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domingo, 13 de febrero de 2011

Sobre animalismo y otros ismos

Hace tiempo, el responsable del blog Mester de Juglaría tuvo la amabilidad de ofrecerme una entrevista sobre diversas cuestiones relacionadas con el animalismo, el veganismo, y la tauromaquia principalmente. Aunque no soy ningún experto en estos temas, me pareció interesante intercambiar ideas al respecto, y acepté, muy honrado, la propuesta, que ahora puede leerse aquí. Para quien le interese. Aprovecho para agradecerle de nuevo a Carlos su interés.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Tauromaquia (o por qué el hombre se empeña en no comportarse como tal)

Tengo pocas dudas de que la tauromaquia desaparecerá en un lapso de tiempo relativamente corto. El Zeitgeist es implacable, y en su despliegue no se enreda en discusiones estéticas, morales o políticas. Simplemente avanza en una dirección, y hay posiciones que son demasiado ajenas a ese espíritu. Nuestra época es la de ese “budismo europeo” que Nietzsche detectó en Schopenhauer: la de una moral movida, al mismo tiempo, por la nostalgia de la aponía y por el más profundo autodesprecio. En esto somos, efectivamente, posthumanistas. Pensar este asunto abre, sin embargo, un haz de claridad sobre nuestra propia condición presente, a pesar de ser en vano. Es, al menos, un ejercicio de aquella “lucidez impotente” de que hablaba Gómez Dávila.

Para los animalistas, hay una especie de tendencia natural evolutiva que nos conduce a la empatía y la compasión. Pero los hechos parecen resistirse a confirmar esa hipótesis: los hombres no son hoy más compasivos que hace miles de años. ¿Y qué decir de los animales? El mismo chimpancé que se frota cariñosamente las mejillas con su semejante, es capaz de perseguir y dar muerte a otro mono para devorarlo, ignorante de que somos todos “primos hermanos”. Por eso, en la argumentación de los animalistas se repite la falacia que Hume encontró en las éticas metafísicas: eres X; luego compórtate como X. El hombre es compasivo; luego ¡que se comporte como tal! Bucean entre libros divulgativos y documentales científicos en busca de hechos que confirmen nuestra cercanía con los animales o las bases biológicas de nuestras capacidades empáticas. Y cuando los encuentran, exclaman alrededor: “¿Por qué no os comportáis como lo que sois?”. ¿Por qué el hombre se empeña en no comportarse conforme a lo que verdaderamente es? Tal es la vieja pregunta de la moral y de la metafísica, construida sobre el falso trasmundo de que existe algo así como "lo que el hombre verdaderamente es", actualizado convenientemente con la creencia pseudocientífica de que ese algo ha de estar inscrito en el código genético.

La relación del hombre con la naturaleza está agrietada. Tal es la fractura y el precio que supone la condición autoconsciente: una permanente sensación de lejanía con respecto a la inmediatez de la vida animal. Por eso tiene necesidad de preguntarse: "¿debería dejar de comer animales?", "¿debería dotarlos de derechos?", "¿debería...?". Hay una distancia entre nosotros y nuestros actos: no nos comportarnos efectivamente como aquello que somos porque, en verdad, no tenemos ni idea de qué somos. De saberlo realmente (es decir, inmediatamente), no habría dudas morales. El que las haya muestra qué profundamente distintos somos de nuestros "primos hermanos", por mucho que, como ellos, nos frotemos las mejillas y lloremos cuando nos duele algo.

Es precisamente aquí donde radica el sentido simbólico de la tauromaquia: el hombre, que vive siempre escindido de la inmediatez de la condición natural, acota un terreno que se constituye como un hueco de naturaleza en la cultura: un resto de aquel lugar del que fue expulsado para adquirir la condición cognoscente y moral. Y en ese terreno juega a que esta expulsión nunca tuvo lugar. Por lo tanto, la plaza de toros es un terreno de naturaleza al que el hombre vuelve: por eso el toro no evita la lucha (como haría un animal maltratado), sino que la busca, tal y como haría en libertad. Con inmediatez. Sin prejuicios ni reflexiones morales. Si puede matar al hombre, lo hará. El mundo humano está lleno de contratos; por eso el hombre siempre añora, a la vez que teme, el paraíso más acá del bien y del mal, donde no hay proyectos éticos, ni normas morales, ni idealizaciones simbólicas.

Lo tragicómico del hecho es que ese deseo de la naturaleza (esa especie de magma primigenio e inconceptualizable que Lacan llama lo real) nunca puede darse libre de lo simbólico. El hombre no puede declinar su vocación cultural: por eso viste de estética su retorno a la naturaleza. Por eso, también, al otro lado de la plaza, quienes defienden a los animales se comportan de un modo tan poco animalesco: mientras defienden nuestra cercanía con los animales, se enredan en innumerables reflexiones -en verdad muy poco naturales- sobre aquello que debemos comer, hacer, legislar, y dramatizan su propia vivencia simbólica teñidos de sangre, desnudos, llorando por el sufrimiento de otras especies. Con ello muestran que el animalismo es simplemente una invención simbólica más, en medio de una historia milenaria de extrañas invenciones antinaturales. Y es que los hombres se empeñan en no comportarse como lo que son: ni cuando intentan ser hombres, ni cuando intentan creer que son solamente animales.

domingo, 27 de junio de 2010

La ética y los toros

Algunos visitantes de este blog me han pedido, en diferentes ocasiones, que exponga mi opinión sobre la fiesta de los toros. En realidad, si no lo he hecho antes es porque el asunto no me ha merecido nunca el suficiente interés como para tener toda una teoría al respecto, además de que hay mejores cabezas que la mía dedicadas a reflexionar sobre el problema. Jesús Zamora ha dedicado toda una serie de entradas a este problema. Así que resumiré mucho: básicamente creo, con Hume, que los derechos (y las obligaciones) no pueden ser deducidos de ningún hecho. Es decir, que no hay nada en ningún cuerpo, vivo o no, que nos lleve a la conclusión apodíctica de que merezca ser tratado de tal o cual forma. Creo que la ética es, ante todo, un Sprachspiel, que diría Wittgenstein: un juego del lenguaje. Como todas las creaciones culturales humanas, este juego procede de una sofisticada red en la que se mezclan tendencias pulsionales, experiencias biográficas, invenciones simbólicas, tentativas racionalizadoras...

Como todos los juegos, el de la moral tiene algunas reglas. En este caso, la regla fundamental es la reciprocidad. Esta regla no explica sólo el origen de la moral, sino su persistencia: sólo porque los hábitos morales son recíprocos, se mantienen como tales hábitos. Pero la reciprocidad es algo que sólo pueden entender los humanos. O dicho en plata: mientras el toro no sea capaz de interiorizar mi derecho a no ser atacado, estará fuera del juego ético. De ahí que los antitaurinos sean, desde mi punto de vista, los verdaderamente hostiles con los animales: se empeñan en civilizarlos, es decir, en hacerlos partícipes del mundo humano, de nuestros valores, de aquello que a nosotros nos parece cruel y repudiable, en imponerles el modelo de una existencia pacífica que el hombre sólo ha logrado a fuerza de reprimir y encauzar unos instintos que los animales jamás reprimirán ni encauzarán.

Su antropocentrismo es tan enorme que les impide ver y respetar la verdadera libertad y belleza del mundo animal: los animales desconocen el "malestar en la cultura", pues al carecer de una inteligencia suficientemente desarrollada, carecen también de la conciencia de la muerte, y con ello de la sofisticada red de tabúes, ritos, sentimientos de culpa, represiones, que nosotros hemos tenido que inventar (y padecer) para lograr, en una comunidad moral, que sea menos angustiosa la espera de una muerte de la que somos terriblemente conscientes.


Siguiente cuestión: quienes se oponen a los toros no se oponen simplemente a la muerte del animal, ni a su supuesta tortura, sino al hecho de que esa muerte y esa tortura tengan lugar en vano, es decir, que su fin no sea la supervivencia del hombre. De manera que se puede entender el padecimiento de los pollos enjaulados y su posterior decapitación antes de llegar a mi plato aromatizado con limón y romero, pero no el padecimiento del toro para diversión del populacho. Pero ni el pollo es necesario para mi supervivencia, ni nadie dice que la supervivencia sea lo único que justifica el maltrato al animal. Si verdaderamente creyéramos, como afirman los veganos, que todo ser con sistema nervioso o capacidad de sufrimiento tiene derecho a la vida, ¿por qué no cerrar los mataderos y las carnicerías y sustituirlas por plantaciones de soja?
Y una última cuestión (por no extenderme más). El respeto a las reglas del juego moral exige que esas reglas sean reflexionadas racionalmente. La compasión que nos merecen ciertos seres no es ni puede ser nunca criterio suficiente para dirimir cuestiones morales, pues como todo sentimiento, tiene un carácter empírico, y como todo lo empírico, carece de universalidad: desde el monje budista que barre el suelo por el que camina para evitar pisar insectos hasta el soldado de la Wehrmacht que tirotea al niño judío, la especie humana nos muestra toda una gama de afectos inculcados que no pueden tener la última palabra si verdaderamente queremos alcanzar un acuerdo, siquiera mínimo, sobre aquello que merece ser incondicionalmente protegido y aquello que sólo tiene un valor instrumental para el hombre.