"Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere", decía Spinoza. "Ni rías, ni llores, ni te indignes: comprende". Sin embargo, cuesta mucho pensar con frialdad spinoziana todo lo que está pasando en este país donde, como reza el adagio esotérico, las emociones viajan más rápido que el tiempo. Porque, en realidad, el verdadero problema es que las emociones son ya el único problema. La lógica tribal se impone, la de los egos y las identidades heridas, y cuando eso ocurre solo queda decir, con Feyerabend, adiós a la razón. Hace años una imagen me impresionó mucho: un fundamentalista islámico habla ante las cámaras de su lucha contra los infieles y, de pronto, se le quiebra la voz y comienza a llorar. Es el romanticismo de los totalitarios, la delicada melancolía de los criminales. Últimamente todo el mundo llora. A mí, lo confieso, también me parece bastante triste todo esto, aunque la tristeza -dicen los psicoterapeutas- es ira reprimida y, como tal, solo espera el momento de salir; busca su válvula de escape. Mientras tanto, la guerra es de símbolos. Gracias al presidente más inepto de la historia de España, las cargas policiales del domingo se han convertido en estandartes de la represión con la misma rapidez con que se han olvidado ya las cargas de los Mossos contra el 15M y sus incontables condenas judiciales por tortura. De estos queda ahora la imagen del abrazo, su elevación ritual a ejército del pueblo. Y cuela. Esta es la magia de los símbolos, la fuerza simbólica de una imagen. He recordado estos días a Boris Groys, un teórico del arte al que traduje hace unos años. Escribió un libro titulado "Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural". Es un libro que hay que leer para entender algunas cosas de nuestro tiempo: no hay fuerza moral y política -dice- como la creación de un nuevo valor. Aunque lo nuevo sea la mierda enlatada de Manzoni. Por eso, como todas las épocas largamente estables, la nuestra es milenarista. El nacionalismo, el populismo, el yihadismo son variaciones sobre un mismo tema: la culminación de la historia, el parto de una sociedad utópica, esa estética del hombre nuevo que atraviesa nuestra historia desde el Talmud hasta los panfletos del Ché Guevara. Y es que no hay idea más vieja que la de lo nuevo. Una señora de edad avanzada también se emocionaba ante las cámaras explicando el entusiasmo que le produce asistir al alumbramiento de una nueva república. Me acordé de Kant quien, hablando sobre la Revolución Francesa, venía a decir: Es una auténtica barbarie, pero la gente siente entusiasmo por la idea de estar trayendo el Bien a la Tierra. "Entusiasmado" significa en griego "que lleva un dios dentro", es decir, iluminado, poseído. Hay siempre algo religioso en el entusiasmo político. Los símbolos, las emociones, las creencias lo ocupan todo. Por eso la violencia ya está en marcha e irá a más. La catástrofe, por lo demás, no es solo nuestra, como pretenden quienes se empeñan en ver nuestro país como una anomalía europea. Por todas partes del mundo asistimos al fracaso de la democracia como técnica racional, como procedimiento decisorio. Hace ya mucho tiempo que no hemos experimentado la verdad de que, fuera de la ley, aguardan la violencia y sus monstruos: los monstruos que produce, no la razón, sino su sueño.
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martes, 3 de octubre de 2017
Variaciones sobre un mismo tema
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miércoles, 29 de junio de 2016
Deseo postelectoral
Corría el año 2011 y la crisis era más que incontestable. Tras un final de legislatura socialista desastroso, Rajoy ganaba las elecciones con 10,7 millones de votos y 186 escaños. Los españoles pensaban que era tiempo de cambiar, de dar a los conservadores la oportunidad de enderezar todo aquello que parecía desmoronarse: la prosperidad económica, la cohesión social, la integridad territorial, y no sé cuántas cosas más. Por aquellos entonces, Rajoy daba la sensación de ser un tipo inteligente, de discurso ágil, con una gran capacidad política. Cuatro años después, a muchos se nos presenta como un presidente incapaz, jefe de un partido político corrupto hasta la médula, que deja atrás terribles leyes medioambientales, un elevado desempleo y mucho trabajo en condiciones precarias, una ley contra la libertad de expresión, subidas generalizadas de impuestos, una ley de educación para olvidar pronto y un catálogo memorable de desplantes institucionales. Resulta ilustrativo escuchar uno tras otro dos discursos de Rajoy -en el debate sobre el estado de la nación de 2011 y, ya como presidente del gobierno, en el mismo debate de 2012- para comprobar hasta dónde puede llegar el cinismo, la manipulación, la mentira como sistema.
Sin embargo, el PP de Rajoy ha ganado las elecciones. Lo ha hecho, además, por segunda vez, y de modo aún más contundente que la anterior. No importa qué horrible pueda parecerles a algunos este hecho: su victoria es incuestionable. Con quinientos setenta y tres mil votos más que las elecciones de 2015 y con más de dos millones de votos por encima del segundo partido, el PP ha sido el único que ha mejorado su resultado respecto a la vez anterior: más de cien mil ha perdido el PSOE; un millón, la suma de Podemos e IU; más de cuatrocientos mil, Ciudadanos. Los partidos políticos tuvieron la oportunidad de presentar a la sociedad las propuestas que consideraron oportunas y, por primera vez en la democracia, tuvieron también la oportunidad de mostrar cómo conciben la conformación de mayorías parlamentarias y de acuerdos de gobierno. Después de todo ello, España ha votado mayoritariamente al PP. No importa cuánto me apene esta situación. Personalmente, hubiera preferido que Ciudadanos, un partido reformista y situado ideológicamente en el centro político, tuviera mucha más fuerza de la que tiene hoy. Mis preferencias no importan, como tampoco importan las pataletas de los que solo creen en la democracia cuando sirve para poner a sus pies las instituciones. Hay muchas cosas que aprender de lo ocurrido. Una de ellas es que hay una España que desconocemos, que está más allá de la algarabía de Twitter, de los editoriales de los periódicos, de los debates televisados, de las charlas en la Universidad. Hay muchas Españas que han votado por astucia, por miedo, por rabia, por esperanza, por fidelidad, por hastío, por convicción, por contraste, por quién sabe qué cosas. Un amigo me decía hace poco que no podía votar a Rivera porque le parecía "demasiado pulcro": el corazón del votante es inescrutable. El número de votos, por suerte, no lo es.
Rajoy debería gobernar, y los partidos que no han ganado las elecciones deberían facilitarlo. Por supuesto, ganar no es suficiente y, en una democracia parlamentaria, el PP tendrá que hacer lo que no ha hecho durante cuatro años: construir puentes. Espero que esos puentes impliquen reformas, concesiones que tendrá que hacer a cambio del gobierno, proyectos a medio plazo y políticas ambiciosas. No las que ellos, nuestros políticos, tal vez hubieran querido, sino las que España, que ha hablado por segunda vez, necesita.
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jueves, 12 de noviembre de 2015
Catorce falacias del independentismo
Una falacia es un
argumento que viola las reglas de la lógica. Los profesores de filosofía las explicamos en clase a nuestros alumnos para que estén atentos a los malos
hábitos de nuestros políticos y tertulianos. Hay falacias de muchos tipos y
casi todas proceden del hecho de que la gente tiende a utilizar la razón para apoyar
lo que interesadamente le conviene a cada uno. Para entendernos, la falacia es
a la lógica lo que la prostitución al amor y la esclavitud al trabajo: una
forma más de dominación que pervierte y degrada en beneficio propio lo que
podría ser una oportunidad de libertad. Veamos algunos ejemplos en nuestro
conflicto político más candente.
1.
La falacia de la ventana rota. La propone Bastiat en
el siglo XIX: un niño rompe la ventana de un comerciante y, aunque lo lógico
sería compadecer al comerciante, el argumentador falaz convence a la gente de
que, en realidad, la acción del niño obliga a comprar una ventana nueva, lo que
es bueno para el cristalero, que a su vez comprará otras cosas con ese dinero
y, finalmente, redundará en beneficio de todos. Al final, la infracción es
presentada como un bien social, de la misma manera como los procesistas tratan de convencernos de
que la violación de la ley responde a una acción bondadosa cuyas consecuencias
serán estupendas, y de que romper la ventana nos beneficia a todos.
2.
Ad nauseam. Tal como suena: la técnica consiste en repetir mil
veces algo hasta el agotamiento, de manera que se produce la certeza emocional
de que ese algo es así, sin aportar un argumento verdadero que lo sostenga. Se
consigue, por ejemplo, repitiendo consignas una y otra vez hasta que estas
se convierten en lugares comunes que todo el mundo da por sentados. Del “España
nos roba” al “nada más democrático que poner las urnas”, las grandes consignas del
independentismo no aguantan la confrontación con la realidad: tributar más por producir
más no es ser robado, y la democracia no consiste en votar sobre cualquier cosa
de cualquier manera.
3.
Ad populum. Es un argumento típico en las concepciones degradadas
de lo que es la democracia y se repite mucho a la hora de exigir “derechos”.
Consiste en basar la verdad en la convicción de un grupo cualitativamente
numeroso. Si tanta gente considera que tiene derecho a crear un nuevo estado
vía referéndum, debe ser verdad. Obviamente, esto es tan arbitrario como
afirmar que un municipio de seiscientos habitantes tiene derecho a eso mismo.
En los estados democráticos, los procedimientos de toma de decisiones están
legalmente determinados.
4.
Ad ignorantiam. Razona así: “No vamos a salir de
Europa, no vamos a dejar de usar el euro, no vamos a perder nuestra
nacionalidad, no vamos a hundir el país en el caos administrativo ni la
economía va a verse dañada, y la razón de todo ello es que nadie ha demostrado
lo contrario”. En efecto, basar una afirmacion –especialmente sobre futuribles–
en el hecho de que nadie ha demostrado lo contrario permite defender fenómenos
paranormales tan diversos como el independentismo, los extraterrestres y la
vida inteligente en Gran Hermano.
5. Mi madre me dice que
coma sano. Puedo responderle que es una persona autoritaria que no quiere que
disfrute libremente de la variedad gastronómica que me ofrece la vida urbana.
Pero si lo hago estoy cometiendo la falacia
del hombre de paja, que consiste en convertir al adversario –tergiversando
la realidad– en un pelele fácilmente vapuleable: así, en lugar de afirmar que
el gobierno autonómico tiene límites en el ejercicio del poder, puedo decir que
“los catalanes somos inquilinos de un casero hostil” (Artur Mas), o en lugar de
decir que hay un conflicto de competencias, puedo afirmar que “España ha
declarado oficialmente la guerra a Cataluña y a partir de ahora los combates
serán directos, feroces y diarios” (Víctor Alexandre), y también puedo, en vez
de reconocer la realidad tributaria de un país, exclamar indignado que “no
tenemos que pedir limosna a los ladrones” (Alfons López Tena). Suele funcionar
bastante bien.
6. Post hoc ergo propter hoc. Suena como una cafetera cayendo por unas
escaleras, pero es el nombre de la falacia más querida por el pensamiento
mágico: un tipo en taparrabos mueve unas maracas, después cae la lluvia,
ergo... el tipo en taparrabos es un poderoso chamán capaz de hacer llover. La
razón de que Cataluña quiera la independencia es el hecho de que una vez fue un
reino autónomo. Dejando al margen lo cuestionable del dato histórico, es obvio
que el deseo de independencia es mucho más reciente y tiene que ver con causas
bien distintas a una mera causalidad histórica que no tiene relevancia en el Reino de Navarra ni en el de Granada, por ejemplo.
7. Petición de principio. Es un argumento circular que da por supuesto aquello que pretende demostrar. El
nacionalismo –y su fiel aliado, el autodeconstruido socialismo catalán– afirman
que la necesidad de la independencia viene causada por las acciones del
gobierno central, pero ocultan que esas acciones a su vez fueron causadas por una
política que buscaba deliberadamente el conflicto. La estrategia nacionalista es:
crear un problema, provocar una reacción y luego decir que la reacción ha
provocado el problema.
8. La falacia de la falsa analogía es muy habitual en
política. La usó Rajoy cuando dijo aquello de que la economía de un país es
como una casa: no se puede gastar lo que no se tiene. En esa línea de
comparaciones arriesgadas, los independentistas argumentan que la relación
entre España y Cataluña es como un matrimonio en el que uno de los cónyuges quiere
forzar al otro a mantenerse en una relación que ya no desea. La analogía podría
hacerse con un padre que quiere romper el matrimonio sin hacerse cargo de los
hijos, con una aldea que decide prenderse fuego con el cincuenta y tantos por ciento de los votos o con cualquier otra ocurrencia que, en realidad, no hace más que
desvirtuar la complejidad del problema y llenar las cabezas de la gente de una
indignación injusta. Lo cierto es que un Ayuntamiento está subordinado a una Comunidad Autónoma como esta
lo está al Estado y este a los organismos y tratados internacionales. Es
precisamente la fragmentación del poder lo que garantiza un estado democrático.
Los independentistas quieren un poder absoluto. Al no aceptar un límite al
propio poder ni una autoridad de mayor rango, son absolutistas, es decir,
reaccionarios. Pero una buena falacia siempre sirve para disimularlo todo.
9. La incoherencia no es propiamente una
falacia, pero sí una condición que imposibilita el discurrir lógico. Incurren
en ella quienes pedían respeto a la legalidad y a las instituciones cuando el
pueblo indignado cercaba el Parlamento de Cataluña pero ahora afirman, en
nombre del pueblo, que no tienen que respetar la legalidad ni las
instituciones.
10. Lo mismo ocurre
cuando utilizamos en la argumentación conceptos
abstractos o metafísicos que no tienen un referente claro en la realidad
empírica. La voluntad de los ciudadanos puede medirse, hasta cierto punto, en
unas urnas. Pero que a los nacionalistas la voluntad popular les importa
bastante menos que una concepción metafísica de lo que son España y Cataluña lo
evidencia el hecho de que Joan Tardá afirmara hace solo un año que “cuando
hayamos proclamado la república en Cataluña seguiremos viniendo al Parlamento
español, por supuesto; porque hay dos territorios, el País Valenciano y las
Islas Baleares, dos territorios de los Países Catalanes, que seguirán siendo
todavía territorio del Estado español”.
11. Falacia naturalista. La proponen los
filósofos británicos para criticar el empeño en identificar lo bueno con “lo
natural”, como si de un determinado tipo de realidad pudiera deducirse el bien.
Es muy propio de ciertas morales religiosas: la homosexualidad no es natural,
luego debe ser mala. Para entender en clave independentista esta identificación
metafísica entre bien y naturaleza baste recordar las palabras de Josep María
Pelegrí: “Comer en clave catalana es comer en clave saludable”. Y a la inversa:
si el bien emana del ser catalán, el mal emana necesariamente del ser español,
que es su antítesis metafísica: “La corrupción en Cataluña es una consecuencia
de su españolización en las últimas décadas” (Salvador Cardús).
12. Falacia de la alegación tendenciosa, que yo llamaría, para nuestro caso, la falacia del conquistador. Es el
argumento más viejo y también el más falaz. Identifica a Cataluña –o al País
Vasco o whatever– como un territorio
ocupado, colonizado por una potencia imperialista. La falacia consiste en
seleccionar los datos que confirman la propia tesis (la guerra de Cataluña en
1714, por ejemplo) mientras se obvian aquellos hechos que desmienten la propia
tesis (por ejemplo, el abrumador apoyo de Cataluña a la Constitución del 78 o
el hecho de que fue una guerra –imperialista, ¿o esta no?– la que llevó a Jaime I el Conquistador a
conformar eso que ahora los nacionalistas asumen como su nación, la de los Països
Catalans).
13. Además de las falacias lógicas, existen ciertas actitudes argumentativas que podríamos llamar falacias psicológicas. La que voy a explicar ahora –aclaro desde ya que no existe en ningún tratado de lógica– yo la llamaría la falacia del chivo expiatorio. Si hay
una barbaridad intelectual que no falta en la historia de las barbaridades políticas
es esta. La explica muy bien Girard en su famoso libro del mismo nombre. Se
trata de coger a un pueblo en un mal momento –económico, social, político– y
convencerlo de que sus males tienen un culpable fácilmente identificable: el
chivo expiatorio. Toda la frustración, el descontento y la rabia –hasta
entonces metidos en la olla exprés del resentimiento colectivo– ya pueden salir
al exterior en una dirección bien dirigida. Es el momento de la euforia, de las
masas, de la barbarie.
14. La mentira del independentismo no nacionalista. Se trata de otra desviación
psicológica. Decir que odias a tus vecinos y que te sientes superior a ellos es
políticamente incorrecto, algo que uno no puede reconocer ni ante sí mismo, y
solo pensable en conflictos bárbaros como los de Palestina o Ruanda, donde la
gente termina tirándose granadas y amputándose miembros con machetes. Así que
se dice: “no tenemos ningún problema con el pueblo español”. O, en palabras de
la CUP, “no somos nacionalistas, sino independentistas”. Pero a menudo los
argumentos son la superestructura intelectual que oculta la estructura emocional
de la repulsa etnicista. Esto se ve en el hecho de que Barcelona y su cinturón
industrial no piden independizarse de Cataluña a pesar del enorme dineral que
invierten en subvencionar la Cataluña rural: allí no se ha inducido el veneno
del cálculo fiscal para justificar la segregación nacional. El independentismo,
como sus prestos aliados de la extrema izquierda, considera a España una mezcla
de cosas casposas de la que hay que escapar: ejército, tauromaquia, personajes
grotescos y corrupción política. En el fondo de la caverna psicológica
nacionalista una voz dice: “Nosotros seremos diferentes porque... siempre hemos
sido diferentes”.
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sábado, 3 de enero de 2015
La tragedia española
He escrito en alguna ocasión contra Podemos. Lo he hecho de una manera tan explícita que cualquiera podría pensar que mi posición oscila entre la antipatía personal y una distancia ideológica insalvable. Lo cierto, sin embargo, es que no hay partido en el espectro político español actual que me resulte tan simpático. Es decir, que estamos en el mismo pathos. ¿En qué radica este pathos? Básicamente en la repugnancia ante la degradación moral de la vida política en nuestro país y sus consecuencias para el bienestar de nuestros compatriotas. Vivimos gobernados por una casta parasitaria de tipo feudalista que crece consumiendo el cuerpo social que debería sanar y cuidar; una casta que impide prosperar en el ejercicio del poder precisamente a quienes conciben la política como una vocación de servicio público y, por tanto, estarían más capacitados para mejorar las cosas. La imagen de perversión que ofrecen, a día de hoy, las instituciones fundamentales del Estado es, sencillamente, insoportable, y la indignación ante dicha imagen crece sin cesar y es la energía que nutre a Podemos.
¿Dónde está, entonces, mi objeción? Conviene analizar este hecho: Podemos es a la política lo que el Cuadrado negro de Malévich al arte o el monolito de Kubrick al cine: es el triunfo de lo negativo, la victoria de un modelo de seducción basado en la negación de todo contenido. Cuando la entera imagen del ser es odiosa, la única esperanza está en la nada. Por supuesto, Podemos no es un partido meramente crítico y negativo: está lleno de propuestas concretas. Pero no son exactamente sus propuestas las que lo han llevado a donde está (cuarta fuerza política en las elecciones europeas y prácticamente al mismo nivel que PP y PSOE en intención de voto a lo largo de varias encuestas). Por ejemplo: todavía no sabemos exactamente en qué quedará su propuesta estrella de una renta básica universal y en los últimos tiempos el discurso de la formación se acerca peligrosamente en este punto a lo que ya nos suena por Rajoy: "nos hubiera gustado cumplir nuestro programa, pero la herencia recibida...". Tampoco sabemos bien cómo se concretará su reforma fiscal ni qué significa exactamente eso de un "proceso constituyente" como solución a las tensiones territoriales en las regiones con mayoría nacionalista. Pero lo más importante es que hay un gran número de votantes potenciales que fundamentalmente ignoran el contenido de las propuestas del partido: Podemos es la voz unificada de una indignación heterogénea. Lo que la ha convertido en una fuerza política de primer rango es su capacidad para seducir a padres de hijos en el paro, votantes conservadores desencantados del PP, decepcionados de los partidos tradicionales de izquierda e incluso a sectores con escaso interés en la política como los más jóvenes.
Podemos parece haber absorbido las posibilidades de UPyD y Ciudadanos (otros partidos que surgieron con ánimo regeneracionista) por medio de una genial maniobra estética: cuestionando la totalidad del sistema, presenta el reformismo como maquillaje del sistema, es decir, como hipocresía. La radicalidad del discurso crítico funciona conectando directamente con el comprensible resentimiento del pueblo: no valen medias tintas, es necesario extirpar el mal de raíz (de ahí las metáforas higienistas tan habituales en el discurso de Podemos: limpiar, barrer, extirpar...). Mientras -como parece pretender últimamente- la formación avance sutilmente hacia la socialdemocracia para seducir a los moderados, es posible que pierda parte de una fuerza magnética que ha funcionado precisamente gracias a no hacer concesiones a la moderación.
Y así nos vemos ante el siguiente panorama: la credibilidad en la política por los suelos, la desconfianza en la justicia por las nubes, una universal sensación de impotencia en los votantes, un gobierno ineficiente, inercial, carcomido por la corrupción, y frente a él una oposición hipócrita, en medio de un país empobrecido, desencantado y encima amenazado en su integridad territorial por el independentismo. La tragedia española, al menos de cara a las próximas elecciones, es que el único partido que se ha mostrado capaz de plantar cara a todo ello y que tiene la ambición de hablar de Política con mayúsculas, sea prisionero de los viejos prejuicios ideológicos de sus dirigentes y que toda esta exaltación de los grandes ideales termine siendo solo, como tantas veces en la historia, la máscara de una hiperpolítica liberticida.
¿Dónde está, entonces, mi objeción? Conviene analizar este hecho: Podemos es a la política lo que el Cuadrado negro de Malévich al arte o el monolito de Kubrick al cine: es el triunfo de lo negativo, la victoria de un modelo de seducción basado en la negación de todo contenido. Cuando la entera imagen del ser es odiosa, la única esperanza está en la nada. Por supuesto, Podemos no es un partido meramente crítico y negativo: está lleno de propuestas concretas. Pero no son exactamente sus propuestas las que lo han llevado a donde está (cuarta fuerza política en las elecciones europeas y prácticamente al mismo nivel que PP y PSOE en intención de voto a lo largo de varias encuestas). Por ejemplo: todavía no sabemos exactamente en qué quedará su propuesta estrella de una renta básica universal y en los últimos tiempos el discurso de la formación se acerca peligrosamente en este punto a lo que ya nos suena por Rajoy: "nos hubiera gustado cumplir nuestro programa, pero la herencia recibida...". Tampoco sabemos bien cómo se concretará su reforma fiscal ni qué significa exactamente eso de un "proceso constituyente" como solución a las tensiones territoriales en las regiones con mayoría nacionalista. Pero lo más importante es que hay un gran número de votantes potenciales que fundamentalmente ignoran el contenido de las propuestas del partido: Podemos es la voz unificada de una indignación heterogénea. Lo que la ha convertido en una fuerza política de primer rango es su capacidad para seducir a padres de hijos en el paro, votantes conservadores desencantados del PP, decepcionados de los partidos tradicionales de izquierda e incluso a sectores con escaso interés en la política como los más jóvenes.
Podemos parece haber absorbido las posibilidades de UPyD y Ciudadanos (otros partidos que surgieron con ánimo regeneracionista) por medio de una genial maniobra estética: cuestionando la totalidad del sistema, presenta el reformismo como maquillaje del sistema, es decir, como hipocresía. La radicalidad del discurso crítico funciona conectando directamente con el comprensible resentimiento del pueblo: no valen medias tintas, es necesario extirpar el mal de raíz (de ahí las metáforas higienistas tan habituales en el discurso de Podemos: limpiar, barrer, extirpar...). Mientras -como parece pretender últimamente- la formación avance sutilmente hacia la socialdemocracia para seducir a los moderados, es posible que pierda parte de una fuerza magnética que ha funcionado precisamente gracias a no hacer concesiones a la moderación.
Y así nos vemos ante el siguiente panorama: la credibilidad en la política por los suelos, la desconfianza en la justicia por las nubes, una universal sensación de impotencia en los votantes, un gobierno ineficiente, inercial, carcomido por la corrupción, y frente a él una oposición hipócrita, en medio de un país empobrecido, desencantado y encima amenazado en su integridad territorial por el independentismo. La tragedia española, al menos de cara a las próximas elecciones, es que el único partido que se ha mostrado capaz de plantar cara a todo ello y que tiene la ambición de hablar de Política con mayúsculas, sea prisionero de los viejos prejuicios ideológicos de sus dirigentes y que toda esta exaltación de los grandes ideales termine siendo solo, como tantas veces en la historia, la máscara de una hiperpolítica liberticida.
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miércoles, 14 de julio de 2010
Esbozo de tres reflexiones sobre el Mundial
1. Tras la victoria, se celebran las virtudes ejemplares de los jugadores. De acuerdo. ¿Podemos entonces empezar a valorar en la educación y en el trabajo cosas como el mérito, el esfuerzo, la distinción, la competitividad, la idea misma de “selección”?
2. Los nacionalistas quieren selecciones regionales para obligar a los ciudadanos no nacionalistas de sus comunidades a decidirse entre sus identidades: o eres vasco y vas con la selección de Euskadi o eres español y vas con la selección española. La selección es, para ellos, un gran objetivo en términos simbólicos: establecer lo español como extraño, hacer irreconciliables ambas identidades.
3. El recelo ante los símbolos culturales catalanes o vascos. Ejemplo, ante la señera que llevan Puyol y Xavi. La gente que inconscientemente siente hostilidad ante los símbolos y la lengua de vascos y catalanes… ¿cómo pretenden no fomentar el sentimiento independentista? Para mí, lo mejor de la final fue ver a Puyol, jugador de la selección española, besando la bandera catalana. Si realmente es posible la cohesión entre los pueblos de España, esa bandera es parte de nosotros. Si existe España, si debe seguir existiendo, debemos aprender de una vez a sentirnos orgullosos de las culturas que la forman, a vivir como propios los signos de identidad de nuestras regiones. Si no, no vale la pena.
2. Los nacionalistas quieren selecciones regionales para obligar a los ciudadanos no nacionalistas de sus comunidades a decidirse entre sus identidades: o eres vasco y vas con la selección de Euskadi o eres español y vas con la selección española. La selección es, para ellos, un gran objetivo en términos simbólicos: establecer lo español como extraño, hacer irreconciliables ambas identidades.
3. El recelo ante los símbolos culturales catalanes o vascos. Ejemplo, ante la señera que llevan Puyol y Xavi. La gente que inconscientemente siente hostilidad ante los símbolos y la lengua de vascos y catalanes… ¿cómo pretenden no fomentar el sentimiento independentista? Para mí, lo mejor de la final fue ver a Puyol, jugador de la selección española, besando la bandera catalana. Si realmente es posible la cohesión entre los pueblos de España, esa bandera es parte de nosotros. Si existe España, si debe seguir existiendo, debemos aprender de una vez a sentirnos orgullosos de las culturas que la forman, a vivir como propios los signos de identidad de nuestras regiones. Si no, no vale la pena.
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miércoles, 12 de mayo de 2010
Spain is the pain
Termino el curso de "Prevencion de riesgos laborales" que nos han obligado a hacer a los profesores (sí, a los de filosofía también). Copio las respuestas que me han pasado en un papel sin leer siquiera las preguntas. De todas formas, el programa informático te avisa si has cometido un error, para que lo rectifiques (no vaya a ser que alguien no apruebe el curso). Siempre me han entristecido los trabajos mecánicos, así que me siento estúpido y alienado contemplando mi certificado de seis horas de formación mientras me pregunto "¿cuánto se habrá gastado la Administración en esta locura digna de Kafka?".
Vuelvo a casa. Es la una del mediodía y las farolas de la autopista, como ayer, brillan con fuerza iluminando nada. La radio repite la noticia del día: la propuesta del gobierno para reducir el gasto público. Pero yo sigo dándole vueltas a la que leí por la mañana: "La OCDE auguró que sufriríamos más la crisis a largo plazo y reiteró su recomendación de realizar más reformas, en particular en la educación y en el mercado de trabajo" (noticia completa). Al fin alguien pone la palabra "educación" en todo esto. La educación no debe servir sólo para alfabetizar y asegurar unos mínimos de cultura que no nos pongan demasiado abajo en el Índice de Desarrollo Humano, sino también para preparar a aquellos de quienes en el futuro dependerá el desarrollo industrial y comercial del país.
Mientras en el instituto los chicos prueban los nuevos papadeltas de color lila, los jefes de departamento ideamos el modo de gastar un presupuesto (yo tengo 900 euros) que nadie reclama y que podría estar cobrando un parado. Las luces encendidas en las aulas con las ventanas bajadas, las toneladas de papel desperdiciado, los ordenadores portatiles que nos dieron... ¿cuántas jubilaciones pagarían? Pero no lo pienso mucho. Sigo adelante. Y detrás, las farolas iluminando la llanura manchega a la una del mediodía me recuerdan: "Este desierto es lo que llamas patria".
Vuelvo a casa. Es la una del mediodía y las farolas de la autopista, como ayer, brillan con fuerza iluminando nada. La radio repite la noticia del día: la propuesta del gobierno para reducir el gasto público. Pero yo sigo dándole vueltas a la que leí por la mañana: "La OCDE auguró que sufriríamos más la crisis a largo plazo y reiteró su recomendación de realizar más reformas, en particular en la educación y en el mercado de trabajo" (noticia completa). Al fin alguien pone la palabra "educación" en todo esto. La educación no debe servir sólo para alfabetizar y asegurar unos mínimos de cultura que no nos pongan demasiado abajo en el Índice de Desarrollo Humano, sino también para preparar a aquellos de quienes en el futuro dependerá el desarrollo industrial y comercial del país.
Mientras en el instituto los chicos prueban los nuevos papadeltas de color lila, los jefes de departamento ideamos el modo de gastar un presupuesto (yo tengo 900 euros) que nadie reclama y que podría estar cobrando un parado. Las luces encendidas en las aulas con las ventanas bajadas, las toneladas de papel desperdiciado, los ordenadores portatiles que nos dieron... ¿cuántas jubilaciones pagarían? Pero no lo pienso mucho. Sigo adelante. Y detrás, las farolas iluminando la llanura manchega a la una del mediodía me recuerdan: "Este desierto es lo que llamas patria".
viernes, 30 de abril de 2010
Cuatro sencillas normas para levantar un país
1. Saber qué es un país.
Es decir: obviar los debates nominalistas y las metafísicas que sólo esconden ejercicios de dominación y retrocesos sociales. Atender al conjunto de personas, en su bienestar y en sus derechos, pero también como instrumentos de un afán histórico y de una ilusión colectiva.
2. Saber para qué se quiere levantar ese país (fines).
Priorizar objetivos: tecnológicos, económicos, culturales. Como primer objetivo, desde luego, la mejora de las condiciones materiales de existencia. Pero también las metas a largo plazo, siempre definidas por grandes valores (¿la libertad?, ¿la justicia?...), con los sacrificios que ello conlleva: la renuncia a una existencia vegetativa, posthistórica, a un cuerpo de vacaciones, la maximización del esfuerzo, la heroicidad del trabajo bien hecho...
3. Saber cómo se puede levantar ese país (medios).
Un país se levanta sobre una economía, pero ésta, a su vez, es inviable sin un sistema de valores, de fines, sin una educación del cuerpo y del espíritu. Por eso la verdadera estructura, en el sentido marxista del término, es la "educación". Y no en el sentido institucional del término, sino en cuanto trama de símbolos intelectuales y emocionales, así como de hábitos físicos, forjados en la interacción social. Como proyecto, en fin, en el que deben estar implicadas todas las fuerzas de la sociedad ("toda la tribu educa" -repite Marina). Entender que no se puede sostener un país dejando que se extiendan por todas partes, como un cáncer, las pasiones más mezquinas y los afectos más narcotizantes.
4. Saber cómo se protege un país.
Elegir como aliados a aquellos países que comparten con nosotros grandes objetivos históricos (véase norma 2) y mantener con ellos vínculos de trabajo, de cooperación, de acción. Mantener esos vínculos por encima de los mezquinos intereses de los partidos y de los cambios de gobierno. Y establecer, cómo no, un sistema de garantías sociales que impida los abusos y equilibre las desigualdades producidas por la naturaleza o los vaivenes del mercado.
jueves, 1 de octubre de 2009
La educación en España

Contar todo lo que opino sobre la educación, y además argumentarlo, podría llevarme a escribir una larguíííísima entrada que acabara siendo un coñazo, así que directamente dogmatizo sobre tres o cuatro ideas, y así ahorramos tiempo:
1. A mí me parece estupendo que a los profesores nos conviertan en “autoridad pública”, pero me descojono con el contexto en que se plantea la propuesta: hordas de adolescentes colocados arrojando botellas a agentes de policía armados. ¿A esos chicos se pretende impresionar convirtiéndonos en “autoridad”? Pero nos darán un lanzallamas, ¿no?
2. Los estudiantes adolescentes no son –al menos los que yo he tenido ocasión de tratar– una panda de degenerados sumidos en un estado de barbarie. Y no se puede idear un nuevo modelo educativo partiendo de la premisa de su maldad originaria. Así que convendría no perder los papeles...
3. En España tenemos una concepción errónea de lo público, que está en el origen de casi todos nuestros males. En Alemania o la República Checa, por ejemplo, se es extremadamente exigente en la educación pública. Lo público es lo pagado por todos a base de mucho trabajo: y se hace el esfuerzo colectivo de financiar una educación pública para que todos los que la quieran, puedan tenerla. Pero quien no quiere, quien está allí por pasar el tiempo, boicoteando clases y dejando pasar las horas, los días y los cursos, impidiendo a los demás su ejercicio del derecho a la educación, etc., sencillamente acaba fuera de ella, teniéndose que pagar sus estudios en la enseñanza privada. ¿Se entiende esto? Buenos: público, pagado por todos. Malos: privado, pagado por su señora madre. No al revés.
4. O sea: el sistema educativo español está hecho para asfixiar la excelencia: el otro día miraba, desde las ventanas de la cafetería, un curso de 2º de la ESO. Los buenos estudiantes, sentados en los primeros bancos, hacían esfuerzos para atender al profesor, mientras que, al fondo de la clase, un grupo de chicos mugía, gritaba y se lanzaba objetos. ¿Esta es la equidad y la igualdad de oportunidades que se persigue? Otro ejemplo: mi hermano trabaja en el instituto de un pueblo con poca vocación cultural, digámoslo así. La mayoría de los alumnos quiere trabajar pronto y el objetivo de las clases se resume prácticamente en un esfuerzo titánico por mantener el orden. Apenas hay espacio para enseñar nada. En este instituto, los cinco o seis grupos de los primeros cursos de la ESO se acaban convirtiendo en sólo dos 4º. De estos dos grupos, sólo algunos pocos alumnos se animan a hacer el bachillerato, para lo que tienen que trasladarse a otro pueblo. Allí fracasan estrepitosamente, después de años impedidos a tener una educación de verdad. ¿Es esto justo?
¿Para qué tantos millones de inversión pública? ¿Sabemos realmente para qué educamos, o la educación es ya sólo una institución que persiste por pura inercia?
Otro día más...
domingo, 24 de mayo de 2009
¿Por qué no vivimos en un país laico?
Ayer publicaba el Diario de Sevilla un artículo de D. Antonio J. Durán, repitiendo los agotadores lugares comunes del agotador catecismo anticlerical, cuyos cientos de dogmas proceden de este único silogismo: todo lo que afirma la Iglesia es de naturaleza religiosa, todo aquello que es de naturaleza religiosa es malo; luego... etc. El autor del artículo muestra su indignación por la oposición de la Iglesia a que se usen embriones en la investigación médica. Y dice lo siguiente: "este rasgarse los clérigos las vestiduras y llamar asesinato a una actividad científica ejercida en un ámbito protegido por una estricta y exhaustiva regulación legal, no es sólo una calumnia -o sea, una acusación falsa hecha maliciosamente para hacer daño-, sino una muestra más de la perenne cruzada clerical por conseguir que la ley del Estado se subordine a sus designios morales".
Hoy no querría entrar en el tema de los embriones, aunque la cantidad de retórica y falacias concentradas en el artículo daría mucho juego. Prefiero decir algo sobre la última parte del texto citado, esto es: la cuestión de la separación Iglesia-Estado.
Es verdad que, a lo largo de la historia y hasta fechas recientes, ha existido en la Iglesia un innegable conato de poder terrenal, especialmente bajo el pontificado de Bonifacio VIII, aunque recurrente a lo largo de los siglos. Hay que decir, en todo caso, que el Estado no se encontraba menos ávido de poder espiritual (Aviñón, cisma de occidente...). Al fin y al cabo, quien posee el poder espiritual posee el verdadero poder. Dicho esto, la siguiente pregunta no resulta inoportuna: ¿es la Iglesia la que pretende reconquistar el poder político, o es el poder político el que se resiste a dejar el espíritu fuera de su alcance?
Es obvio que las relaciones entre la civitas Dei y la civitas terrena no acaban de ajustarse del todo. Pero, contra lo que se dice habitualmente (esto es: que la causa de ello se debe a la nostalgia eclesiástica de un predominio social y político perdido), me temo que parte de culpa le corresponde también a ciertos "laicistas" que siguen empeñados en no aceptar que la Iglesia es una realidad social más, que, como tal, representa determinados intereses (discutibles, pero legítimos) y que tiene una vocación de participación en la vida pública. Exactamente igual que COLEGAS, Amigos de la Legión, los actores, el Sindicato de Estudiantes y la CNT. Con la diferencia de que el número de "afiliados" es notablemente superior en el primer caso. Hay quienes consideran que el Estado no debería participar en la financiación de ningún culto, aunque sí todo tipo de intereses y gustos privados (actividades deportivas y lúdicas, cursos de formación, etc.). En el fondo, es paradójico: al negar a la Iglesia su derecho a la participación en la vida pública, se niega su carácter estrictamente social, reconociéndole así a contrario sensu la naturaleza espiritual que pretendía negársele.
Cada vez que la Iglesia (o sea, el clero) expresa una opinión contraria a los dogmas morales y políticos establecidos por el establishment ideológico de este país, empieza a tronar la sempiterna cantinela de la intromisión (aquí, aquí y aquí por no seguir). Con ello se le niega su pertenencia a la ciudadanía, al corpus social. Pertenece a un extraño nimbo sociológico, a medio camino entre este mundo y el otro, desde donde puede contribuir a labores sociales y educativas, pero no expresar públicamente sus preferencias ideológicas.
En buena medida, no vivimos en un país laico porque hay quienes se empeñan en dictar un juicio condenatorio universal contra la religión, en postular como axioma que su naturaleza es esencialmente perversa (como ven, se trata de la versión anticlerical del dogma del pecado original), y deducir de ahí todo un proyecto vital apostólico encaminado a la destrucción de dicha perversión (¿les suena todo esto?). Bajo el peso de tantos dogmas y en medio de esta carencia de lo que hoy llaman "cultura democrática", resulta difícil que este país pueda llegar pronto a aquello que el propio Savater afirmaba en la segunda de sus tesis sobre el laicismo: "En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas".
Hoy no querría entrar en el tema de los embriones, aunque la cantidad de retórica y falacias concentradas en el artículo daría mucho juego. Prefiero decir algo sobre la última parte del texto citado, esto es: la cuestión de la separación Iglesia-Estado.
Es verdad que, a lo largo de la historia y hasta fechas recientes, ha existido en la Iglesia un innegable conato de poder terrenal, especialmente bajo el pontificado de Bonifacio VIII, aunque recurrente a lo largo de los siglos. Hay que decir, en todo caso, que el Estado no se encontraba menos ávido de poder espiritual (Aviñón, cisma de occidente...). Al fin y al cabo, quien posee el poder espiritual posee el verdadero poder. Dicho esto, la siguiente pregunta no resulta inoportuna: ¿es la Iglesia la que pretende reconquistar el poder político, o es el poder político el que se resiste a dejar el espíritu fuera de su alcance?
Es obvio que las relaciones entre la civitas Dei y la civitas terrena no acaban de ajustarse del todo. Pero, contra lo que se dice habitualmente (esto es: que la causa de ello se debe a la nostalgia eclesiástica de un predominio social y político perdido), me temo que parte de culpa le corresponde también a ciertos "laicistas" que siguen empeñados en no aceptar que la Iglesia es una realidad social más, que, como tal, representa determinados intereses (discutibles, pero legítimos) y que tiene una vocación de participación en la vida pública. Exactamente igual que COLEGAS, Amigos de la Legión, los actores, el Sindicato de Estudiantes y la CNT. Con la diferencia de que el número de "afiliados" es notablemente superior en el primer caso. Hay quienes consideran que el Estado no debería participar en la financiación de ningún culto, aunque sí todo tipo de intereses y gustos privados (actividades deportivas y lúdicas, cursos de formación, etc.). En el fondo, es paradójico: al negar a la Iglesia su derecho a la participación en la vida pública, se niega su carácter estrictamente social, reconociéndole así a contrario sensu la naturaleza espiritual que pretendía negársele.
Cada vez que la Iglesia (o sea, el clero) expresa una opinión contraria a los dogmas morales y políticos establecidos por el establishment ideológico de este país, empieza a tronar la sempiterna cantinela de la intromisión (aquí, aquí y aquí por no seguir). Con ello se le niega su pertenencia a la ciudadanía, al corpus social. Pertenece a un extraño nimbo sociológico, a medio camino entre este mundo y el otro, desde donde puede contribuir a labores sociales y educativas, pero no expresar públicamente sus preferencias ideológicas.
En buena medida, no vivimos en un país laico porque hay quienes se empeñan en dictar un juicio condenatorio universal contra la religión, en postular como axioma que su naturaleza es esencialmente perversa (como ven, se trata de la versión anticlerical del dogma del pecado original), y deducir de ahí todo un proyecto vital apostólico encaminado a la destrucción de dicha perversión (¿les suena todo esto?). Bajo el peso de tantos dogmas y en medio de esta carencia de lo que hoy llaman "cultura democrática", resulta difícil que este país pueda llegar pronto a aquello que el propio Savater afirmaba en la segunda de sus tesis sobre el laicismo: "En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas".
martes, 10 de febrero de 2009
Memoria histórica
De todos los conceptos "deconstruidos" por el gobierno en los últimos años, el que más me duele es éste: la memoria histórica. Cuando la idea de que existen "dos Españas" debería haber desaparecido -y si ello no es así, aún no podemos hablar de una "sociedad democrática"- lo lógico sería que este país asumiera de una vez la tarea de iluminar lo que ocurrió. Es un imperativo histórico, una exigencia del conocimiento. Pero también una tarea moral: nuestro compromiso con la historia incluye el deber de evitar los errores del pasado, de asumir lo que somos y de proyectar lo que queremos o no queremos ser.
Sin embargo, cuando uno observa el modo como pretende llevarse a cabo esa tarea, no ve sino una ocultación mezquina envuelta en una retórica narcotizante. De nuevo las consignas, los maniqueísmos, la ideología: la memoria se transforma en juez. Mal asunto. Hace unos años traduje un libro poco conocido, Diplomático en el Madrid rojo, para la Editorial Renacimiento. Existe otra versión de Agapito Maestre que lleva el título de Matanzas en el Madrid republicano. En todo caso, se trata de las memorias de Felix Schleyer, diplomático noruego en el Madrid de los años frentepopulistas, donde narra muchas cosas interesantes para reconstruir una verdadera memoria histórica. Allí se cuenta, por ejemplo, la solución propuesta por La Pasionaria para solucionar el clima político del momento: que "una" España "extermine a la otra". Sí: la misma a la que homenajea incomprensiblemente una parte de la izquierda. También se relatan las vidas de quienes tuvieron que refugiarse en embajadas de países europeos huyendo de las persecuciones comunistas y anarquistas, los hallazgos de fosas comunes, la existencia de checas donde se torturaba y ejecutaba a adversarios políticos. Por suerte, aún existe la memoria del parentesco: mi abuela contaba siempre cómo X, republicano, iba pregonando por todo el pueblo: "hoy nos hemos cargado a Fulanito, y mañana nos vamos a cargar a Menganito. Y -concluía suspirando- claro, cuando acabó la guerra, se lo cargaron a él..." Además, ahí están los textos de Largo Caballero diciendo cómo funciona el socialismo que pretendía implantar y qué opinión le merecía la democracia. Sí: el mismo que sigue contando -nadie entiende por qué- con una Fundación en la UGT. Sin embargo, todo esto se diluye en la nada mientras los altavoces del régimen pregonan que la memoria histórica consiste únicamente en retirar estatuas de Franco y desenterrar a Lorca. El pasado, como la realidad misma, susurra tenazmente, pero es frágil. No es difícil callarlo a golpe de consignas: por eso la memoria implica una escucha sacrificada, un esfuerzo, y por eso es un modo de expiación, al menos para la vergüenza.
Por eso es tan terrible ver cómo desde las poltronas del poder, de uno y otro signo, se reescribe el pasado según el guión establecido de lo que se pretende hacer del presente. Todo esto recuerda lamentablemente el mundo de 1984 de Orwell: el ruido incesante de la propaganda y de los medios acaba por sofocar el pasado para hacer brillar tras él la luz de un pensamiento que siempre quiere ser más que la realidad. Pero no: memoria histórica significa humillarnos ante la realidad. Tener memoria es rendir cuentas al ser, que es tiempo. Por eso San Agustín llamaba "memoria del presente" al simple contemplar la propia existencia. Al abandonar desinteresadamente el presente para asumir el pasado, damos un salto más allá de la inmediatez del ahora: por eso la memoria es la forma más sutil de trascendencia. Un amigo teólogo, Jaime, me hizo ver que la memoria era central en la autocomprensión del pueblo de Israel. De hecho, es la increpación permanente de Dios, el mandamiento más insistentemente repetido: "recuerda, Israel", implícito siempre en la alocución Shema: escucha. Sí, secuaces del Gran Hermano: Tenemos memoria.
Sin embargo, cuando uno observa el modo como pretende llevarse a cabo esa tarea, no ve sino una ocultación mezquina envuelta en una retórica narcotizante. De nuevo las consignas, los maniqueísmos, la ideología: la memoria se transforma en juez. Mal asunto. Hace unos años traduje un libro poco conocido, Diplomático en el Madrid rojo, para la Editorial Renacimiento. Existe otra versión de Agapito Maestre que lleva el título de Matanzas en el Madrid republicano. En todo caso, se trata de las memorias de Felix Schleyer, diplomático noruego en el Madrid de los años frentepopulistas, donde narra muchas cosas interesantes para reconstruir una verdadera memoria histórica. Allí se cuenta, por ejemplo, la solución propuesta por La Pasionaria para solucionar el clima político del momento: que "una" España "extermine a la otra". Sí: la misma a la que homenajea incomprensiblemente una parte de la izquierda. También se relatan las vidas de quienes tuvieron que refugiarse en embajadas de países europeos huyendo de las persecuciones comunistas y anarquistas, los hallazgos de fosas comunes, la existencia de checas donde se torturaba y ejecutaba a adversarios políticos. Por suerte, aún existe la memoria del parentesco: mi abuela contaba siempre cómo X, republicano, iba pregonando por todo el pueblo: "hoy nos hemos cargado a Fulanito, y mañana nos vamos a cargar a Menganito. Y -concluía suspirando- claro, cuando acabó la guerra, se lo cargaron a él..." Además, ahí están los textos de Largo Caballero diciendo cómo funciona el socialismo que pretendía implantar y qué opinión le merecía la democracia. Sí: el mismo que sigue contando -nadie entiende por qué- con una Fundación en la UGT. Sin embargo, todo esto se diluye en la nada mientras los altavoces del régimen pregonan que la memoria histórica consiste únicamente en retirar estatuas de Franco y desenterrar a Lorca. El pasado, como la realidad misma, susurra tenazmente, pero es frágil. No es difícil callarlo a golpe de consignas: por eso la memoria implica una escucha sacrificada, un esfuerzo, y por eso es un modo de expiación, al menos para la vergüenza.
Por eso es tan terrible ver cómo desde las poltronas del poder, de uno y otro signo, se reescribe el pasado según el guión establecido de lo que se pretende hacer del presente. Todo esto recuerda lamentablemente el mundo de 1984 de Orwell: el ruido incesante de la propaganda y de los medios acaba por sofocar el pasado para hacer brillar tras él la luz de un pensamiento que siempre quiere ser más que la realidad. Pero no: memoria histórica significa humillarnos ante la realidad. Tener memoria es rendir cuentas al ser, que es tiempo. Por eso San Agustín llamaba "memoria del presente" al simple contemplar la propia existencia. Al abandonar desinteresadamente el presente para asumir el pasado, damos un salto más allá de la inmediatez del ahora: por eso la memoria es la forma más sutil de trascendencia. Un amigo teólogo, Jaime, me hizo ver que la memoria era central en la autocomprensión del pueblo de Israel. De hecho, es la increpación permanente de Dios, el mandamiento más insistentemente repetido: "recuerda, Israel", implícito siempre en la alocución Shema: escucha. Sí, secuaces del Gran Hermano: Tenemos memoria.
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