domingo, 16 de agosto de 2015

Juan Espadas y la Virgen de los Reyes (un apunte sobre Estado y religión)

Ayer se celebró la fiesta de la Asunción de María, que en Sevilla se venera en la advocación de la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad. Como no podía ser de otra manera, ese día la imagen sale en procesión. El nuevo alcalde, el socialista Juan Espadas -que gobierna gracias a IU y la marca de Podemos en Sevilla- decidió limitar la presencia voluntaria de representantes del Ayuntamiento a dos concejales por cada partido. La jugada, políticamente hablando, no es mala, aunque se le ve el plumero: contenta a sus apoyos con un mal gesto hacia el establishment religioso de la ciudad, pero sin ser tan radical como para enfadar a los suyos y al pueblo sevillano, poco receptivo con los políticos que meten las manos en el folclore religioso de la ciudad, como pudo comprobar Teresa Rodríguez [me corrigen: fue Begoña Gutiérrez] cuando se le ocurrió mencionar el tema de la Semana Santa. Y por si fuera poco, como sus apoyos no van a estas cosas, Espadas se hubiera visto en un acto multitudinario abandonado por los suyos y rodeado de concejales de la oposición. Bien por ti, Juan. La jugada fue buena y, de todas formas, la Virgen salió con normalidad y la gente la disfrutó sin estar muy pendiente de cuántos concejales la acompañaban. Lo interesante del hecho es la discusión que ha provocado en torno a la presencia de los políticos en los actos religiosos y el consiguiente debate sobre laicismo y aconfesionalidad en España que se repite periódicamente al hilo de este tipo de noticias. Y es este asunto el que querría comentar.

Lo primero que hay que tener en cuenta, en el debate sobre aconfesionalidad, es el origen histórico del problema. La reflexión sobre la separación Iglesia-Estado es muy antigua: es célebre el texto del franciscano Guillermo de Ockham Sobre el gobierno tiránico del Papa. Allí, Ockham explica que el derecho y el poder político de los gobernantes existieron antes de la institución de la Iglesia y que, por tanto, su legitimidad emana de una fuente distinta a la propia Iglesia. La cuestión se vuelve verdaderamente candente entre los siglos XVII y XVIII, precisamente en el contexto de las guerras de religión europeas. Desde comienzos de la modernidad y con la aparición de las reformas protestantes, la religión se había convertido en un instrumento de identidad nacional, de tal manera que una confesión religiosa "equivocada" podía fácilmente equipararse a un acto de traición y llevarte a perder la cabeza. Todo el mundo conoce el caso de Tomás Moro o el de John Fisher, condenados por no reconocer el Acta de Supremacía que hacía de Enrique VIII cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Para evitar este tipo de guerras y la falta de libertad religiosa en las naciones europeas, Locke realiza una reflexión -inspiradora de la Constitución americana, por cierto- que incluye argumentos para separar la Iglesia (en cuanto comunidad libre de hombres que practican un culto común) del Estado (comunidad igualmente libre dedicada al cuidado de los asuntos mundanos). Hay un texto muy famoso que resume bien esto. Dice así: "No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en el Cristianismo a causa de la religión. La cabeza y los jefes de la Iglesia (...) han levantado, en contra de lo que dice el Evangelio y la caridad, a las autoridades y a las masas en contra de los que tienen ideas diferentes en religión, predicando que los cismáticos y los herejes debe ser expoliados de sus posesiones y destruidos. Y así han mezclado y confundido dos cosas que son en sí mismas completamente diferentes, la Iglesia y el Estado".

Por tanto, históricamente hablando, el principio ideológico de la aconfesionalidad tiene que ver con la exigencia de respecto a la libertad de conciencia. Nada más y nada menos. Por eso la obra donde Locke trata este tema se llama Tratado sobre la tolerancia. En España, este principio está perfectamente recogido en la Constitución y de un modo que, desde mi punto de vista, es más perfecto que el de las constituciones de algunos estados europeos. Los laicistas siempre ponen de ejemplo el caso francés. Craso error, pues allí mismo hay ya una reflexión sobre el carácter liberticida de un laicismo que impone la invisibilización de la vida religiosa en el espacio público. Gracias al modo como la Constitución Española tematiza el carácter aconfesional del Estado, no tenemos los problemas que tiene Francia respecto, por ejemplo, al uso de símbolos religiosos en las escuelas. El artículo 16 dice que “se garantiza la libertad religiosa y de culto. [...] Ninguna confesión tendrá carácter estatal" y en 16.3 se explica que "los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones". En el curso de la tramitación de la Ley Fundamental, allá por el año 1978, fue el propio Santiago Carrillo -no sospechoso de clericalismo- quien explicó: "No hay ninguna confesionalidad solapada. Lo que hay, me parece, de una manera muy sencilla, es el reconocimiento de que en este país la Iglesia católica, por su peso tradicional, no tiene en cuanto fuerza social ningún parangón con otras confesiones igualmente respetables, y nosotros, precisamente para no resucitar la cuestión religiosa, precisamente para mantener ese tema en sus justos límites, hemos aceptado que se cite a la Iglesia católica y a otras confesiones en un plano de igualdad". Más claro, imposible.


En todo este debate hay varias confusiones. La más básica, me parece, es que hay un aspecto interior de la religión y un aspecto exterior que deben ser diferenciados, aun cuando ambos estén relacionados de una manera compleja. El aspecto interior no concierne al Estado: tiene que ver con las creencias y los dogmas de cada credo. Pero la dimensión social de la religión no puede dejarse de lado, precisamente por ser parte de la realidad humana que constituye la sociedad en que vivimos. En este plano, la religión debe estar al mismo nivel, al menos, que los teatros, los acontecimientos deportivos, las asociaciones vecinales, la Feria, el carril bici y la fiesta de la primavera. Es una confusión también pensar que lo público es lo de todos: no todo el mundo va al teatro ni usa el carril bici ni va a las piscinas municipales. Público es lo que hace la gente, lo que la gente quiere y practica. Y la religión debería ser para un político eso: una cosa que la gente (alguna gente, mucha gente) hace. Como tal, por supuesto que deben estar presentes los representantes de la ciudadanía en las manifestaciones religiosas de la ciudad. Lo que no puede ocurrir, en virtud del principio de aconfesionalidad, es que el rey se proclame cabeza de la Iglesia nacional ni que se prohíban libros por ser contrarios a una confesión consagrada por el Estado. Pero no es el caso. Hablamos de representantes públicos en prácticas públicas. Ocurre que hay quienes hacen de la política un medio para buscar problemas donde no los hay, mirar cada detalle de la realidad humana con el ojo de una moral irascible e inquisitorial: son estos quienes hacen verdad una frase que escuché en cierta ocasión a un amigo: "lamentablemente, ser de izquierdas se está convirtiendo, para algunos, en estar todo el día enfadado por cualquier cosa".

miércoles, 1 de julio de 2015

Grecia, Rousseau y la superstición plebiscitaria


En este mundo nuestro, mediático y apresurado, ciertas ideas se imponen por lo obvio de su apariencia inmediata, a pesar de que se desmoronarían en cuanto uno abordase el más básico análisis de sus consecuencias. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la idea de democracia. Se ha impuesto la creencia de que la democracia consiste en que la gente decida sobre todo lo posible. En consecuencia, el acto de votar deja de ser una herramienta de control democrático y se convierte en una actividad totémica, una especie de liturgia incuestionable a través de la cual se manifiesta la voluntad del Bien en la Tierra: tal es la superstición plebiscitaria. Mientras que, por norma general, todo el mundo acepta que los puentes deben ser construidos por arquitectos e ingenieros y que las personas deben ser curadas por médicos, hay quienes se niegan a aceptar que una sociedad necesita un tipo específico de expertos. La gente no tiene por qué decidir continuamente y, por lo general, no sabe hacerlo. De la misma manera que no le decimos al mecánico cómo tiene que arreglar el coche sino que simplemente esperamos que lo repare a cambio de dinero, los ciudadanos democráticos queremos que nuestros representantes -a quienes hemos elegido por su ideología, por su perfil técnico o por un discurso y una imagen inspiradores- resuelvan los problemas propios de su profesión. Así que hacer votar, por ejemplo, al pueblo griego sobre un acuerdo económico cuyas implicaciones son imposibles de valorar por la mayoría de la gente no es un gesto democrático, sino un acto de mala fe política y una dejación de la responsabilidad ejecutiva. Y ya que estamos en Grecia: fue Pericles, en su famoso discurso transmitido por Tucídides, quien explicó que la democracia no era solo el gobierno de la mayoría, sino la igualdad ante la ley, la preeminencia del mérito sobre el linaje, la prosperidad comercial, la representación... Siglos más tarde, el gran padre intelectual de nuestras democracias lo resumió en unas líneas transparentes: “en pocas palabras, el orden mejor y más natural es aquel en el que los más sabios gobiernan a la multitud, cuando se está seguro que la gobernarán en provecho de ella y no del suyo particular; no hay que multiplicar inútilmente la competencias ni hacer con veinte mil hombres lo que pueden hacer todavía mejor cien hombres escogidos” (Rousseau, El Contrato Social, III, 5).

lunes, 11 de mayo de 2015

Ganar el centro

Los seres humanos tenemos tendencia a identificarnos con etiquetas, símbolos, discursos. Es la manera en que construimos nuestra identidad y sabemos quiénes somos. Lo que sentimos es más importante que lo que pensamos, porque se actúa desde el sentimiento, no desde la razón. Hablando del posicionamiento de Ciudadanos en el espectro político, me preguntaron el otro día cuántas personas conozco que son de centro. Y la cuestión depende, en este sentido, del lugar desde donde se quiera responder: desde la razón, casi todo el mundo; desde el sentimiento, casi nadie. Es decir, la gente, cuando piensa, es de centro; cuando siente, vuelve a la polaridad. Por eso -a pesar del cacareado fin del bipartidismo- hay tantos que íntimamente desean poder votar a los de siempre y, si no lo hacen, es porque estos lo ponen muy difícil. Allí, en los de siempre, se encuentra un imaginario sólido (azul-rojo, derecha-izquierda, progresismo-conservadurismo, etc.) que atrae o repele. La gente, así en general, es de centro: piensa que el libre mercado es el sistema económico natural, basado en el derecho a la propiedad privada y en la libre iniciativa individual, pero también espera que el Estado sea capaz de corregir las desigualdades insoportables que ese sistema, eventualmente, pueda producir. En ciertas cuestiones sociales pasa algo parecido: la mayoría de la gente está tan lejos de considerar que cualquier aborto es un infanticidio como de pensar que se trata de un simple derecho sobre el propio cuerpo. Y si no piensan esto desde un punto de vista moral, entienden al menos, desde un punto de vista político, que la legislación debe cubrir un espacio de compromiso entre posturas irreconciliables. Hay quienes piensan que la moderación es indefinición y que el término medio es el resultado de la debilidad, como si hubiera que elegir entre ser caníbal y practicar el veganismo. Por supuesto, es justo lo contrario: las posiciones extremas y fanáticas suelen servir de compensación a quienes se sienten inseguros ante una realidad compleja en la que las cosas nunca son blancas o negras. El viejo Tales, casi con toda seguridad el filósofo más antiguo de occidente, ya lo vio claro: "sea tu oráculo la mesura". El reto consiste ahora en trasladar al corazón lo que ya está en la cabeza de la gente, transformar en esperanza la opinión y darle a las ideas mayoritarias de la sociedad un soporte discursivo, emotivo e ideológico: una mitología de la centralidad política.

sábado, 2 de mayo de 2015

Envenenando el pozo

Hace una bonita mañana. La primavera se asienta y, con ella, la luz y el calor crecen escalando las horas del día como una enredadera. Los pájaros cantan junto a mi ventana mientras termino el desayuno y echo un vistazo a las redes sociales. De pronto, sobresalto: los tuiteros hablan, histéricos, del pacto PSOE-Ciudadanos en Andalucía, así que corro a los periódicos a enterarme de los detalles. Y allí están, en efecto, los detalles: Ciudadanos se sienta a negociar después de que Susana Díaz haya aceptado sus condiciones iniciales. Por lo tanto, no hay pacto alguno (de momento) y Twitter, una vez más, actúa como un pirómano corriendo por un pastizal seco. Los opinólogos y chismólogos necesitan ese incendio, porque el pensamiento es aburrido y la paciencia, una virtud medieval, mientras que ellos viven de un ingenio falaz que se siente cómodo en la polémica.

Ciudadanos no ha llegado a ser lo que es únicamente por sus propuestas económicas o sociales o educativas. Ciudadanos es lo que es por haber sabido recoger el descontento social de los últimos años (que parecía absorbido por el radicalismo) y darle una dirección moderada, liberal y progresista. Su defensa de la igualdad constitucional, de la integridad de la nación, de la dignidad de las instituciones democráticas y de una forma más noble de hacer política es su verdadera fuerza. Todo lo demás se encuentra -a ojos del electorado- en un mar de niebla. ¿Qué regeneración política podría prometer si, una vez aceptadas sus condiciones, se negase a negociar para no ensuciar su propia imagen? ¿Esa es la nueva política? Ciudadanos no está donde está para practicar la kale borroka parlamentaria: está para forzar acuerdos donde se abran cauces para la regeneración institucional, aunque tenga que ser -si así fuera finalmente- con Susana Díaz (a la que, por cierto, han votado -nos guste o no- la mayoría de los andaluces). La dignidad política consiste precisamente aquí en poner la ética democrática por encima de las filias y las fobias partidistas. En el parlamento de Andalucía hay lo que hay: lo que han elegido los andaluces, ni más ni menos. Y ahora toca hacer política. Sería lamentable que Ciudadanos apoyara a sus adversarios políticos dándoles carta blanca para seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, pero el fin del bipartidismo implica necesariamente -como ya ocurrió en la Transición- llegar a acuerdos razonables en los que todos cedan parte de sus posiciones. Lo decisivo aquí no es el pacto mismo, sino su contenido. Deberían saberlo quienes se dedican a envenenar el pozo antes de que nadie saque agua de él.

lunes, 30 de marzo de 2015

Ser nazareno en Sevilla

A veces, alguna gente me pregunta por qué salgo de nazareno. Mis alumnos, sin ir más lejos, dicen que no me pega nada, que tengo "cara de ateo". No sé cómo os deja eso a los ateos, la verdad. El caso es que ayer me puse a darle vueltas hasta que comprendí que no había ninguna razón, es decir, que no tenía ningún "motivo" para hacerlo en el sentido de una decisión meditada en torno a un fin. Hay en mi casa una vieja foto en la que mi hermano y yo sostenemos una vara de las que se da a los niños porque los cirios les pesan demasiado. Mis padres, jovencísimos, sin una cana aún, detrás de nosotros. Desde entonces, durante casi treinta años, repetimos el mismo rito: vestirnos con la túnica blanca y el antifaz azul, ceñirnos el cíngulo y colgarnos la medalla, comer en casa de mi abuela el guiso de patatas con carne -todos esos años, sin una sola excepción mientras vivió, el mismo plato- y luego caminar por Pagés del Corro, desde la casa de abuela, donde mis primos y yo jugábamos con los cazos de la cocina, muy cerca de la iglesia donde me bautizaron. Año tras año, en un ciclo idéntico, como las estaciones y las mareas. Porque, a pesar de lo que vende la ideología de nuestro tiempo, la mayoría de las cosas importantes de la vida no son fruto de decisiones. Simplemente nos encontramos en ellas, arrojados, como decía Heidegger, en un mundo que es más grande y más antiguo que nosotros. Como la patria, como la lengua, como los padres. Ayer, una vez más, acompañé a María Santísima de la Estrella hasta su capilla. Es el primer año que lo hago solo. Pero mi padre y mi hermano siempre estarán junto a mí en ese camino que huele a cirio y a incienso y a azahar. Todos los años alguien me dice "reza por mí". Yo no sé qué caso harán en el Cielo a un patán por muy vestido de nazareno que vaya. Pero yo lo hago, por si acaso, y todo el camino me acompañan aquellos a quienes quiero y lo están pasando mal. Así que, sin ningún motivo, cuando entro en la capilla me emociono. Desde allí nos observa -esto es un privilegio de los católicos- un Dios hecho madera y, sin ningún motivo explicable, esa emoción antigua me acompaña cuando vuelvo a casa por las calles, ya silenciosas y vacías, de Triana.

martes, 24 de febrero de 2015

¿Por qué todos somos Walter White? (Un apunte filosófico sobre Breaking Bad)

No quiero ni necesito comparar con otras artes la felicidad y el conocimiento que me han aportado siempre el cine, las series y en concreto las dos mejores series de todos los tiempos: Breaking Bad y The wire. Si el arte tuviera que morir, como dicen tantos, para renacer en estas nuevas formas de expresión, solo podría decir: "así sea". Al fin y al cabo, no hay forma de que sea malo el arte que uno puede disfrutar mientras bebe un Scotch y fuma un cigarro.

En fin. Algo que llama la atención en seguida de The wire es que el verdadero protagonista de la serie es Baltimore o, si nos ponemos teológicos, la Babel levantada por la soberbia humana. O, si nos ponemos filosóficos, la estructura en la cual los individuos solo cumplen un rol pasajero. El tema de la serie es una realidad compleja, una telaraña tejida por un invisible genio maligno. La visión que tenemos como espectadores es total, una mirada sub specie aeternitatis.

El protagonista de Breaking Bad, por el contrario, es una persona: Heisenberg. La serie no tiene más tema que la perversión, la degradación del individuo. El núcleo corrompido de la voluntad humana abriéndose paso hasta arrasar la felicidad del Paraíso. Todos somos Walter White porque todos somos Heisenberg: una voluntad de poder que aspira a imponerse sobre todas las cosas, sobre todos los seres e incluso sobre la muerte. Inicialmente, el mal no es autoconsciente. Por eso necesita cubrirse con una máscara moral. Pero el espectador ve lo que realmente hay detrás. Ve la hipocresía y el autoengaño y lo inevitable de la degradación misma. Por eso es inquietante. Es el mal que se despliega en el sueño de la necesidad moral. Cuando Walter White decide empezar a fabricar metanfetaminas, lo hace convencido de que debe cuidar de su familia y proveer para el futuro. Cada paso que da, sin embargo, lo aleja de ese fin. Y, mientras, el espectador ve la necesidad de lo que ocurre, la trampa en la que Walter White está cayendo de una manera tan obvia como demoníaca. El desasosiego que acompaña al espectador durante toda la serie tiene que ver con la certeza de que el horror que está presenciando es el resultado de una cadena lógica absolutamente necesaria cuyo inicio es una buena intención. Así que el influjo del mal sobre el individuo se vuelve omnipotente. La conciencia no es más que una ilusión. Spinoza decía que un hombre que se cree libre se parece a una piedra que, arrojada al vacío, tomara de pronto consciencia y creyese que cae por decisión propia. Somos piedras arrojadas al vacío, prisioneros de la ilusión de libertad.

En el capítulo llamado “The fly” dice Walter White: “Todo se reduce a partículas subatómicas colisionando infinita y aleatoriamente entre ellas. Eso es lo que nos enseña la ciencia. ¿Pero qué significa? ¿Qué intenta decirnos que, la misma noche en que la hija de ese hombre muere, esté tomando una copa conmigo? ¿Quiero decir… como puede ser eso azar?”. En realidad, no es azar: es la infinita cadena de los efectos y las causas en la cual la acción personalísima del individuo tiene una fuerza potencialmente universal. “Lo hice por mí”, termina reconociendo Walter White. Y es esta acción de un ego encerrado en sí mismo lo que aniquila el orden de un sistema en sí mismo perfecto. Al contrario que en The wire, donde -como decía Adorno- "la totalidad es lo falso", Breaking Bad se mueve en el marco de una teodicea optimista. Por eso la perspectiva de The wire es estructuralista, mientras que Breaking Bad esconde una metafísica de lo más clásica, en la que la voluntad corrupta del individuo actúa en una realidad trascendentalmente buena, bella y verdadera. Sobre ella planean, como alas del mismo pájaro, la perdición y la redención.


domingo, 11 de enero de 2015

Diez libros no filosóficos para pensar filosóficamente


1. Die unendliche Geschichte se podría traducir, en realidad, como La historia infinita, pues un-endlich es lo que no tiene límites, lo que no solo no termina, sino que tampoco ha tenido comienzo. La novela más conocida de Michael Ende es una obra nietzscheana: es la historia de la voluntad creadora, la voluntad del individuo que se transforma a sí mismo y que afirma la realidad como eterno retorno de lo mismo. Veremos al Übermensch nietzscheano -un niño, qué si no- sobrevolar sobre el cuerpo blanco de Fújur las tierras amenazadas de Fantasia.

2. Si La historia interminable es el relato de una voluntad nietzscheana, la otra gran novela de Ende, Momo, no lo es menos. Una niña devuelve a los hombres el tiempo robado por unos extraños hombres grises. Un alegato en favor de una voluntad que vive la vida como única frente a una sociedad moderna en la que cada vez somos menos dueños de lo más valioso que hay: el tiempo irrecuperable de nuestra propia vida.

3. Aunque Rebelión en la granja, Un mundo feliz y Fahrenheit 451 siguen siendo clásicos para reflexionar sobre el peligro de la dominación total, el rey de las distopías sigue siendo, en mi opinión, la gran obra de Orwell, 1984. El control absoluto del totalitarismo, como ya vieron Horkheimer y Adorno en su Dialéctica de la Ilustración, pasa por la dominación interior.

4. En una reciente discusión entre Boris Groys y Vittorio Hösle, éste reprobaba la actitud esteticista de Jünger frente a la guerra, así que me dio por releer el tomo I de sus célebres Radiaciones. Jünger es un autor patriota y belicista que combate en las filas del ejército alemán durante la II Guerra Mundial. Con este preámbulo, difícilmente ganaré lectores para él. Si embargo, lo más fascinante de esta obra maestra es cómo la guerra que él vive en primer persona en el campo de batalla se convierte en el escenario estético de una realidad que irradia belleza y verdad a la mente atenta de un minucioso espectador como Jünger, capaz de librar al pensamiento de las garras simplificadoras de la ideología. La obra maestra de un genio.

5. A veces se nos olvida que Así habló Zaratustra de Nietzsche es en realidad una novela, aunque se cite entre sus obras filosóficas. El autor que filosofa con el martillo utiliza al viejo profeta iranio para hacerlo portavoz de la doctrina del superhombre y del eterno retorno. Zaratustra es, como Juan el Bautista, el que anuncia el Evangelio... del Übermensch.

6. El avance de la simulación, la realidad virtual y la inteligencia artificial plantea nuevas cuestiones en el ámbito de la antropología filosófica. ¿Qué es un ser humano? ¿En qué consiste ser persona? ¿Cómo podríamos diferenciar un humano de una simulación perfecta del mismo? ¿Es posible producir artificialmente un ser con sentimientos, necesidades afectivas, deseos...? Todas estas preguntas se reducen a una: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philipp K. Dick.

7. Nietzsche no es el único al que se le ocurre escribir una novela para dar a conocer su filosofía. En La náusea de Sartre, así como en El extranjero de Camus, podemos ver en acción al hombre tal y como lo concibe el existencialismo: un ser abandonado al sinsentido radical del mundo. No recomendable para nihilistas crónicos.

8. Entre Platón y Marx hay un vínculo interno, un impulso de liberación colectiva que uno encontrará y disfrutará en La caverna, de Saramago. Para espíritus inconformistas.

9. Ahora que se ha puesto de moda ridiculizar a Paulo Coehlo -lo reconozco: con razón- a cuenta de la proliferación de sentencias suyas en las redes sociales y de la trivialización del crecimiento personal en los libros de autoayuda, es el momento de recomendar una de sus obras: El alquimista. Una historia para jóvenes, en la que experimentar el deseo de escapar de una vida inercial y mecánica. Tal es la forma de una de las experiencias filosóficas más antiguas: el impulso por salir de la caverna. Una novela sobre la autenticidad y el valor de la vocación personal.

10. No querría terminar esta lista sin citar, al menos, un ejemplo del ámbito de la poesía. Lo normal sería escoger los poemas de Hölderlin, Schiller o Rilke para ejemplificar la expresión literaria de la metafísica idealista alemana. Pero hoy me voy a inclinar por una poesía tan poco dada a las alturas filosóficas como la anglosajona y, en concreto, por un autor tan poco metafísico como Walt Whitman: su obra Hojas de hierba es un canto vitalista a la singularidad del individuo y al valor de la existencia. Un abrazo entre Nietzsche y San Juan de la Cruz que merece la pena presenciar.