martes, 10 de mayo de 2016

Hannibal abraza a Gramsci

La jugada, maquiavélicamente hablando, ha sido magistral: un grupo de viejos comunistas, muchos de los cuales habían militado en partidos de izquierda radical, ponen en marcha un partido al calor de la crisis y el descontento social. Lo presentan como un partido nuevo y transversal, que no se sitúa ideológicamente en el eje derecha-izquierda, a pesar de lo obvio de su discurso, sus líderes, sus filias y sus fobias, y gran parte de su programa. Como tales recogen el voto de diferentes fuentes del descontento ciudadano para, al final, volver a los cálidos brazos de la Madre Revolución. Fuera de las trincheras hace demasiado frío. El acuerdo es la ejecución del imperativo gramsciano de asaltar el poder en el difícil contexto de una sociedad en la que los comunistas resultan prácticamente extraterrestres. Y es a esto, creo, a lo que, botellín en mano, se refería Pablo Iglesias al anunciar su acuerdo desde la Puerta del Sol citando a Hannibal, el del Equipo A: "me encanta que los planes salgan bien". La cuestión por aclarar es a cuántos de sus votantes les gustará constatar que la regeneración era solo la estrategia de la viejísima izquierda comunista para alcanzar el poder a toda costa.

domingo, 8 de mayo de 2016

Conmociones

Hoy he leído una noticia que me ha conmocionado, a pesar de que cuando uno vive un tiempo en Dos Hermanas tiende a alcanzar cierta insensibilidad ante lo inverosímil: a uno llega a parecerle normal Melody o Carlos Jesús y hasta se acostumbra a escuchar reguetón saliendo de las ventanas de un carro tuneado en las horas más profundas de la madrugada, o el pasodoble de organillo sonando a todo volumen desde el centro de la plaza hasta la cama. Pero, en fin, a lo que iba: me ha conmocionado la noticia de que el papa del Palmar de Troya, Su Santidad Gregorio XVIII, haya abandonado tan alta dignidad para fugarse con una funcionaria granaína. Lo que me conmociona no es que la mujer sea funcionaria, ni granaína, sino constatar que incluso el más férreo defensor de una creencia ortodoxa pueda perder su fe y abandonarlo todo por una historia -aparentemente bastante corriente- de amor postmoderno. Me ha hecho recordar a la figura del papa jubilado que aparece en la cuarta parte de Así habló Zaratustra: tras largos años sirviendo a Dios, el papa nietzscheano descubre que ha dejado de creer en él. No sé si Gregorio XVIII llegará a tanto. De momento está viviendo una historia de amor mundano que imagino acompañada de cierta angustia en alguien que, hasta ayer mismo, dirigía una Iglesia que considera santos a Hitler y a Franco. Y fue pensando estas cosas como tuve mi última conmoción: me imaginé cuántas personas habrá en el mundo creyendo firmemente una tontería mayúscula en la que podrían dejar de creer por otro motivo aún más tonto. Lo que me conmociona no es que creamos tonterías -que todos lo hacemos- sino que las creamos firmemente sin más motivo que esa conciencia subjetiva de poseer la verdad, conciencia que carece de valor más allá de nuestro propio orgullo. Recordé, impresionado, un texto de Nietzsche que siempre he considerado un bello Evangelio. Al fin y al cabo, son a menudo los apóstatas, y no los conversos, quienes pulen las aristas soberbias de toda fe. “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo”.

viernes, 15 de abril de 2016

Locke y la tolerancia

La Carta sobre la tolerancia de Locke es una obra muy importante, de esas que marcan y describen perfectamente una época. Un famoso fragmento dice así: "No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en la Cristiandad a causa de la religión". Releyéndola hoy para sacar algún texto que usar en clase, me ha asaltado un pensamiento perturbador. Se me ha ocurrido que, tras la indudable buena fe de sus ideas, se esconde una superstición: la creencia en que se puede separar lo que el hombre piensa de lo que el hombre hace, que es posible imponer una divisoria política entre el ser y el hacer. Por ejemplo: que podemos permitir que el hombre piense aberraciones, exprese ideas equivocadas, pierda su interioridad, y que ello no ha de tener repercusión alguna en nuestra convivencia social y política. Su fórmula sería: “Piensa lo que quieras, pero actúa de acuerdo a las leyes”. Pero, ¿no muestra precisamente nuestro tiempo que tal cosa es imposible? Desde la violencia de género al terrorismo yihadista, ¿cómo seguir creyendo que se puede mantener la paz entre los radicalmente diferentes con la sola fuerza de una ley abstracta y de unos ideales cívicos que precisamente no todos comparten? Esa idea -que es la esencia misma de la modernidad y que garantiza la separación del espacio público del privado- podría ser entonces un simple mito, uno de los últimos mitos de la Ilustración.

jueves, 7 de abril de 2016

Emprendedores

Noto últimamente a los medios especialmente proclives a publicar las opiniones políticas y sociológicas de reconocidos expertos como Cristina Pedroche y Antonio Banderas. La primera dijo el otro día algo tan profundo como que ser de izquierdas significa querer el bien de los demás, y el segundo se quejaba hace poco de que los jóvenes españoles prefieran ser funcionarios a emprendedores. Le resulta raro a él que una persona prefiera tener un sueldo y un empleo fijos a arriesgar su vida, su tiempo y sus esperanzas en un proyecto que tendrá que darse de cabeza mil veces contra la Administración y contra la propia naturaleza del sistema. Yo, que soy funcionario, me considero emprendedor: estudié filosofía contra todas las voces que -a excepción de mis padres, benditos sean- me advertían de que moriría pobre y loco. Y, al menos en lo primero, se equivocaron. Pero a lo que iba: lo que más me llamó la atención fue ver a Banderas representando el papel de aquello que Marx consideraba ideología en el sentido más alienante del término: los Zuckerbergs, Gates y Banderas del mundo vienen a decirnos que ellos mismos son el ejemplo viviente de que es posible cualquier cosa, de que la sola voluntad, unida al esfuerzo y al sacrificio, bastan para que cualquier hombre pueda cumplir sus sueños, por muy ambiciosos que sean. En el lema del si quieres, puedes se condensa toda la falsa autoconciencia de nuestro tiempo. La gran mentira del capitalismo. Evidentemente, tras los rostros sonrientes de los triunfadores se esconden las millones de personas a las que la configuración del sistema -en sus diferentes registros, tanto culturales como económicos- impedirá cualquier tentativa de éxito. También allí se oculta que incluso la decisión de emprender no es un acto de la libre voluntad, sino que está ella misma posibilitada por condiciones sociales y económicas a las que no todo el mundo tiene acceso. Así que no me resulta tan extraño que los más listos prefieran dejar dormir sus sueños a la sombra de las palmeras.

lunes, 28 de marzo de 2016

Filosofía contemporánea para iniciados

Obediente y servicial, ofrezco aquí una lista de libros para quienes me han pedido -por motivos diversos e inconfesables- introducirse en las oscuridades abisales de la filosofía contemporánea. Aún estáis a tiempo: corred, insensatos.

KIERKEGAARD. ¿Quién no querría leer libros titulados como La enfermedad mortal, Temor y temblor o El concepto de la angustia? Tiempo, angustia, muerte, Dios, libertad: los grandes temas de un gran filósofo.

SCHOPENHAUER. El arte de insultar: altamente polémico. Parece Twitter.

NIETZSCHE. Siempre recomiendo El crepúsculo de los ídolos para empezar con Nietzsche. Otras opciones sencillas, pero igualmente valiosas, son El nacimiento de la tragedia  o Más allá del bien y del mal.

MARX. Sería un sádico si recomendase El capital. Las obras de Marx son arduas y están llenas de conceptos de economía. Es mejor empezar con El manifiesto comunista, donde Marx quiso divulgar en un lenguaje más sencillo sus ideas.

FREUD. Un buen libro es El malestar en la cultura. Tiene de interesante que contiene las ideas fundamentales de Freud pero, además, las usa en una crítica a nuestra sociedad y sus múltiples represiones.  Sexo, violencia y dominación: ¿quién necesita a Christian Grey teniendo a Sigmund Freud?

HEIDEGGER Y SARTRE. Dos obras breves que deben ser leídas una detrás de otra: El existencialismo es un humanismo, y la respuesta de Heidegger a esa obra, su Carta sobre el humanismo. Cómo ser humanos y cómo pensar tras "la muerte de Dios". Polémica filosófica de alto voltaje.

ORTEGA Y GASSET. La rebelión de las masas. Una crítica a los movimientos totalitarios, un gran libro de filosofía política. Otra opción es Estudios sobre el amor. Dicen que Ortega ligaba bastante, pero no esperéis demasiado romanticismo en estas líneas: Ortega es Ortega.

HORKHEIMER Y ADORNO. Un libro bastante difícil, pero fundamental en el pensamiento político del siglo XX: Dialéctica de la Ilustración. Cómo, al intentar comprender la realidad, terminamos dominando y explotando al mundo y a los otros seres humanos.

RAWLS Y HABERMAS. Estos dos importantes filósofos de nuestra época (Rawls murió en 2002, pero Habermas sigue vivo) discuten grandes temas políticos en Debate sobre el liberalismo político.

RORTY. La filosofía y el espejo de la naturaleza es un importante libro que se considera clave en el llamado "pensamiento débil", la "nueva retórica", el "neopragmatismo" y en general la filosofía contemporánea que busca itinerarios nuevos partiendo de la idea nietzscheana y heideggeriana de que la metafísica está bien muerta y enterrada.

SCHUMACHER. No, no se trata del campeón de Fórmula 1 tristemente accidentado, sino del economista alemán que publicó Lo pequeño es hermoso: economía como si la gente importara. Es una obra menor al lado de las anteriores, pero es un hito en el pensamiento ecologista y en la búsqueda de alternativas al modelo económico existente. 


Creo que es suficiente para empezar. Cuando os sumerjáis en sus oscuras páginas, recordad las palabras de Ortega: "sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender".

viernes, 25 de marzo de 2016

Política y racionalidad

De entre los aburridos filósofos que, a lo largo del siglo XX, se dedicaron a la ciencia y al lenguaje científico, hay uno que me resulta muy simpático. Se trata de Karl Popper, judío austriaco, converso al liberalismo, apóstata del comunismo y el psicoanálisis, y nombrado sir por la reina Isabel II. Popper decía que el criterio para definir una teoría como científica y racional es la falsabilidad, es decir, que la teoría esté formulada de tal manera que se pudiera encontrar al menos un hecho que la desmintiese. Consecuentemente, la racionalidad no consiste en intentar confirmar nuestras teorías, sino en intentar refutarlas. Ello implica, además, que nunca estamos en posesión definitiva de la verdad: la ciencia, la racionalidad, es un proceso siempre incompleto, una aproximación infinita. Así, la física de Einstein es científica porque predice un montón de acontecimientos que, de no suceder, refutarían completamente la teoría. La teoría arriesga y en ese riesgo asumido revela su racionalidad, pues solo se mantiene en la medida en que, exponiéndose a la crítica, no sucumbe a ella. También el marxismo es una teoría científica: describe las leyes que determinan el funcionamiento de la realidad histórica y, como consecuencia de ese funcionamiento, predice tendencias y acontecimientos que no se han cumplido. La teoría de Einstein es una teoría científica no refutada de momento, mientras que la teoría de Marx es una teoría científica que ya ha sido refutada. Como el geocentrismo, el galvanismo o la creencia en el éter supralunar.

Popper decía que el marxismo murió de marxismo: fue una buena teoría que predijo el advenimiento de la dictadura del proletariado y la posterior disolución del estado como expresión del dominio de una clase social privilegiada. Pero con la dictadura del proletariado llegaron el hiperestatalismo, la dominación brutal, el exterminio, la guerra, la bancarrota. Stalin, Mao Zedong, Castro, refutaron a Marx. Por eso hizo bien el PSOE cuando, en el año 79, abandonó el marxismo como ideología del partido y lo transformó en un mero instrumento discursivo más.

Ocurre, sin embargo, que cuando una teoría es refutada, la inmensa estructura de poder montada a su alrededor se rebela para evitar su propio declive. Siempre ha sido así: la Inquisición contra Santo Tomás, los dominicos contra Galileo, los creacionistas contra Darwin. Quienes viven del chiringuito de una teoría se resisten a reconocer su ruina. A partir de ese momento, el carácter científico de la vieja teoría desaparece completamente. Se la intenta apuntalar con los modos de un fanático enfervorecido que quisiera reconstruir con sus propias manos un templo arruinado. Es difícil mantener la honestidad cuando uno asiste al crepúsculo de sus propios ídolos.


Ya no queda nada del marxismo como teoría científica. Entonces, sociológica y políticamente hablando, lo que hay es el marxismo como espacio simbólico al que referir un cierto sentido de la identidad, el marxismo como etiqueta, como estética ideológica, como postureo. Es decir, el marxismo degradado a ideología en el sentido marxista. El marxismo como sacralidad, como templo, como Kaaba, como pueblo elegido, más allá del cual están los infieles, los impuros, los idólatras. Y dentro de ese universo intelectual y emocional se dan cita todas las actitudes reaccionarias que precisamente el marxismo combatió con las herramientas críticas del hegelianismo: los sentimientos identitarios, la falsa conciencia de clase, la victimización arbitraria, el desconocimiento del sistema económico. Y entonces lo que tenemos es un marxismo degradado que continúa insistiendo en las nacionalizaciones, en una errónea concepción de las relaciones con las confesiones religiosas, en la estatalización, en el control político de los medios, en la alienación ideológica, en el discurso de la lucha de clases. Y así es como algunos siguen viviendo del marxismo en la política española, insistiendo en el error como si no hubiera pasado nada, como si no supiéramos ya adónde conduce y como si no se hubiera convertido, por la evidencia de la sangre y de la bancarrota, en el fantasma de una ciencia fracasada. 

Obra de arte total Sevilla

Las fiestas de una ciudad son, de algún modo, las fiestas de su fundación. Una ciudad se crea –y se recrea– en sus fiestas. Por eso la Semana Santa de Sevilla es una dramatización de sí misma, cuyo escenario lo constituye la ciudad entera, jerarquizando los espacios según un orden moral históricamente impuesto, recreando las condiciones originarias de la fundación, reuniendo a los ciudadanos fuera de los límites del orden económico convencional (marcado por la división del trabajo) e intensificando los lazos sociales por medio de una sorprendente y genial catarsis estética.

Mircea Eliade hizo famosa la idea de que la religión era, ante todo, la erección de un tiempo y un espacio sagrados. En nuestro caso, el centro de la ciudad, normalmente destinado a los edificios públicos y al comercio, se convierte en carrera oficial, y las zonas más históricas de la urbe se vuelven escenario de un espacio de sacralidad compartida. Otro gran teórico de las religiones, Rudolf Otto, interpretó la religión prescindiendo de categorías morales y racionales, y se centró en aquello que dio en llamar “lo numinoso” (una especie de emoción ante lo sagrado, la fuerza que late oculta bajo los objetos santos). Si unimos ambas definiciones, la religión vendría a constituir una división simbólica del espacio y el tiempo por medio de una experiencia de aquello que escapa a la razón y “sobrecoge”. En cierto sentido, ambas posiciones, la de Eliade y Otto, nos colocan en los límites: pues el espacio y el tiempo se racionalizan solo en la medida en que erigen fronteras más allá de las cuales no hay espacio ni tiempo, sino naturaleza, oscuridad, caos, o divinidad.

¿Sirve todo esto para clarificar y comprender lo que ocurre en la Semana Santa de Sevilla? ¿O aquí estamos, sin más, ante una performance propia de una ciudad en la que se suceden sin conflicto la Semana Santa, los conciertos de rock, la feria de Abril y la Cabalgata del Orgullo Gay? ¿O es que se trata de la pervivencia de un rito rural en una ciudad aún no plenamente consumida por la industrialización? ¿Debemos decidirnos entre autoridad tradicional u ocio urbano? ¿Entre coacción religiosa o libertad hedonista?

Es curioso, para empezar por lo aparentemente anecdótico, que aquí se celebre la Pasión y la Muerte de Cristo, pero apenas haya referencias al misterio cristiano celebrado por la Iglesia estos días: el Domingo de Resurrección pasa relativamente desapercibido. Ese día no culmina el sentido de la Pasión, pues la Pasión se explica por sí misma. El sacrificio mismo es lo que conmueve y, de acuerdo con los esquemas de la religión natural, lo que compensa la culpa y la salda. Lo que se persigue aquí es únicamente participar en el drama estético de la Pasión: la emoción (la conmoción) ante el Señor sufriente es la única redención, pues el que sufre injustamente por nosotros es digno de máximo amor, de máxima reverencia. En cierto modo, no es la Resurrección lo que diviniza la figura de Cristo, sino el sufrimiento que inmerecidamente sufre, por un lado, y su majestad estética sobre el paso y sobre la ciudad entera, por otro.  

Estamos ante la construcción colectiva de una obra de arte total: la gente acaricia el paso antes o después de persignarse, la ciudad huele a incienso y a azahar, los cirios se reflejan sobre el ladrillo rojo de los viejos edificios de Triana y sobre los muros de la Catedral. En cierto modo, podría decirse que el aspecto más teológico de la Semana Santa de Sevilla es el hecho de que reactualiza el misterio nuclear de la fe cristiana: la Encarnación. Todo el ritual estético-religioso en que consiste está encaminado a encarnar lo sagrado en formas sublimes y numinosas, y hacer de este un foco de emotividad y cohesión colectiva.


Hace unos años se publicó en España “Obra de arte total Stalin”, de Boris Groys, donde el autor germano-ruso retrataba el devenir del arte soviético desde el punto de vista de su aspiración totalitaria: el arte debía manifestar estéticamente la plenitud moral de la utopía socialista. Aquí, en una Sevilla que crece entre lo sagrado barroco y lo profano postmoderno, la obra de arte total es la representación colectiva de una ciudad que se reconoce a sí misma en el espejo de la Pasión con mayúsculas y de las pasiones con minúsculas. La ciudad de Sevilla está indisolublemente unida a un trato estético-festivo con lo divino, en el que este deja de ser una instancia judicial ante la que pedir (y rendir) cuentas, transformándose, en consonancia con el proceso mismo de la “modernidad líquida” (Bauman), en un objeto de contemplación, de disfrute estético y de consumo social. Una contemplación que tiene la forma de un contacto físico, corpóreo con lo sagrado. Es el modo como la ciudad de Sevilla realiza social, estética, artísticamente, la afirmación de Cristo: “Este es mi cuerpo”.

(Sevilla Report, 2014, actualmente inaccesible)