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viernes, 4 de marzo de 2011

Entrevista a Gadafi

Este fragmento de entrevista a Gadafi no tiene desperdicio. Me gustaría saber dónde leerla en versión completa...

viernes, 10 de septiembre de 2010

Quemar el Corán

Ridiculizar o destruir símbolos religiosos no puede estar amparado bajo el derecho a la libertad de expresión. Las doctrinas religiosas o los actos de quienes administran una determinada fe están expuestas a la opinión, el análisis, el juicio de la comunidad humana, y no pueden blindarse al dictamen de la ética colectiva. Sin embargo, los símbolos no son ideas, ni doctrinas, ni acciones. En La interpretación de las culturas decía Geertz que "lo que un pueblo valora y lo que teme y odia están pintados en su cosmovisión, simbolizados en su religión y expresados en todo el estilo de vida de ese pueblo". Destruir un símbolo religioso no es el modo de discutir la moral sexual católica, la política del gobierno israelí o el terrorismo yihadista. Sea cual sea su fin, la destrucción de los símbolos religiosos sólo consigue desatar ese thymos tan bien descrito por Sloterdijk, a propósito del Aquiles homérico, como el órgano que designa "la cocina pasional del orgulloso yo-mismo al mismo tiempo que el sentido receptivo por el cual las llamadas de los dioses se manifiestan a los hombres" (Ira y tiempo), y que se encuentra en ese lugar del espíritu donde se amontonan cuestiones esenciales como el honor, la identidad personal, el respeto a aquello que es justamente sagrado por ser fuente de la vida y garantía de la justicia. Como decía Weber, "una nación puede perdonar la lesión a sus intereses; pero nunca el que se hace en contra de su honor, y menos aún el que se infiere con el clerical vicio de empeñarse en tener siempre la razón". Sé lo que dicen muchos conservadores europeos: si los objetos quemados fuesen Biblias y los promotores de la ocurrencia, un grupo de librepensadores en autobús, las consecuencias no serían tan dramáticas. Pero eso sólo es un hecho que apunta a la intensidad de lo sagrado en el Occidente cristiano. Aquí, lo que nos tiene que hacer pensar en este caso es: por qué la ocurrencia sacrílega de un cateto tarado en una minúscula iglesia de Florida hace temblar al mundo entero.

viernes, 2 de abril de 2010

El Dios al que pasean por las calles

Más sobre monoteísmo e imaginería (entre otras cosas) en la Taberna.

miércoles, 21 de enero de 2009

La fuerza numinosa del Islam

De todos es sabido que el Islam goza hoy en Occidente de algo que, a falta de mejor término, se me ocurre llamar “impunidad semántica”. El concepto “Islam” sacraliza su propia extensión: al tocar las cosas, las vuelve intocables. Extiende el aura de lo sagrado sobre todas las realidades que le son próximas, incluso sobre aquellas que lo son sólo de modo indirecto. En él vibra intensamente la fuerza numinosa-totémica propia de las religiones naturales, contra la que la civilización racional-cristiana ha luchado durante siglos (principalmente en su propio interior). Hoy es casi imposible mencionar las costumbres de los fieles musulmanes o los sistemas políticos de sus sociedades, sin sentir que uno está penetrando peligrosamente más allá del velo del templo; un velo que, por supuesto, ningún profeta se ha atrevido a rajar…

Un triste ejemplo de todo esto es Palestina. Sin duda, son muchas las injusticias cometidas por Israel a lo largo de este conflicto, y es atributo de un sistema democrático la exposición a la crítica. Sin embargo, siempre esperamos a que sean sus atrocidades las que salgan a la luz para elevar la voz sobre lo que está ocurriendo allí. Las del otro lado están cubiertas por ese aura de impunidad que sólo el miedo a la aniquilación física es capaz de crear. Ninguna Carmen Machi, ningún Zerolo, ningún sindicalista, y desde luego ningún político convoca manifestación alguna cuando la bestia del fundamentalismo islámico de Hamas (pues no es otra cosa que eso) asesina vilmente a los palestinos que les son incómodos, atenta contra escuelas judías, o transportes públicos con niños incluidos.

Igual que “Los Actores” (pues así, en mayúsculas, debe nombrarse esa nueva ecclesia de orden y progreso surgida entre nosotros) condenaban la guerra de Irak en los Goyas y agachaban la cabeza para lamer dólares y Óscars en Hollywood, la intelectualidad y los movimientos sociales europeos callan cobardemente cuando mueren los niños hebreos a manos de los islamistas, mientras se sienten a salvo para denunciar los crímenes del Estado de Israel en medio de las chirigotas de banderas republicanas, comunistas y sindicales, donde uno –que algo de historia y filosofía sabe– se siente incapaz de reconocer lo que esos colores significaron una vez. (Es difícil no ruborizarse pensando qué dirían de todo esto los izquierdistas de cuando la izquierda era progresista).

Ningún comunista recuerda ya, cuando ve a su partido envuelto en la causa palestina, que Yasir Arafat honraba la memoria del Gran Mufti al-Husseini, -colaboracionista nazi que no pudo ser juzgardo tras la II Guerra Mundial por la negativa de los países árabes a extraditarlo-, y que se gastaba el dinero de los trabajadores occidentales en zapatos parisinos para su esposa. Ningún laicista, mientras protesta indignado ante la presencia de crucifijos en algunas escuelas occidentales, se queja de que el único Estado laico del mundo musulmán lo sea sólo gracias a la presión del ejército, ni del ataque a la libertad religiosa en países como Arabia, Sudán, Turkmenistán, ni de que Arabia Saudí (fiel aliado de Occidente, que nos vende petróleo y nos compra azulejos) castigue la apostasía con la pena de muerte. No hay manifestaciones en Europa para protestar por todo eso. Otra vez nos negamos a mirar la realidad histórica con lucidez y sin maniqueísmos, y otra vez -qué casualidad- los judíos son elegidos como víctimas expiatorias de los males del mundo. En pocos casos como éste se ve tan claro el perverso rostro de la parcialidad, la cobardía y la sumisión.