miércoles 2 de diciembre de 2009

Los malos

La impactante noticia de un hombre falsamente acusado del asesinato y violación de su hijastra está dando que hablar. Hechos como éste -y otros muchos anteriores- deberían hacernos reflexionar a todos sobre si no sería conveniente cambiar la legislación para impedir que los sospechosos sean linchados por el populacho (recordemos las frecuentes imágenes de muchedumbres apostadas a las puertas de cualquier juzgado), por los medios o por los mismos políticos, que aprovechan estas tragedias para revestirse del aura de majestad que confiere la indignación y firmeza frente a los malos. Pero algo más habría que pensar, más allá de la inocencia y la culpa: por ejemplo, podríamos constatar de una vez en qué horrible jauría de bestias sedientas de venganza se convierte una sociedad cuando prescinde del aspecto misericordioso que ha de tener todo trato con el mal. Que el acto malo no destruye nunca la dignidad en nosotros es un pensamiento demasiado metafísico -sí, demasiado cristiano también- para tener cabida en un mundo donde los cobardes, los hipócritas y los resentidos están siempre dispuestos a saltar desde sus escondrijos para tirar la primera y hasta la última piedra.

lunes 30 de noviembre de 2009

Mera ciencia

Hubo un tiempo en Europa en que los hombres -más exacto sería: algunos, muchos hombres- depositaron sus esperanzas de felicidad y emancipación en el pensamiento científico. Sobre los escombros de los idola teatri se alzaría mañana la ciudad transparente de la razón, la Nueva Atlántida en que los irracionales hábitos contraídos en épocas de sumisión serían demolidos para abrir paso a un nuevo hombre hecho a imagen de sí mismo, proyecto consumado de un logos cuya voluntad de expansión no conocería límites. Aquellos hombres que forjaron el proyecto de una Ilustración científica -desde Bacon a Comte, por lo menos- unieron en su representación las nociones de ciencia, progreso, emancipación y felicidad. Pero doscientos, trescientos años después, su sueño se ha revelado vano, a pesar de que algunos se aferran a las promesas de un mesianismo invertido que pertenece al pasado. Por todas partes, los hombres que habitamos el planeta después de la II Guerra Mundial vemos que la ciencia, al forjar nuevos modelos del cosmos, no nos reconforta; que los remedios para las viejas enfermedades no nos libran de otras nuevas; que las grandes invenciones tecnológicas, lejos de acercarnos a la utopía de una sociedad autosatisfecha, más bien despiertan la pesadilla de una hecatombe total. La situación real de nuestra época es que el hombre sigue enfermando, sigue muriendo, y sigue siendo infeliz.

Entre tanto, tampoco la ciencia parece haber satisfecho la promesa de conocimiento con que inició, segura de sí, su andadura. Mientras más complejo es nuestro saber acerca del universo, de la materia, del hombre mismo, más claras se manifiestan nuestras insuficiencias y más nítidamente se revelan los contornos de nuevas lagunas. Por si fuera poco, la misma ciencia se retira de aspectos de la realidad que nos atañen demasiado: ¿por qué, si el pensamiento religioso es una etapa primitiva de conocimiento, sigue persistiendo de una forma tan firme incluso allí donde razón y experimentación consuman su feliz ayuntamiento? ¿no parece, por otro lado, que las realidades estéticas y morales del hombre siguen requiriendo un modo de comprensión que se muestra más hermenéutico que propiamente explicativo?

Justamente en el ardor con que algunos defienden el credo fundamentalista de una ciencia que no existe, se revela que el verdadero interés no es, ni ha sido, la verdad, la emancipación, o el progreso, sino mantenerse agarrado a cualquiera de los muchos maderos del naufragado barco de nuestra historia.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Elogio del tabaco

El artículo de mi amigo Rafa sobre el tabaco en los institutos me ha hecho pensar. En primer lugar, en el hecho de que la discusión sobre el tabaco se reduce casi por completo a que sus detractores subrayen la insalubridad del mismo, y a que los fumadores asientan, entre avergonzados y resignados, asumiendo su impotencia frente a la adicción del asqueroso vicio. Se repiten, con una actualidad aterradora, las palabras que le dedicara Fernández de Oviedo, sin saber nada de la nicotina y el alquitrán, en su Historia General y Natural de las Indias: "Usaban los indios desta isla, entre todos sus vicios, uno muy malo, que es tomar unas ahumadas, que ellos llaman tabaco, para salir de sentido".

Todo rastro de romanticismo en el tabaco queda relegado ya a una imagen del hombre superada, representada por Humphrey Bogart, o a un exótico vestigio de religiones del pasado, como la que practicaban los algonquinos de las Grandes Llanuras... Sin embago, el hábito del tabaco no se reduce a esa imagen del estresado occidental, tristemente común, que se arroja en busca de su cajetilla de Marlboro nada más levantarse y que va llenando de colillas un apestoso cenicero a lo largo de su estresado día de trabajo. Una imagen que veríamos recluída en el cuadro de las patologías si no fuera porque nuestro mundo no nos ha enseñado a disfrutar de la vida sino bajo la nube negra de la ansiedad, convirtiendo toda pulsión en una compulsión. El sexo es voracidad; la música, una vertiginosa sucesión de no-silencios; la felicidad, la incansable sonrisa estúpida de los anuncios publicitarios. Como ocurre con todo, el tabaco es algo estúpido cuando se ha convertido en una cosa más. Como cepillarse los dientes, ir a trabajar, conducir, llamar por teléfono. Como la sonrisa, la música y el sexo. Y doblemente estúpido si, además de monótono, resulta ser dañino.

Ciertamente, desde el punto de vista de lo sensato, de la razón normal, nada bueno hay en el tabaco. De la misma manera que nada hace preferible el vino al mosto, la cerveza a la leche de soja. Y sin embargo el hombre no concibe la fiesta sin ellos. Pero la fiesta es lo contrario del vicio: es el tiempo excepcional, la excepción del tiempo. Festejar es abrir el espacio de lo sagrado, de lo que se sustrae al espacio profano de la razón, la división del trabajo, el orden, las normas, el sentido, la moral y... la salud. Por eso, sin su dimensión "demoníaca", el tabaco, como el alcohol, sería absurdo. "Vicio para salir de sentido": he aquí el verdadero peligro del tabaco, su naturaleza moralmente pervertidora, que hacía a los indios vagos y licenciosos, libidinosos y holgazanes...

Fumar tabaco es un rito, y además un hermoso rito. En él tomamos la tierra viva y la transformamos en un espíritu apaciguador que entra y sale de nosotros. Pues el espíritu es aliento, y el aliento, humo. Comunión, pues, con la tierra, y con los otros hombres. El tabaco es inseparable de los viejos amigos en el reencuentro tabernario, del último frío de la madrugada antes de regresar a casa. O de estas mañanas neblinosas del invierno manchego, en que el humo, espeso por la humedad del aire, dibuja hermosas formas mientras flota pesadamente hacia lo lejos.

sábado 31 de octubre de 2009

Felicidad natural

Ya que estamos con la poesía, vamos a seguir con el -para mi gusto- mejor poema de un libro que me ha dejado leer este fin de semana mi amiga Sara: Eros es más, de Juan Antonio González-Iglesias, profesor de Filología Latina en la Universidad de Salamanca. El poema, titulado "Felicidad natural", expresa ese encuentro estético-religioso con la naturaleza, al que la mejor poesía de todos los tiempos acaba volviendo, una y otra vez, cuando se han agotado las introspecciones reiterativas, las temáticas urbanas y postmodernas, los experimentos lingüísticos y los vanguardismos. Dice así:

"Es bueno para el cuerpo contemplar los trigales
verdes esta mañana de principios de mayo.
Es bueno para el cuerpo imaginar
que esta alta pradera, tan sometida al viento
que parece estar hecha sólo del mismo viento,
no terminara nunca en una suma
de áridas aristas.
Es bueno para el cuerpo que el único sonido
sea
el rumor de la lluvia sobre el techo del coche.
Es bueno para el cuerpo detenerse.
Y salir.
En un punto indeterminado de esta península, la más occidental de Europa,
recuerdo la liturgia de la Iglesia de Oriente,
que en el momento de la comunión
se limita a decir:
lo bueno,
para los buenos"

(Eros es más, Madrid, Visor, 2007, p. 31)

viernes 30 de octubre de 2009

La poesía de Jorge Teillier

El otro día, curioseando por la red, descubrí al poeta chileno Jorge Teillier, a quien no había leído. Suele ocurrirme con muchos poetas sudamericanos: me impacta (creo que ése es el verbo apropiado) la forma que tienen de usar el lenguaje, como si éste fuera una húmeda arcilla fácilmente moldeable con la que se pudiera construir casi cualquier cosa. Y también la riqueza (a veces exótica) de su vocabulario, la precisión de los sustantivos y los adjetivos. Pero en fin... yo no quería escribir esta entrada para teorizar sobre su obra, sino para compartir a Teillier con quienes aún no lo hayan leído. Copio sólo un par de fragmentos:

"Siento correr por las venas del campo
un jinete nocturno enmascarado.
La noche. También galopan en caballos robados
los cuatreros arreando los vacunos.
Surgen los trenes. Las reces dormidas se levantan
allá en los grandes galpones de madera."

(Muertes y maravillas, -¡de donde toma su título el poemario de otro gran, también "lárico", poeta hispano: Rafael Adolfo Téllez!)

"Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias."

(El árbol de la memoria)

"Esta noche duermo bajo un viejo techo,
los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos,
abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños,
y bajo él, la muerte que me tiende la mano."

(Muertes y maravillas)

Un poema completo:

"Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.
Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.
Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.
El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche."

(Poemas del país de nunca jamás)

Y un último ejemplo: en una web que recoge una selección de su obra, se dice que Teillier escribió este poema, “Estación sumergida”, con 17 años (!). Éstas son sus dos últimas estrofas:

“Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos-
pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.
Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos,
mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
y confusamente respira en el mar del invierno”.

miércoles 28 de octubre de 2009

Los patriotas

Javier Arzalluz nos vuelve a brindar, aquí, un buen ejemplo de aquello sobre lo que conversamos en una entrada anterior: lo impúdico, lo despreciable, lo antidemocrático del nacionalismo supuestamente moderado no es su deseo de construir un nuevo Estado para el territorio que él acota como "su patria". Lo indignante es ver cómo, una y otra vez, califican de "amigos" a quienes ni siquiera son capaces de denunciar que, para conseguir sus fines, se pongan bombas y se le pegue tiros a la gente. Para un demócrata, el orden de los valores es inverso: primero la vida, las personas, la incondicional defensa de lo más sagrado, de lo irrenunciable; después los programas, los deseos legítimos, las reformas políticas. Amigos: los que mueren a manos de los despreciables; enemigos: los que no levantan la voz o incluso sostienen la mano que debe apretar el gatillo. Pero para los patriotas la cosa va por otro lado: no se trata de reestructurar fronteras o desplazar competencias. Se trata de materializar una idea, de alumbrar un sueño escatológico. Este sueño es una obra de arte total, y para la consumación de esta visión mesiánica, el nacionalismo relativiza todas las contingencias del presente: seres humanos incluidos, por supuesto. Tener esto presente nos debe recordar que la civilización se encuentra siempre asediada por el mal, que hay fuerzas irracionales que acechan, como un ejército de insectos enloquecidos, los débiles pilares del bien. Que se debe sostener con firmeza los muros de la polis: pues más allá de ellos se extiende la barbarie.

viernes 23 de octubre de 2009

Acosados por las cosas

Al terminar la conversación, Jaime y yo estábamos de acuerdo: sólo deberíamos poseer lo que pudiéramos llevar con nosotros en el coche. Alguien malpensará: “para salir huyendo en cualquier momento, ¿no?”. En parte sí: o al menos para tener la sensación de que nada nos ata a ningún suelo. Pero sobre todo, para hacerse espacio a uno mismo en medio del asedio de los objetos: ese ejército de cosas que va creciendo alrededor de nosotros, asaltando nuestro hogar, y sobre las que a veces reparamos para constatar qué ajenas son a nosotros mismos. Todas ellas tienen su propia idiosincrasia: acumulan el polvo de una determinada manera, requieren un lugar preciso donde ser guardadas, se entorpecen entre sí de diversos modos...

Y lo cierto es que esto también vale para los fetiches de los que nos hablaba Jesús el otro día, en los que objetivamos todo cuanto amamos para finalmente convertir el amor en un objeto. Si pudiera elegirlo –pero qué pocas cosas elegimos, ay, de nosotros mismos–, cambiaría esta habitación (hojas, guitarra, tickets de aparcamiento, libros empezados, calculadora, clips, tres pares de zapatos, cds, cuadros, ventilador, cenicero, gorra, marioneta de bruja, recuerdos de lugares donde no he estado, mechero, cartas abiertas…) por la solitaria imagen de ese monje que, empequeñecido frente a un mar y un cielo inmensos, se sabe dueño de sí: dueño de nada.


Caspar David Friedrich, Der Mönch am Meer (1808-1809)