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viernes, 13 de octubre de 2017

Cosas varias al hilo de Cataluña

1. A uno pudiera parecerle incomprensible, a la vista de las noticias sobre el proceso electoral, sobre los resultados, la abstención, la fuga de empresas, la respuesta internacional, etc., que un soberanista no se plantee, al menos, que tal vez no sea el momento ni el modo de llevar hasta el final sus aspiraciones políticas. La razón de que esto no sea así y que sigamos viendo muy exaltada a la hinchada nacionalista es que vivimos en universos informativos diferentes. Los lectores de Ara y los lectores de El Mundo viven realidades distintas. En las redes sociales, el asunto es aún más grave: recibidas en su origen por ciertos intelectuales postmodernos (Vattimo, por ejemplo) como herramientas potenciales de comunicación universal, las redes sociales se han degradado hasta convertirse en microcosmos donde uno ya solo lee, mira y comparte lo que refuerza su sentido de la identidad y de la verdad. Literalmente, no vivimos en el mismo mundo. Y eso es jodido para el futuro de nuestras sociedades, más allá de la movida catalana.
2. El mito de “La Gente”, “El Pueblo” o “Nosotros”. Es la superstición más extendida por la Weltanschauung ibérica. El argumento nacional-populista dice así: son los catalanes los que deben decidir el futuro político de Cataluña, lo que equivale a decir: un tipo en Soria o en Sevilla no tiene derecho a votar la autodeterminación catalana. En cambio, nadie cuestiona que los ciudadanos de los pueblos del Pirineo leridano, independentistas hasta la médula, condicionen con su voto el futuro del cinturón industrial de Barcelona, de Badalona, de Lloret del Mar o del Valle de Arán, ciudadanos a los que la erótica soberanista les pone bastante menos. Puestos a ser escrupulosamente respetuosos con la voluntad popular, ¿por qué no radicalizar la consulta y preguntar a las comarcas, a los municipios, para al menos constatar el absurdo de que un país pueda estar preguntándose a sí mismo permanentemente su identidad? ¿Por qué se cuestiona tan alegremente la nación legalmente constituida y se respeta con temor religioso la nación mitológicamente inventada? En los sistemas políticos no totalitarios, no hay "nosotros" más allá de la suma de "yoes". Lo que me lleva al siguiente punto.
3. “Autodeterminación” es un concepto ilustrado y tiene un sentido individual: Solo el individuo puede ser sujeto de autodeterminación. Es el núcleo indivisible, el átomo, de cualquier exigencia de libertad. La cuestión política solo entra en escena en relación a si el Estado favorece o entorpece el ejercicio de esa libertad individual, de esa autodeterminación. En Kant y en los ilustrados, de hecho, significa la capacidad de actuar de acuerdo a una norma que es pensada como común a todo el género humano, la capacidad de actuar por encima de las pasiones, las inclinaciones, las creencias. Así aparece históricamente también el concepto de nación, en el contexto de la Revolución Francesa: Cuando el pueblo se rebela contra una concepción patrimonialista del territorio y de los recursos y lleva a cabo la superación del Antiguo Régimen. Dicho de otra forma: Autodeterminación y nación representan justo lo contrario del nacionalismo.
4. Otra cuestión casi metafísica: El mito del “Referéndum” como solución a las tensiones políticas. Como es bien sabido, en 1995 Quebec organizó un referéndum de eso que la gente llama autodeterminación. La pregunta era tan ambigua que el legislativo terminó elaborando una ley (nacional) de transparencia (el "Clarity Act") para hacer frente a las escaramuzas dialécticas del particular Procés quebequense, ley en la que además se fijaba la participación del Parlamento nacional canadiense. Quebec respondió con su propia ley de autodeterminación en la que se evidencia que el referéndum no ha resuelto en absoluto la tensión política. Un referéndum soberanista es siempre una trampa: Solo sirve si el nacionalismo alcanza el poder total e impide cualquier marcha atrás. En el otro gran espejo del nacionalismo periférico español, Escocia, sucedió lo mismo: Poco después de celebrarse un referéndum de autodeterminación (ojo: concedido y regulado por el Estado de acuerdo a las leyes británicas) los nacionalistas escoceses ya estaban reclamando otro para aprovechar el tirón del descontento post-Brexit. El referéndum -no importa el resultado- jamás resuelve la tensión política. Solo la eleva a un nivel diferente.
5. En democracia creemos que solo el consenso disuelve -o al menos rebaja- la tensión: El acuerdo en que todos, al abandonar sus puntos de partida individuales y sus exigencias maximalistas, ganan un espacio común. La famosa convivencia. Pero el nacionalismo no dura mucho tiempo en el consenso. Por eso únicamente lo acepta como medio para acumular más poder y permitirse la creación de nuevas tensiones futuras. Es su ciclo natural. Ya había en España un consenso nacional: Es la historia de la democracia española y la fragmentación del poder nacional para dar sitio, espacio y cauces a las sensibilidades y aspiraciones nacionalistas. La situación actual es la negación del consenso alcanzado.
6. Otra cuestión metafísica: El mito de la “Mayoría”. Todos los políticos, sin excepción, intentan hacer suyo el sentir de la mayoría, como si esa fuera la cuestión decisiva. Pero no es exactamente así: La democracia es el gobierno de la gente, sí, pero a través de las leyes; la democracia es el gobierno de las mayorías, sí, pero con respeto a las minorías. Hay democracia donde el gobierno está sostenido por la mayoría, pero solo si ese gobierno está sometido a ciertos mecanismos de control. Una cuestión emocional, económica, política y socialmente tan compleja como la secesión de un territorio no puede ser dirimida en un referéndum por mayoría simple. La fórmula autonomista es precisamente una solución donde cohabitan varios sentidos de pertenencia.
7. El respeto. La izquierda es muy sensible: Se pone muy indignada cuando ve a unos ultras diciendo barbaridades en la calle o en las redes sociales. El otro día, la plana mayor de Unidos Podemos compartía por Twitter el video de un hombre en Sanlúcar de Barrameda al que le quitan con violencia un cartel pidiendo diálogo. Y me parece muy bien que sea tan intolerante con los intolerantes. Tiene, sin embargo, una doble vara de medir: todos estos periodistas, intelectuales, políticos, tuiteros, que se llevan las manos a la cabeza por las manifestaciones de violencia que consideran inaceptables, ¿se indignan igual cuando las juventudes nacionalpopulistas atacan los puntos de información de Ciudadanos, cuando las amenazas de muerte en las sedes de los partidos que no comulgan con el dogma identitario, cuando piden la violación en grupo de la líder del principal partido político de la oposición catalana, cuando las presiones en la Universidad, en los colegios, en los medios, cuando llaman "falangistas" y "fascistas" a quienes se manifiestan en defensa del orden constitucional? Se ve que, también aquí, el respeto depende sobre todo del cariz ideológico de las víctimas y los verdugos.
8. Otra constante en nuestra nueva izquierda: La falacia de los nacionalismos simétricos. La bandera de España, agitada en la manifestación constitucionalista, no es el símbolo de otro nacionalismo excluyente. No se ondea como símbolo identitario frente a otros (no deja de ser llamativo que apareciera tan a menudo acompañada de la senyera y de la bandera europea). La defensa de la unidad y la legalidad, del consenso y la convivencia, no puede ser puesta al mismo nivel que la defensa de una ruptura unilateral, el desprecio a las leyes, la imposición de una identidad sobre otra y la tensión social.
9. Qué le pasa a la izquierda de la izquierda. Lo explica muy bien Zizek, el gurú de los revolucionarios europeos: La izquierda que carece de criterio político propio se dedica a negar sistemáticamente el discurso de sus adversarios ideológicos. Son incapaces de compartir un espacio discursivo con los demás. Irene Montero salió el otro día en televisión para explicar que la declaración unilateral de independencia no tenía legitimidad, pero que la aplicación de un artículo de la Constitución, ¡mucho menos! Cuando se conviertan en una fuerza política irrelevante y Rajoy vuelva a ganar las elecciones generales, tal vez tengan tiempo de pensar cómo lograron -en medio de la peor crisis económica, social y moral de nuestra historia democrática- la animadversión de la mayoría social de este país y la perpetuación del PP en el gobierno in saecula saeculorum, amen. Deberían echar un vistazo a los barrios obreros de las principales ciudades españolas y preguntarse por qué esos balcones desvencijados llevan días ondeando la bandera nacional.
10. Cuestión final. El nacionalismo no puede domesticarse. La cesión de competencias ha sido tan amplia que ya solo queda lo que Artur Mas reconocía el otro día precisamente como necesario para ejercer una independencia completa: jueces, hacienda, aduanas. Si consiguen eso, el camino a la secesión será imparable por la vía de los hechos consumados. Ayer, los líderes de los principales partidos nacionales hablaban de una reforma de la Constitución: ¿será para dar respuesta a las necesidades de todo el país, se abordarán las reformas institucionales que desea una mayoría de españoles, o supondrá solo una enésima cesión a las fuerzas centrífugas, a la espera de que la siguiente crisis tenga que resolverla otro?

lunes, 14 de diciembre de 2015

Breve reflexión a la derecha

El PSOE dice que Ciudadanos es de derechas, como Podemos dice que el PSOE hace políticas de derechas, como IU dice que Podemos ha asumido el discurso de la derecha.

Cuando una palabra designa cualquier cosa es que no significa nada: es, literalmente, palabrería.

martes, 7 de diciembre de 2010

Los buenos ideales

Como es sabido, la izquierda política tiene su origen en la posición que ocupaba el Tercer Estado frente al Rey desde 1788. Originalmente, la izquierda encarnaba, pues, la mayor parte de políticas progresistas, así que, obviamente, su enemigo no era el liberalismo, sino el conservadurismo (o más exactamente: la "reacción"). Literalmente, la oposición se establecía entre quienes querían cambiar el statu quo y quienes querían conservarlo. Sin embargo, el cambio propugnado por la izquierda tenía un contenido bien definido: universalización de derechos, libertades individuales, abolición de privilegios. Incluso en los años de Marx, donde las condiciones socio-económicas habían cambiado sustancialmente, la izquierda significaba aproximadamente eso mismo. Ser de izquierdas significaba universalizar los derechos en un mundo donde la posición social era un destino casi religioso. Entonces, ser de izquierdas era, efectivamente, casi sinónimo del compromiso ético, como defienden aquí.

Sin embargo, todas las ideologías se petrifican rápidamente en catecismos de lugares comunes y tópicos mal disimulados. Y tan pronto como se erigen a sí mismas en jueces de la realidad, sucumben a la tentación totalitaria. Los buenos ideales son buenos como lo son los cómics de superhéroes: no hay placer que supere al de imaginar la aniquilación absoluta e incondicionada de los malvados por encima de todos los límites que impone la condición finita del hombre. Sin embargo, el bien ético sólo lo es en la realidad: sólo es bueno aquello que efectivamente hace el bien. O sea: crea condiciones de vida más justas, hace a la gente más feliz. En esto soy poco kantiano: no me interesan demasiado las buenas intenciones, y desconfío especialmente del entusiasmo con que actúan los iluminados por un bien que les habla siempre sotto voce: ese agustinismo que tan mal les sienta a los líderes revolucionarios y a los directores espirituales. Colectivizar los medios de producción no es, a priori, más ético que dejarlos en manos privadas: es el resultado de ambas acciones, siempre a posteriori, el que determina su idoneidad. Y ese resultado puede incluso variar según las circunstancias: en un determinado momento puede ser necesario colectivizar; en otro momento puede ser un simple despotismo. El izquierdista que cree que la intervención del Estado siempre amplifica el bienestar colectivo es tan dogmático como el liberal que cree en una "mano invisible" que corrige indefectiblemente los defectos del mercado libre, y saca bien de todo mal. Es la realidad la que debe juzgar la validez de nuestras ideas, no al revés. Malos son los buenos ideales que creen poder prescindir de la naturaleza de las cosas, porque se creen artífices de una nueva naturaleza: "En verdad -enseñaba Zaratustra- sus salvadores no surgieron de la libertad y del séptimo cielo de la libertad! En verdad, jamás marcharon sobre las alfombras del conocimiento. El espíritu de estos salvadores estaba lleno de lagunas".

domingo, 7 de noviembre de 2010

Resumen del fin de semana

El sábado comienza cubierto de niebla en T. Pero conforme avanzan la mañana y el autobús, clarea. Ya en Madrid hace un sol radiante. El saxofonista de Miguel Ríos toca, para presentarse, unas pocas notas del Himno Nacional: se hace el silencio en el auditorio. Para romper la tensión, Ríos bromea: "aunque no lo parezca, es republicano". Entonces la gente ríe, aliviada. Pienso en lo patético que resulta este país. El domingo, leo la prensa: según El Mundo, las plazas del centro de Santiago se llenaron; pero según El País, estaban casi vacías. Así que ni frío ni calor: cero grados. Paso la página: Felipe González lleva veinte años haciendo examen de conciencia. Es lo que tiene perder la fe pero no la conciencia: uno sigue confesándose pero nunca obtiene la absolución. Un tal Juan G. Bedoya escribe un artículo muy enfadado con Ratzinger porque éste se quejaba del "laicismo agresivo" que hay en España, y para mostrar que no es así, habla de la connivencia católica con Franco, se queja del gasto que genera la visita, asegura que el actual gobierno ha tratado a la Iglesia mejor que cualquier otro gobierno anterior, y termina llamándolo "ignorante", "irresponsable" y "execrable". De fondo (en Barcelona), suenan las letrillas populares que corean una pandilla de amantes de la libertad: "Esta catedral la vamos a quemar". De regreso a T., recuerdo con cariño este fin de semana en esa ciudad frenética: la música, la noche madrileña, el paisaje por la ventana del autobús. Al fin y al cabo, cuando se cierra el periódico y se apaga la tele, todo vuelve a ser más tranquilo, hermoso y apacible.

martes, 14 de julio de 2009

Reivindicaciones

Siempre he sentido simpatía por los utopistas y los antisistema. En la Universidad se me daban bien los idealistas, Marx y los frankfurtianos, y de adolescente me sentía cómodo entre los rebeldes. Presto mucha atención a las camisetas de mis alumnos, a los graffiti del cercanías y a las pintadas que cubren los muros de las ciudades que visito. Pero se me hace triste ver cómo los viejos sueños europeos de una humanidad emancipada se convierten en pesadillas estéticas o meros tribalismos lingüísticos.

De los muchos ejemplos que podría tomar para hablar de las reivindicaciones, empiezo con uno de mi propia tierra: la pancarta que colgó un conocido borracho sevillano en el puente peatonal de Bellavista. Decía así: “El indio quiere casa”. El hombre, disfrazado de piel roja, había asentado los reales bajo el puente y, litrona en mano, saludaba amablemente a los conductores que se paraban en el semáforo, esperando pacientemente la llegada de su casa. La genialidad reivindicativa del "indio" se basaba en su transparencia. Casi todas las reivindicaciones despiertan en nosotros la sospecha de una intención no confesada y oculta. Pero él era simplemente un holgazán borracho que quería una casa. Nada más.

De las chapas de los adolescentes, me quedo con la de los curas, tal vez por lo divertido de la doble negación. Y un capítulo aparte merecerían, claro, las reivindicaciones de los estudiantes, conformistas y reaccionarias como pocas: desde los años sesenta, se han mantenido devotamente fieles a la ortodoxia de lo ya dicho. Yo mismo he protestado ante la Delegación de turno, con pelos largos y autoconciencia anarquista, por lo mismo que protestan ahora: al parecer, cada pocos años a alguien se le ocurre privatizar la educación, cerrar las carreras de letras, poner a los estudiantes a trabajar para los capitalistas (¡menudos cabrones!). Sería fácil hacer un catecismo del estudiante revolucionario. Pero por no aburrir, se resume en la idea de que existe una confabulación mundial dirigida por los siguientes agentes: la Iglesia Católica, los judíos, las multinacionales, los partidos políticos que obtienen muchos votos, los gobiernos, el G-8, la policía, el ejército, los publicistas, el Rector de la Universidad. Así pues, esa entente está constituida por “La Derecha” o, más coloquialmente, “los fascistas”, y ha sido creada con los siguientes fines: impedir que la gente sea libre, hacerle creer cosas estúpidas y fantásticas, oprimir a los pobres, enriquecer a los ricos, calentar el planeta, hacer sufrir a los toros y a las gallinas.

Al final, mis reivindicaciones favoritas son aquellas pocas que todavía consiguen provocarme, despertar en mí esa sensación de asombro, tan rara en la época de la disponibilidad universal, de conmoción, de salto a otro plano de realidad. He aquí un ejemplo, para despedirme por hoy, que tomé de una calle de Ciudad Real, la ciudad más dada al surrealismo reivindicativo. De las mejores pintadas que he visto.

miércoles, 17 de junio de 2009

Mi amigo Otegi y el nacionalismo asimétrico

Soy amigo de Arnaldo Otegi, sólo que él no lo sabe. A ver… resulta que un día vi una noticia en la tele en la que éste salía participando en no sé qué homenaje a no sé qué etarra. Así que me fui a dormir cabreadísimo con el incomprensible fanatismo de esta gente. Pero esa noche tuve un sueño: en él, Otegi y yo éramos viejos amigos. Cuando me acerqué a saludarlo después de un mitin, me abrazó y regaló un libro sobre Historia de España (!). Al despertar, estaba reconciliado emocionalmente con él y, aunque hace años de esto, no consigo –haga lo que haga y diga lo que diga– sentirle antipatía. (Si algún día consiguiéramos controlar los sueños de la gente, ¿no sería éste un método maravilloso para crear paz y amor en el mundo…?)

Pero bueno, le dejaremos esto a mi psicoterapeuta. El caso es que hace un par de días vi –con ojos fraternales, naturalmente– la entrevista que le hizo a Otegi el Follonero y que tanta polémica suscitó. Yo no sé si era para tanto o para más, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que el Follonero le podía haber dado tanta caña –por lo menos– como a la Iglesia, al Opus y a Jiménez Losantos. Pero no: a Otegi le podía tutear, decir cosas como “joder tío” y la conversación transcurría en el plan buen rollo de la izquierda cool.

Me quedo con un detalle de la entrevista: el único momento comprometido tiene lugar cuando el Follonero le sugiere “echarle huevos” un día y condenar la violencia, a lo que Otegi responde: “es muy español eso de los huevos, y la testosterona”. Vaya, hombre. Y mira que Sabino Arana dejó claro que los españoles éramos unos afeminados y los vascos unos tiarrones viriles. Pero bueno, testiculocéntricos o maricas, el caso es que somos un asco. En este tipo de detalles creo que se desvela la verdadera naturaleza del nacionalismo separatista, que nunca es simétrico. No basta con señalar que hay dos naciones diferentes. Es necesario crear jerarquías, establecer juicios de valor divergentes. La pureza de la izquierda vasca, comprometida con las mujeres, los obreros y los bosques, frente al falocentrismo nacionalcatólico, monárquico, bananero, taurino de la casposa Iberia. Distinguir es distinguirse. Y es esta disposición moral, esa previa satanización de lo otro y autoveneración totémica, la que permite convertir una abstracción estúpida en una profunda necesidad espiritual, y la que hace que estos sujetos puedan, con igual fervor, defender la flora de los Pirineos y crear huérfanos y mutilados. Tiene huevos la cosa.

jueves, 21 de mayo de 2009

Iniciativa Internacionalista y la democracia cuestionada

Leo en Gara un artículo firmado por Luis Ocampo, representante general de Iniciativa Internacionalista. En él se queja de la falta de democracia del Estado español, y resume esta falta en siete puntos. Voy a comentarlos.

1. Legitimidad de origen. Al parecer, el Estado español no es democrático por la continuidad que representa la Corona con el régimen anterior. Pero como ya explicó Hume en su momento, la legitimidad no viene dada por el origen, sino por el ejercicio del poder. En caso contrario, sólo sería legítimo un régimen surgido en su totalidad (instituciones, normas, procedimientos, valores, estructuras sociales...) de condiciones consensuales puras, al margen de las vicisitudes de la historia y de la memoria cultural, lingüística, moral de un pueblo. Tarea harto compleja, según me parece.

2. Separación de poderes. Según explica D. Luis Ocampo, tal separación no existe en España, lo cual le irrita. Yo ante todo querría celebrar esta asunción de un principio tan profundamente liberal y burgués por parte de la extrema izquierda, ya que, tradicionalmente, sus compañeros de lucha anticapitalista no lo tenían tan claro. Con todo, convendría matizar: la separación de poderes es un mero instrumento, y no puede entenderse nunca como un valor democrático en sí mismo. Precisamente el planteamiento verdaderamente revolucionario de un régimen democrático es la concepción unitaria del sujeto del poder: no los reyes, las dinastías, los señores feudales, las Iglesias... sino el Pueblo, como único sujeto soberano. De hecho, la denominación correcta es "separación de funciones", pues el "poder" democrático en sentido estricto es uno. El sujeto de este poder diversifica los modos de aplicación del mismo para el mejor funcionamiento de la sociedad, para evitar que las "funciones" asuman un carácter absoluto que, en rigor, sólo corresponde al pueblo. Pero el poder, que es uno, sirve para lo que sirve: mantener la paz y crear las condiciones sociales de una vida buena.

3. Libertades fundamentales. De nuevo, se niega que en el "Estado español" se respete la libertad de voto, y de nuevo, otra falacia. Al acusar al Estado de negar el ejercicio del derecho al voto a determinadas formaciones políticas, se omite que las libertades sólo pueden ser reconocidas en la medida en que no interfieran en el ejercicio de otros derechos (o de otras libertades). Pero la siempre triste limitación de ese ejercicio estará justificada mientras la presencia institucional de determinadas formaciones políticas permita una estructura estable de apoyo y financiación de una banda terrorista cuya violación de derechos y libertades ha alcanzado un nivel verdaderamente insostenible. Al fin y al cabo, la democracia española se ha dado casi treinta años de margen antes de tomar una medida tan drástica.

4. Ausencia de presos políticos. Pasa aquí como con el punto anterior: la posibilidad de expresar determinadas ideas sólo tiene cabida en el orden constitucional en la medida en que la expresión de las mismas no suponga un peligro para la justicia social ni una humillación para las víctimas. Por lo demás, cuando la extrema izquierda se queja de la encarcelación de sus compañeros de trinchera, ¿dedica el mismo esfuerzo a aquellas situaciones en que las ideas perseguidas no le son tan afines? ¿se queja igualmente del atropello a las libertades que supone el que, por ejemplo, los alemanes o austriacos no puedan negar públicamente el Holocausto, llevar una esvástica en la camiseta o presentarse a las elecciones con consignas nacionalsocialistas?

5. Seguridad jurídica. Les parece mal a los de I.I. que las leyes se cambien en virtud de las circunstancias. Ciertamente es de lamentar: ya defendí en cierta ocasión la sentencia de Aristóteles según la cual "es mejor para la polis tener leyes malas y no cambiarlas, que tenerlas buenas y estar cambiándolas continuamente". Por desgracia, la excepcionalidad de la violencia política en nuestro país hace necesaria una planificación inteligente -"maquiavélica", si se quiere- de medios legítimos encaminados a obstruir la acción de dicha violencia contra la sociedad.

6. Igualdad de los ciudadanos y ciudadanas ante la ley. Aquí los chicos de I.I. se quejan de la irresponsabilidad penal del Jefe del Estado. Creo que este problema será mejor tratarlo cuando veamos a la infanta Leonor tirar cócteles molotov. Mientras tanto, son ganas de ejercer un antimonarquismo realmente ridículo.

7. Carácter no represivo de las fuerzas de orden público. Vamos a ver: las fuerzas de orden público son esencialmente represivas, en todo Estado, democrático o no. Precisamente existen para neutralizar los problemas que la sociedad no ha conseguido resolver por otros medios. No hace falta un doctorado en Ciencias Políticas para saber que la violencia estatal es la forma en que un pueblo monopoliza la totalidad de sus propias fuerzas con el único fin de preservarse a sí mismo. Esto ya lo decían Spinoza, Hobbes, pero claro... ¿quién necesita filósofos teniendo consignas?

Por último no quiero dejar de añadir un fragmento de la respuesta dada por el señor Ocampo en una rueda de prensa, al ser preguntado por el asunto de la violencia: "Cada pueblo evidentemente decide sus formas de acción, que nos pueden parecer mal, regular o absolutamente mal, pero evidentemente cada pueblo decide a través de la historia sus formas de lucha, y ese pueblo será el encargado de decidir si son o no son legítimas. Esa es la cuestión. Será el pueblo vasco, a través de sus mayorías sociales, o minorías, los que deciden... Esa no es nuestra competencia". Esto sí que es un asalto al progreso, a la democracia, y a la civilización.

jueves, 19 de marzo de 2009

Izquierda abertzale

Aunque ya tiene unos años, acabo de descubrir esta carta de Anasagasti a Otegi. Merece la pena.

martes, 10 de febrero de 2009

Memoria histórica

De todos los conceptos "deconstruidos" por el gobierno en los últimos años, el que más me duele es éste: la memoria histórica. Cuando la idea de que existen "dos Españas" debería haber desaparecido -y si ello no es así, aún no podemos hablar de una "sociedad democrática"- lo lógico sería que este país asumiera de una vez la tarea de iluminar lo que ocurrió. Es un imperativo histórico, una exigencia del conocimiento. Pero también una tarea moral: nuestro compromiso con la historia incluye el deber de evitar los errores del pasado, de asumir lo que somos y de proyectar lo que queremos o no queremos ser.

Sin embargo, cuando uno observa el modo como pretende llevarse a cabo esa tarea, no ve sino una ocultación mezquina envuelta en una retórica narcotizante. De nuevo las consignas, los maniqueísmos, la ideología: la memoria se transforma en juez. Mal asunto. Hace unos años traduje un libro poco conocido, Diplomático en el Madrid rojo, para la Editorial Renacimiento. Existe otra versión de Agapito Maestre que lleva el título de Matanzas en el Madrid republicano. En todo caso, se trata de las memorias de Felix Schleyer, diplomático noruego en el Madrid de los años frentepopulistas, donde narra muchas cosas interesantes para reconstruir una verdadera memoria histórica. Allí se cuenta, por ejemplo, la solución propuesta por La Pasionaria para solucionar el clima político del momento: que "una" España "extermine a la otra". Sí: la misma a la que homenajea incomprensiblemente una parte de la izquierda. También se relatan las vidas de quienes tuvieron que refugiarse en embajadas de países europeos huyendo de las persecuciones comunistas y anarquistas, los hallazgos de fosas comunes, la existencia de checas donde se torturaba y ejecutaba a adversarios políticos. Por suerte, aún existe la memoria del parentesco: mi abuela contaba siempre cómo X, republicano, iba pregonando por todo el pueblo: "hoy nos hemos cargado a Fulanito, y mañana nos vamos a cargar a Menganito. Y -concluía suspirando- claro, cuando acabó la guerra, se lo cargaron a él..." Además, ahí están los textos de Largo Caballero diciendo cómo funciona el socialismo que pretendía implantar y qué opinión le merecía la democracia. Sí: el mismo que sigue contando -nadie entiende por qué- con una Fundación en la UGT. Sin embargo, todo esto se diluye en la nada mientras los altavoces del régimen pregonan que la memoria histórica consiste únicamente en retirar estatuas de Franco y desenterrar a Lorca. El pasado, como la realidad misma, susurra tenazmente, pero es frágil. No es difícil callarlo a golpe de consignas: por eso la memoria implica una escucha sacrificada, un esfuerzo, y por eso es un modo de expiación, al menos para la vergüenza.

Por eso es tan terrible ver cómo desde las poltronas del poder, de uno y otro signo, se reescribe el pasado según el guión establecido de lo que se pretende hacer del presente. Todo esto recuerda lamentablemente el mundo de 1984 de Orwell: el ruido incesante de la propaganda y de los medios acaba por sofocar el pasado para hacer brillar tras él la luz de un pensamiento que siempre quiere ser más que la realidad. Pero no: memoria histórica significa humillarnos ante la realidad. Tener memoria es rendir cuentas al ser, que es tiempo. Por eso San Agustín llamaba "memoria del presente" al simple contemplar la propia existencia. Al abandonar desinteresadamente el presente para asumir el pasado, damos un salto más allá de la inmediatez del ahora: por eso la memoria es la forma más sutil de trascendencia. Un amigo teólogo, Jaime, me hizo ver que la memoria era central en la autocomprensión del pueblo de Israel. De hecho, es la increpación permanente de Dios, el mandamiento más insistentemente repetido: "recuerda, Israel", implícito siempre en la alocución Shema: escucha. Sí, secuaces del Gran Hermano: Tenemos memoria.