miércoles, 15 de junio de 2011
Se veía venir
Decía Hegel que la esencia siempre se manifiesta al final. Y aquí lo tenemos: la esencia totalitaria del movimiento 15-M objetivada a los pies del Parlament, impidiendo a los cargos electos acceder a las instituciones de representación democráticas, insultando a políticos recién investidos, y autoproclamándose -en la mejor tradición del fascismo de derechas y de izquierdas- verdadero "Pueblo". A ver cuál es la próxima...
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sábado, 11 de junio de 2011
La Revolución en la que creo
-grafiteada por un hermano en un muro de Ciudad Real... :-)
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martes, 31 de mayo de 2011
A ver si se acaba ya esto
Deslegitimación del Estado, negación de la democracia representativa, odio a los banqueros, desprestigio de los partidos políticos. ¡¡Benito, Adolfo, estaos quietos!!
ACTUALIZACIÓN: Ya han empezado a hablar de limpiar...
ACTUALIZACIÓN: Ya han empezado a hablar de limpiar...
sábado, 21 de mayo de 2011
Democracia real... cada vez menos
Esta entrada es, fundamentalmente, una respuesta a los comentarios hechos a la anterior. Ante todo, muchas gracias a quienes se han tomado la molestia de hacerlos, tanto a los elogios como a las críticas. En primer lugar quiero puntualizar mi referencia al mundo islámico: el motivo de mi preocupación no era el hecho de que se tome ideas de ellos -que lo hemos hecho, y a menudo, a lo largo de la historia- sino que da la impresión de que aquí ya no crece nada propio: no hay ni visión ni ideas. Todo es un simulacro de algo que ocurrió en el pasado o que está ocurriendo en el presente en otra parte del mundo.
Yo puedo entender el entusiasmo que causan estos espectáculos de euforia moral colectiva. En un mundo repetitivo, individualita y desestructurado, todo atisbo de cohesión social en torno a ideas morales no puede sino causar entusiasmo. El propio Kant -y eso que tenía un carácter poco revolucionario- describía así su percepción de la Revolución Francesa: "La revolución de un pueblo lleno de espiritu, que hemos visto realizarse en nuestros días, podrá tener éxito o fracasar; puede, quizá, estar tan repleta de miserias y crueldades, que un hombre bienpensante, que pudiera esperar ponerla en marcha por segunda vez, no se decidiera a un experimento de tales costos: una revolución tal, digo no obstante, encuentra en los ánimos de todos los espectadores que no están ellos mismos involucrados en el juegouna tal participación en el deseo, que rayana con el entusiasmo incluso si su exteriorízación resulta peligrosa; tal, en suma, que no puede tener otra causa que una disposición moral del género humano". Con todo, mi carácter se acerca más al de Gómez Dávila cuando escribía (cito desde mi mala memoria) "nada hay tan deprimente como una multitud en el espacio; ni nada tan entusiasmante como una multitud en el tiempo".
Me parece muy bien que la gente exprese su descontento. Tenemos muchos motivos para ello. También me alegra que cada cual ejerza su derecho democrático a reivindicar lo que crea justo (incluso aunque muchos no asuman la posibilidad de estar equivocados). Lo que no acepto es diluirme en un fascio cuyo único contenido político perceptible es la pura negación de lo que hay. Es tan entusiasmante como infantil e irresponsable lanzarse al monte de los profetas, desde donde es tan fácil decir qué malvados son los déspotas y los idólatras... Se señala el pecado, pero no la redención. Y lo cierto es que aquí no se aporta ninguna solución porque ni siquiera se sabe de qué problema exactamente se habla. Ya deberíamos tener suficiente memoria histórica para desconfiar de todo esto.
Con todo, lo peor, a día de hoy, es lo que menciona Fernando. La democracia y su conservación requieren una fina mirada moral que le falta a la mayoría de la gente, especialmente en este conjunto de tribus anarquistas que llamamos España. Me refiero al hecho de que las instituciones deben ser respetadas salvo allí donde son efecto de una manifiesta ilegitimidad. Lo difícil -y por ello especialmente necesario- de aceptar es el hecho de que las instituciones públicas, fruto del consenso constitucional y de una legitimidad incuestionablemente democrática- merecen ser, no ya respetadas, sino custodiadas. Protegidas con el celo del que las sabe resultado de una dura y penosa conquista histórica. Como decía Ortega, "nada de lo que da la civilización es el fruto natural de un árbol endémico. Todo es resultado de un esfuerzo". Las instituciones son ineficaces, lentas, irritantes... y, con todo, son lo único que garantiza la unidad de la ley frente al múltiple arbitrio de las voluntades. Hoy es jornada de reflexión. Idos todos a casa.
Yo puedo entender el entusiasmo que causan estos espectáculos de euforia moral colectiva. En un mundo repetitivo, individualita y desestructurado, todo atisbo de cohesión social en torno a ideas morales no puede sino causar entusiasmo. El propio Kant -y eso que tenía un carácter poco revolucionario- describía así su percepción de la Revolución Francesa: "La revolución de un pueblo lleno de espiritu, que hemos visto realizarse en nuestros días, podrá tener éxito o fracasar; puede, quizá, estar tan repleta de miserias y crueldades, que un hombre bienpensante, que pudiera esperar ponerla en marcha por segunda vez, no se decidiera a un experimento de tales costos: una revolución tal, digo no obstante, encuentra en los ánimos de todos los espectadores que no están ellos mismos involucrados en el juegouna tal participación en el deseo, que rayana con el entusiasmo incluso si su exteriorízación resulta peligrosa; tal, en suma, que no puede tener otra causa que una disposición moral del género humano". Con todo, mi carácter se acerca más al de Gómez Dávila cuando escribía (cito desde mi mala memoria) "nada hay tan deprimente como una multitud en el espacio; ni nada tan entusiasmante como una multitud en el tiempo".
Me parece muy bien que la gente exprese su descontento. Tenemos muchos motivos para ello. También me alegra que cada cual ejerza su derecho democrático a reivindicar lo que crea justo (incluso aunque muchos no asuman la posibilidad de estar equivocados). Lo que no acepto es diluirme en un fascio cuyo único contenido político perceptible es la pura negación de lo que hay. Es tan entusiasmante como infantil e irresponsable lanzarse al monte de los profetas, desde donde es tan fácil decir qué malvados son los déspotas y los idólatras... Se señala el pecado, pero no la redención. Y lo cierto es que aquí no se aporta ninguna solución porque ni siquiera se sabe de qué problema exactamente se habla. Ya deberíamos tener suficiente memoria histórica para desconfiar de todo esto.
Con todo, lo peor, a día de hoy, es lo que menciona Fernando. La democracia y su conservación requieren una fina mirada moral que le falta a la mayoría de la gente, especialmente en este conjunto de tribus anarquistas que llamamos España. Me refiero al hecho de que las instituciones deben ser respetadas salvo allí donde son efecto de una manifiesta ilegitimidad. Lo difícil -y por ello especialmente necesario- de aceptar es el hecho de que las instituciones públicas, fruto del consenso constitucional y de una legitimidad incuestionablemente democrática- merecen ser, no ya respetadas, sino custodiadas. Protegidas con el celo del que las sabe resultado de una dura y penosa conquista histórica. Como decía Ortega, "nada de lo que da la civilización es el fruto natural de un árbol endémico. Todo es resultado de un esfuerzo". Las instituciones son ineficaces, lentas, irritantes... y, con todo, son lo único que garantiza la unidad de la ley frente al múltiple arbitrio de las voluntades. Hoy es jornada de reflexión. Idos todos a casa.
jueves, 19 de mayo de 2011
Democracia real... todavía no
Las protestas organizadas últimamente por movimientos sociales como “¡Democracia Real Ya!” me han animado a actualizar el blog, que lo tenía muy abandonado. Trataré de ser conciso, aunque el tema merecería una perspectiva mucho más amplia: lo que en primer lugar me llama la atención de estas protestas es el hecho de que la vieja y revolucionaria Europa ahora necesite tomar ideas de los pueblos islámicos para saber cómo reaccionar ante los problemas del orden socio-económico que ella misma ha creado. Primer signo preocupante. En segundo lugar, que en ellas se mezclen toda clase de reivindicaciones, más o menos razonables, pero sin ninguna unidad real más allá del hecho de que quienes las defienden están allí en la misma plaza: la ley D´Hont y la monarquía, la congelación de las pensiones y el paro juvenil. Las revoluciones políticas se hacen arrastrando a las masas detrás de dos o tres ideas simples pero convincentes. No se cambia un país, y menos un sistema globalizado, por meter todas las frustraciones existentes bajo la misma tienda de campaña. Es la falsa y abstracta generalidad -que ya desenmascaró Hegel, y tras él Marx- de lo que no posee más unidad que la de la acumulación. Pero, en fin, lo que más me inquieta de las protestas es la evidente falta de realidad, su fijación en mecanismos de mera negatividad, de inadaptación al mundo. En la psiquiatría clásica, eso se llamaba “neurosis”; y en filosofía, “romanticismo”. Ante todo, esa fe infantil en que la democracia (el gobierno del pueblo) ha de coincidir necesariamente con la prosperidad, la felicidad, la justicia y la paz, y que cuando éstos no se dan, ha de haber un culpable. En definitiva, todo ese afán judicial por estar continuamente condenando el carácter deficitario de lo real: afán, por cierto, que nada tiene que ver con la sana esperanza del “todavía no” que siempre crece sobre la lucidez que otorga el contacto con la realidad. Toda buena política es el resultado de un difícil equilibrio entre utopismo y realismo. Cuando este equilibrio se rompe a favor de una impugnación obsesiva de lo real y de una exaltación de “lo otro”, sin contenido alguno, la política corre el riesgo de convertirse en mesianismo, y el resultado de esta forma de conciencia política suele ser el autoritarismo, no la libertad. Lo que, en todo caso, podemos decir de estas protestas es que constituyen, sin duda, un signo de agotamiento, y deberían ser consideradas como un motivo de preocupación.
viernes, 22 de abril de 2011
Tiempo presente
En Sevilla no hemos tenido "madrugá", ni en general Semana Santa, al menos sociológicamente hablando. Lo cual es inquietante, pues uno termina las vacaciones con la sensación de que no ha pasado nada de lo que se supone que tendría que pasar. No ha parado de llover y desde la ventana de mi cuarto veo cómo se llena de agua sucia la piscina que están construyendo mis padres. Me paseo por la casa y miro la estantería de mi cuarto de cuando niño, y reconozco los libros de Verne, los cuentos de los hermanos Grimm, un montón de tebeos... Y también los de la adolescencia: la Odisea, Erasmo, una antología de textos de Marx... en fin, un batiburrillo de cosas inconexas que, sin embargo, tienen un sentido muy definido para mí. De algún modo, los libros que recuerdo trazan mi biografía autoconsciente e iluminan momentos muy precisos de mi pasado. Dejan huecos, por supuesto, que lleno con otro batiburrillo de cosas igualmente inconexas. Es el narcisismo de la memoria, que se empeña en sostener la imagen del yo sobre el deseo de algo que nunca fue como creo. Entre la nostalgia -el deseo del pasado- y el anhelo -el deseo del futuro- la ansiedad nos aleja de la serenidad: el deseo del presente. Pues el pasado y el futuro son las dos formas en que -según me leía Beades en un pasaje de Lewis- nos engaña el demonio para sacarnos del presente, el único tiempo real y misteriosamente unido a la eternidad: allí donde todo está vivo y tiene consistencia. Como en los Cuatro cuartetos de Eliot: Time past and time future / what might have been and what has been / point to one end, wich is always present. Y en ese presente, llueve, no hay procesiones, la piscina se llena de polvo y de hojas, y sólo queda mirar por la ventana y desear que las cosas sean lo que son. Y sin embargo...
domingo, 17 de abril de 2011
Heauton ekenosen
Empiezo la Semana Santa aún aturdido por la noticia de que no me han dado traslado a Andalucía, como había pedido, y por la vorágine de reuniones, compromisos, exámenes de las últimas semanas. Así que casi no he encontrado tiempo para escribir sobre lo que realmente me apetecía: qué significa aún para nosotros la noticia de la kenosis divina, que culmina estos días con la Pasión y Muerte de Cristo. San Pablo dice, en Flp 2,7, que Cristo "se vació de sí mismo" (heauton ekenosen), y pienso que lo crucial de la historia del cristianismo está contenido en esas palabras, en el modo como rompe radicalmente la visión de un Dios divorciado del tiempo y de la carne. Pero dejaré esa reflexión para otro día. Hoy me basta con recordarme a mí mismo, en este inicio de Semana Santa, que todo sujeto está llamado, de algún modo, a vaciarse de sí mismo y dejar espacio a cualquier otra cosa que no sea el propio yo, con la esperanza de que, paradójicamente, sea ésta la única forma de encontrarse consigo mismo. Porque, en un mundo donde no existe el examen de conciencia, apenas quedan espacios de introspección más allá de ese estar ocupándose permanentemente del propio estado de ánimo, tan característico de la subjetividad postmoderna. Así que hoy decidí dejar pasar la tarde mientras, a ratos, me asaltaban las enigmáticas palabras del Evangelio: "el que quiera salvar su vida, la perderá".
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