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domingo, 21 de agosto de 2016

La decisión

“Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. (...) Pero el que decide es nuestro carácter”. La cita es de Ortega, a quien he estado releyendo este verano. Si tiene razón nuestro filósofo más afamado, vivir significa elegir y cada individuo es, en mayor o menor medida, coautor de su propia existencia. Esta definición me lleva –lejos en el tiempo y en el espacio– a Kierkegaard, el filósofo a quien leían Faemino y Cansado. Para el danés, la libertad va unida a la angustia ante el infinito abanico de todo lo posible, de la que solo nos saca la decisión. La angustia procede del miedo a renunciar a todo cuanto se nos ofrece como pura posibilidad: el miedo a comprometerse en una relación y renunciar a otras; el miedo a elegir una profesión en lugar de cualquier otra; el miedo en general a la vida, que es riesgo, sacrificio y finitud. Así, el infantilismo podría caracterizarse como la negativa a asumir esta verdad: que vivir exige tomar decisiones que desembocarán en consecuencias, y que toda decisión es, al mismo tiempo, una renuncia, una transmutación de la posibilidad infinita en realidad finita.

Le daba vueltas a todo esto al contemplar un día más el panorama siniestro de la política nacional. Pensaba que alguno –yo mismo, sin ir más lejos– podría ver en el actual modo de hacer política del PSOE ciertos rasgos de este infantilismo. Respecto a la investidura, claro, pero no solo. Hace años que su vicio es el mismo: quiere ser serio y europeísta pero, al mismo tiempo, tontea con las promesas anti-sistema del populismo; quiere ser un partido español, incontestable defensor de la unidad nacional, pero hace guiños al discurso de los nacionalistas, a veces para gobernar con ellos, otras como simple muestra de su obsesión por no hacer nada con la derecha; quiere ser socialdemócrata y, a la vez, toda la izquierda; quiere ser escrupulosamente laico, pero da el salto mortal al anticlericalismo cuando puede; no quiere apoyar un gobierno del PP, no quiere llevarnos a terceras elecciones, no quiere articular un gobierno alternativo. Quiere no tener que decidir y, al no decidir, toma la peor decisión: decidir la nada.

Cuando, en el Congreso Extraordinario del año 79, se decidió abandonar las tesis marxistas, muchos pensaron que una decisión de tal magnitud haría peligrar la hegemonía del PSOE en el ámbito sociológico de la izquierda. No fue así, pero toda decisión conlleva riesgos, y la única actitud viable a la larga es asumirlos. Habrá que ver qué tipo de riesgos están dispuestos a soportar los actuales dirigentes del Partido Socialista, porque después de todo lo dicho no conviene olvidar la inquietante coda de la cita de Ortega: quien decide es siempre nuestro carácter.

domingo, 16 de agosto de 2015

Juan Espadas y la Virgen de los Reyes (un apunte sobre Estado y religión)

Ayer se celebró la fiesta de la Asunción de María, que en Sevilla se venera en la advocación de la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, ese día la imagen sale en procesión. El nuevo alcalde, el socialista Juan Espadas -que gobierna gracias a IU y la marca de Podemos en Sevilla- decidió limitar la presencia voluntaria de representantes del Ayuntamiento a dos concejales por cada partido. La jugada, políticamente hablando, no es mala, aunque se le ve el plumero: contenta a sus apoyos con un mal gesto hacia el establishment religioso de la ciudad, pero sin ser tan radical como para enfadar a los suyos y al pueblo sevillano, poco receptivo con los políticos que meten las manos en el folclore religioso de la ciudad, como pudo comprobar Teresa Rodríguez [me corrigen: fue Begoña Gutiérrez] cuando se le ocurrió mencionar el tema de la Semana Santa. Y por si fuera poco, como sus apoyos no van a estas cosas, Espadas se hubiera visto en un acto multitudinario abandonado por los suyos y rodeado de concejales de la oposición. Bien por ti, Juan. La jugada fue buena y, de todas formas, la Virgen salió con normalidad y la gente la disfrutó sin estar muy pendiente de cuántos concejales la acompañaban. Lo interesante del hecho es la discusión que ha provocado en torno a la presencia de los políticos en los actos religiosos y el consiguiente debate sobre laicismo y aconfesionalidad en España que se repite periódicamente al hilo de este tipo de noticias. Y es este asunto el que querría comentar.

Lo primero que hay que tener en cuenta, en el debate sobre aconfesionalidad, es el origen histórico del problema. La reflexión sobre la separación Iglesia-Estado es muy antigua: es célebre el texto del franciscano Guillermo de Ockham Sobre el gobierno tiránico del Papa. Allí, Ockham explica que el derecho y el poder político de los gobernantes existieron antes de la institución de la Iglesia y que, por tanto, su legitimidad emana de una fuente distinta a la propia Iglesia. La cuestión se vuelve verdaderamente candente entre los siglos XVII y XVIII, precisamente en el contexto de las guerras de religión europeas. Desde comienzos de la modernidad y con la aparición de las reformas protestantes, la religión se había convertido en un instrumento de identidad nacional, de tal manera que una confesión religiosa "equivocada" podía fácilmente equipararse a un acto de traición y llevarte a perder la cabeza. Todo el mundo conoce el caso de Tomás Moro o el de John Fisher, condenados por no reconocer el Acta de Supremacía que hacía de Enrique VIII cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Para evitar este tipo de guerras y la falta de libertad religiosa en las naciones europeas, Locke realiza una reflexión -inspiradora de la Constitución americana, por cierto- que incluye argumentos para separar la Iglesia (en cuanto comunidad libre de hombres que practican un culto común) del Estado (comunidad igualmente libre dedicada al cuidado de los asuntos mundanos). Hay un texto muy famoso que resume bien esto. Dice así: "No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en el Cristianismo a causa de la religión. La cabeza y los jefes de la Iglesia (...) han levantado, en contra de lo que dice el Evangelio y la caridad, a las autoridades y a las masas en contra de los que tienen ideas diferentes en religión, predicando que los cismáticos y los herejes debe ser expoliados de sus posesiones y destruidos. Y así han mezclado y confundido dos cosas que son en sí mismas completamente diferentes, la Iglesia y el Estado".

Por tanto, históricamente hablando, el principio ideológico de la aconfesionalidad tiene que ver con la exigencia de respecto a la libertad de conciencia. Nada más y nada menos. Por eso la obra donde Locke trata este tema se llama Tratado sobre la tolerancia. En España, este principio está perfectamente recogido en la Constitución y de un modo que, desde mi punto de vista, es más perfecto que el de las constituciones de algunos estados europeos. Los laicistas siempre ponen de ejemplo el caso francés. Craso error, pues allí mismo hay ya una reflexión sobre el carácter liberticida de un laicismo que impone la invisibilización de la vida religiosa en el espacio público. Gracias al modo como la Constitución Española tematiza el carácter aconfesional del Estado, no tenemos los problemas que tiene Francia respecto, por ejemplo, al uso de símbolos religiosos en las escuelas. El artículo 16 dice que “se garantiza la libertad religiosa y de culto. [...] Ninguna confesión tendrá carácter estatal" y en 16.3 se explica que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones". En el curso de la tramitación de la Ley Fundamental, allá por el año 1978, fue el propio Santiago Carrillo -no sospechoso de clericalismo- quien explicó: "No hay ninguna confesionalidad solapada. Lo que hay, me parece, de una manera muy sencilla, es el reconocimiento de que en este país la Iglesia católica, por su peso tradicional, no tiene en cuanto fuerza social ningún parangón con otras confesiones igualmente respetables, y nosotros, precisamente para no resucitar la cuestión religiosa, precisamente para mantener ese tema en sus justos límites, hemos aceptado que se cite a la Iglesia católica y a otras confesiones en un plano de igualdad". Más claro, imposible.


En todo este debate hay varias confusiones. La más básica, me parece, es que hay un aspecto interior de la religión y un aspecto exterior que deben ser diferenciados, aun cuando ambos estén relacionados de una manera compleja. El aspecto interior no concierne al Estado: tiene que ver con las creencias y los dogmas de cada credo. Pero la dimensión social de la religión no puede dejarse de lado, precisamente por ser parte de la realidad humana que constituye la sociedad en que vivimos. En este plano, la religión debe estar al mismo nivel, al menos, que los teatros, los acontecimientos deportivos, las asociaciones vecinales, la Feria, el carril bici y la fiesta de la primavera. Es una confusión también pensar que lo público es lo de todos: no todo el mundo va al teatro ni usa el carril bici ni va a las piscinas municipales. Público es lo que hace la gente, lo que la gente quiere y practica. Y la religión debería ser para un político eso: una cosa que la gente (alguna gente, mucha gente) hace. Como tal, por supuesto que deben estar presentes los representantes de la ciudadanía en las manifestaciones religiosas de la ciudad. Lo que no puede ocurrir, en virtud del principio de aconfesionalidad, es que el rey se proclame cabeza de la Iglesia nacional ni que se prohíban libros por ser contrarios a una confesión consagrada por el Estado. Pero no es el caso. Hablamos de representantes públicos en prácticas públicas. Ocurre que hay quienes hacen de la política un medio para buscar problemas donde no los hay, mirar cada detalle de la realidad humana con el ojo de una moral irascible e inquisitorial: son estos quienes hacen verdad una frase que escuché en cierta ocasión a un amigo: "lamentablemente, ser de izquierdas se está convirtiendo, para algunos, en estar todo el día enfadado por cualquier cosa".

domingo, 13 de enero de 2013

Nadie en el espejo

Los poetas hablan mucho de la soledad. A veces la comparan con un barco solitario que se pierde lentamente en el mar, o con la imagen de un rostro atrapado entre dos espejos, multiplicándose hacia el infinito. "No hay nadie en el espejo", se lamentaba Borges. Hay metáforas crueles. Las peores están, esto se sabe, en los boleros y en las canciones de amor. Algunos filósofos también han hablado de ella. Kierkegaard o Heidegger, por ejemplo, aunque para ellos la soledad iba ligada a la experiencia de la individualidad y de la libertad. Schopenhauer decía, incluso, que era el privilegio y la suerte de los espíritus elevados. La soledad de los poetas, por el contrario, carece de energía afirmativa. Es un agujero negro que atrae dentro de sí toda fuerza y la anula. Eloy Sánchez Rosillo la describía así: "Sólo queda la noche. Y nos perdemos / en el largo silencio de las calles / vacías. Y al llegar la madrugada / sentimos frío y respiramos muerte".

Ya sabemos, por otra parte, que el hombre puede estar solo también en compañía. Y, en cierto modo, es precisamente allí donde más solos estamos, pues huimos de la soledad para encontrarnos con los otros: pero si éstos no logran ahuyentarla, entonces se vuelve desesperante. Porque ya no hay excusas. La soledad se vuelve radical, algo que no puede ser solventado desde fuera. Sólo entonces nos pone en contacto con la carencia que está en su raíz: la falta de uno mismo. Es así: nos echamos de menos. Cada mañana nos levantamos, nos vestimos, vamos a trabajar, comemos, descansamos, leemos, somos a ratos felices e infelices, resolvemos tareas que no hemos elegido… y ni la música, la televisión, las actualizaciones de Facebook o los pitidos del Whatsapp pueden tapar ese silencio de fondo… ¿dónde estoy yo mismo? En medio de este sistema organizado, mecánico e implacable que llamamos vida, y del que Occidente se queja desde sus orígenes, el hombre se echa de menos a sí mismo, pues ha construido su identidad en el reino de lo que Hegel llamaría la "pura exterioridad", de forma que nuestra vida nos resulta, en el fondo, extraña, ajena, otra. Entonces aparece la pregunta: ¿qué fue de aquél que fui, si acaso llegué a serlo un día? Y dentro de esa pregunta, que se desliza como silenciosamente por las venas, tenemos si quiera un atisbo de hasta qué punto estamos perdidos. El silencio de la soledad dice mucho del que está callado, pues cuenta la historia de nuestra más honda pérdida. Tal vez a esto se refiriera Gómez Dávila: "El día se compone de momentos de silencio. Lo demás es tiempo perdido".

sábado, 11 de junio de 2011

La Revolución en la que creo

-grafiteada por un hermano en un muro de Ciudad Real... :-)

martes, 22 de junio de 2010

Alianza de Civilizaciones

No existen civilizaciones, sino culturas. Civilización hay una sola, y ha surgido de la cultura occidental: es aquel entramado de valores e instituciones que mejor sirven al fin de la cultura, que no es otro que el triunfo de la libertad sobre la naturaleza. No creo en la Alianza de Civilizaciones por la misma razón que me repugna el pacto entre la Izquierda Abertzale y EA: porque este tipo de acuerdos se realizan siempre a costa de obviar, tapar, olvidar, pasar por alto, las diferencias basadas en concepciones radicalmente opuestas del valor del hombre, su vida y su libertad. Mientras Somalia prohibe afeitarse so pena de torturas o muerte, yo deseo aumentar mi repertorio de productos de belleza masculinos. Y es que lo valioso no se encuentra en aquello que nos une, sino justamente en lo que nos separa. Porque son esas diferencias las que, finalmente, se enfrentan en el terreno de la historia, que es, como decía Hegel, el juicio universal. Y allí debe vencer, una vez más, Occidente. O sea: la civilización.

viernes, 23 de octubre de 2009

Acosados por las cosas

Al terminar la conversación, Jaime y yo estábamos de acuerdo: sólo deberíamos poseer lo que pudiéramos llevar con nosotros en el coche. Alguien malpensará: “para salir huyendo en cualquier momento, ¿no?”. En parte sí: o al menos para tener la sensación de que nada nos ata a ningún suelo. Pero sobre todo, para hacerse espacio a uno mismo en medio del asedio de los objetos: ese ejército de cosas que va creciendo alrededor de nosotros, asaltando nuestro hogar, y sobre las que a veces reparamos para constatar qué ajenas son a nosotros mismos. Todas ellas tienen su propia idiosincrasia: acumulan el polvo de una determinada manera, requieren un lugar preciso donde ser guardadas, se entorpecen entre sí de diversos modos...

Y lo cierto es que esto también vale para los fetiches de los que nos hablaba Jesús el otro día, en los que objetivamos todo cuanto amamos para finalmente convertir el amor en un objeto. Si pudiera elegirlo –pero qué pocas cosas elegimos, ay, de nosotros mismos–, cambiaría esta habitación (hojas, guitarra, tickets de aparcamiento, libros empezados, calculadora, clips, tres pares de zapatos, cds, cuadros, ventilador, cenicero, gorra, marioneta de bruja, recuerdos de lugares donde no he estado, mechero, cartas abiertas…) por la solitaria imagen de ese monje que, empequeñecido frente a un mar y un cielo inmensos, se sabe dueño de sí: dueño de nada.


Caspar David Friedrich, Der Mönch am Meer (1808-1809)

jueves, 23 de julio de 2009

Blasfemia y tolerancia

Los países democráticos modernos suelen tener leyes que penalizan el que insultemos a otras personas u ofendamos su honor. Se basan, creo, en una intuición moral muy saludable: la idea de que, además de los intereses materiales (vida, propiedad, etc.), el Estado debe proteger los sentimientos y valores legítimos de los ciudadanos (esto es: aquellos que no implican conductas dañinas para los demás, en el contexto de una concepción más o menos liberal de la convivencia). Obviando esta obviedad, los laicistas se han enfadado mucho con la anunciada ley irlandesa contra la blasfemia, y con un par de querellas que quedarán –acuérdense– en nada. A mí, personalmente, que un autobús diga que Dios no existe, que un tarado meta un crucifijo en el horno o que algún vanguardista trasnochado pinte a una Virgen en plan porno, son cosas que, dicho mal y pronto, me la refanfinflan. Por lo demás, si alguna vez una emisora, periódico o televisión me han resultado hirientes, he dejado de verlos, sin más. Al contrario, por ejemplo, que aquellos fascios de la izquierda ibérica apostados para linchar a Jiménez Losantos por blasfemar contra lo que ellos sí consideran sagrado.

En todo caso, hay gente que, al ver u oír determinadas ocurrencias anticristianas, se siente profundamente dolida. Y, la verdad, no veo qué necesidad hay de herir sus legítimas convicciones religiosas en nombre de una supuesta libertad de expresión que se ha convertido en la excusa para todo tipo de atropellos. Uno puede muy bien criticar las maldades que crea encontrar en ritos, obispos, creencias…, pero jugar a que los objetos de la fe denostada son verdad sólo para tener ocasión de cagarse en ellos, me parece un abuso de las reglas de juego. Un abuso, por lo demás, peligroso, en cuanto puede alentar rencores, odios, fanatismos que, de otra forma, no aparecerían. Me acuerdo de Weber, a propósito de otra cosa: “Una nación perdona el daño contra sus intereses, pero no el que se hace a su honor”. Mutatis mutandis, eso mismo.

Al final, como en otras ocasiones, quienes dicen no creer en cosas sobrenaturales, vuelven a mostrar que no están dispuestos a hacerles un hueco entre las cosas naturales. Aceptarán como normal que no se pueda llamar puta a la madre de nadie, ni cagarse en sus muertos o mearse en una tumba (¿habrá cosa más sobrenatural que los “muertos”?), pero se rasgarán las vestiduras cuando alguien proteste porque se han herido sus sentimientos religiosos. Les basta con su firme creencia en que los objetos de la creencia de los demás son falsos. Pero no darán un paso más allá para admitir que la creencia misma es real, y que como tal merece un puesto entre las cosas que el hombre quiere proteger, y que es justo sean respetadas.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Origen, justificación y motivación de la moral

(Esta entrada es una respuesta al Prof. Jesús Zamora. Me disculpo ya porque mi exceso de trabajo me impide de momento desarrollar mejor este asunto ni, llegado el caso, entrar muy a fondo en una discusión sobre un tema que, por lo demás, lleva siglos de debate)

Ignoro cuál es el origen de la moral. Puede que tenga razón Kant y sea una ley inscrita en la conciencia de cada hombre desde el principio de los tiempos, aunque lo dudo. Puede ser que tenga razón Dawkins y sea el producto de una mejora adaptativa, aunque dudo también que eso sea suficiente para explicarla del todo. De todas formas, y aunque es un problema interesante, me parece que es en último término secundario. Porque, con independencia de dónde proceda la moral, lo que nos importa es justificar nuestros juicios morales aquí y ahora. El hecho es que hay diversidad de criterios morales en el mundo, y nos vemos frente a la cuestión de su justificación: ¿son unos preferibles a otros? ¿preferibles para quién? Y si lo son, ¿cómo justificar que efectivamente lo son, si ni el bien ni el mal tienen una realidad objetiva, empírica e intersubjetivamente controlable?

Muchos intentan partir de las emociones, aunque yo, que tengo en mucha estima a Hume, creo que es un callejón sin salida. En último término, y dejando al margen el problema de la falacia naturalista, en muchas ocasiones realizamos acciones que consideramos buenas aunque estén radicalmente enfrentadas a nuestras emociones, e incluso radicalmente enfrentadas a los instintos de supervivencia y autoafirmación más elementales. Por eso creo que hay que analizar algo que yo creo que muchas veces se ignora porque se piensa que el placer es un asunto meramente emocional y físico. Me refiero al hecho de que la razón siente un tipo de placer muy particular: el placer en el orden, en la regularidad. En último término, ése el placer del conocimiento. Por eso tiene razón Kant: encontramos el bien en la constatación de una máxima que podría ser aceptada por cualquiera. Y es que, cuando la razón se encuentra con el problema de la acción, su funcionamiento se modifica, porque carece de hechos empíricos que pueda someter a leyes, sistemas, etc. Se las ve con un tipo particular de realidad: los valores. Pero también ahí la razón busca orden y universalidad. Por eso todas las normas morales se expresan universalmente. En este sentido, la búsqueda de un criterio moral que pueda aceptar cualquiera (aunque esto sea un ideal nunca realizable del todo), implica renunciar a la arbitrariedad y someter los dilemas a un debate que exige consistencia. (En el caso que nos ocupa: si todos consideramos a los homo sapiens sujetos del derecho a la vida, resulta difícil justificar que no debamos considerarlos tales a los tres meses de su desarrollo, porque si esos derechos no van unidos a su ser homo sapiens, sino, por ejemplo, a la conciencia, deberíamos negárselos a las personas con daños cerebrales, a los retrasados profundos, etc. Cuando se quiere justificar que un individuo de la especie homo sapiens carece de los derechos que les reconocemos a los homo sapiens, entonces hay que decir por qué. No son los antiabortistas los que tienen el onus probandi en este caso. Y cuando el abortismo trata de argumentar su opción moral, se ve enredado en la cuestión de qué parte de nosotros nos hace humanos y, por consiguiente, sujetos de derechos, y por consiguiente, hace que los fetos no sean merecedores de los mismos).

Queda la última pregunta: la motivación. Si conseguimos establecer el bien, ¿qué puede motivarnos a realizarlo? Porque una cosa es conocer el bien y otra hacerlo y querer hacerlo. Al fin y al cabo, como dice el propio Kant, ésa es la dialéctica natural en que se enreda la razón práctica, porque el bien no siempre garantiza la felicidad (al menos la propia), sino que incluso la dificulta. Para unos, Dios es el único garante de una motivación moral. Para otros lo es la presión social, el condicionamiento educativo, etc. Y queda la vía –débil e insuficiente, pero no veo otra universalizable– de considerar que la única satisfacción del bien (y por tanto, la única motivación moral) es el placer que siente la razón al actuar en el mundo conforme a unas leyes que ella misma se ha dado. El placer de vencer la arbitrariedad y el caos (aquí podría decir mucho el evolucionismo) con la libertad, la universalidad y el reconocimiento mutuo de los seres humanos en eso que Kant llamaba el reino de los fines. Entusiasmar al hombre en ese proyecto es, desde mi punto de vista, la verdadera tarea de la educación.

domingo, 24 de mayo de 2009

¿Por qué no vivimos en un país laico?

Ayer publicaba el Diario de Sevilla un artículo de D. Antonio J. Durán, repitiendo los agotadores lugares comunes del agotador catecismo anticlerical, cuyos cientos de dogmas proceden de este único silogismo: todo lo que afirma la Iglesia es de naturaleza religiosa, todo aquello que es de naturaleza religiosa es malo; luego... etc. El autor del artículo muestra su indignación por la oposición de la Iglesia a que se usen embriones en la investigación médica. Y dice lo siguiente: "este rasgarse los clérigos las vestiduras y llamar asesinato a una actividad científica ejercida en un ámbito protegido por una estricta y exhaustiva regulación legal, no es sólo una calumnia -o sea, una acusación falsa hecha maliciosamente para hacer daño-, sino una muestra más de la perenne cruzada clerical por conseguir que la ley del Estado se subordine a sus designios morales".

Hoy no querría entrar en el tema de los embriones, aunque la cantidad de retórica y falacias concentradas en el artículo daría mucho juego. Prefiero decir algo sobre la última parte del texto citado, esto es: la cuestión de la separación Iglesia-Estado.

Es verdad que, a lo largo de la historia y hasta fechas recientes, ha existido en la Iglesia un innegable conato de poder terrenal, especialmente bajo el pontificado de Bonifacio VIII, aunque recurrente a lo largo de los siglos. Hay que decir, en todo caso, que el Estado no se encontraba menos ávido de poder espiritual (Aviñón, cisma de occidente...). Al fin y al cabo, quien posee el poder espiritual posee el verdadero poder. Dicho esto, la siguiente pregunta no resulta inoportuna: ¿es la Iglesia la que pretende reconquistar el poder político, o es el poder político el que se resiste a dejar el espíritu fuera de su alcance?

Es obvio que las relaciones entre la civitas Dei y la civitas terrena no acaban de ajustarse del todo. Pero, contra lo que se dice habitualmente (esto es: que la causa de ello se debe a la nostalgia eclesiástica de un predominio social y político perdido), me temo que parte de culpa le corresponde también a ciertos "laicistas" que siguen empeñados en no aceptar que la Iglesia es una realidad social más, que, como tal, representa determinados intereses (discutibles, pero legítimos) y que tiene una vocación de participación en la vida pública. Exactamente igual que COLEGAS, Amigos de la Legión, los actores, el Sindicato de Estudiantes y la CNT. Con la diferencia de que el número de "afiliados" es notablemente superior en el primer caso. Hay quienes consideran que el Estado no debería participar en la financiación de ningún culto, aunque sí todo tipo de intereses y gustos privados (actividades deportivas y lúdicas, cursos de formación, etc.). En el fondo, es paradójico: al negar a la Iglesia su derecho a la participación en la vida pública, se niega su carácter estrictamente social, reconociéndole así a contrario sensu la naturaleza espiritual que pretendía negársele.

Cada vez que la Iglesia (o sea, el clero) expresa una opinión contraria a los dogmas morales y políticos establecidos por el establishment ideológico de este país, empieza a tronar la sempiterna cantinela de la intromisión (aquí, aquí y aquí por no seguir). Con ello se le niega su pertenencia a la ciudadanía, al corpus social. Pertenece a un extraño nimbo sociológico, a medio camino entre este mundo y el otro, desde donde puede contribuir a labores sociales y educativas, pero no expresar públicamente sus preferencias ideológicas.

En buena medida, no vivimos en un país laico porque hay quienes se empeñan en dictar un juicio condenatorio universal contra la religión, en postular como axioma que su naturaleza es esencialmente perversa (como ven, se trata de la versión anticlerical del dogma del pecado original), y deducir de ahí todo un proyecto vital apostólico encaminado a la destrucción de dicha perversión (¿les suena todo esto?). Bajo el peso de tantos dogmas y en medio de esta carencia de lo que hoy llaman "cultura democrática", resulta difícil que este país pueda llegar pronto a aquello que el propio Savater afirmaba en la segunda de sus tesis sobre el laicismo: "En la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas".

miércoles, 21 de enero de 2009

La fuerza numinosa del Islam

De todos es sabido que el Islam goza hoy en Occidente de algo que, a falta de mejor término, se me ocurre llamar “impunidad semántica”. El concepto “Islam” sacraliza su propia extensión: al tocar las cosas, las vuelve intocables. Extiende el aura de lo sagrado sobre todas las realidades que le son próximas, incluso sobre aquellas que lo son sólo de modo indirecto. En él vibra intensamente la fuerza numinosa-totémica propia de las religiones naturales, contra la que la civilización racional-cristiana ha luchado durante siglos (principalmente en su propio interior). Hoy es casi imposible mencionar las costumbres de los fieles musulmanes o los sistemas políticos de sus sociedades, sin sentir que uno está penetrando peligrosamente más allá del velo del templo; un velo que, por supuesto, ningún profeta se ha atrevido a rajar…

Un triste ejemplo de todo esto es Palestina. Sin duda, son muchas las injusticias cometidas por Israel a lo largo de este conflicto, y es atributo de un sistema democrático la exposición a la crítica. Sin embargo, siempre esperamos a que sean sus atrocidades las que salgan a la luz para elevar la voz sobre lo que está ocurriendo allí. Las del otro lado están cubiertas por ese aura de impunidad que sólo el miedo a la aniquilación física es capaz de crear. Ninguna Carmen Machi, ningún Zerolo, ningún sindicalista, y desde luego ningún político convoca manifestación alguna cuando la bestia del fundamentalismo islámico de Hamas (pues no es otra cosa que eso) asesina vilmente a los palestinos que les son incómodos, atenta contra escuelas judías, o transportes públicos con niños incluidos.

Igual que “Los Actores” (pues así, en mayúsculas, debe nombrarse esa nueva ecclesia de orden y progreso surgida entre nosotros) condenaban la guerra de Irak en los Goyas y agachaban la cabeza para lamer dólares y Óscars en Hollywood, la intelectualidad y los movimientos sociales europeos callan cobardemente cuando mueren los niños hebreos a manos de los islamistas, mientras se sienten a salvo para denunciar los crímenes del Estado de Israel en medio de las chirigotas de banderas republicanas, comunistas y sindicales, donde uno –que algo de historia y filosofía sabe– se siente incapaz de reconocer lo que esos colores significaron una vez. (Es difícil no ruborizarse pensando qué dirían de todo esto los izquierdistas de cuando la izquierda era progresista).

Ningún comunista recuerda ya, cuando ve a su partido envuelto en la causa palestina, que Yasir Arafat honraba la memoria del Gran Mufti al-Husseini, -colaboracionista nazi que no pudo ser juzgardo tras la II Guerra Mundial por la negativa de los países árabes a extraditarlo-, y que se gastaba el dinero de los trabajadores occidentales en zapatos parisinos para su esposa. Ningún laicista, mientras protesta indignado ante la presencia de crucifijos en algunas escuelas occidentales, se queja de que el único Estado laico del mundo musulmán lo sea sólo gracias a la presión del ejército, ni del ataque a la libertad religiosa en países como Arabia, Sudán, Turkmenistán, ni de que Arabia Saudí (fiel aliado de Occidente, que nos vende petróleo y nos compra azulejos) castigue la apostasía con la pena de muerte. No hay manifestaciones en Europa para protestar por todo eso. Otra vez nos negamos a mirar la realidad histórica con lucidez y sin maniqueísmos, y otra vez -qué casualidad- los judíos son elegidos como víctimas expiatorias de los males del mundo. En pocos casos como éste se ve tan claro el perverso rostro de la parcialidad, la cobardía y la sumisión.

domingo, 4 de enero de 2009

Esbozo de una teoría etnocentrista

Premisa: las estructuras simbólicas y religiosas de los pueblos son las que guían su organización social, política y económica. Justificación: el hombre no sabe naturalmente qué es el mundo ni cómo debe comportarse ante él y con los otros hombres. Luego debe inventarlo todo: su comprensión, su representación de la realidad, sus formas de acción. Esa tarea la lleva a cabo el pensamiento en su fase más elemental (simbólico-religiosa), configurando esquemas básicos que luego se desarrollan.

Cuando contemplamos horrorizados la ruina económica y social de pueblos enteros de la tierra, antes de apresurarnos a entonar el incesante mea culpa heredado del complejo postcolonialista, deberíamos preguntar qué tipo de pensamiento domina esas sociedades y está encargado de su organización. El animismo y el misticismo fideísta generan miseria. Luego son falsos. Sólo la conciencia de la libertad, que es atributo de las estructuras de pensamiento cristianas, genera prosperidad. Luego la libertad es verdadera. Cada vez que reaparece el tedioso debate acerca de las raíces de Europa, se obvia de una manera preocupante que la racionalidad tecnológica y la moralidad universalista son un producto histórico de las formas de representación cristianas y que no son pensables al margen de éstas. Sus productos culturales no se exportan sin un sólido instinto anti-multiculturalista. Mientras lo olvidamos, Occidente se convierte en el laboratorio de todos las aberraciones intelectuales que hoy día se le enfrentan de tú a tú: no hay radical bolivariano ni fanático yihadista que no hay recibido del pensamiento europeo las herramientas intelectuales con las que bendice su guerra contra Occidente.

Pero, en fin, la constatación más obvia del paradójico y ridículo destino del relativismo cultural es el hecho de que, en su guerra contra las perversiones de la sociedad liberal, ni los bolivarianos usan cerbatanas amazónicas ni los yihadistas la gumía. Y es que, mientras se pone en duda la supremacía política, intelectual y moral de Occidente, nadie duda de la del AK-47.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El burka según Antena 3

El tema de los telediarios de hoy ha sido la Declaración de los Derechos Humanos, de la que ahora se cumplen 60 años. El noticiario de Antena 3 ha elegido una curiosa manera de ejemplificar su incumplimiento: para demostrar que los españoles seguimos rechazando a las personas por sus creencias religiosas, han vestido a una señora con un burka afgano (el chador, que ni siquiera deja ver los ojos) y la han paseado por una céntrica calle de una importante ciudad española. Después, grababan los comentarios de sorpresa de la gente, la negativa de los taxis a pararse y de los comercios a abrirle sus puertas. Ésta era -según el noticiario- la prueba de nuestra intolerancia.

Señores de Antena 3: dejando al margen el hecho evidente de que cualquir persona que oculta el rostro provoca miedo y de que si yo fuera dueño de una joyería tampoco dejaría entrar a nadie que se presentase tapado de arriba a abajo, deberían saber que el burka no es símbolo ni expresión de una fe, sino imagen viva de una milenaria historia de dominio que le antecede; es la historia de algo contra lo que los países libres han luchado y sobre lo que han logrado levantar tímidamente sus cabezas. El burka provoca lesiones en la frente, el pelo y la cara de las mujeres que lo llevan, crea lesiones oculares y respiratorias, y a menudo es causa de accidentes. El origen del burka -por cierto, muy reciente- no es otro que la pretensión de ocultar la belleza de la mujer, siempre hiriente a los ojos del fanatismo, el miedo y el resentimiento. Es expresión del primitivo y mezquino intento de raptar a la mujer de la mirada del otro, pues toda mirada es una forma de posesión. Y ya se sabe que el hombre, como Dios, es celoso.

Al contrario que estos supuestos apóstoles de la tolerancia vacía, me consuela ver que los españoles siguen asombrándose ante esa imagen y preocupándose de que, en algunos lugares del mundo, las feas manos del rencor sigan siendo capaces de ocultar el fuerte y sereno rostro de la belleza.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Guerra y Paz

Mi antiguo profesor, director de tesis y amigo Javier Hernández-Pacheco ha escrito un libro, muy oportuno en los tiempos que corren, acerca de la guerra, la violencia, el pacifismo, la justicia mundial, etc. Se titula El duelo de Athenea y ha sido publicado por Encuentros. Algunos de los temas que trata recuerdan ciertos pensamientos que ya defendiera Ortega en los años treinta: el pacifismo como doctrina insensible a la fragilidad de la libertad. Entendido como simple repudio de toda guerra, el pacifismo es impío porque olvida (y el olvido es la forma más grosera de impiedad) la sangre vertida en la historia por la construcción de un mundo libre. Los pacifistas creen que la democracia y la libertad existen como las hojas en los árboles, sin entender que son flores muy raras que hay que cuidar y defender. Pero, además, el pacifismo implica una miopía histórica: ignora qué esfuerzo tan prodigioso han hecho la razón y la imaginación humanas para idear algo tan complejo como, precisamente, la guerra. Poner uniforme a la violencia y establecer unas reglas para su uso es un esfuerzo nada despreciable comparado, por ejemplo, con el escritor de los Salmos cuando pedía a Dios poder lanzar los hijos de sus enemigos contra las rocas. Con todas sus maldades, la institución de la guerra ha conseguido que lanzar los niños de los enemigos contra las rocas esté, por lo menos, mal visto. La misma ley del Talión, que hoy consideramos como la quintaesencia de la barbarie, fue en su momento un ascenso, un progreso notable desde la brutalidad a un cierto sentido de la justicia.

No estamos a las puertas del quiliasmo. La historia está en marcha, y en ella actúan fuerzas contrarias a la libertad, fuerzas contra las que una sociedad libre debe estar preparada para defenderse. Por eso hay pocos síntomas tan inquietantes de la disolución política y moral de Europa como esa insensibilidad inculcada frente a la idea de una “guerra justa”. La violencia reglada de la guerra es una obligación moral cuando la vida y la libertad están en peligro. Por eso, nuestras sociedades se hacen un enorme mal a sí mismas cuando hacen de una paz vacía y de un diálogo imposible valores absolutos que, quizás algún día, minen nuestra capacidad de mantener un mundo en libertad.


jueves, 20 de noviembre de 2008

Belleza moral

Una señora se apresura por llegar a la parada antes de que el autobús se ponga en marcha. Dentro del autobús, un hombre, al verla, se levanta inmediatamente y pulsa el botón para abrir las puertas, y la señora llega a tiempo. El hombre lo ha hecho sin pensarlo. No esperaba nada ni nada le obligaba. Y sin embargo, lo ha hecho. Me ha recordado una idea de Schiller: la belleza moral, la acción donde la libertad se ha convertido en instinto. Estos pequeños gestos me llenan de una extraña alegría, y me hacen creer que quizá no esté todo perdido.