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sábado, 11 de junio de 2011
La Revolución en la que creo
-grafiteada por un hermano en un muro de Ciudad Real... :-)
Etiquetas:
diario,
La Mancha,
libertad,
revolución
viernes, 4 de marzo de 2011
Entrevista a Gadafi
Este fragmento de entrevista a Gadafi no tiene desperdicio. Me gustaría saber dónde leerla en versión completa...
Etiquetas:
fascismo,
Gadafi,
islam,
revolución
viernes, 1 de octubre de 2010
El irresistible encanto de la revolución
La huelga ha servido, al menos, para una cosa: hemos podido constatar la calaña de quienes pretenden erigirse en contrapeso al modelo económico y social vigente. En Sevilla, el responsable de Economía y Empleo del Ayuntamiento manifiesta ante las cámaras, con acento de paleto e ideas de paleto, estar orgulloso de participar en un piquete violento, y de paso, aprovecha para culpar a la policía de la "provocación". Mientras, en Barcelona, una panda de niños de papá se lo pasa en grande luchando contra el sistema y, de paso, llevándose unas cuantas chupas guapas del Zara. En Madrid, los huelguistas gritan: "¡Policía, asesina! ¡Policía, asesina!". Un observador imparcial se sentiría horrorizado y buscaría ansioso los cadáveres que han dejado a su paso los antidisturbios. Pero mostraría no entender nada de la metafísica revolucionaria: no es el lenguaje el que debe adaptarse a la realidad, sino al revés. No se trata de hechos, sino de algo mucho más real: se trata de ideas. Todos los poderes de la vieja Europa (recuerdan el manifiesto de Marx, ¿verdad?), esto es, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los espías alemanes, se han unido en Santa Alianza: no importa que esa vieja Europa ya no exista. El enemigo de la revolución está siempre ahí: es el orden presente. Es la naturaleza fáctica de las cosas. Es la estabilidad de lo real. Encuentra una satisfacción morbosa en la agitación, y sobre todo en la destrucción de un chivo expiatorio hecho a medida. Se trata, por tanto, de una forma colectiva de neurosis, basada en el odio a lo real y en la negativa a aceptar su primacía. Pero si las revoluciones clásicas (la bolchevique incluida, por supuesto) estaban cargadas de positividad y de proyectos, nuestros revolucionarios no tienen nada que oponer a lo real. Frente a la destrucción creadora de los genios, la destrucción resentida de la plebe. La exaltación de lo otro, de la pura posibilidad desencarnada. En cierto sentido, nada hay tan postmoderno y tan sistemático como estos revolucionarios nuestros: se tira piedras contra la policía como se asiste a un partido de fútbol o se reservan una vacaciones en Tailandia. La vida es una multiforme aventura sensorial: ¿acaso no es emocionante formar parte de los oprimidos de la tierra, al menos por un día, y sentir arder en el pecho el celo de la justicia? Cuando la aventura termina, la pantalla queda oscura: volvemos a nuestras vidas rutinarias, sistemáticas: los niñitos, a pintar grafitis; los liberados, a tomar café. El Caos era sólo una ilusión más, en medio de anuncios de cosméticos y noticias sobre la vida sexual de los murciélagos.
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huelga,
política,
postmodernidad,
revolución
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