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viernes, 10 de septiembre de 2010

Quemar el Corán

Ridiculizar o destruir símbolos religiosos no puede estar amparado bajo el derecho a la libertad de expresión. Las doctrinas religiosas o los actos de quienes administran una determinada fe están expuestas a la opinión, el análisis, el juicio de la comunidad humana, y no pueden blindarse al dictamen de la ética colectiva. Sin embargo, los símbolos no son ideas, ni doctrinas, ni acciones. En La interpretación de las culturas decía Geertz que "lo que un pueblo valora y lo que teme y odia están pintados en su cosmovisión, simbolizados en su religión y expresados en todo el estilo de vida de ese pueblo". Destruir un símbolo religioso no es el modo de discutir la moral sexual católica, la política del gobierno israelí o el terrorismo yihadista. Sea cual sea su fin, la destrucción de los símbolos religiosos sólo consigue desatar ese thymos tan bien descrito por Sloterdijk, a propósito del Aquiles homérico, como el órgano que designa "la cocina pasional del orgulloso yo-mismo al mismo tiempo que el sentido receptivo por el cual las llamadas de los dioses se manifiestan a los hombres" (Ira y tiempo), y que se encuentra en ese lugar del espíritu donde se amontonan cuestiones esenciales como el honor, la identidad personal, el respeto a aquello que es justamente sagrado por ser fuente de la vida y garantía de la justicia. Como decía Weber, "una nación puede perdonar la lesión a sus intereses; pero nunca el que se hace en contra de su honor, y menos aún el que se infiere con el clerical vicio de empeñarse en tener siempre la razón". Sé lo que dicen muchos conservadores europeos: si los objetos quemados fuesen Biblias y los promotores de la ocurrencia, un grupo de librepensadores en autobús, las consecuencias no serían tan dramáticas. Pero eso sólo es un hecho que apunta a la intensidad de lo sagrado en el Occidente cristiano. Aquí, lo que nos tiene que hacer pensar en este caso es: por qué la ocurrencia sacrílega de un cateto tarado en una minúscula iglesia de Florida hace temblar al mundo entero.

martes, 19 de enero de 2010

Antiamericanismo

Robert Kagan desenmascaró muy bien la hipocresía de los europeos que, instalados en su paraíso posthistórico, se desarman y rechazan la guerra con argumentos morales, al tiempo que disfrutan del paraguas militar de los Estados Unidos. Ese antiamericanismo, que ve en los Estados Unidos el reflejo de nuestras propias miserias pasadas (colonialismo, violencia...) con los ojos de la culpa y el remordimiento, afloró el otro día: repitiendo la consigna de ciertos caciques ideológicamente subdesarrollados, el presidente de un país donde se hablaría alemán si no fuera por los norteamericanos, se mostró indignado por la unilateralidad con que Estados Unidos actuaba en Haití. Lo cierto es que, si la cosa dependiera de los europeos, todavía se estaría discutiendo si lo que hay que enviar son cascos azules o voluntarios de la Cruz Roja. Por suerte hay allí miles de soldados norteamericanos arreglando, un poco, las cosas, mientras los europeos y los bolivarianos discuten sobre quiénes deben hacerlo y bajo el mandato de quién. Al final siempre son los americanos los que, con su dinero y sus soldados, con su determinación y su activismo, sostienen los muros de la civilización.


lunes, 8 de diciembre de 2008

Guerra y Paz

Mi antiguo profesor, director de tesis y amigo Javier Hernández-Pacheco ha escrito un libro, muy oportuno en los tiempos que corren, acerca de la guerra, la violencia, el pacifismo, la justicia mundial, etc. Se titula El duelo de Athenea y ha sido publicado por Encuentros. Algunos de los temas que trata recuerdan ciertos pensamientos que ya defendiera Ortega en los años treinta: el pacifismo como doctrina insensible a la fragilidad de la libertad. Entendido como simple repudio de toda guerra, el pacifismo es impío porque olvida (y el olvido es la forma más grosera de impiedad) la sangre vertida en la historia por la construcción de un mundo libre. Los pacifistas creen que la democracia y la libertad existen como las hojas en los árboles, sin entender que son flores muy raras que hay que cuidar y defender. Pero, además, el pacifismo implica una miopía histórica: ignora qué esfuerzo tan prodigioso han hecho la razón y la imaginación humanas para idear algo tan complejo como, precisamente, la guerra. Poner uniforme a la violencia y establecer unas reglas para su uso es un esfuerzo nada despreciable comparado, por ejemplo, con el escritor de los Salmos cuando pedía a Dios poder lanzar los hijos de sus enemigos contra las rocas. Con todas sus maldades, la institución de la guerra ha conseguido que lanzar los niños de los enemigos contra las rocas esté, por lo menos, mal visto. La misma ley del Talión, que hoy consideramos como la quintaesencia de la barbarie, fue en su momento un ascenso, un progreso notable desde la brutalidad a un cierto sentido de la justicia.

No estamos a las puertas del quiliasmo. La historia está en marcha, y en ella actúan fuerzas contrarias a la libertad, fuerzas contra las que una sociedad libre debe estar preparada para defenderse. Por eso hay pocos síntomas tan inquietantes de la disolución política y moral de Europa como esa insensibilidad inculcada frente a la idea de una “guerra justa”. La violencia reglada de la guerra es una obligación moral cuando la vida y la libertad están en peligro. Por eso, nuestras sociedades se hacen un enorme mal a sí mismas cuando hacen de una paz vacía y de un diálogo imposible valores absolutos que, quizás algún día, minen nuestra capacidad de mantener un mundo en libertad.