domingo, 11 de febrero de 2018
Cincuenta sombras de totalitarismo
domingo, 23 de enero de 2011
Bien e Ilustración
Habitualmente damos por supuesto que moralidad y racionalidad van, de un modo u otro, unidas: por ejemplo, que el desarrollo de una cultura científica y antisupersticiosa trae consigo una mayor sensibilidad hacia la dignidad de nuestros iguales, y que, por el contrario, la credulidad y el dogmatismo sólo traen consigo crueldad y servidumbre. A este respecto, quiero compartir un par de textos que siempre me han dado que pensar: no sólo para leerlos en relación a ese prejuicio que acabo de exponer someramente, sino para constatar -no sin asombro- qué distinto resultado tiene la cuestión racial en un pensador ilustrado, defensor del universalismo moral y de la moralidad de la razón, frente a un Papa renacentista, de dudosa reputación, nepótico y promotor del Índice de libros prohibidos, entre otras cosas. Ahí van:
"La humanidad encuentra su mayor perfección en la raza de los blancos. Los indios amarillos tienen un talento menor. Los negros están muy por debajo, y en el lugar inferior está
una parte de los pueblos americanos (...) Tan fundamental es la diferencia
entre estas dos razas del hombre y parece ser tan grande al considerar
las capacidades mentales, como al considerar el color". Y en otro lugar: "Los negros de África carecen por naturaleza de una sensibilidad que se eleve por encima de lo insignificante" (Kant, Observaciones sobre lo bello y lo sublime, 1764).
"Nos pues, que aunque indignos hacemos en la tierra las veces de Nuestro Señor, y que con todo el esfuerzo procuramos llevar a su redil las ovejas de su grey que nos han sido encomendadas y que están fuera de su rebaño, prestando atención a los mismos indios que como verdaderos hombres que son, no sólo son capaces de recibir la fe cristiana, sino que según se nos ha informado corren con prontitud hacia la misma; y queriendo proveer sobre esto con remedios oportunos, haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos Indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor, [asimismo declaramos] que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena, no obstando nada en contrario" (Pablo III, Sublimis Deus, 1537).
martes, 7 de diciembre de 2010
Cuando el bien es noticia
sábado, 13 de noviembre de 2010
Tauromaquia (o por qué el hombre se empeña en no comportarse como tal)
Para los animalistas, hay una especie de tendencia natural evolutiva que nos conduce a la empatía y la compasión. Pero los hechos parecen resistirse a confirmar esa hipótesis: los hombres no son hoy más compasivos que hace miles de años. ¿Y qué decir de los animales? El mismo chimpancé que se frota cariñosamente las mejillas con su semejante, es capaz de perseguir y dar muerte a otro mono para devorarlo, ignorante de que somos todos “primos hermanos”. Por eso, en la argumentación de los animalistas se repite la falacia que Hume encontró en las éticas metafísicas: eres X; luego compórtate como X. El hombre es compasivo; luego ¡que se comporte como tal! Bucean entre libros divulgativos y documentales científicos en busca de hechos que confirmen nuestra cercanía con los animales o las bases biológicas de nuestras capacidades empáticas. Y cuando los encuentran, exclaman alrededor: “¿Por qué no os comportáis como lo que sois?”. ¿Por qué el hombre se empeña en no comportarse conforme a lo que verdaderamente es? Tal es la vieja pregunta de la moral y de la metafísica, construida sobre el falso trasmundo de que existe algo así como "lo que el hombre verdaderamente es", actualizado convenientemente con la creencia pseudocientífica de que ese algo ha de estar inscrito en el código genético.
La relación del hombre con la naturaleza está agrietada. Tal es la fractura y el precio que supone la condición autoconsciente: una permanente sensación de lejanía con respecto a la inmediatez de la vida animal. Por eso tiene necesidad de preguntarse: "¿debería dejar de comer animales?", "¿debería dotarlos de derechos?", "¿debería...?". Hay una distancia entre nosotros y nuestros actos: no nos comportarnos efectivamente como aquello que somos porque, en verdad, no tenemos ni idea de qué somos. De saberlo realmente (es decir, inmediatamente), no habría dudas morales. El que las haya muestra qué profundamente distintos somos de nuestros "primos hermanos", por mucho que, como ellos, nos frotemos las mejillas y lloremos cuando nos duele algo.
Es precisamente aquí donde radica el sentido simbólico de la tauromaquia: el hombre, que vive siempre escindido de la inmediatez de la condición natural, acota un terreno que se constituye como un hueco de naturaleza en la cultura: un resto de aquel lugar del que fue expulsado para adquirir la condición cognoscente y moral. Y en ese terreno juega a que esta expulsión nunca tuvo lugar. Por lo tanto, la plaza de toros es un terreno de naturaleza al que el hombre vuelve: por eso el toro no evita la lucha (como haría un animal maltratado), sino que la busca, tal y como haría en libertad. Con inmediatez. Sin prejuicios ni reflexiones morales. Si puede matar al hombre, lo hará. El mundo humano está lleno de contratos; por eso el hombre siempre añora, a la vez que teme, el paraíso más acá del bien y del mal, donde no hay proyectos éticos, ni normas morales, ni idealizaciones simbólicas.
Lo tragicómico del hecho es que ese deseo de la naturaleza (esa especie de magma primigenio e inconceptualizable que Lacan llama lo real) nunca puede darse libre de lo simbólico. El hombre no puede declinar su vocación cultural: por eso viste de estética su retorno a la naturaleza. Por eso, también, al otro lado de la plaza, quienes defienden a los animales se comportan de un modo tan poco animalesco: mientras defienden nuestra cercanía con los animales, se enredan en innumerables reflexiones -en verdad muy poco naturales- sobre aquello que debemos comer, hacer, legislar, y dramatizan su propia vivencia simbólica teñidos de sangre, desnudos, llorando por el sufrimiento de otras especies. Con ello muestran que el animalismo es simplemente una invención simbólica más, en medio de una historia milenaria de extrañas invenciones antinaturales. Y es que los hombres se empeñan en no comportarse como lo que son: ni cuando intentan ser hombres, ni cuando intentan creer que son solamente animales.
jueves, 24 de junio de 2010
¿Para qué sirve la filosofía?
Por lo demás, quienes hacen esa pregunta suelen tener en común varias cosas: en primer lugar, que no esperan una respuesta, y en segundo lugar, que nunca han leído filosofía. Si a mí se me ocurriera decir que Hugh Everett es un charlatán y la astrofísica, un cuento chino, sólo porque no los entiendo, lo normal sería que me tratasen de ignorante o de dogmático. Pero con la filosofía todo el mundo se permite la rebeldía. Lo cual es todo un síntoma y da que pensar. Entre otras cosas, es un signo más de la decadencia democratizante que nos envuelve: la filosofía es vista como una opinión, pero como una opinión que se tiene a sí misma por más profunda, más elevada y más digna. Por consiguiente, ha de ser antidemocrática, y por tanto, despreciable. (Ah, si hubieran leído a Nietzsche... ¡qué conscientes serían del modo en que el resentimiento pervierte el juicio!). Cualquier opinión ha de ser igualmente buena, cualquier pensamiento ha de valer tanto como cualquier otro.
Sin embargo, los que conocemos la filosofía, sabemos que precisamente todo radica en esa diferencia: la que hay entre la pereza intelectual y la pasión filosófica, entre la vulgaridad soñolienta de la opinión y la divinidad guerrera de la filosofía, entre -en fin- la estupidez y la profundidad. Y por eso, como decía Deleuze, el pathos filosófico puede resumirse en vergüenza ante la estupidez. Los filósofos contemplan con asombro cómo se repiten en nuestro tiempo debates conceptuales superados hace siglos en el ámbito de la filosofía. ¡Cuántos innecesarios debates teológicos si nuestros intelectuales leyeran adecuadamente a Kant! ¡Cuántas polémicas éticas resueltas con tal de no haber olvidado la ley de Hume!
La filosofía no sirve en absoluto: sólo sirve a aquella voluntad que busca ir más allá de lo que todos dan por sentado, al verdadero inconformismo intelectual, que no es una etiqueta, sino el deseo de no asumir sin más aquello que el propio tiempo y la propia cultura presentan como indudable, incluido el escepticismo. La filosofía es una opción moral. Su descrédito es sólo un síntoma de la miseria de una época empeñada en destruir todo lo que marque diferencias entre la inteligencia y la estupidez, la nobleza y la vulgaridad, la libertad y la postración.
martes, 11 de agosto de 2009
El cristianismo, "nuestra moral" y los ateos

La blogosfera, como las librerías, está llena de un tipo intelectual muy interesante, que me anima a salir de mi indolencia vacacional y escribir algo: se trata de aquél que, a falta de precisión, llamaría el “ateo cientifista”. Como todo ser humano, este individuo está sumamente convencido de algunas cosas. Por ejemplo, considera que el pensamiento científico constituye la única forma de pensamiento digna, aunque casi nunca se aclara con qué narices es eso del pensamiento científico. Además, se siente parte de una secta que se remonta a los tiempos de Lucrecio y, aunque de ella fueron activistas gentes de cien mil raleas, cree que esta secta encuentra su momento álgido en la Ilustración y, últimamente, en Richard Dawkins, a quien venera como Ángel de Oriente. Suele saber poco de teología, aunque habla todo el tiempo de ella, repitiendo los lugares comunes más pedestres en un lenguaje refinado. Su psicología es peculiar: aunque detesta el apostolado religioso y lo considera fuente de odio y barbarie, casi nunca renuncia a esa voz que, en su interior, le susurra: “Id por todo el mundo y enseñad la Buena Nueva a toda criatura…”.
En esos círculos se discute últimamente mucho sobre el papel de la religión cristiana en nuestra moral, y por lo general acaban resolviendo que su papel es, o bien muy limitado, o bien decididamente adverso. Esa cuestión es, en realidad, imposible de resolver sin aclarar antes el sintagma “nuestra moral”, aunque realmente el lugar decisivo de esa reflexión es el “en”. Así, pues, en primer lugar: ¿Qué quiere decir “nuestra moral”? Es decir, ¿quiénes somos “nosotros” y a qué llamamos moral? ¿Nos referimos al Marqués de Sade poetizando las torturas a la madre de Eugénie de Franval, o también consideraremos a Kant enredando su cuerpo en mantas antes de dormirse para evitar la tentación del onanismo? ¿El monje trapense y el director porno? ¿Rouco Varela y Almodóvar? ¿Hablamos de la moral que empuja al 25,6 por ciento de los varones españoles a contratar los servicios de una prostituta o de la que empuja anualmente a 5 millones de personas a peregrinar al Santuario de Fátima? Y luego: ¿qué quiere decir “en nuestra moral”? Es decir: ¿la religión cristiana influye en nuestra moral y luego se retira?, ¿influye y la determina radicalmente quedándose en ella?, ¿influye pero no más que otras doctrinas?, ¿influye negativamente en ella, oponiéndosele?
Primera cuestión: cuando hablamos de “nuestra moral” nos referimos a Occidente, claro. Pero en Occidente no hay virtud ni vicio que no haya tenido lugar en cualquier otro lugar y época del mundo. En realidad, después de la Cristiandad no hay ya casi nada que sea “nuestra moral”. No hay un conjunto de cosas consideradas buenas o malas que se diferencie mucho del conjunto de cosas que otros han considerado buenas o malas. Pero sí hay un espíritu de Occidente, que tiene memoria y que ha alcanzado conciencia de sí a través de un proceso complejo y contradictorio: una historia que nos ha conducido a lugares comunes, maneras de enfrentar los problemas, y sobre todo, a un estado de cosas (en el arte, la ciencia, la política, la sociedad…). Quizá no haya normas de conducta “nuestras”, pero sí hay un espíritu occidental: la civilización, sin más. Esa historia es sólo una de las muchas historias acontecidas en el mundo desde que el hombre lo pisa. Pero es una historia peculiar, porque se trata de una historia de emancipación y liberación que sólo ha ocurrido aquí (esto es: en el Mediterráneo judeocristiano, Europa después, y que ha terminado por extenderse con mejor o peor suerte por todo el mundo), y que es una historia eminentemente religiosa.
No tengo tiempo ni espacio para profundizar en esto, pero en líneas generales esa historia comienza en el Génesis, cuando el mundo se presenta como algo hecho y sometido a un logos que el hombre puede pronunciar. Se deja ver en la literatura sapiencial, en los profetas, en la mentalidad mesiánica, histórica, liberadora, y ¡científica! (que tan bien refleja no recuerdo qué libro sapiencial, mandando a los hombres “ir al médico” cuando enfermen, mientras las culturas circundantes consideraban las enfermedades una maldición de los dioses a la que no cabía oponerse). La Encarnación, la relativización de lo ritual y la Ley, el mensaje de la caridad, el Sermón de la Montaña… todo ello crea las condiciones míticas de nuestro pensamiento. Los conceptos del pensamiento occidental (moral, científico…) no son sino el producto de una reflexión cuyo origen son los mitos judeocristianos. A estos mitos se incorporaron, por supuesto, las filosofías griegas, pero en un modo radicalmente transformado, en el que ni “mundo” ni “hombre” podían significar ya lo mismo. La historia se vuelve más divertida en el siglo XVIII, donde los ateos cientifistas creen encontrar su particular Edad de Oro. Pero lo cierto es que los tipos más anticlericales de la Ilustración francesa (como Voltaire) o los más amorales (como Sade), fueron todos de letras, salvo el tipo más ateo, el médico La Mettrie, formado –no es un chiste– en la teología jansenita. Por el contrario, los nombres de la ciencia triunfante (como d´Alembert) están unidos a la fe cristiana. En cuanto a la filosofía: existe una línea continua que une las heterodoxias medievales (Hus, milenaristas, etc.) con los grandes nombres de la filosofía moderna, especialmente, del siglo XVIII, a través de la Reforma y de grupos como los pietistas, los rosacruces, etc. Algún día contaré este asunto más despacio.
Pero, en fin: fieles a su propio dogma de que la religión es ajena al avance moral y científico de Occidente, los protohombres del ateísmo cientifista continúan su particular cruzada contra la oscuridad: el caso más triste de toda esta historia es la lamentable campaña contra Francis S. Collins. Ya no importan sus cualidades como científico: doctor en química, médico, director del Proyecto Genoma Humano... Su declaración de fe cristiana le ha costado ser el centro de una campaña de ateos ilustrados –sobre todo el tal Steven Pinker, cuya contribución a la ciencia real es, comparada con la de Collins, limitada y tremendamente especulativa– que se han puesto en pie de guerra para protestar por su nombramiento como director del Instituto Nacional de Sanidad de EEUU. Al parecer, no les basta que, a pesar de sus estúpidas creencias, Collins sea una figura irremplazable en la decodificación del genoma humano. Siguen pensando que los prejuicios religiosos son barreras al conocimiento, mientras que los prejuicios antirreligiosos son instintos saludables en el avance del saber. Esto es lo que hace de ese ateísmo cientifista, no sólo algo poco elegante, sino lo que revela finalmente su lado más falso, fanático, y peligroso.
miércoles, 27 de mayo de 2009
Origen, justificación y motivación de la moral
Ignoro cuál es el origen de la moral. Puede que tenga razón Kant y sea una ley inscrita en la conciencia de cada hombre desde el principio de los tiempos, aunque lo dudo. Puede ser que tenga razón Dawkins y sea el producto de una mejora adaptativa, aunque dudo también que eso sea suficiente para explicarla del todo. De todas formas, y aunque es un problema interesante, me parece que es en último término secundario. Porque, con independencia de dónde proceda la moral, lo que nos importa es justificar nuestros juicios morales aquí y ahora. El hecho es que hay diversidad de criterios morales en el mundo, y nos vemos frente a la cuestión de su justificación: ¿son unos preferibles a otros? ¿preferibles para quién? Y si lo son, ¿cómo justificar que efectivamente lo son, si ni el bien ni el mal tienen una realidad objetiva, empírica e intersubjetivamente controlable?
Muchos intentan partir de las emociones, aunque yo, que tengo en mucha estima a Hume, creo que es un callejón sin salida. En último término, y dejando al margen el problema de la falacia naturalista, en muchas ocasiones realizamos acciones que consideramos buenas aunque estén radicalmente enfrentadas a nuestras emociones, e incluso radicalmente enfrentadas a los instintos de supervivencia y autoafirmación más elementales. Por eso creo que hay que analizar algo que yo creo que muchas veces se ignora porque se piensa que el placer es un asunto meramente emocional y físico. Me refiero al hecho de que la razón siente un tipo de placer muy particular: el placer en el orden, en la regularidad. En último término, ése el placer del conocimiento. Por eso tiene razón Kant: encontramos el bien en la constatación de una máxima que podría ser aceptada por cualquiera. Y es que, cuando la razón se encuentra con el problema de la acción, su funcionamiento se modifica, porque carece de hechos empíricos que pueda someter a leyes, sistemas, etc. Se las ve con un tipo particular de realidad: los valores. Pero también ahí la razón busca orden y universalidad. Por eso todas las normas morales se expresan universalmente. En este sentido, la búsqueda de un criterio moral que pueda aceptar cualquiera (aunque esto sea un ideal nunca realizable del todo), implica renunciar a la arbitrariedad y someter los dilemas a un debate que exige consistencia. (En el caso que nos ocupa: si todos consideramos a los homo sapiens sujetos del derecho a la vida, resulta difícil justificar que no debamos considerarlos tales a los tres meses de su desarrollo, porque si esos derechos no van unidos a su ser homo sapiens, sino, por ejemplo, a la conciencia, deberíamos negárselos a las personas con daños cerebrales, a los retrasados profundos, etc. Cuando se quiere justificar que un individuo de la especie homo sapiens carece de los derechos que les reconocemos a los homo sapiens, entonces hay que decir por qué. No son los antiabortistas los que tienen el onus probandi en este caso. Y cuando el abortismo trata de argumentar su opción moral, se ve enredado en la cuestión de qué parte de nosotros nos hace humanos y, por consiguiente, sujetos de derechos, y por consiguiente, hace que los fetos no sean merecedores de los mismos).
Queda la última pregunta: la motivación. Si conseguimos establecer el bien, ¿qué puede motivarnos a realizarlo? Porque una cosa es conocer el bien y otra hacerlo y querer hacerlo. Al fin y al cabo, como dice el propio Kant, ésa es la dialéctica natural en que se enreda la razón práctica, porque el bien no siempre garantiza la felicidad (al menos la propia), sino que incluso la dificulta. Para unos, Dios es el único garante de una motivación moral. Para otros lo es la presión social, el condicionamiento educativo, etc. Y queda la vía –débil e insuficiente, pero no veo otra universalizable– de considerar que la única satisfacción del bien (y por tanto, la única motivación moral) es el placer que siente la razón al actuar en el mundo conforme a unas leyes que ella misma se ha dado. El placer de vencer la arbitrariedad y el caos (aquí podría decir mucho el evolucionismo) con la libertad, la universalidad y el reconocimiento mutuo de los seres humanos en eso que Kant llamaba el reino de los fines. Entusiasmar al hombre en ese proyecto es, desde mi punto de vista, la verdadera tarea de la educación.