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viernes, 13 de octubre de 2017

Cosas varias al hilo de Cataluña

1. A uno pudiera parecerle incomprensible, a la vista de las noticias sobre el proceso electoral, sobre los resultados, la abstención, la fuga de empresas, la respuesta internacional, etc., que un soberanista no se plantee, al menos, que tal vez no sea el momento ni el modo de llevar hasta el final sus aspiraciones políticas. La razón de que esto no sea así y que sigamos viendo muy exaltada a la hinchada nacionalista es que vivimos en universos informativos diferentes. Los lectores de Ara y los lectores de El Mundo viven realidades distintas. En las redes sociales, el asunto es aún más grave: recibidas en su origen por ciertos intelectuales postmodernos (Vattimo, por ejemplo) como herramientas potenciales de comunicación universal, las redes sociales se han degradado hasta convertirse en microcosmos donde uno ya solo lee, mira y comparte lo que refuerza su sentido de la identidad y de la verdad. Literalmente, no vivimos en el mismo mundo. Y eso es jodido para el futuro de nuestras sociedades, más allá de la movida catalana.
2. El mito de “La Gente”, “El Pueblo” o “Nosotros”. Es la superstición más extendida por la Weltanschauung ibérica. El argumento nacional-populista dice así: son los catalanes los que deben decidir el futuro político de Cataluña, lo que equivale a decir: un tipo en Soria o en Sevilla no tiene derecho a votar la autodeterminación catalana. En cambio, nadie cuestiona que los ciudadanos de los pueblos del Pirineo leridano, independentistas hasta la médula, condicionen con su voto el futuro del cinturón industrial de Barcelona, de Badalona, de Lloret del Mar o del Valle de Arán, ciudadanos a los que la erótica soberanista les pone bastante menos. Puestos a ser escrupulosamente respetuosos con la voluntad popular, ¿por qué no radicalizar la consulta y preguntar a las comarcas, a los municipios, para al menos constatar el absurdo de que un país pueda estar preguntándose a sí mismo permanentemente su identidad? ¿Por qué se cuestiona tan alegremente la nación legalmente constituida y se respeta con temor religioso la nación mitológicamente inventada? En los sistemas políticos no totalitarios, no hay "nosotros" más allá de la suma de "yoes". Lo que me lleva al siguiente punto.
3. “Autodeterminación” es un concepto ilustrado y tiene un sentido individual: Solo el individuo puede ser sujeto de autodeterminación. Es el núcleo indivisible, el átomo, de cualquier exigencia de libertad. La cuestión política solo entra en escena en relación a si el Estado favorece o entorpece el ejercicio de esa libertad individual, de esa autodeterminación. En Kant y en los ilustrados, de hecho, significa la capacidad de actuar de acuerdo a una norma que es pensada como común a todo el género humano, la capacidad de actuar por encima de las pasiones, las inclinaciones, las creencias. Así aparece históricamente también el concepto de nación, en el contexto de la Revolución Francesa: Cuando el pueblo se rebela contra una concepción patrimonialista del territorio y de los recursos y lleva a cabo la superación del Antiguo Régimen. Dicho de otra forma: Autodeterminación y nación representan justo lo contrario del nacionalismo.
4. Otra cuestión casi metafísica: El mito del “Referéndum” como solución a las tensiones políticas. Como es bien sabido, en 1995 Quebec organizó un referéndum de eso que la gente llama autodeterminación. La pregunta era tan ambigua que el legislativo terminó elaborando una ley (nacional) de transparencia (el "Clarity Act") para hacer frente a las escaramuzas dialécticas del particular Procés quebequense, ley en la que además se fijaba la participación del Parlamento nacional canadiense. Quebec respondió con su propia ley de autodeterminación en la que se evidencia que el referéndum no ha resuelto en absoluto la tensión política. Un referéndum soberanista es siempre una trampa: Solo sirve si el nacionalismo alcanza el poder total e impide cualquier marcha atrás. En el otro gran espejo del nacionalismo periférico español, Escocia, sucedió lo mismo: Poco después de celebrarse un referéndum de autodeterminación (ojo: concedido y regulado por el Estado de acuerdo a las leyes británicas) los nacionalistas escoceses ya estaban reclamando otro para aprovechar el tirón del descontento post-Brexit. El referéndum -no importa el resultado- jamás resuelve la tensión política. Solo la eleva a un nivel diferente.
5. En democracia creemos que solo el consenso disuelve -o al menos rebaja- la tensión: El acuerdo en que todos, al abandonar sus puntos de partida individuales y sus exigencias maximalistas, ganan un espacio común. La famosa convivencia. Pero el nacionalismo no dura mucho tiempo en el consenso. Por eso únicamente lo acepta como medio para acumular más poder y permitirse la creación de nuevas tensiones futuras. Es su ciclo natural. Ya había en España un consenso nacional: Es la historia de la democracia española y la fragmentación del poder nacional para dar sitio, espacio y cauces a las sensibilidades y aspiraciones nacionalistas. La situación actual es la negación del consenso alcanzado.
6. Otra cuestión metafísica: El mito de la “Mayoría”. Todos los políticos, sin excepción, intentan hacer suyo el sentir de la mayoría, como si esa fuera la cuestión decisiva. Pero no es exactamente así: La democracia es el gobierno de la gente, sí, pero a través de las leyes; la democracia es el gobierno de las mayorías, sí, pero con respeto a las minorías. Hay democracia donde el gobierno está sostenido por la mayoría, pero solo si ese gobierno está sometido a ciertos mecanismos de control. Una cuestión emocional, económica, política y socialmente tan compleja como la secesión de un territorio no puede ser dirimida en un referéndum por mayoría simple. La fórmula autonomista es precisamente una solución donde cohabitan varios sentidos de pertenencia.
7. El respeto. La izquierda es muy sensible: Se pone muy indignada cuando ve a unos ultras diciendo barbaridades en la calle o en las redes sociales. El otro día, la plana mayor de Unidos Podemos compartía por Twitter el video de un hombre en Sanlúcar de Barrameda al que le quitan con violencia un cartel pidiendo diálogo. Y me parece muy bien que sea tan intolerante con los intolerantes. Tiene, sin embargo, una doble vara de medir: todos estos periodistas, intelectuales, políticos, tuiteros, que se llevan las manos a la cabeza por las manifestaciones de violencia que consideran inaceptables, ¿se indignan igual cuando las juventudes nacionalpopulistas atacan los puntos de información de Ciudadanos, cuando las amenazas de muerte en las sedes de los partidos que no comulgan con el dogma identitario, cuando piden la violación en grupo de la líder del principal partido político de la oposición catalana, cuando las presiones en la Universidad, en los colegios, en los medios, cuando llaman "falangistas" y "fascistas" a quienes se manifiestan en defensa del orden constitucional? Se ve que, también aquí, el respeto depende sobre todo del cariz ideológico de las víctimas y los verdugos.
8. Otra constante en nuestra nueva izquierda: La falacia de los nacionalismos simétricos. La bandera de España, agitada en la manifestación constitucionalista, no es el símbolo de otro nacionalismo excluyente. No se ondea como símbolo identitario frente a otros (no deja de ser llamativo que apareciera tan a menudo acompañada de la senyera y de la bandera europea). La defensa de la unidad y la legalidad, del consenso y la convivencia, no puede ser puesta al mismo nivel que la defensa de una ruptura unilateral, el desprecio a las leyes, la imposición de una identidad sobre otra y la tensión social.
9. Qué le pasa a la izquierda de la izquierda. Lo explica muy bien Zizek, el gurú de los revolucionarios europeos: La izquierda que carece de criterio político propio se dedica a negar sistemáticamente el discurso de sus adversarios ideológicos. Son incapaces de compartir un espacio discursivo con los demás. Irene Montero salió el otro día en televisión para explicar que la declaración unilateral de independencia no tenía legitimidad, pero que la aplicación de un artículo de la Constitución, ¡mucho menos! Cuando se conviertan en una fuerza política irrelevante y Rajoy vuelva a ganar las elecciones generales, tal vez tengan tiempo de pensar cómo lograron -en medio de la peor crisis económica, social y moral de nuestra historia democrática- la animadversión de la mayoría social de este país y la perpetuación del PP en el gobierno in saecula saeculorum, amen. Deberían echar un vistazo a los barrios obreros de las principales ciudades españolas y preguntarse por qué esos balcones desvencijados llevan días ondeando la bandera nacional.
10. Cuestión final. El nacionalismo no puede domesticarse. La cesión de competencias ha sido tan amplia que ya solo queda lo que Artur Mas reconocía el otro día precisamente como necesario para ejercer una independencia completa: jueces, hacienda, aduanas. Si consiguen eso, el camino a la secesión será imparable por la vía de los hechos consumados. Ayer, los líderes de los principales partidos nacionales hablaban de una reforma de la Constitución: ¿será para dar respuesta a las necesidades de todo el país, se abordarán las reformas institucionales que desea una mayoría de españoles, o supondrá solo una enésima cesión a las fuerzas centrífugas, a la espera de que la siguiente crisis tenga que resolverla otro?

martes, 3 de octubre de 2017

Variaciones sobre un mismo tema

"Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere", decía Spinoza. "Ni rías, ni llores, ni te indignes: comprende". Sin embargo, cuesta mucho pensar con frialdad spinoziana todo lo que está pasando en este país donde, como reza el adagio esotérico, las emociones viajan más rápido que el tiempo. Porque, en realidad, el verdadero problema es que las emociones son ya el único problema. La lógica tribal se impone, la de los egos y las identidades heridas, y cuando eso ocurre solo queda decir, con Feyerabend, adiós a la razón. Hace años una imagen me impresionó mucho: un fundamentalista islámico habla ante las cámaras de su lucha contra los infieles y, de pronto, se le quiebra la voz y comienza a llorar. Es el romanticismo de los totalitarios, la delicada melancolía de los criminales. Últimamente todo el mundo llora. A mí, lo confieso, también me parece bastante triste todo esto, aunque la tristeza -dicen los psicoterapeutas- es ira reprimida y, como tal, solo espera el momento de salir; busca su válvula de escape. Mientras tanto, la guerra es de símbolos. Gracias al presidente más inepto de la historia de España, las cargas policiales del domingo se han convertido en estandartes de la represión con la misma rapidez con que se han olvidado ya las cargas de los Mossos contra el 15M y sus incontables condenas judiciales por tortura. De estos queda ahora la imagen del abrazo, su elevación ritual a ejército del pueblo. Y cuela. Esta es la magia de los símbolos, la fuerza simbólica de una imagen. He recordado estos días a Boris Groys, un teórico del arte al que traduje hace unos años. Escribió un libro titulado "Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural". Es un libro que hay que leer para entender algunas cosas de nuestro tiempo: no hay fuerza moral y política -dice- como la creación de un nuevo valor. Aunque lo nuevo sea la mierda enlatada de Manzoni. Por eso, como todas las épocas largamente estables, la nuestra es milenarista. El nacionalismo, el populismo, el yihadismo son variaciones sobre un mismo tema: la culminación de la historia, el parto de una sociedad utópica, esa estética del hombre nuevo que atraviesa nuestra historia desde el Talmud hasta los panfletos del Ché Guevara. Y es que no hay idea más vieja que la de lo nuevo. Una señora de edad avanzada también se emocionaba ante las cámaras explicando el entusiasmo que le produce asistir al alumbramiento de una nueva república. Me acordé de Kant quien, hablando sobre la Revolución Francesa, venía a decir: Es una auténtica barbarie, pero la gente siente entusiasmo por la idea de estar trayendo el Bien a la Tierra. "Entusiasmado" significa en griego "que lleva un dios dentro", es decir, iluminado, poseído. Hay siempre algo religioso en el entusiasmo político. Los símbolos, las emociones, las creencias lo ocupan todo. Por eso la violencia ya está en marcha e irá a más. La catástrofe, por lo demás, no es solo nuestra, como pretenden quienes se empeñan en ver nuestro país como una anomalía europea. Por todas partes del mundo asistimos al fracaso de la democracia como técnica racional, como procedimiento decisorio. Hace ya mucho tiempo que no hemos experimentado la verdad de que, fuera de la ley, aguardan la violencia y sus monstruos: los monstruos que produce, no la razón, sino su sueño.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Otegi en Cataluña

Como si el ruido permanente de los secesionistas catalanes no fuera ya suficientemente insufrible de por sí, como si no fuera suficientemente humillante la montaña diaria de mentiras, falacias, descalificaciones y desplantes, ahora se les ha ocurrido traer a Arnaldo Otegi para convertirlo en un icono de la causa catalanista. Un tipo que estuvo en prisión por secuestro y pertenencia a organización terrorista. Un tipo que, el 14 de julio de 1997, se negó a participar en la condena del asesinato de Miguel Ángel Blanco, a quien ETA había ejecutado de un tiro en la nuca ignorando una movilización ciudadana sin precedentes. Un tipo que, en 2002, cuando ETA mató a una niña de seis años, Silvia Martínez Santiago, salió a explicar cómo era necesario “racionalizar el conflicto” y las circunstancias que hacían posible que ocurrieran “dolorosos sucesos” como aquel, para inmediatamente culpar a Aznar de lo ocurrido. (¿No suena reciente esto de culpar al presidente del gobierno de lo que hace un grupo de terroristas fanáticos?). Un tipo que, cuando ETA mató (son tantos ya) a López de Lacalle, periodista, fundador de CCOO y un referente en la lucha por las libertades, lo único que alcanzó a comentar fue que el atentado ponía sobre la mesa “el papel de los medios de comunicación en Euskal Herria”.
Este es el tipo y es conocido por todos. En realidad, lo cuento porque tal vez haya quien me lea y no conozca aquella parte -tan reciente que casi es presente- de la historia de España. Yo no soy ningún sabio ni un experto en política, pero he leído a Marcuse, a Horkheimer, a Benjamin, a muchos de los que lucharon en Europa contra el fascismo cuando el fascismo no era una palabra que usan los niñatos para desprestigiar el sistema que los mantiene con vida y libres. ETA y su mundo han sido lo más parecido que ha habido, ya en una España constitucional, al totalitarismo genocida europeo de los años 30 y 40.
El otro día, el símbolo de aquel totalitarismo todavía invicto, fue a la televisión pública catalana para mofarse de Albert Rivera, tras abrazarse y hacerse selfies con simpatizantes independentistas por las calles de Barcelona. Siendo lo menos malo que ha hecho en su vida, me pregunto cómo hemos llegado a este estado miserable de impunidad y olvido. Ese estado que nos ha llevado a presenciar marchas nocturnas con antorchas, quema de banderas, homenaje a terroristas, acoso a partidos de la oposición, y que no es más que la consecuencia de una renuncia al ejercicio del poder nacional y al dominio del discurso político. Y, aunque no tengo muchos motivos para la esperanza, todavía deseo que, con la misma higiene democrática con que se ilegalizó y desmontó el entramado político que hacía posible la supervivencia de ETA, se ponga fin al golpe de Estado en Cataluña y toda la inmundicia moral que lo rodea.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Catorce falacias del independentismo

Una falacia es un argumento que viola las reglas de la lógica. Los profesores de filosofía las explicamos en clase a nuestros alumnos para que estén atentos a los malos hábitos de nuestros políticos y tertulianos. Hay falacias de muchos tipos y casi todas proceden del hecho de que la gente tiende a utilizar la razón para apoyar lo que interesadamente le conviene a cada uno. Para entendernos, la falacia es a la lógica lo que la prostitución al amor y la esclavitud al trabajo: una forma más de dominación que pervierte y degrada en beneficio propio lo que podría ser una oportunidad de libertad. Veamos algunos ejemplos en nuestro conflicto político más candente.

1. La falacia de la ventana rota. La propone Bastiat en el siglo XIX: un niño rompe la ventana de un comerciante y, aunque lo lógico sería compadecer al comerciante, el argumentador falaz convence a la gente de que, en realidad, la acción del niño obliga a comprar una ventana nueva, lo que es bueno para el cristalero, que a su vez comprará otras cosas con ese dinero y, finalmente, redundará en beneficio de todos. Al final, la infracción es presentada como un bien social, de la misma manera como los procesistas tratan de convencernos de que la violación de la ley responde a una acción bondadosa cuyas consecuencias serán estupendas, y de que romper la ventana nos beneficia a todos.

2. Ad nauseam. Tal como suena: la técnica consiste en repetir mil veces algo hasta el agotamiento, de manera que se produce la certeza emocional de que ese algo es así, sin aportar un argumento verdadero que lo sostenga. Se consigue, por ejemplo, repitiendo consignas una y otra vez hasta que estas se convierten en lugares comunes que todo el mundo da por sentados. Del “España nos roba” al “nada más democrático que poner las urnas”, las grandes consignas del independentismo no aguantan la confrontación con la realidad: tributar más por producir más no es ser robado, y la democracia no consiste en votar sobre cualquier cosa de cualquier manera.

3. Ad populum. Es un argumento típico en las concepciones degradadas de lo que es la democracia y se repite mucho a la hora de exigir “derechos”. Consiste en basar la verdad en la convicción de un grupo cualitativamente numeroso. Si tanta gente considera que tiene derecho a crear un nuevo estado vía referéndum, debe ser verdad. Obviamente, esto es tan arbitrario como afirmar que un municipio de seiscientos habitantes tiene derecho a eso mismo. En los estados democráticos, los procedimientos de toma de decisiones están legalmente determinados.

4. Ad ignorantiam. Razona así: “No vamos a salir de Europa, no vamos a dejar de usar el euro, no vamos a perder nuestra nacionalidad, no vamos a hundir el país en el caos administrativo ni la economía va a verse dañada, y la razón de todo ello es que nadie ha demostrado lo contrario”. En efecto, basar una afirmacion –especialmente sobre futuribles– en el hecho de que nadie ha demostrado lo contrario permite defender fenómenos paranormales tan diversos como el independentismo, los extraterrestres y la vida inteligente en Gran Hermano.

5. Mi madre me dice que coma sano. Puedo responderle que es una persona autoritaria que no quiere que disfrute libremente de la variedad gastronómica que me ofrece la vida urbana. Pero si lo hago estoy cometiendo la falacia del hombre de paja, que consiste en convertir al adversario –tergiversando la realidad– en un pelele fácilmente vapuleable: así, en lugar de afirmar que el gobierno autonómico tiene límites en el ejercicio del poder, puedo decir que “los catalanes somos inquilinos de un casero hostil” (Artur Mas), o en lugar de decir que hay un conflicto de competencias, puedo afirmar que “España ha declarado oficialmente la guerra a Cataluña y a partir de ahora los combates serán directos, feroces y diarios” (Víctor Alexandre), y también puedo, en vez de reconocer la realidad tributaria de un país, exclamar indignado que “no tenemos que pedir limosna a los ladrones” (Alfons López Tena). Suele funcionar bastante bien.

6. Post hoc ergo propter hoc. Suena como una cafetera cayendo por unas escaleras, pero es el nombre de la falacia más querida por el pensamiento mágico: un tipo en taparrabos mueve unas maracas, después cae la lluvia, ergo... el tipo en taparrabos es un poderoso chamán capaz de hacer llover. La razón de que Cataluña quiera la independencia es el hecho de que una vez fue un reino autónomo. Dejando al margen lo cuestionable del dato histórico, es obvio que el deseo de independencia es mucho más reciente y tiene que ver con causas bien distintas a una mera causalidad histórica que no tiene relevancia en el Reino de Navarra ni en el de Granada, por ejemplo.

7. Petición de principio. Es un argumento circular que da por supuesto aquello que pretende demostrar. El nacionalismo –y su fiel aliado, el autodeconstruido socialismo catalán– afirman que la necesidad de la independencia viene causada por las acciones del gobierno central, pero ocultan que esas acciones a su vez fueron causadas por una política que buscaba deliberadamente el conflicto. La estrategia nacionalista es: crear un problema, provocar una reacción y luego decir que la reacción ha provocado el problema.

8. La falacia de la falsa analogía es muy habitual en política. La usó Rajoy cuando dijo aquello de que la economía de un país es como una casa: no se puede gastar lo que no se tiene. En esa línea de comparaciones arriesgadas, los independentistas argumentan que la relación entre España y Cataluña es como un matrimonio en el que uno de los cónyuges quiere forzar al otro a mantenerse en una relación que ya no desea. La analogía podría hacerse con un padre que quiere romper el matrimonio sin hacerse cargo de los hijos, con una aldea que decide prenderse fuego con el cincuenta y tantos por ciento de los votos o con cualquier otra ocurrencia que, en realidad, no hace más que desvirtuar la complejidad del problema y llenar las cabezas de la gente de una indignación injusta. Lo cierto es que un Ayuntamiento está subordinado a una Comunidad Autónoma como esta lo está al Estado y este a los organismos y tratados internacionales. Es precisamente la fragmentación del poder lo que garantiza un estado democrático. Los independentistas quieren un poder absoluto. Al no aceptar un límite al propio poder ni una autoridad de mayor rango, son absolutistas, es decir, reaccionarios. Pero una buena falacia siempre sirve para disimularlo todo.

9. La incoherencia no es propiamente una falacia, pero sí una condición que imposibilita el discurrir lógico. Incurren en ella quienes pedían respeto a la legalidad y a las instituciones cuando el pueblo indignado cercaba el Parlamento de Cataluña pero ahora afirman, en nombre del pueblo, que no tienen que respetar la legalidad ni las instituciones.

10. Lo mismo ocurre cuando utilizamos en la argumentación conceptos abstractos o metafísicos que no tienen un referente claro en la realidad empírica. La voluntad de los ciudadanos puede medirse, hasta cierto punto, en unas urnas. Pero que a los nacionalistas la voluntad popular les importa bastante menos que una concepción metafísica de lo que son España y Cataluña lo evidencia el hecho de que Joan Tardá afirmara hace solo un año que “cuando hayamos proclamado la república en Cataluña seguiremos viniendo al Parlamento español, por supuesto; porque hay dos territorios, el País Valenciano y las Islas Baleares, dos territorios de los Países Catalanes, que seguirán siendo todavía territorio del Estado español”.

11. Falacia naturalista. La proponen los filósofos británicos para criticar el empeño en identificar lo bueno con “lo natural”, como si de un determinado tipo de realidad pudiera deducirse el bien. Es muy propio de ciertas morales religiosas: la homosexualidad no es natural, luego debe ser mala. Para entender en clave independentista esta identificación metafísica entre bien y naturaleza baste recordar las palabras de Josep María Pelegrí: “Comer en clave catalana es comer en clave saludable”. Y a la inversa: si el bien emana del ser catalán, el mal emana necesariamente del ser español, que es su antítesis metafísica: “La corrupción en Cataluña es una consecuencia de su españolización en las últimas décadas” (Salvador Cardús).

12. Falacia de la alegación tendenciosa, que yo llamaría, para nuestro caso, la falacia del conquistador. Es el argumento más viejo y también el más falaz. Identifica a Cataluña –o al País Vasco o whatever– como un territorio ocupado, colonizado por una potencia imperialista. La falacia consiste en seleccionar los datos que confirman la propia tesis (la guerra de Cataluña en 1714, por ejemplo) mientras se obvian aquellos hechos que desmienten la propia tesis (por ejemplo, el abrumador apoyo de Cataluña a la Constitución del 78 o el hecho de que fue una guerra –imperialista, ¿o esta no?–  la que llevó a Jaime I el Conquistador a conformar eso que ahora los nacionalistas asumen como su nación, la de los Països Catalans).

13. Además de las falacias lógicas, existen ciertas actitudes argumentativas que podríamos llamar falacias psicológicas. La que voy a explicar ahora –aclaro desde ya que no existe en ningún tratado de lógica– yo la llamaría la falacia del chivo expiatorio. Si hay una barbaridad intelectual que no falta en la historia de las barbaridades políticas es esta. La explica muy bien Girard en su famoso libro del mismo nombre. Se trata de coger a un pueblo en un mal momento –económico, social, político– y convencerlo de que sus males tienen un culpable fácilmente identificable: el chivo expiatorio. Toda la frustración, el descontento y la rabia –hasta entonces metidos en la olla exprés del resentimiento colectivo– ya pueden salir al exterior en una dirección bien dirigida. Es el momento de la euforia, de las masas, de la barbarie.

14. La mentira del independentismo no nacionalista. Se trata de otra desviación psicológica. Decir que odias a tus vecinos y que te sientes superior a ellos es políticamente incorrecto, algo que uno no puede reconocer ni ante sí mismo, y solo pensable en conflictos bárbaros como los de Palestina o Ruanda, donde la gente termina tirándose granadas y amputándose miembros con machetes. Así que se dice: “no tenemos ningún problema con el pueblo español”. O, en palabras de la CUP, “no somos nacionalistas, sino independentistas”. Pero a menudo los argumentos son la superestructura intelectual que oculta la estructura emocional de la repulsa etnicista. Esto se ve en el hecho de que Barcelona y su cinturón industrial no piden independizarse de Cataluña a pesar del enorme dineral que invierten en subvencionar la Cataluña rural: allí no se ha inducido el veneno del cálculo fiscal para justificar la segregación nacional. El independentismo, como sus prestos aliados de la extrema izquierda, considera a España una mezcla de cosas casposas de la que hay que escapar: ejército, tauromaquia, personajes grotescos y corrupción política. En el fondo de la caverna psicológica nacionalista una voz dice: “Nosotros seremos diferentes porque... siempre hemos sido diferentes”.