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viernes, 13 de octubre de 2017

Cosas varias al hilo de Cataluña

1. A uno pudiera parecerle incomprensible, a la vista de las noticias sobre el proceso electoral, sobre los resultados, la abstención, la fuga de empresas, la respuesta internacional, etc., que un soberanista no se plantee, al menos, que tal vez no sea el momento ni el modo de llevar hasta el final sus aspiraciones políticas. La razón de que esto no sea así y que sigamos viendo muy exaltada a la hinchada nacionalista es que vivimos en universos informativos diferentes. Los lectores de Ara y los lectores de El Mundo viven realidades distintas. En las redes sociales, el asunto es aún más grave: recibidas en su origen por ciertos intelectuales postmodernos (Vattimo, por ejemplo) como herramientas potenciales de comunicación universal, las redes sociales se han degradado hasta convertirse en microcosmos donde uno ya solo lee, mira y comparte lo que refuerza su sentido de la identidad y de la verdad. Literalmente, no vivimos en el mismo mundo. Y eso es jodido para el futuro de nuestras sociedades, más allá de la movida catalana.
2. El mito de “La Gente”, “El Pueblo” o “Nosotros”. Es la superstición más extendida por la Weltanschauung ibérica. El argumento nacional-populista dice así: son los catalanes los que deben decidir el futuro político de Cataluña, lo que equivale a decir: un tipo en Soria o en Sevilla no tiene derecho a votar la autodeterminación catalana. En cambio, nadie cuestiona que los ciudadanos de los pueblos del Pirineo leridano, independentistas hasta la médula, condicionen con su voto el futuro del cinturón industrial de Barcelona, de Badalona, de Lloret del Mar o del Valle de Arán, ciudadanos a los que la erótica soberanista les pone bastante menos. Puestos a ser escrupulosamente respetuosos con la voluntad popular, ¿por qué no radicalizar la consulta y preguntar a las comarcas, a los municipios, para al menos constatar el absurdo de que un país pueda estar preguntándose a sí mismo permanentemente su identidad? ¿Por qué se cuestiona tan alegremente la nación legalmente constituida y se respeta con temor religioso la nación mitológicamente inventada? En los sistemas políticos no totalitarios, no hay "nosotros" más allá de la suma de "yoes". Lo que me lleva al siguiente punto.
3. “Autodeterminación” es un concepto ilustrado y tiene un sentido individual: Solo el individuo puede ser sujeto de autodeterminación. Es el núcleo indivisible, el átomo, de cualquier exigencia de libertad. La cuestión política solo entra en escena en relación a si el Estado favorece o entorpece el ejercicio de esa libertad individual, de esa autodeterminación. En Kant y en los ilustrados, de hecho, significa la capacidad de actuar de acuerdo a una norma que es pensada como común a todo el género humano, la capacidad de actuar por encima de las pasiones, las inclinaciones, las creencias. Así aparece históricamente también el concepto de nación, en el contexto de la Revolución Francesa: Cuando el pueblo se rebela contra una concepción patrimonialista del territorio y de los recursos y lleva a cabo la superación del Antiguo Régimen. Dicho de otra forma: Autodeterminación y nación representan justo lo contrario del nacionalismo.
4. Otra cuestión casi metafísica: El mito del “Referéndum” como solución a las tensiones políticas. Como es bien sabido, en 1995 Quebec organizó un referéndum de eso que la gente llama autodeterminación. La pregunta era tan ambigua que el legislativo terminó elaborando una ley (nacional) de transparencia (el "Clarity Act") para hacer frente a las escaramuzas dialécticas del particular Procés quebequense, ley en la que además se fijaba la participación del Parlamento nacional canadiense. Quebec respondió con su propia ley de autodeterminación en la que se evidencia que el referéndum no ha resuelto en absoluto la tensión política. Un referéndum soberanista es siempre una trampa: Solo sirve si el nacionalismo alcanza el poder total e impide cualquier marcha atrás. En el otro gran espejo del nacionalismo periférico español, Escocia, sucedió lo mismo: Poco después de celebrarse un referéndum de autodeterminación (ojo: concedido y regulado por el Estado de acuerdo a las leyes británicas) los nacionalistas escoceses ya estaban reclamando otro para aprovechar el tirón del descontento post-Brexit. El referéndum -no importa el resultado- jamás resuelve la tensión política. Solo la eleva a un nivel diferente.
5. En democracia creemos que solo el consenso disuelve -o al menos rebaja- la tensión: El acuerdo en que todos, al abandonar sus puntos de partida individuales y sus exigencias maximalistas, ganan un espacio común. La famosa convivencia. Pero el nacionalismo no dura mucho tiempo en el consenso. Por eso únicamente lo acepta como medio para acumular más poder y permitirse la creación de nuevas tensiones futuras. Es su ciclo natural. Ya había en España un consenso nacional: Es la historia de la democracia española y la fragmentación del poder nacional para dar sitio, espacio y cauces a las sensibilidades y aspiraciones nacionalistas. La situación actual es la negación del consenso alcanzado.
6. Otra cuestión metafísica: El mito de la “Mayoría”. Todos los políticos, sin excepción, intentan hacer suyo el sentir de la mayoría, como si esa fuera la cuestión decisiva. Pero no es exactamente así: La democracia es el gobierno de la gente, sí, pero a través de las leyes; la democracia es el gobierno de las mayorías, sí, pero con respeto a las minorías. Hay democracia donde el gobierno está sostenido por la mayoría, pero solo si ese gobierno está sometido a ciertos mecanismos de control. Una cuestión emocional, económica, política y socialmente tan compleja como la secesión de un territorio no puede ser dirimida en un referéndum por mayoría simple. La fórmula autonomista es precisamente una solución donde cohabitan varios sentidos de pertenencia.
7. El respeto. La izquierda es muy sensible: Se pone muy indignada cuando ve a unos ultras diciendo barbaridades en la calle o en las redes sociales. El otro día, la plana mayor de Unidos Podemos compartía por Twitter el video de un hombre en Sanlúcar de Barrameda al que le quitan con violencia un cartel pidiendo diálogo. Y me parece muy bien que sea tan intolerante con los intolerantes. Tiene, sin embargo, una doble vara de medir: todos estos periodistas, intelectuales, políticos, tuiteros, que se llevan las manos a la cabeza por las manifestaciones de violencia que consideran inaceptables, ¿se indignan igual cuando las juventudes nacionalpopulistas atacan los puntos de información de Ciudadanos, cuando las amenazas de muerte en las sedes de los partidos que no comulgan con el dogma identitario, cuando piden la violación en grupo de la líder del principal partido político de la oposición catalana, cuando las presiones en la Universidad, en los colegios, en los medios, cuando llaman "falangistas" y "fascistas" a quienes se manifiestan en defensa del orden constitucional? Se ve que, también aquí, el respeto depende sobre todo del cariz ideológico de las víctimas y los verdugos.
8. Otra constante en nuestra nueva izquierda: La falacia de los nacionalismos simétricos. La bandera de España, agitada en la manifestación constitucionalista, no es el símbolo de otro nacionalismo excluyente. No se ondea como símbolo identitario frente a otros (no deja de ser llamativo que apareciera tan a menudo acompañada de la senyera y de la bandera europea). La defensa de la unidad y la legalidad, del consenso y la convivencia, no puede ser puesta al mismo nivel que la defensa de una ruptura unilateral, el desprecio a las leyes, la imposición de una identidad sobre otra y la tensión social.
9. Qué le pasa a la izquierda de la izquierda. Lo explica muy bien Zizek, el gurú de los revolucionarios europeos: La izquierda que carece de criterio político propio se dedica a negar sistemáticamente el discurso de sus adversarios ideológicos. Son incapaces de compartir un espacio discursivo con los demás. Irene Montero salió el otro día en televisión para explicar que la declaración unilateral de independencia no tenía legitimidad, pero que la aplicación de un artículo de la Constitución, ¡mucho menos! Cuando se conviertan en una fuerza política irrelevante y Rajoy vuelva a ganar las elecciones generales, tal vez tengan tiempo de pensar cómo lograron -en medio de la peor crisis económica, social y moral de nuestra historia democrática- la animadversión de la mayoría social de este país y la perpetuación del PP en el gobierno in saecula saeculorum, amen. Deberían echar un vistazo a los barrios obreros de las principales ciudades españolas y preguntarse por qué esos balcones desvencijados llevan días ondeando la bandera nacional.
10. Cuestión final. El nacionalismo no puede domesticarse. La cesión de competencias ha sido tan amplia que ya solo queda lo que Artur Mas reconocía el otro día precisamente como necesario para ejercer una independencia completa: jueces, hacienda, aduanas. Si consiguen eso, el camino a la secesión será imparable por la vía de los hechos consumados. Ayer, los líderes de los principales partidos nacionales hablaban de una reforma de la Constitución: ¿será para dar respuesta a las necesidades de todo el país, se abordarán las reformas institucionales que desea una mayoría de españoles, o supondrá solo una enésima cesión a las fuerzas centrífugas, a la espera de que la siguiente crisis tenga que resolverla otro?

sábado, 26 de agosto de 2017

La unidad esa, sí

El otro día, gracias al elenco pluralista de mis amigos de Facebook, tuve ocasión de leer un artículo muy interesante que sin ellos, seguramente, se me habría pasado. El texto se titula "La unidad esa" y el medio en que aparece es CTXT, diario que se autodefine como progresista y que está dirigido por Miguel Mora, ex periodista de El País. Para que no haya confusión respecto al sesgo ideológico del artículo -permítase el lector ir más allá del aparente ad hominem-, su autor es Guillem Martínez, escritor y periodista que en 2015 aparece entre los firmantes de un manifiesto en apoyo de Barcelona en Comú
En el texto -que ya digo me parece bien escrito y argumentado- el autor se queja de que, gracias al atentado de Barcelona y de las llamadas a la unidad de las fuerzas políticas y sociales, ha sido posible ver cosas inauditas: el Rey presidiendo un acto sin ser increpado, políticos laicos en una misa católica, etc. La violencia terrorista -arguye- tiene siempre como efecto secundario un engrosamiento de la legitimidad del statu quo al producir una falsa apariencia de uniformidad en torno al gobierno y las instituciones. 
El artículo me ha hecho pensar en cómo, efectivamente, es la sociedad civil la que espontáneamente produce esa unidad mientras la clase política se empeña en sacar tajada partidista con los cuerpos todavía calientes en la morgue. Desde Hobbes y Spinoza, por lo menos, la finalidad del contrato democrático consiste en suprimir la violencia. La democracia es entonces un teatro en el que los actores disputan sus propios roles, sus intereses, sus concepciones morales o lo que sea. Pero detrás de ese teatro están el estado de naturaleza, la barbarie, la guerra de todos contra todos, la disolución de la convivencia democrática, la guerra, la violación, la esclavitud, la rapiña y el hambre. Cosas serias. Por eso, cuando la violencia eclosiona de una manera especialmente brutal, el espectro de la violencia primigenia reaparece. Y ahí es donde tiene sentido la llamada a la unidad: no a una falsa unidad ideológica, que es imposible e incluso contradictoria con el sistema, sino a la unidad del deseo de convivir de acuerdo a leyes y de resolver las diferencias por procedimientos democráticos. Pasa con los actos terroristas, pero también con los asesinatos machistas o con las grandes catástrofes naturales. Es la unidad del Leviatán frente al miedo que, según Hobbes, lo creó. Y por eso me parece especialmente acertado el lema surgido como respuesta al atentado de Barcelona: no tinc por, mejor así, en singular. El individuo sin miedo como sentido último de la convivencia política. Y por eso, una vez más, la izquierda reaccionaria y el nacionalismo antisistema explicitan su naturaleza antidemocrática cada vez que, como está ocurriendo en los últimos días, anteponen su propia concepción del orden político o de la forma que ha de tener la jefatura del Estado a la manifestación de esa unidad anterior que garantiza nuestra existencia. Son, en toda situación, el parásito totalitario de nuestra democracia.


martes, 29 de diciembre de 2015

Lamentaciones


Los actos generan normas. Se pretenda o no. Lo pensaba esta mañana mientras veía las noticias con el desayuno y le daba vueltas al hecho de que cada vez esté más extendida en toda España la idea de que la solución lógica al problema de Cataluña sea la celebración de un referéndum. Porque el problema aquí es precisamente este: ¿qué norma generaría su realización? ¿Que cualquier territorio puede decidir erigirse en estado independiente? ¿Que lo pueden hacer solo los territorios autodenominados históricos? ¿Que lo puede hacer cualquiera con tal de llevar un tiempo reclamándolo? ¿Que se puede hacer eso con una mayoría simple? ¿Con dos tercios? ¿Y una ciudad puede hacer lo mismo? ¿Una comarca? ¿Un pueblo? ¿Y podría volver a integrarse en el estado del que se separó? ¿Y en ese caso podríamos decidir algo los demás? La razón por la que el derecho de autodeterminación no aparece en ninguna constitución normal es precisamente ese: que el acto no genera una norma asumible, sino caos y disgregación. Lo contrario de un Estado. 
Me temo que todavía tendremos que ver -y pagar- la escasa cultura política de este país, la pobreza intelectual con que se despacha cualquier análisis sobre nuestra vida colectiva, este infantilismo pseudodemocrático del derecho a decidir, como si una nación pudiera funcionar sometiéndose a sí misma a un plebiscito permanente. Lástima de nosotros, pero sobre todo lástima de los muertos que murieron para esto.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Catorce falacias del independentismo

Una falacia es un argumento que viola las reglas de la lógica. Los profesores de filosofía las explicamos en clase a nuestros alumnos para que estén atentos a los malos hábitos de nuestros políticos y tertulianos. Hay falacias de muchos tipos y casi todas proceden del hecho de que la gente tiende a utilizar la razón para apoyar lo que interesadamente le conviene a cada uno. Para entendernos, la falacia es a la lógica lo que la prostitución al amor y la esclavitud al trabajo: una forma más de dominación que pervierte y degrada en beneficio propio lo que podría ser una oportunidad de libertad. Veamos algunos ejemplos en nuestro conflicto político más candente.

1. La falacia de la ventana rota. La propone Bastiat en el siglo XIX: un niño rompe la ventana de un comerciante y, aunque lo lógico sería compadecer al comerciante, el argumentador falaz convence a la gente de que, en realidad, la acción del niño obliga a comprar una ventana nueva, lo que es bueno para el cristalero, que a su vez comprará otras cosas con ese dinero y, finalmente, redundará en beneficio de todos. Al final, la infracción es presentada como un bien social, de la misma manera como los procesistas tratan de convencernos de que la violación de la ley responde a una acción bondadosa cuyas consecuencias serán estupendas, y de que romper la ventana nos beneficia a todos.

2. Ad nauseam. Tal como suena: la técnica consiste en repetir mil veces algo hasta el agotamiento, de manera que se produce la certeza emocional de que ese algo es así, sin aportar un argumento verdadero que lo sostenga. Se consigue, por ejemplo, repitiendo consignas una y otra vez hasta que estas se convierten en lugares comunes que todo el mundo da por sentados. Del “España nos roba” al “nada más democrático que poner las urnas”, las grandes consignas del independentismo no aguantan la confrontación con la realidad: tributar más por producir más no es ser robado, y la democracia no consiste en votar sobre cualquier cosa de cualquier manera.

3. Ad populum. Es un argumento típico en las concepciones degradadas de lo que es la democracia y se repite mucho a la hora de exigir “derechos”. Consiste en basar la verdad en la convicción de un grupo cualitativamente numeroso. Si tanta gente considera que tiene derecho a crear un nuevo estado vía referéndum, debe ser verdad. Obviamente, esto es tan arbitrario como afirmar que un municipio de seiscientos habitantes tiene derecho a eso mismo. En los estados democráticos, los procedimientos de toma de decisiones están legalmente determinados.

4. Ad ignorantiam. Razona así: “No vamos a salir de Europa, no vamos a dejar de usar el euro, no vamos a perder nuestra nacionalidad, no vamos a hundir el país en el caos administrativo ni la economía va a verse dañada, y la razón de todo ello es que nadie ha demostrado lo contrario”. En efecto, basar una afirmacion –especialmente sobre futuribles– en el hecho de que nadie ha demostrado lo contrario permite defender fenómenos paranormales tan diversos como el independentismo, los extraterrestres y la vida inteligente en Gran Hermano.

5. Mi madre me dice que coma sano. Puedo responderle que es una persona autoritaria que no quiere que disfrute libremente de la variedad gastronómica que me ofrece la vida urbana. Pero si lo hago estoy cometiendo la falacia del hombre de paja, que consiste en convertir al adversario –tergiversando la realidad– en un pelele fácilmente vapuleable: así, en lugar de afirmar que el gobierno autonómico tiene límites en el ejercicio del poder, puedo decir que “los catalanes somos inquilinos de un casero hostil” (Artur Mas), o en lugar de decir que hay un conflicto de competencias, puedo afirmar que “España ha declarado oficialmente la guerra a Cataluña y a partir de ahora los combates serán directos, feroces y diarios” (Víctor Alexandre), y también puedo, en vez de reconocer la realidad tributaria de un país, exclamar indignado que “no tenemos que pedir limosna a los ladrones” (Alfons López Tena). Suele funcionar bastante bien.

6. Post hoc ergo propter hoc. Suena como una cafetera cayendo por unas escaleras, pero es el nombre de la falacia más querida por el pensamiento mágico: un tipo en taparrabos mueve unas maracas, después cae la lluvia, ergo... el tipo en taparrabos es un poderoso chamán capaz de hacer llover. La razón de que Cataluña quiera la independencia es el hecho de que una vez fue un reino autónomo. Dejando al margen lo cuestionable del dato histórico, es obvio que el deseo de independencia es mucho más reciente y tiene que ver con causas bien distintas a una mera causalidad histórica que no tiene relevancia en el Reino de Navarra ni en el de Granada, por ejemplo.

7. Petición de principio. Es un argumento circular que da por supuesto aquello que pretende demostrar. El nacionalismo –y su fiel aliado, el autodeconstruido socialismo catalán– afirman que la necesidad de la independencia viene causada por las acciones del gobierno central, pero ocultan que esas acciones a su vez fueron causadas por una política que buscaba deliberadamente el conflicto. La estrategia nacionalista es: crear un problema, provocar una reacción y luego decir que la reacción ha provocado el problema.

8. La falacia de la falsa analogía es muy habitual en política. La usó Rajoy cuando dijo aquello de que la economía de un país es como una casa: no se puede gastar lo que no se tiene. En esa línea de comparaciones arriesgadas, los independentistas argumentan que la relación entre España y Cataluña es como un matrimonio en el que uno de los cónyuges quiere forzar al otro a mantenerse en una relación que ya no desea. La analogía podría hacerse con un padre que quiere romper el matrimonio sin hacerse cargo de los hijos, con una aldea que decide prenderse fuego con el cincuenta y tantos por ciento de los votos o con cualquier otra ocurrencia que, en realidad, no hace más que desvirtuar la complejidad del problema y llenar las cabezas de la gente de una indignación injusta. Lo cierto es que un Ayuntamiento está subordinado a una Comunidad Autónoma como esta lo está al Estado y este a los organismos y tratados internacionales. Es precisamente la fragmentación del poder lo que garantiza un estado democrático. Los independentistas quieren un poder absoluto. Al no aceptar un límite al propio poder ni una autoridad de mayor rango, son absolutistas, es decir, reaccionarios. Pero una buena falacia siempre sirve para disimularlo todo.

9. La incoherencia no es propiamente una falacia, pero sí una condición que imposibilita el discurrir lógico. Incurren en ella quienes pedían respeto a la legalidad y a las instituciones cuando el pueblo indignado cercaba el Parlamento de Cataluña pero ahora afirman, en nombre del pueblo, que no tienen que respetar la legalidad ni las instituciones.

10. Lo mismo ocurre cuando utilizamos en la argumentación conceptos abstractos o metafísicos que no tienen un referente claro en la realidad empírica. La voluntad de los ciudadanos puede medirse, hasta cierto punto, en unas urnas. Pero que a los nacionalistas la voluntad popular les importa bastante menos que una concepción metafísica de lo que son España y Cataluña lo evidencia el hecho de que Joan Tardá afirmara hace solo un año que “cuando hayamos proclamado la república en Cataluña seguiremos viniendo al Parlamento español, por supuesto; porque hay dos territorios, el País Valenciano y las Islas Baleares, dos territorios de los Países Catalanes, que seguirán siendo todavía territorio del Estado español”.

11. Falacia naturalista. La proponen los filósofos británicos para criticar el empeño en identificar lo bueno con “lo natural”, como si de un determinado tipo de realidad pudiera deducirse el bien. Es muy propio de ciertas morales religiosas: la homosexualidad no es natural, luego debe ser mala. Para entender en clave independentista esta identificación metafísica entre bien y naturaleza baste recordar las palabras de Josep María Pelegrí: “Comer en clave catalana es comer en clave saludable”. Y a la inversa: si el bien emana del ser catalán, el mal emana necesariamente del ser español, que es su antítesis metafísica: “La corrupción en Cataluña es una consecuencia de su españolización en las últimas décadas” (Salvador Cardús).

12. Falacia de la alegación tendenciosa, que yo llamaría, para nuestro caso, la falacia del conquistador. Es el argumento más viejo y también el más falaz. Identifica a Cataluña –o al País Vasco o whatever– como un territorio ocupado, colonizado por una potencia imperialista. La falacia consiste en seleccionar los datos que confirman la propia tesis (la guerra de Cataluña en 1714, por ejemplo) mientras se obvian aquellos hechos que desmienten la propia tesis (por ejemplo, el abrumador apoyo de Cataluña a la Constitución del 78 o el hecho de que fue una guerra –imperialista, ¿o esta no?–  la que llevó a Jaime I el Conquistador a conformar eso que ahora los nacionalistas asumen como su nación, la de los Països Catalans).

13. Además de las falacias lógicas, existen ciertas actitudes argumentativas que podríamos llamar falacias psicológicas. La que voy a explicar ahora aclaro desde ya que no existe en ningún tratado de lógica yo la llamaría la falacia del chivo expiatorio. Si hay una barbaridad intelectual que no falta en la historia de las barbaridades políticas es esta. La explica muy bien Girard en su famoso libro del mismo nombre. Se trata de coger a un pueblo en un mal momento –económico, social, político– y convencerlo de que sus males tienen un culpable fácilmente identificable: el chivo expiatorio. Toda la frustración, el descontento y la rabia –hasta entonces metidos en la olla exprés del resentimiento colectivo– ya pueden salir al exterior en una dirección bien dirigida. Es el momento de la euforia, de las masas, de la barbarie.

14. La mentira del independentismo no nacionalista. Se trata de otra desviación psicológica. Decir que odias a tus vecinos y que te sientes superior a ellos es políticamente incorrecto, algo que uno no puede reconocer ni ante sí mismo, y solo pensable en conflictos bárbaros como los de Palestina o Ruanda, donde la gente termina tirándose granadas y amputándose miembros con machetes. Así que se dice: “no tenemos ningún problema con el pueblo español”. O, en palabras de la CUP, “no somos nacionalistas, sino independentistas”. Pero a menudo los argumentos son la superestructura intelectual que oculta la estructura emocional de la repulsa etnicista. Esto se ve en el hecho de que Barcelona y su cinturón industrial no piden independizarse de Cataluña a pesar del enorme dineral que invierten en subvencionar la Cataluña rural: allí no se ha inducido el veneno del cálculo fiscal para justificar la segregación nacional. El independentismo, como sus prestos aliados de la extrema izquierda, considera a España una mezcla de cosas casposas de la que hay que escapar: ejército, tauromaquia, personajes grotescos y corrupción política. En el fondo de la caverna psicológica nacionalista una voz dice: “Nosotros seremos diferentes porque... siempre hemos sido diferentes”. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Nacionalismo chic

El nacionalismo lo inventaron, en el fondo, los franceses: la idea -revolucionaria entonces- era no dejar dividido el país por las ambiciones de clérigos, nobles, terratenientes: sólo hay un soberano, el Pueblo. Tampoco perdió su aura romántica y su vocación progresista cuando sirvió de soporte intelectual a las luchas que llevaron a cabo los pueblos sometidos por el colonialismo (en la India de Gandhi, por ejemplo). Todo eso terminó tan pronto como el nacionalismo se convirtió en lo que es hoy, al menos en este país: un instrumento de confrontación manejado por élites económicas, que crece sobre una retórica de la violencia. Y entonces es posible ver a un multimillonario como Laporta adoptar, sin rubor, la retórica de un campesino de Chiapas, o a una actriz porno colaboradora del Programa de Ana Rosa, como Lucía Lapiedra, clamando contra la opresión. Ya nadie se esfuerza por tapar el hedor clasista que exhala, y cuyas reivindicaciones no se diferencian de las de una clase de banqueros que decidiese crear un Estado propio para no tener que financiar los subsidios de los camioneros. Adeu Espanya! no es la voz dolorida de Maragall, sino la voz ronca por el Bombay Sapphire, despidiéndose desde un yate privado que ya ha partido.

miércoles, 14 de julio de 2010

Esbozo de tres reflexiones sobre el Mundial

1. Tras la victoria, se celebran las virtudes ejemplares de los jugadores. De acuerdo. ¿Podemos entonces empezar a valorar en la educación y en el trabajo cosas como el mérito, el esfuerzo, la distinción, la competitividad, la idea misma de “selección”?

2. Los nacionalistas quieren selecciones regionales para obligar a los ciudadanos no nacionalistas de sus comunidades a decidirse entre sus identidades: o eres vasco y vas con la selección de Euskadi o eres español y vas con la selección española. La selección es, para ellos, un gran objetivo en términos simbólicos: establecer lo español como extraño, hacer irreconciliables ambas identidades.

3. El recelo ante los símbolos culturales catalanes o vascos. Ejemplo, ante la señera que llevan Puyol y Xavi. La gente que inconscientemente siente hostilidad ante los símbolos y la lengua de vascos y catalanes… ¿cómo pretenden no fomentar el sentimiento independentista? Para mí, lo mejor de la final fue ver a Puyol, jugador de la selección española, besando la bandera catalana. Si realmente es posible la cohesión entre los pueblos de España, esa bandera es parte de nosotros. Si existe España, si debe seguir existiendo, debemos aprender de una vez a sentirnos orgullosos de las culturas que la forman, a vivir como propios los signos de identidad de nuestras regiones. Si no, no vale la pena.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Qué es un golpe de Estado?

Dado que uno de los fundamentos de la democracia moderna es la división de poderes, cada uno de esos poderes constituye una parte respecto al todo en que se expresa la soberanía popular. Que una sección del poder ejecutivo -en este caso, la Generalitat de Cataluña- niegue legitimidad al Tribunal Constitucional, se asigne a sí mismo funciones judiciales -en tanto intérprete del espíritu de la Constitución-, y amenace con no acatar las decisiones del mismo a no ser que coincidan con los proyectos políticos de dicho gobierno: todo esto es lo más parecido que ha vivido España a un golpe de Estado desde el 23-F (más aún que el Plan Ibarretxe, que no llegó a nada, y que la huelga de los jueces...)
ACTUALIZACIÓN. Feliz coincidencia: acabo de ver que Enrique lo explica más extensamente y mejor que yo aquí.

El Estado... ¡somos nosotros! Qué risa, ¿no?

jueves, 14 de enero de 2010

Pensar totalitariamente (de Vic al gobierno mundial huxleyano)

Siempre he defendido que no es necesario justificar los sentimientos, pues son algo sobrevenido. Todo aquello que nos atrae o nos repugna, desde el sexo a la patria , es producto de una sofisticada interrelación de causas genéticas, históricas y biográficas que, en sí misma, no merece más valoración que el puro azar. Pero los pensamientos sí requieren justificación. Por eso sentirse sólo catalán es algo en sí mismo legítimo (consecuencia, si se quiere, de una historia de malentendidos), pero pretender desplazar los centros de poder según un ideario político concreto es algo que requiere aclaración y fundamentación.

El nacionalismo separatista, originado en una sentimentalidad étnica, justifica su discurso sobre la conjunción de dos conceptos: autodeterminación y territorialidad. Pero es justamente esta justificación racional la que falla: pues o bien demarcamos a priori un territorio para que sus habitantes ejerzan la autodeterminación (y entonces, por ejemplo, los vascofranceses tendrán que verse arrastrados, sin quererlo, a un Estado vasco si lo desean una mayoría de vizcaínos y guipuzcoanos) o bien el territorio lo constituye, a posteriori, el ejercicio de autodeterminación, pero entonces, ¿quiénes se autodeterminan (los guipuzcoanos, los vascos, los españoles...)? Esta paradoja manifiesta el origen totalitario de un planteamiento que parte de la premisa de que el poder es uno y de que el sujeto del poder también es uno: un pueblo que, inevitablemente, tiene que terminar definiéndose por caracteres étnicos, religiosos o idiomáticos. Pues si no, ¿cómo podría ser uno?

Por eso creo que el pensamiento nacionalista es una de las últimas inercias de un modo de pensamiento del pasado. Por el contrario, es evidente la ventaja que tiene, con respecto a esta visión típicamente moderna, el desarrollo de nuestras sociedades que ya no son sólo modernas: nosotros no creemos en la identidad del poder ni en la existencia de un sujeto colectivo. Creemos en individuos que entretejen diversas identidades relativas. Y creemos, sobre todo, en la diversificación del poder, porque hemos visto los peligros de su uniformización. Ahora hay poderes municipales, autonómicos, nacionales, europeos, limitados por tratados internacionales, organizaciones cívicas, sindicatos, lobbies, iglesias, etc. El poder no es uno, sino múltiple. Esto tiene desventajas, desde luego: en cualquier proyecto político colisionan muchas fuerzas. Todo se hace lento. Todo produce conflictos. La vida política agota.

Pero es mejor así: el poder ha sido siempre sagrado, porque es demoníaco. Demasiadas cosas están en su tablero de juego. Cuando ha sido único, su capacidad de acción era grande, pero también su capacidad de destrucción. Ahora, todo debe ser negociado, disputado. Por eso es bueno que España sea multada cuando incumple la legislación mediambiental europea. Por eso es bueno que el gobierno de Vic, incluso contra la voluntad de la mayoría de sus habitantes, tenga enfrente un poder que le obligue a empadronar inmigrantes. Porque a la vista está que el poder, local o mundial, se vuelve totalitario cuando en él se congregan, como en el Leviatán, todas las fuerzas físicas de una sociedad. Se vuelve absoluto y, con ello, divino. Y por eso hoy en día ser demócrata no significa tanto defender el sistema sufragista, como aceptar la tediosa realidad de un poder fragmentado, valorarla como el verdadero espacio en que es posible nuestra libertad.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Los patriotas

Javier Arzalluz nos vuelve a brindar, aquí, un buen ejemplo de aquello sobre lo que conversamos en una entrada anterior: lo impúdico, lo despreciable, lo antidemocrático del nacionalismo supuestamente moderado no es su deseo de construir un nuevo Estado para el territorio que él acota como "su patria". Lo indignante es ver cómo, una y otra vez, califican de "amigos" a quienes ni siquiera son capaces de denunciar que, para conseguir sus fines, se pongan bombas y se le pegue tiros a la gente. Para un demócrata, el orden de los valores es inverso: primero la vida, las personas, la incondicional defensa de lo más sagrado, de lo irrenunciable; después los programas, los deseos legítimos, las reformas políticas. Amigos: los que mueren a manos de los despreciables; enemigos: los que no levantan la voz o incluso sostienen la mano que debe apretar el gatillo. Pero para los patriotas la cosa va por otro lado: no se trata de reestructurar fronteras o desplazar competencias. Se trata de materializar una idea, de alumbrar un sueño escatológico. Este sueño es una obra de arte total, y para la consumación de esta visión mesiánica, el nacionalismo relativiza todas las contingencias del presente: seres humanos incluidos, por supuesto. Tener esto presente nos debe recordar que la civilización se encuentra siempre asediada por el mal, que hay fuerzas irracionales que acechan, como un ejército de insectos enloquecidos, los débiles pilares del bien. Que se debe sostener con firmeza los muros de la polis: pues más allá de ellos se extiende la barbarie.

jueves, 30 de julio de 2009

El nacionalismo moderado

Anasagasti, político nacionalista cuya inteligencia y sentido del humor admiro, tiene una entrada en su blog en la que se queja de las típicas críticas al PNV por poner una vela a Dios y otra al diablo. Bien: es cierto que el nacionalismo no es culpable de lo que hace ETA, pero sí es responsable de su existencia. Durante años, ha diseñado y fomentado un discurso de permanente deslegitimación de la nación española, y luego de la Transición y el orden constitucional. Es responsable de una peculiar idiosincrasia psicológica, exótica en Europa, que idiotiza a algunos con la nostalgia de un Reino sometido hace siglos, y que convierte a otros en sádicas alimañas capaces de las más horrendas crueldades.

ETA es un injerto marxista en el vetusto árbol del nacionalismo, surgido en el contexto de una lucha reaccionaria contra el liberalismo y la modernidad. Es cierto: los del PNV siempre condenan la violencia. Pero podrían hacer mucho más: podrían decir que el gobierno de Patxi López es infinitamente más legítimo que dejarse investir por quienes ni siquiera alzarían la voz si aquél fuese asesinado mañana; podrían agradecer la presencia de las FSE en el País Vasco y presentarlas como garantes de las libertades y derechos cívicos, en lugar de comparar unas simples maniobras militares con la invasión de Perejil; podrían aplaudir cada una de las actuaciones judiciales e iniciativas políticas contra el entramado social de la banda en lugar de presentarlas como anomalías propias de una falsa democracia; podrían proclamar que la autodeterminación y la independencia son deseos legítimos, pero no derechos conculcados por los que deban sentirse heridos y humillados; y, en fin, podrían dejar de ir por ahí reparando el honor de la Madre Patria con liturgias, banderitas e himnos. Pero, entonces, ¿qué les quedaría?


¿Te imaginas, querido lector (¿hay alguien ahí?), a Zapatero o Rajoy celebrando en Fuenterrabía la batalla de San Marcial con banderas rojigualdas y tarareando la Granadera...? Pero lo que es anormal para alguien normal es normal para un anormal. No sé si me explico...


miércoles, 17 de junio de 2009

Mi amigo Otegi y el nacionalismo asimétrico

Soy amigo de Arnaldo Otegi, sólo que él no lo sabe. A ver… resulta que un día vi una noticia en la tele en la que éste salía participando en no sé qué homenaje a no sé qué etarra. Así que me fui a dormir cabreadísimo con el incomprensible fanatismo de esta gente. Pero esa noche tuve un sueño: en él, Otegi y yo éramos viejos amigos. Cuando me acerqué a saludarlo después de un mitin, me abrazó y regaló un libro sobre Historia de España (!). Al despertar, estaba reconciliado emocionalmente con él y, aunque hace años de esto, no consigo –haga lo que haga y diga lo que diga– sentirle antipatía. (Si algún día consiguiéramos controlar los sueños de la gente, ¿no sería éste un método maravilloso para crear paz y amor en el mundo…?)

Pero bueno, le dejaremos esto a mi psicoterapeuta. El caso es que hace un par de días vi –con ojos fraternales, naturalmente– la entrevista que le hizo a Otegi el Follonero y que tanta polémica suscitó. Yo no sé si era para tanto o para más, pero de lo que no me cabe la menor duda es de que el Follonero le podía haber dado tanta caña –por lo menos– como a la Iglesia, al Opus y a Jiménez Losantos. Pero no: a Otegi le podía tutear, decir cosas como “joder tío” y la conversación transcurría en el plan buen rollo de la izquierda cool.

Me quedo con un detalle de la entrevista: el único momento comprometido tiene lugar cuando el Follonero le sugiere “echarle huevos” un día y condenar la violencia, a lo que Otegi responde: “es muy español eso de los huevos, y la testosterona”. Vaya, hombre. Y mira que Sabino Arana dejó claro que los españoles éramos unos afeminados y los vascos unos tiarrones viriles. Pero bueno, testiculocéntricos o maricas, el caso es que somos un asco. En este tipo de detalles creo que se desvela la verdadera naturaleza del nacionalismo separatista, que nunca es simétrico. No basta con señalar que hay dos naciones diferentes. Es necesario crear jerarquías, establecer juicios de valor divergentes. La pureza de la izquierda vasca, comprometida con las mujeres, los obreros y los bosques, frente al falocentrismo nacionalcatólico, monárquico, bananero, taurino de la casposa Iberia. Distinguir es distinguirse. Y es esta disposición moral, esa previa satanización de lo otro y autoveneración totémica, la que permite convertir una abstracción estúpida en una profunda necesidad espiritual, y la que hace que estos sujetos puedan, con igual fervor, defender la flora de los Pirineos y crear huérfanos y mutilados. Tiene huevos la cosa.

lunes, 2 de marzo de 2009

Pequeña reflexión tras las elecciones

A los que vivimos fuera del País Vasco, uno de los aspectos del problema que más difícil nos resulta comprender es por qué miles de personas siguen apoyando una opción política que no sólo no se desvincula de la violencia, sino que a menudo la aplaude y apoya. Nos parece obvio que, por muy fuertes e irracionales que sean determinados vínculos afectivo-simbólicos, la defensa de la vida es, en condiciones socio-económicas normales, un valor infinitamente mayor y absolutamente incomparable a cualquier apuesta política. En el fondo, no nos damos cuenta de algo esencial aquí: el fanatismo nacionalista es un reactor con un núcleo incandescente, si se me permite reciclar la metáfora que Sloterdijk usó para describir la religión. Ese reactor está fabricado para consumir y liberar energías, y quienes se acercan a su núcleo corren el peligro de "ponerse al rojo". Es un reactor hecho de lenguaje, de símbolos, de consignas, de mitos... y también de lógica. Una lógica imperfecta, si se quiere, pero con pocas fisuras si prescindimos de su desorden original.

El reactor emocional del nacionalismo no puede apagar el natural sentimiento de empatía de los seres humanos, pero puede canalizarlo, transformarlo. En su famosa obra Eichmann en Jerusalén Hannah Arendt se preguntaba por los métodos utilizados por los nazis para conseguir la aparente eliminación del sentimiento moral entre los miembros de las distintas organizaciones. Y decía lo siguiente: "(...) De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler -quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas- era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: "¡Qué horrible es lo que hago a los demás!", decían: "¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!"".

Es el mismo lenguaje que utilizan los adalides de la izquierda independentista cuando hablan de las "dolorosas consecuencias del conflicto". Esta técnica evita la confrontación moral con el hecho mismo y sus consecuencias, para dirigir el sentimiento moral hacia un todo simbólico (la patria) como sujeto del sufrimiento. De modo que, como el reactor nacionalista existe, lo único que se puede hacer con él es "refrigerarlo". Y ello se consigue destejiendo la red de símbolos, de discursos, de espacios rituales... Ojalá el próximo gobierno vasco sea ese refrigerador.