sábado, 2 de mayo de 2015

Envenenando el pozo

Hace una bonita mañana. La primavera se asienta y, con ella, la luz y el calor crecen escalando las horas del día como una enredadera. Los pájaros cantan junto a mi ventana mientras termino el desayuno y echo un vistazo a las redes sociales. De pronto, sobresalto: los tuiteros hablan, histéricos, del pacto PSOE-Ciudadanos en Andalucía, así que corro a los periódicos a enterarme de los detalles. Y allí están, en efecto, los detalles: Ciudadanos se sienta a negociar después de que Susana Díaz haya aceptado sus condiciones iniciales. Por lo tanto, no hay pacto alguno (de momento) y Twitter, una vez más, actúa como un pirómano corriendo por un pastizal seco. Los opinólogos y chismólogos necesitan ese incendio, porque el pensamiento es aburrido y la paciencia, una virtud medieval, mientras que ellos viven de un ingenio falaz que se siente cómodo en la polémica.

Ciudadanos no ha llegado a ser lo que es únicamente por sus propuestas económicas o sociales o educativas. Ciudadanos es lo que es por haber sabido recoger el descontento social de los últimos años (que parecía absorbido por el radicalismo) y darle una dirección moderada, liberal y progresista. Su defensa de la igualdad constitucional, de la integridad de la nación, de la dignidad de las instituciones democráticas y de una forma más noble de hacer política es su verdadera fuerza. Todo lo demás se encuentra -a ojos del electorado- en un mar de niebla. ¿Qué regeneración política podría prometer si, una vez aceptadas sus condiciones, se negase a negociar para no ensuciar su propia imagen? ¿Esa es la nueva política? Ciudadanos no está donde está para practicar la kale borroka parlamentaria: está para forzar acuerdos donde se abran cauces para la regeneración institucional, aunque tenga que ser -si así fuera finalmente- con Susana Díaz (a la que, por cierto, han votado -nos guste o no- la mayoría de los andaluces). La dignidad política consiste precisamente aquí en poner la ética democrática por encima de las filias y las fobias partidistas. En el parlamento de Andalucía hay lo que hay: lo que han elegido los andaluces, ni más ni menos. Y ahora toca hacer política. Sería lamentable que Ciudadanos apoyara a sus adversarios políticos dándoles carta blanca para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, pero el fin del bipartidismo implica necesariamente -como ya ocurrió en la Transición- llegar a acuerdos razonables en los que todos cedan parte de sus posiciones. Lo decisivo aquí no es el pacto mismo, sino su contenido. Deberían saberlo quienes se dedican a envenenar el pozo antes de que nadie saque agua de él.

3 comentarios:

Paloma Rodriguez dijo...

Como bien dices, la paciencia es una virtud medieval, pero muy necesaria en los tiempos que corren. Hay que esperar para ver resultados y hacer política es negociar y pactar cuando se cumple lo que se ha exigido. Condiciones nececesarias para una regeneración y para trabajar en serio por un país donde hay gente muy preparada a la sombra y sin oportunidades.Lo demás son chuminadas de la tía Carlota o un gallinero insufrible que cacarea sin cesar y sin decir nada constructivo.

Paloma Rodriguez dijo...

Como bien dices, la paciencia es una virtud medieval, pero muy necesaria en los tiempos que corren. Hay que esperar para ver resultados y hacer política es negociar y pactar cuando se cumple lo que se ha exigido. Condiciones nececesarias para una regeneración y para trabajar en serio por un país donde hay gente muy preparada a la sombra y sin oportunidades.Lo demás son chuminadas de la tía Carlota o un gallinero insufrible que cacarea sin cesar y sin decir nada constructivo.

Paloma Rodriguez dijo...

Como bien dices, la paciencia es una virtud medieval, pero muy necesaria en los tiempos que corren. Hay que esperar para ver resultados y hacer política es negociar y pactar cuando se cumple lo que se ha exigido. Condiciones nececesarias para una regeneración y para trabajar en serio por un país donde hay gente muy preparada a la sombra y sin oportunidades.Lo demás son chuminadas de la tía Carlota o un gallinero insufrible que cacarea sin cesar y sin decir nada constructivo.