domingo, 28 de diciembre de 2008

La creación

¿Por qué escribo?

Una respuesta psicoanalítica –pero más que eso– a esa pregunta me la ha dado mi sobrina, que no llega al año. Se pasa el día entregada a un fascinante proceso de creación: agarra torpemente un puñado de papeles, agita los envoltorios de los mantecados, golpea a Igglepiggle contra el suelo, o lanza besos con la boca abierta. Cada vez que termina su obra, mira alrededor buscando la mirada amorosa de su madre, que es siempre la confirmación suprema de sus actos.

Tal vez la creación no sea más que la inercia de ese hábito por el que, hace muchos años, buscamos en otros ojos el amor. Escribir es prolongar esa mirada que tantea la confirmación suprema, el angustioso movimiento de una criatura frágil en busca de la gramática que inunde de luz la oscuridad. Así ocurre en Paul Auster: no hay escritura ni autoconocimiento sin ponerse otra vez bajo la mirada paterna. Y la angustia del poeta es el miedo a seguir solo: el reverso de una gramática estéril que nos aleja del amor.

O qué sé yo. Tal vez no, y la creación no es más que un sueño, un falso artificio, un letargo.


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miércoles, 24 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

"Cuando el tiempo no está lleno por sí mismo de una presencia con sentido, la espera se hace insoportable. (...) Pero si el tiempo en sí mismo tiene sentido, si en cada momento se esconde algo propio y valioso, la alegría anticipada de algo aún mayor que está por venir hace aún más valioso el presente y nos impulsa como con una fuerza invisible más allá de los momentos. Justamente a vivir este tipo de espera quiere ayudarnos el Adviento: es la forma propiamente cristiana de esperar y tener esperanza" (Ratzinger, La bendición de la Navidad. Meditaciones)

Que os bendiga el Dios de los bosques, de los pastores, de las luciérnagas y de los poetas.

Y que, cuando nazca, su estrella nos guíe hasta el pesebre.


lunes, 15 de diciembre de 2008

La costumbre del milagro

Ante la razón calculadora todo es un milagro. Ella numera la distancia entre los cuerpos en movimiento, pero no sabe por qué esos cuerpos no se desploman repentinamente en la nada. Explica de qué están compuestos los planetas lejanos, pero aún no ha inventado la ecuación que muestre el lento movimiento de las galaxias, en el que inmensidades de luz y polvo devoran otras inmensidades atravesando no se sabe qué océano de oscuridad y tiempo. Cuantifica el número de leucocitos en la sangre, pero no sabe por qué, hace miles de años, un puñado de barro dijo “yo”. No sabe decir qué cosa tan prodigiosa es que un instante suceda a otro. Esta razón es la frágil costumbre de un orden que apenas se sostiene frente a un abismo de silencio y dudas.

Fue entonces la costumbre del milagro la que nos hizo llamar normal y razonable a lo que es mágico. Y, sobre todo, el milagro de todos los milagros: la belleza. Por ejemplo ahora que desde la ventana de mi cuarto veo reflejarse la luz sobre las hojas de la grevillea y me llega el olor de los olivos, y contemplo esta inmensidad, este misterio tremendo, cuando parece que la naturaleza está a punto de desdecirlo todo, abrir los labios y susurrar: “heme aquí”.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Elogio de la contemplación

Mis alumnos del instituto no quieren para su viaje de fin de curso ningún destino donde haya cosas “que ver”. Realmente la saturación estética de los medios ha traído consigo que la visión agote, y que agote hasta tal punto que las técnicas publicitarias tengan que afinarse cada vez más para evitarlo. A los más jóvenes no impresionan especialmente las pirámides ni las cataratas del Niágara, así que mucho menos la Catedral de Burgos o las Meninas de Velázquez. Pero hubo un tiempo en que la visión era algo tan placentero que San Agustín llegó a otorgarle una categoría especialísima de pecado: la “concupiscentia oculorum”, el momento en que la belleza de una cosa nos hace esclavos de ella.

Contemplar es el último reducto de una piedad primigenia. En la contemplación celebramos el hecho puro y gratuito de que las cosas sean, y de que sean como son y no de otra manera. No hay relación más sincera, más noble, más desinteresada, más amorosa con el mundo. Vueltos hacia el brillo mágico de las cosas, detenemos la espiral rutinaria de la utilización, del consumo, del dominio. Todo lo contrario de la cultura de la imagen en que vivimos, donde la belleza es siempre sierva de un deseo que ella nunca puede satisfacer. Por eso en la publicidad toda belleza implica dolor, frustración y lejanía. Pero al otro lado de la pantalla, todo es distinto. Por ejemplo, en este atardecer del invierno manchego, donde crepita un cielo entrecortado por las nubes, y bajo cuyas llamas los hombres tiritamos, igual que pajarillos hambrientos, con las bocas abiertas ante el Misterio.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El burka según Antena 3

El tema de los telediarios de hoy ha sido la Declaración de los Derechos Humanos, de la que ahora se cumplen 60 años. El noticiario de Antena 3 ha elegido una curiosa manera de ejemplificar su incumplimiento: para demostrar que los españoles seguimos rechazando a las personas por sus creencias religiosas, han vestido a una señora con un burka afgano (el chador, que ni siquiera deja ver los ojos) y la han paseado por una céntrica calle de una importante ciudad española. Después, grababan los comentarios de sorpresa de la gente, la negativa de los taxis a pararse y de los comercios a abrirle sus puertas. Ésta era -según el noticiario- la prueba de nuestra intolerancia.

Señores de Antena 3: dejando al margen el hecho evidente de que cualquir persona que oculta el rostro provoca miedo y de que si yo fuera dueño de una joyería tampoco dejaría entrar a nadie que se presentase tapado de arriba a abajo, deberían saber que el burka no es símbolo ni expresión de una fe, sino imagen viva de una milenaria historia de dominio que le antecede; es la historia de algo contra lo que los países libres han luchado y sobre lo que han logrado levantar tímidamente sus cabezas. El burka provoca lesiones en la frente, el pelo y la cara de las mujeres que lo llevan, crea lesiones oculares y respiratorias, y a menudo es causa de accidentes. El origen del burka -por cierto, muy reciente- no es otro que la pretensión de ocultar la belleza de la mujer, siempre hiriente a los ojos del fanatismo, el miedo y el resentimiento. Es expresión del primitivo y mezquino intento de raptar a la mujer de la mirada del otro, pues toda mirada es una forma de posesión. Y ya se sabe que el hombre, como Dios, es celoso.

Al contrario que estos supuestos apóstoles de la tolerancia vacía, me consuela ver que los españoles siguen asombrándose ante esa imagen y preocupándose de que, en algunos lugares del mundo, las feas manos del rencor sigan siendo capaces de ocultar el fuerte y sereno rostro de la belleza.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Guerra y Paz

Mi antiguo profesor, director de tesis y amigo Javier Hernández-Pacheco ha escrito un libro, muy oportuno en los tiempos que corren, acerca de la guerra, la violencia, el pacifismo, la justicia mundial, etc. Se titula El duelo de Athenea y ha sido publicado por Encuentros. Algunos de los temas que trata recuerdan ciertos pensamientos que ya defendiera Ortega en los años treinta: el pacifismo como doctrina insensible a la fragilidad de la libertad. Entendido como simple repudio de toda guerra, el pacifismo es impío porque olvida (y el olvido es la forma más grosera de impiedad) la sangre vertida en la historia por la construcción de un mundo libre. Los pacifistas creen que la democracia y la libertad existen como las hojas en los árboles, sin entender que son flores muy raras que hay que cuidar y defender. Pero, además, el pacifismo implica una miopía histórica: ignora qué esfuerzo tan prodigioso han hecho la razón y la imaginación humanas para idear algo tan complejo como, precisamente, la guerra. Poner uniforme a la violencia y establecer unas reglas para su uso es un esfuerzo nada despreciable comparado, por ejemplo, con el escritor de los Salmos cuando pedía a Dios poder lanzar los hijos de sus enemigos contra las rocas. Con todas sus maldades, la institución de la guerra ha conseguido que lanzar los niños de los enemigos contra las rocas esté, por lo menos, mal visto. La misma ley del Talión, que hoy consideramos como la quintaesencia de la barbarie, fue en su momento un ascenso, un progreso notable desde la brutalidad a un cierto sentido de la justicia.

No estamos a las puertas del quiliasmo. La historia está en marcha, y en ella actúan fuerzas contrarias a la libertad, fuerzas contra las que una sociedad libre debe estar preparada para defenderse. Por eso hay pocos síntomas tan inquietantes de la disolución política y moral de Europa como esa insensibilidad inculcada frente a la idea de una “guerra justa”. La violencia reglada de la guerra es una obligación moral cuando la vida y la libertad están en peligro. Por eso, nuestras sociedades se hacen un enorme mal a sí mismas cuando hacen de una paz vacía y de un diálogo imposible valores absolutos que, quizás algún día, minen nuestra capacidad de mantener un mundo en libertad.


domingo, 30 de noviembre de 2008

El plan de Bolonia y la bajeza del pensamiento

La semana pasada mis alumnos hicieron huelga para protestar contra el plan de Bolonia. Uno o dos días antes, una pareja de representantes de los cursos de Bachillerato se fueron pasando por las clases para explicar los horrores de dicho plan. Nos informaron de cosas como las siguientes: que el plan “privatizaba” la educación universitaria, que se iban a suprimir las becas, que ponía la Universidad al servicio “de los reaccionarios” en contra “de la clase trabajadora”. Decían eso, lo decían en serio, y por supuesto no tenían ni la más remota idea del contenido del plan. Como profesor, se me hizo difícil decidir cómo debía reaccionar ante una cantidad tan enorme de disparates, sin con ello enfriar el legítimo, sano y prometedor inconformismo de mis alumnos...

Pero, ¿qué decir? ¿acaso podría ser de otro modo? Uno contempla cada día con tristeza cómo lo que para Hegel aún era el arduo y paciente trabajo del concepto se va convirtiendo en la perpetua siesta de la palabrería. El lenguaje de una sociedad entera, atrapado en la tela de araña que han tejido a medias la pereza y la estupidez. Los políticos, que debían ser modelos de análisis, polémica y persuasión, son quienes más han hecho por desmantelar el levísimo andamiaje de racionalidad ibérica para plantar en su lugar ese pastiche de tópicos, clichés y eslóganes con el que nos saturan cada día. Baste recordar a Rajoy frivolizando sobre el cambio climático, o al mismo utilizando el salario de desempleo de los inmigrantes para criticar la gestión económica del gobierno. ¿Y qué decir del abuelo fusilado de Zapatero, de sus discursos con la bandera republicana al fondo, de sus alianzas de qué...? Superficie, mensaje, consigna: el definitivo asalto a la razón, acelerado por la restricción de los espacios políticos en los telediarios. Lo último que hemos visto traspasa todos los límites pensables de la elegancia, el buen gusto, la moralidad: Pepiño arrojándose (dialécticamente) al cuello de Esperanza Aguirre porque la mujer, después de un atentado terrorista en el que pudo perder la vida, cogió el primer avión que pudo.

Todo alrededor se va volviendo grosero, superficial, indecente. Por eso los profesores de filosofía, aunque nunca consiguiéramos que nuestros alumnos aprendiesen qué simboliza la caverna, ni cómo se entienden las cinco vías, ni qué demonios es un juicio sintético a priori, deberíamos, al menos, lograr que entendiesen hasta el fondo estas famosas palabras de Deleuze: “Cuando alguien pregunta para qué sirve la Filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer: una Filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene ese uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas”.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Berlín, la ciudad reinventada

Envidio a quienes odian viajar. Para mí es una tortura pensar que, ahora mismo, podría estar de pie en la cumbre más alta del Himalaya, sentado en una playa de Cefalonia, tomando vino nuevo en un Heuriger tirolés, paseando por alguna de las callejas limpísimas de Friburgo, sudando en alguna selva sudamericana... Me entristece no ser el misionero que cuida niños en Calcuta, el escritor que compone versos desde un ático de Siena o el ingeniero que proyecta estaciones eléctricas a los pies del Medjerda. Y al mismo tiempo ¡qué tristeza si yo no fuera yo: este profesor de filosofía, con mis cuatro o cinco amigos de siempre, mis clases, mis poemas, mi sobrina Carmen... Hay algo nihilista en viajar, una especie de Nada que crece en tu interior, un desasosiego, un descontento crónico. La belleza está siempre en “otro sitio”, igual que la lluvia de Borges siempre sucede en el pasado.

Ahora, en esta noche del destierro manchego, me acuerdo de mi último viaje: Berlín. Y repaso fotos. A quienes procedemos de ciudades con cascos históricos más bien amplios y cuidados, lo más sorprendente de la capital alemana es que allí no queda casi nada anterior a la Guerra. Todo está reinventado según el espíritu caótico y ecléctico de nuestra época.


La racionalidad y la seriedad prusianas se diluyen en esta anti-utopía postmoderna en la que ni siquiera las calles respetan el viejo orden alemán:


Éste es el laberinto de hormigón que hizo Eisenmann para recordar el Holocausto:



Y éstas mis dos instalaciones favoritas del Museo Judío. La primera representa algo más que obvio:


La otra es un jardín de pilares colocados en la azotea del edificio. Los pilares están levantados perpendicularmente con respecto al suelo, pero éste se encuentra inclinado en relación a la superficie de la tierra, de manera que, aunque el visitante ve todo normal, se encuentra de pie sobre lo más alto de un edificio inclinado. Y su cuerpo lo nota: siente vértigo. Una ilusión muy bien lograda por el arquitecto.



Ah, ¿y qué decir de las pastelerías alemanas? Esas galerías de arte para las glándulas salivares...



Un último apunte para chestertonianos: esta belleza rubia, auténtica cerveza de trigo (Weizenbier) nos fue servida en una taberna llamada... “Los doce Apóstoles"

¿Qué nos hace volver a casa a quienes estamos siempre soñando con abandonarla? Parecería que fuera una cierta pereza, una débil pero constante pulsión del origen, de la raíz que finge un muro frente al tiempo. Sin esa pulsión, sería fácil dejarse llevar por los caminos del mundo, en un incesante ir y venir, buscar aquí y allá. Pero ¿buscar qué? ¿Qué busca o de qué huye el viajero? Todo es inmensamente fascinante como sueño. Sin embargo, como realidad cansa pronto. Y al escribir esto, recuerdo las palabras de Novalis: “buscamos por todas partes lo incondicionado, y sólo encontramos cosas”. A éstas añado las del gran sabio Montaigne: "A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco".

martes, 25 de noviembre de 2008

jueves, 20 de noviembre de 2008

Belleza moral

Una señora se apresura por llegar a la parada antes de que el autobús se ponga en marcha. Dentro del autobús, un hombre, al verla, se levanta inmediatamente y pulsa el botón para abrir las puertas, y la señora llega a tiempo. El hombre lo ha hecho sin pensarlo. No esperaba nada ni nada le obligaba. Y sin embargo, lo ha hecho. Me ha recordado una idea de Schiller: la belleza moral, la acción donde la libertad se ha convertido en instinto. Estos pequeños gestos me llenan de una extraña alegría, y me hacen creer que quizá no esté todo perdido.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Instante y Eternidad

Estudiar metafísica sirve para entender que la metafísica sirve. Es decir: que la imagen más abstracta de la realidad que podamos tener acaba influyendo en nuestros actos, en nuestros hábitos, e incluso en nuestro cuerpo. Un ejemplo: la doctrina nietzscheana del eterno retorno. Este pensamiento ha conquistado la percepción contemporánea del tiempo y la vida: frente a la historia lineal y el tiempo heterogéneo del cristianismo, parece triunfar la irreversibilidad del instante, el agotamiento de cada cosa en sí misma, sin ningún fin exterior y ulterior. Las sirenas de la publicidad susurran: nada futuro justifica el presente. Ahora o nunca. El futuro conduce al pasado y cada instante está cerrado en sí mismo, en el círculo de la eternidad.
El resultado psicológico de esa ontología es la ansiedad, el desasosiego, la locura: cada cosa está ya para siempre perdida, cada acción es irreversible, toda parte responde por el todo. Actúa, elige, compra. Ahora o nunca. Al contrario, la esperanza de una eternidad futura vuelve lógica la alegre despreocupación del instante. Y esta es la paradoja: que el futuro no sacrifica el presente, sino que lo vela y lo cuida. Esos calumniadores de la vida (Thomas Mann dixit, Nietzsche dixit), los cristianos, son quienes verdaderamente la honran. Aquellos que aprenden metafísica de los lirios del campo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Laicismo en la res publica

La tesis fundamental del laicismo progresista consiste en la exigencia de sacar del terreno público todo discurso incapaz de dar razones que no puedan ser asumidas por todos, o como dice Victoria Camps, en “la voluntad de no llevar al espacio público y a la discusión nada que no se pueda razonar y cuyas razones no puedan ser comprensibles para todos” (Hablemos de Dios, Taurus, 2007, p. 204). Se entiende: la influencia de los astros, los poltergeist, las apariciones marianas, las preferencias culinarias, y la religión. Esta tesis da pie a apartar del mundo público una enorme cantidad de ritos y discursos: negarse a conceder una placa a una monja perseguida en la Guerra Civil, suprimir funerales de Estado, censurar al clero su osadía cuando manifiesta consideraciones políticas, negar a los anti-abortistas el derecho a participar en el debate ético o en la vida pública. Todo eso forma parte, dicen, de la “esfera privada”.

Lo inaceptable de este planteamiento no son las razones morales o personales que podamos abrigar, sino el hecho de que es teóricamente inconsistente: porque, a priori, nadie puede saber qué es “comprensible para todos” antes de que “todos” escuchen todas las opiniones y argumentos. Dejando al margen el hecho de que la “religión” incluye una multitud de fenómenos dispares e irreductibles entre sí, sacarla de la discusión pública implica excluir un tipo de discurso antes de someterlo al foro del debate: sacarlo justamente del único lugar en que éste podría demostrar -o no- su racionalidad y su validez. Es esta razón la que hace del laicismo, así entendido, algo incompatible con todo aquello que sus defensores dicen defender: el pluralismo, el diálogo, la racionalidad comunicativa.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Sloterdijk y la memoria del Holocausto



En el Jüdische Allgemeine de 7 de agosto de 2008, Sylke Tempel escribe un artículo criticando las últimas tesis de Sloterdijk acerca de la cuestión judía. Traduzco las partes más interesantes:
« ¿Cuándo termina realmente el “tiempo de postguerra”? ¿Cuándo puede hablarse de una feliz “asunción del pasado” que permita tener una conciencia limpia y una vida libre de remordimientos?
El filósofo Peter Sloterdijk ha encontrado una curiosa respuesta a esa pregunta. La elección del Cardenal alemán Joseph Ratzinger como Papa significaría, según él, el exitoso final del ajuste de cuentas con el pasado. Esta elección supondría “un signo de enorme condundencia, según el cual un origen alemán ya no podrá ser más una razón para la desconfianza; un nombre alemán puede volver a representar un símbolo de integración del más alto nivel”. Hurra, estamos curados, somos otra vez dignos de confianza, y sobre todo, un ejemplo para el mundo entero.
Sloterdijk no sería el filósofo propenso a confundir que es, si hubiera profundizado directamente en el tema de la normalización. Su tesis se encuentra en el librito aparecido en Suhrkamp Teoría del tiempo de postguerra, un discurso sobre las relaciones franco-alemanas desde 1945. Por supuesto, en él no se ocupa de la red de relaciones cotidianas, sino del proceso que denomina “Metanoia”. Brevemente, esto quiere decir lo siguiente: los perdedores de la guerra deben “extraer de la derrota las consecuencias acertadas y mantenerlas en la memoria cultural”. Los vencedores pueden seguir como están (...)
Martin Waldner, el receptor del premio de la paz de los libreros alemanes, que durante su discurso en la Paulskirche había exigido el derecho a dejar de mirar hacia la culpa alemana, es para Sloterdijk un héroe. A él le dedica un capítulo entero de su libro (...)
Las tesis de Sloterdijk asustan, porque el filósofo no entiende en su planteamiento lo que significa ese concepto –reconozcámoslo– tan equívoco de “superación del pasado” (Vergangenheitsbewältigung). Da igual si prefiere usar el más distinguido de “Metanoia”. Su error sigue siendo que no hay ninguna consecuencia clara que pueda anclarse en la memoria colectiva, ninguna terapia concluida satisfactoriamente, y desde luego, ningún nirvana político. Sólo hay, en primer lugar, una reflexión continua acerca de la cuestión de qué ocurrió realmente. Ahora nos ocupamos con un debate mucho más exigente acerca de por qué pudo suceder, un debate que posiblemente continuará hasta quién sabe cuándo.No se trata de haber alcanzado la integridad –con Papa alemán o sin él–, sino de alcanzarla de nuevo, una y otra vez. Si no, podría extraerse la falsa conclusión de que podemos desinteresarnos. Si alguna enseñanza que extraer de todo esto, entonces es esa misma: interesarse, interesarse profundamente. Interesarse por la cuestión de qué significa actuar moralmente en un mundo donde tienen lugar, sin que nadie lo impida, asesinatos colectivos como en Dafur. O por la cuestión de cómo hay que comportarse con un régimen que quiere producir armas de destrucción masivas y amenaza a otro país con la destrucción (...) »

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El abrazo luminoso del amor





Me impresiona mucho esta obra que Kollwitz hizo para la Nueva Guardia berlinesa: una estatua erigida a las madres que perdieron a sus hijos en la Primera Guerra Mundial y que acabó representando a las madres que pierden aún hoy a sus hijos en cualquiera de las muchas guerras del mundo. Para mí es la Piedad de Kollwitz, la Madre que es todas las madres. La Madre que abraza a todos los hijos. Es el abrazo de lo que crea y lo creado, el abrazo del Todo y el Fragmento. Por eso quiero ponerlo aquí junto al otro abrazo más intenso, cálido y tierno que conozco: el que plasmó Rembrandt en El retorno del hijo pródigo. Sobre ambos cae una luz como de despertar en casa. Es el abrazo que esperamos los hombres. Porque en alguna guerra hemos muerto alguna vez, y en la ciudad de los ladrones y las rameras derrochamos nuestra herencia.