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lunes, 8 de diciembre de 2008

Guerra y Paz

Mi antiguo profesor, director de tesis y amigo Javier Hernández-Pacheco ha escrito un libro, muy oportuno en los tiempos que corren, acerca de la guerra, la violencia, el pacifismo, la justicia mundial, etc. Se titula El duelo de Athenea y ha sido publicado por Encuentros. Algunos de los temas que trata recuerdan ciertos pensamientos que ya defendiera Ortega en los años treinta: el pacifismo como doctrina insensible a la fragilidad de la libertad. Entendido como simple repudio de toda guerra, el pacifismo es impío porque olvida (y el olvido es la forma más grosera de impiedad) la sangre vertida en la historia por la construcción de un mundo libre. Los pacifistas creen que la democracia y la libertad existen como las hojas en los árboles, sin entender que son flores muy raras que hay que cuidar y defender. Pero, además, el pacifismo implica una miopía histórica: ignora qué esfuerzo tan prodigioso han hecho la razón y la imaginación humanas para idear algo tan complejo como, precisamente, la guerra. Poner uniforme a la violencia y establecer unas reglas para su uso es un esfuerzo nada despreciable comparado, por ejemplo, con el escritor de los Salmos cuando pedía a Dios poder lanzar los hijos de sus enemigos contra las rocas. Con todas sus maldades, la institución de la guerra ha conseguido que lanzar los niños de los enemigos contra las rocas esté, por lo menos, mal visto. La misma ley del Talión, que hoy consideramos como la quintaesencia de la barbarie, fue en su momento un ascenso, un progreso notable desde la brutalidad a un cierto sentido de la justicia.

No estamos a las puertas del quiliasmo. La historia está en marcha, y en ella actúan fuerzas contrarias a la libertad, fuerzas contra las que una sociedad libre debe estar preparada para defenderse. Por eso hay pocos síntomas tan inquietantes de la disolución política y moral de Europa como esa insensibilidad inculcada frente a la idea de una “guerra justa”. La violencia reglada de la guerra es una obligación moral cuando la vida y la libertad están en peligro. Por eso, nuestras sociedades se hacen un enorme mal a sí mismas cuando hacen de una paz vacía y de un diálogo imposible valores absolutos que, quizás algún día, minen nuestra capacidad de mantener un mundo en libertad.