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domingo, 29 de enero de 2012

Algunas propuestas sobre Educación

Aunque hay muchas propuestas, y mejores que éstas, circulando por la red, he aquí algunas cosas que yo propondría para la reforma educativa:

Ante todo, una reflexión colectiva acerca del hecho mismo de la educación, de la implicación de la sociedad y los medios. Luego, un análisis de sus fines: qué se quiere lograr. Y, entonces, un diseño coherente, que responda al doble objetivo de crear ciudadanos capacitados para la vida laboral, y capacitados para la vida social misma, en su dimensión ética y política.

Sería bueno, aunque no completamente necesario, que la reforma educativa fuera fruto de un consenso lo más amplio posible. Es el único modo de garantizar que los cambios en el sistema no tengan que ver con débitos ideológicos o de otro tipo, sino con la resolución técnica de problemas.

Sacar 1º de la ESO de los centros de enseñanza secundaria. En estas edades en que un solo año puede significar una gran diferencia en términos de desarrollo físico y mental, los alumnos de 1º se nos presentan, a quienes trabajamos en este ámbito, desorientados, descentrados, incapaces de afrontar un diseño totalmente distinto al que responde la Primaria, lo que tiene consecuencias muy negativas para ellos y para el conjunto de la etapa.

Reformulación del principio de educación obligatoria. Relajación del modelo carcelario de los centros de enseñanza. La obligatoriedad de la educación debe ser reinterpretada en un contexto histórico que es ya completamente distinto al que la propició. La coacción organizada que supone dicho modelo es perjudicial para los alumnos y para el sistema mismo.

Aumento a tres años del Bachillerato, acentuando la orientación de esta etapa hacia los estudios superiores, diversificando la oferta (como ya ocurre con los bachilleratos de arte, de artes escénicas, etc.) siguiendo el modelo inglés y centroeuropeo.

Supresión de esa estafa que son los programas de bilingüismo en su diseño actual.

Bifurcación de itinerarios en 4º de la ESO.

Concentrar los recursos económicos en la bajada de la ratio. Pagar ordenadores portátiles, pizarras digitales, sistemas de vigilancia, programas de gratuidad, etc., no sirve de nada si el profesor, en lugar de atender a un grupo relativamente pequeño, acaba teniendo a su cargo más de cien alumnos repartidos en grupos de treinta. La atención personalizada, el conocimiento de las especificidades de cada uno, se pierde, dañando gravemente la calidad de la enseñanza.

Supresión del programa de gratuidad. Los libros de texto, diseñados por editoriales privadas, no tienen por qué ser el eje de la enseñanza. La elaboración de materiales es responsabilidad del profesor experto en su materia.

Con el dinero ahorrado por el programa de gratuidad, incorporar un programa de becas basadas en el rendimiento académico y en la situación socioeconómica del alumno, con el doble objetivo de corregir las desigualdades no naturales y fomentar la mejora de resultados y la excelencia.

Reformar el Plan de Calidad vigente en Andalucía para que los incentivos a los profesores no estén directamente relacionados con la mejora estadística de resultados (bajo la tentación de facilitar aprobados injustificables para alcanzar los objetivos) sino con la propuesta y ejecución de planes de mejora educativa y proyectos de centro imaginativos en cuanto a su diseño y ambiciosos en cuanto a su alcance, que requieran una verdadera implicación del profesorado, justificando así el incentivo económico.

Unificar la oferta de formación del profesorado. Reformar los Centros de Profesores para que sean éstos quienes impartan una única oferta de formación seria, de calidad, homologada al menos a nivel autonómico. Desestimar los cursos propuestos por sindicatos, fundaciones, universidades. Acabar de una vez con la vergonzosa oferta de cursos homologados, donde un profesor puede obtener los puntos necesarios para su curriculum formativo, pagando él mismo o la Administración cursos sobre temas tan inauditos como el patinaje o un taller de gastronomía. Pagar dinero a sindicatos y empresas a cambio de puntos no es la mejor forma de propiciar la formación del profesorado.

Plantear un doble itinerario de cursos obligatorios para el profesorado: orientados a la adquisición de destrezas psicopedagógicas (psicología evolutiva, recursos de diagnóstico y terapia, técnicas de trabajo grupal, etc.), y orientados al desarrollo de recursos en las distintas materias, así como en idiomas extranjeros y uso de nuevas tecnologías.

Simplificación de las exigencias burocráticas y administrativas.

Implantación de exámenes nacionales en, al menos, dos puntos del itinerario educativo, según el modelo de las Pruebas de Acceso a la Universidad: al finalizar la Primaria, y al finalizar la Secundaria. Es el único modo de garantizar un seguimiento real del nivel alcanzado en los objetivos curriculares que nos permita corregir los déficits reales y mejorar nuestra desastrosa posición en los rankings mundiales de educación.

jueves, 24 de junio de 2010

¿Para qué sirve la filosofía?

Ayer, de copas por Ciudad Real con unos amigos, vuelve a salir la eterna pregunta: "¿para qué sirve la filosofía?". En esta ocasión, la respuesta venía con la pregunta: "la filosofía no sirve para nada". En realidad, la pregunta es, en sí misma, tan naif, que consigue hacer brillar, en su modesta formulación, la grandeza de lo cuestionado, pues ni siquiera es capaz de dar un paso más allá y plantear: ¿a qué o a quién sirve la filosofía? Pues las cosas no sirven en absoluto. Sirven para algo, o a alguien. Primer punto.

Por lo demás, quienes hacen esa pregunta suelen tener en común varias cosas: en primer lugar, que no esperan una respuesta, y en segundo lugar, que nunca han leído filosofía. Si a mí se me ocurriera decir que Hugh Everett es un charlatán y la astrofísica, un cuento chino, sólo porque no los entiendo, lo normal sería que me tratasen de ignorante o de dogmático. Pero con la filosofía todo el mundo se permite la rebeldía. Lo cual es todo un síntoma y da que pensar. Entre otras cosas, es un signo más de la decadencia democratizante que nos envuelve: la filosofía es vista como una opinión, pero como una opinión que se tiene a sí misma por más profunda, más elevada y más digna. Por consiguiente, ha de ser antidemocrática, y por tanto, despreciable. (Ah, si hubieran leído a Nietzsche... ¡qué conscientes serían del modo en que el resentimiento pervierte el juicio!). Cualquier opinión ha de ser igualmente buena, cualquier pensamiento ha de valer tanto como cualquier otro.

Sin embargo, los que conocemos la filosofía, sabemos que precisamente todo radica en esa diferencia: la que hay entre la pereza intelectual y la pasión filosófica, entre la vulgaridad soñolienta de la opinión y la divinidad guerrera de la filosofía, entre -en fin- la estupidez y la profundidad. Y por eso, como decía Deleuze, el pathos filosófico puede resumirse en vergüenza ante la estupidez. Los filósofos contemplan con asombro cómo se repiten en nuestro tiempo debates conceptuales superados hace siglos en el ámbito de la filosofía. ¡Cuántos innecesarios debates teológicos si nuestros intelectuales leyeran adecuadamente a Kant! ¡Cuántas polémicas éticas resueltas con tal de no haber olvidado la ley de Hume!

La filosofía no sirve en absoluto: sólo sirve a aquella voluntad que busca ir más allá de lo que todos dan por sentado, al verdadero inconformismo intelectual, que no es una etiqueta, sino el deseo de no asumir sin más aquello que el propio tiempo y la propia cultura presentan como indudable, incluido el escepticismo. La filosofía es una opción moral. Su descrédito es sólo un síntoma de la miseria de una época empeñada en destruir todo lo que marque diferencias entre la inteligencia y la estupidez, la nobleza y la vulgaridad, la libertad y la postración.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los malos

La impactante noticia de un hombre falsamente acusado del asesinato y violación de su hijastra está dando que hablar. Hechos como éste -y otros muchos anteriores- deberían hacernos reflexionar a todos sobre si no sería conveniente cambiar la legislación para impedir que los sospechosos sean linchados por el populacho (recordemos las frecuentes imágenes de muchedumbres apostadas a las puertas de cualquier juzgado), por los medios o por los mismos políticos, que aprovechan estas tragedias para revestirse del aura de majestad que confiere la indignación y firmeza frente a los malos. Pero algo más habría que pensar, más allá de la inocencia y la culpa: por ejemplo, podríamos constatar de una vez en qué horrible jauría de bestias sedientas de venganza se convierte una sociedad cuando prescinde del aspecto misericordioso que ha de tener todo trato con el mal. Que el acto malo no destruye nunca la dignidad en nosotros es un pensamiento demasiado metafísico -sí, demasiado cristiano también- para tener cabida en un mundo donde los cobardes, los hipócritas y los resentidos están siempre dispuestos a saltar desde sus escondrijos para tirar la primera y hasta la última piedra.