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viernes, 3 de septiembre de 2010

Animalismo y antropofobia

En la entrada de un blog que habla sobre la figura del torero, leo este comentario:

"maldita sea por q no mataron al torero para q el toro gritara ole ole ole ole ole ole buey por q maltratan a los toros en publico estabien q no ablen pero no le agan semejante babosada creen q es bonito sacrificar a un toro simplemente por divercion por dinero q ipocritas son me cay de madres q se ve mejor a un carnicero q un pinche marica de torero q simplemente tiene agas para enfrentar a un pobre animal. a todos los toreros del mundo les deseo la muerte y ojala mueran en los cuernios de un toro para q les griten ole ole ole ole ole ole y un saludo desde lo eterno".

Si uno consigue soportar la catástrofe sintáctica y ortográfica, y va al fondo del comentario, percibe fácilmente qué hay detrás del animalismo: odio contra el ser humano. No es el único comentario que leo o escucho en ese sentido. Por lo demás, en otras ocasiones he preguntado a miembros de asociaciones animalistas por qué no dedican ese tiempo libre a ayudar a familias desfavorecidas o visitar a niños con cáncer. La razón es obvia: en una cosmovisión sentimentalista alimentada por Disney, los perros dan más pena que los gitanos, y las focas despiertan más compasión que los esquimales. Los hombres son malos y mezquinos: los animales, inocentes. Pero esa inocencia animal no es un más allá del bien y del mal, sino siempre un paroxismo del bien: bien y belleza en forma inmaculada. Una imagen de los mitos occidentales de la inocencia y la redención, hipostasiada allí donde no se ven perturbados por el sucio rastro de la condición moral y de la historia. En una sociedad nihilista y autodestructiva, la empatía es sólo el eco, el recuerdo del oso de peluche de una infancia perpetua, y el amor a los animales se convierte, en manos de los militantes del Reino Animal, en la más exquisita flor del jardín de la antropofobia.