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domingo, 13 de febrero de 2011

Sobre animalismo y otros ismos

Hace tiempo, el responsable del blog Mester de Juglaría tuvo la amabilidad de ofrecerme una entrevista sobre diversas cuestiones relacionadas con el animalismo, el veganismo, y la tauromaquia principalmente. Aunque no soy ningún experto en estos temas, me pareció interesante intercambiar ideas al respecto, y acepté, muy honrado, la propuesta, que ahora puede leerse aquí. Para quien le interese. Aprovecho para agradecerle de nuevo a Carlos su interés.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Igualdad animal

He de reconocer que me fascinan las cosas que hace el movimiento animalista. "Rescatar" once gallinas de una granja o llorar en plena calle con el cadáver de un bicho muerto sacado de la basura son acciones que me dejan pensando en qué cosa tan extraña es el ser humano. Por mucho material genético que compartamos con las otras especies animales, no hay, desde luego, ninguna que haga cosas tan extravagantes. Por mucha empatía que los primatólogos descubran en los chimpancés, ninguno de éstos rescata gallinas ni ensaya coreografías con cadáveres de gatos. Entre lo estúpido y lo sublime, la generosidad y el odio, no cabe duda de que la intención parece, por lo menos, buena. Ocurre, sin embargo, que nuestros propios prejuicios morales nos hacen creer que toda lucha por la felicidad ajena es generosa y digna de alabanza. Nos ocultan, en cambio, qué complejos y perversos mecanismos psicológicos llevan a los miembros de una especie inteligente a ir contra sus propios intereses vitales: renunciar al consumo de animales es, ante todo, una victoria sobre uno mismo. Recuerda a esa exaltación que, según Freud, siente el Yo cuando se ve capaz de renunciar al instinto: esa falsa superioridad que crea la moral cuando somete al cuerpo. Pero querer salvar precisamente a los animales: ésa es la cuestión interesante. Salvar a aquellos que no tienen ideas distintas, que no atacan mis convicciones, que no niegan mi deseo, que no molestan, que no se comportan impredeciblemente, que no ensucian el mundo, que no mienten: toda esta pureza rousseauniana rezuma tanto odio a lo humano... Se ve qué largo es el brazo del autodesprecio ascético, incluso allí donde todo rastro de la religión parece haberse esfumado. Mientras todos los animales de la tierra se esfuerzan en perseverar en su ser, el ser humano se sacrifica a extrañas exigencias morales y mueve cielo y tierra para realizarlas.

Decididamente, no somos iguales.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Animalismo y antropofobia

En la entrada de un blog que habla sobre la figura del torero, leo este comentario:

"maldita sea por q no mataron al torero para q el toro gritara ole ole ole ole ole ole buey por q maltratan a los toros en publico estabien q no ablen pero no le agan semejante babosada creen q es bonito sacrificar a un toro simplemente por divercion por dinero q ipocritas son me cay de madres q se ve mejor a un carnicero q un pinche marica de torero q simplemente tiene agas para enfrentar a un pobre animal. a todos los toreros del mundo les deseo la muerte y ojala mueran en los cuernios de un toro para q les griten ole ole ole ole ole ole y un saludo desde lo eterno".

Si uno consigue soportar la catástrofe sintáctica y ortográfica, y va al fondo del comentario, percibe fácilmente qué hay detrás del animalismo: odio contra el ser humano. No es el único comentario que leo o escucho en ese sentido. Por lo demás, en otras ocasiones he preguntado a miembros de asociaciones animalistas por qué no dedican ese tiempo libre a ayudar a familias desfavorecidas o visitar a niños con cáncer. La razón es obvia: en una cosmovisión sentimentalista alimentada por Disney, los perros dan más pena que los gitanos, y las focas despiertan más compasión que los esquimales. Los hombres son malos y mezquinos: los animales, inocentes. Pero esa inocencia animal no es un más allá del bien y del mal, sino siempre un paroxismo del bien: bien y belleza en forma inmaculada. Una imagen de los mitos occidentales de la inocencia y la redención, hipostasiada allí donde no se ven perturbados por el sucio rastro de la condición moral y de la historia. En una sociedad nihilista y autodestructiva, la empatía es sólo el eco, el recuerdo del oso de peluche de una infancia perpetua, y el amor a los animales se convierte, en manos de los militantes del Reino Animal, en la más exquisita flor del jardín de la antropofobia.