad, incorporar un programa de becas basadas en el rendimiento académico y en la situación socioeconómica del alumno, con el doble objetivo de corregir las desigualdades no naturales y fomentar la mejora de resultados y la excelencia.

Reformar el Plan de Calidad vigente en Andalucía para que los incentivos a los profesores no estén directamente relacionados con la mejora estadística de resultados (bajo la tentación de facilitar aprobados injustificables para alcanzar los objetivos) sino con la propuesta y ejecución de planes de mejora educativa y proyectos de centro imaginativos en cuanto a su diseño y ambiciosos en cuanto a su alcance, que requieran una verdadera implicación del profesorado, justificando así el incentivo económico.

Unificar la oferta de formación del profesorado. Reformar los Centros de Profesores para que sean éstos quienes impartan una única oferta de formación seria, de calidad, homologada al menos a nivel autonómico. Desestimar los cursos propuestos por sindicatos, fundaciones, universidades. Acabar de una vez con la vergonzosa oferta de cursos homologados, donde un profesor puede obtener los puntos necesarios para su curriculum formativo, pagando él mismo o la Administración cursos sobre temas tan inauditos como el patinaje o un taller de gastronomía. Pagar dinero a sindicatos y empresas a cambio de puntos no es la mejor forma de propiciar la formación del profesorado.

Plantear un doble itinerario de cursos obligatorios para el profesorado: orientados a la adquisición de destrezas psicopedagógicas (psicología evolutiva, recursos de diagnóstico y terapia, técnicas de trabajo grupal, etc.), y orientados al desarrollo de recursos en las distintas materias, así como en idiomas extranjeros y uso de nuevas tecnologías.

Simplificación de las exigencias burocráticas y administrativas.

Implantación de exámenes nacionales en, al menos, dos puntos del itinerario educativo, según el modelo de las Pruebas de Acceso a la Universidad: al finalizar la Primaria, y al finalizar la Secundaria. Es el único modo de garantizar un seguimiento real del nivel alcanzado en los objetivos curriculares que nos permita corregir los déficits reales y mejorar nuestra desastrosa posición en los rankings mundiales de educación.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los partidos políticos

Siempre, desde que recuerdo, me ha atraído la política. Y, sin embargo, siempre he sentido completamente ajena la tentación de militar en un partido político. Ello tiene que ver con mi carácter, desde luego, que huye instintivamente de lo colectivo y de lo gregario. Pero no sólo. Básicamente, me resulta inconcebible la posibilidad de asumir, a priori, un ideario político cualquiera, como si pudiese valorar ese ideario antes de comprobar qué resultados tiene en la realidad. Para mí, la decisión entre intervencionismo y libertarismo, entre lo público y lo privado, entre el belicismo y el pacifismo, por decirlo así, sólo puede tener lugar en atención a los efectos. Dividirse en grupos políticos de acuerdo a concepciones ideológicas me parece tan absurdo como si los científicos se dividieran entre aquellos que confían ciegamente en el Gran Colisionador para descubrir el bosón de Higgs y aquellos que confiaban igual de ciegamente en el Tevatrón. ¿Qué se puede esperar de ambas posibilidades más allá del hecho de intentarlo y ver cómo nos va? Ni siquiera creo que la democracia representativa sea, a priori, el mejor sistema de gobierno posible. ¿Cómo se la puede defender seriamente más allá del hecho de que con otras formas nos ha ido peor?

Luego está esa ridícula autocomplacencia con que rápidamente se glorifican, unidos, el nombre del partido, la ideología, el bien y hasta lo sagrado, acompañada de la sorprendente ceguera con que algunos sólo ven errores y maldad en los demás partidos, y honradez y benevolencia en el propio. Mientras que el derechista se cree dueño de una visión realista y seria de la economía, el progresista cree sinceramente formar parte de una cadena histórica de defensores de la libertad. No hay manera de hacerles recordar, por ejemplo, que en el marxismo tradicional, la homosexualidad era vista como una aberración propia de la decadencia capitalista. Y lo sigue siendo, a juzgar por los discursos oficiales en China, Cuba y Bolivia. El marxismo, pues, tenía poco que ver con la libertad tal y como la entendemos nosotros: se basaba, más bien, en la necesidad con que se imponen las leyes de la historia. Las ideas, las consignas, los valores mismos atraviesan la historia, se entrecruzan, cambian de significado, crecen, y se pierden. Así que la idea de que cada uno puede hacer lo que le dé la gana mientras no haga daño a los demás es más bien liberal; y, con todo, encontramos que los liberales tampoco se quedan cortos cuando deciden ponerse a prohibir. Muchos militantes de partidos políticos sienten una verdadera fe eclesiástica en las bondades de su propia tribu, y una fidelidad fanática por encima de lo que desvela el más rudimentario sentido común. Cuando las ideas son perfectas y la realidad se resiste a reconocerlo, el pensamiento partidista se enfada con la realidad. El verdadero progresismo consistiría aquí, simplemente, en abandonar las ideas. Al menos, por ahora.

Y con esto llego al final. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿De qué sirve la izquierda si, cuando la realidad dice "hola", se apura a dinamitar la política social, y de qué la derecha si lo primero que hace cuando llega al poder es subir los impuestos? O bien nos engañan con el discurso de que "sólo se puede hacer esto" -y, entonces, ¿por qué votarles?- o bien efectivamente sólo se puede hacer "esto" -y, entonces, ¿para qué sirven?-. O nos mienten para servir a soberanías que nada tienen que ver con la nacional, o la soberanía nacional es superflua tan pronto se impone el hecho de que la gente no sabría dirigir la economía. Y si la sustitución de la democracia por una tecnocracia es un hecho, uno no termina de ver para qué demonios afiliarse a un partido si, al fin y al cabo, vamos a terminar dándole la razón al paisano más bruto de la tasca del pueblo, cuando mira al televisor y, tras apurar el carajillo, sentencia: "no sirven pa na".

miércoles, 15 de junio de 2011

Se veía venir

Decía Hegel que la esencia siempre se manifiesta al final. Y aquí lo tenemos: la esencia totalitaria del movimiento 15-M objetivada a los pies del Parlament, impidiendo a los cargos electos acceder a las instituciones de representación democráticas, insultando a políticos recién investidos, y autoproclamándose -en la mejor tradición del fascismo de derechas y de izquierdas- verdadero "Pueblo". A ver cuál es la próxima...

sábado, 1 de enero de 2011

Violencia sin adjetivos

Uno de los más nefastos errores en el modo como se aborda actualmente el problema de la violencia es pensar que ésta es resultado de diferentes ideas equivocadas y que, por tanto, debe ser corregida en un nivel conceptual o ideológico. Cada violencia compartimentada tendría su propia causa, que sería necesario atajar por medios intelectuales. Básicamente, la versión postmoderna del viejo intelectualismo moral socrático viene a decir que el mal es desconocimiento; y que, por tanto, existe una "violencia machista" consecuencia del hecho de que los hombres se creen superiores a las mujeres (sea por la pérdida de un determinado concepto de familia, o por culpa de los curas). De tal manera que si lográsemos corregir el error, la violencia -que es consecuencia de aquél- se diluiría por sí misma. Del mismo modo, habría una "violencia racista" cuya solución radicaría en explicar a la gente que los negros, los gitanos y los judíos son iguales que nosotros, etc.

Frente a esta visión racionalista, hay que decir que la violencia no es consecuencia de ninguna idea. La más perversa de todas las ideas es incapaz de producir, por sí misma, acciones violentas si no va precedida de un estado fisiológico determinado. La prueba más intuitiva de ello es que me resulta difícil imaginarme convertido en un maltratador de mujeres o en un skinhead sólo porque la ciencia lograse probar -es una hipótesis para el caso- que las mujeres o los negros son, efectivamente, más tontos, más débiles, o más incapaces.

La violencia tiene su propia lógica: una lógica de aniquilación aplicada a todo aquello que es percibido como negatividad por el propio yo. Un yo que, como mencionaba hace unos días, no es capaz de construirse a sí mismo más que por la negación del otro. Por tanto, una lógica del sometimiento que necesita víctimas (un "chivo expiatorio", diría Girard) para justificar y conjurar el propio malestar. Por eso siempre recae en los más débiles: como lo son casi siempre las mujeres frente a los hombres, los niños frente a sus padres, las minorías étnicas frente a las mayorías sociales...

Mientras se siga abordando el problema de la violencia de un problema técnico, que requiere una solución parcelada en función de la "idea errónea" de la que procede, estaremos, me temo, muy lejos de solucionarlo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mentiras y bien gordas

A ver si lo entiendo... Hacer una birria de peli vale tres millones de euracos. Vale. Es una inversión más, y la frivolidad es tan cara...

Luego la gente va a verla al cine, y en taquilla se sacan cuatro milloncejos. Vale. Peor es lo de Ana Rosa y lo de Lady Gaga, cada una en su ámbito.

Pero es que, entonces, el Ministerio le concede otro millón de euros, para redondear la cifra: ya sabéis, esos euros que no son de nadie. Vale que mi torso no vale lo que el de Hugo Silva, pero yo pedí hace unos meses apenas unos trescientos eurillos para apoyar la publicación de mi tesis. Me lo denegaron, ¡y eso que yo me hubiera metido en la ducha con cualquiera! Claro que debe importar que la guionista del bodrio sea la actual Ministra de Cultura. ¿O soy un envidioso malpensado?

lunes, 13 de diciembre de 2010

Nacionalismo chic

El nacionalismo lo inventaron, en el fondo, los franceses: la idea -revolucionaria entonces- era no dejar dividido el país por las ambiciones de clérigos, nobles, terratenientes: sólo hay un soberano, el Pueblo. Tampoco perdió su aura romántica y su vocación progresista cuando sirvió de soporte intelectual a las luchas que llevaron a cabo los pueblos sometidos por el colonialismo (en la India de Gandhi, por ejemplo). Todo eso terminó tan pronto como el nacionalismo se convirtió en lo que es hoy, al menos en este país: un instrumento de confrontación manejado por élites económicas, que crece sobre una retórica de la violencia. Y entonces es posible ver a un multimillonario como Laporta adoptar, sin rubor, la retórica de un campesino de Chiapas, o a una actriz porno colaboradora del Programa de Ana Rosa, como Lucía Lapiedra, clamando contra la opresión. Ya nadie se esfuerza por tapar el hedor clasista que exhala, y cuyas reivindicaciones no se diferencian de las de una clase de banqueros que decidiese crear un Estado propio para no tener que financiar los subsidios de los camioneros. Adeu Espanya! no es la voz dolorida de Maragall, sino la voz ronca por el Bombay Sapphire, despidiéndose desde un yate privado que ya ha partido.