Lo que dice Paul Krugman aquí acerca de la situación económica de España es, nos tememos muchos, básicamente cierto. Y sólo podremos evitar su pesimista conclusión acerca de la moneda única si la Unión Europea es capaz de articular un gobierno común sólido y con capacidad de decisión. Entiendo que muchos opinen que no se puede permitir que Grecia (o España, o quien sea) se gaste millones de euros que tendrán que serle más tarde prestados por países que no intervinieron en su decisión de gastarse toda esa pasta, y que muy probablemente tuvieron que sufrir los inconvenientes del ahorro y la austeridad.
Pero, claro, esa es exactamente la dirección contraria a la que seguimos aquí, donde las administraciones autonómicas multiplican por 19 el gasto público, y donde teníamos mucha prisa por gastarnos el dinero de Bruselas aunque no supiéramos en qué (e hicimos carriles bici). Aquí, donde las farolas de la autopista iluminan el mundo a las 12 de la mañana (tengo fotos), y los funcionarios de la Administración desayunan de 10 a 12. Aquí, donde un Ayuntamiento se puede gastar, sin que nadie diga nada, yo no sé cuántos millones en abrir una calle para meter supercable y, un mes después, volverla a abrir para cambiar el alcantarillado. Aquí, en el país de los mil derechos y las cero obligaciones, de la reivindicación sin esfuerzo, del proyecto sin inteligencia, y del sinopasaná.
Así que acabaremos como Grecia, sí: quizá no con su deuda, pero sí con todo el mundo en la calle, despertados del cálido letargo del Estado Social y sorprendidos de pronto por la constatación empírica de que Hacienda somos todos. Y sin un modelo serio de crecimiento ni de educación, volveremos, como siempre, a parecer ante Europa como esa nación de adolescentes inmaduros con los que sólo se puede contar para bailar la estúpida canción de su perpetuo verano.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
martes, 19 de enero de 2010
Antiamericanismo
Robert Kagan desenmascaró muy bien la hipocresía de los europeos que, instalados en su paraíso posthistórico, se desarman y rechazan la guerra con argumentos morales, al tiempo que disfrutan del paraguas militar de los Estados Unidos. Ese antiamericanismo, que ve en los Estados Unidos el reflejo de nuestras propias miserias pasadas (colonialismo, violencia...) con los ojos de la culpa y el remordimiento, afloró el otro día: repitiendo la consigna de ciertos caciques ideológicamente subdesarrollados, el presidente de un país donde se hablaría alemán si no fuera por los norteamericanos, se mostró indignado por la unilateralidad con que Estados Unidos actuaba en Haití. Lo cierto es que, si la cosa dependiera de los europeos, todavía se estaría discutiendo si lo que hay que enviar son cascos azules o voluntarios de la Cruz Roja. Por suerte hay allí miles de soldados norteamericanos arreglando, un poco, las cosas, mientras los europeos y los bolivarianos discuten sobre quiénes deben hacerlo y bajo el mandato de quién. Al final siempre son los americanos los que, con su dinero y sus soldados, con su determinación y su activismo, sostienen los muros de la civilización.
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domingo, 4 de enero de 2009
Esbozo de una teoría etnocentrista
Premisa: las estructuras simbólicas y religiosas de los pueblos son las que guían su organización social, política y económica. Justificación: el hombre no sabe naturalmente qué es el mundo ni cómo debe comportarse ante él y con los otros hombres. Luego debe inventarlo todo: su comprensión, su representación de la realidad, sus formas de acción. Esa tarea la lleva a cabo el pensamiento en su fase más elemental (simbólico-religiosa), configurando esquemas básicos que luego se desarrollan.
Cuando contemplamos horrorizados la ruina económica y social de pueblos enteros de la tierra, antes de apresurarnos a entonar el incesante mea culpa heredado del complejo postcolonialista, deberíamos preguntar qué tipo de pensamiento domina esas sociedades y está encargado de su organización. El animismo y el misticismo fideísta generan miseria. Luego son falsos. Sólo la conciencia de la libertad, que es atributo de las estructuras de pensamiento cristianas, genera prosperidad. Luego la libertad es verdadera. Cada vez que reaparece el tedioso debate acerca de las raíces de Europa, se obvia de una manera preocupante que la racionalidad tecnológica y la moralidad universalista son un producto histórico de las formas de representación cristianas y que no son pensables al margen de éstas. Sus productos culturales no se exportan sin un sólido instinto anti-multiculturalista. Mientras lo olvidamos, Occidente se convierte en el laboratorio de todos las aberraciones intelectuales que hoy día se le enfrentan de tú a tú: no hay radical bolivariano ni fanático yihadista que no hay recibido del pensamiento europeo las herramientas intelectuales con las que bendice su guerra contra Occidente.
Pero, en fin, la constatación más obvia del paradójico y ridículo destino del relativismo cultural es el hecho de que, en su guerra contra las perversiones de la sociedad liberal, ni los bolivarianos usan cerbatanas amazónicas ni los yihadistas la gumía. Y es que, mientras se pone en duda la supremacía política, intelectual y moral de Occidente, nadie duda de la del AK-47.
Cuando contemplamos horrorizados la ruina económica y social de pueblos enteros de la tierra, antes de apresurarnos a entonar el incesante mea culpa heredado del complejo postcolonialista, deberíamos preguntar qué tipo de pensamiento domina esas sociedades y está encargado de su organización. El animismo y el misticismo fideísta generan miseria. Luego son falsos. Sólo la conciencia de la libertad, que es atributo de las estructuras de pensamiento cristianas, genera prosperidad. Luego la libertad es verdadera. Cada vez que reaparece el tedioso debate acerca de las raíces de Europa, se obvia de una manera preocupante que la racionalidad tecnológica y la moralidad universalista son un producto histórico de las formas de representación cristianas y que no son pensables al margen de éstas. Sus productos culturales no se exportan sin un sólido instinto anti-multiculturalista. Mientras lo olvidamos, Occidente se convierte en el laboratorio de todos las aberraciones intelectuales que hoy día se le enfrentan de tú a tú: no hay radical bolivariano ni fanático yihadista que no hay recibido del pensamiento europeo las herramientas intelectuales con las que bendice su guerra contra Occidente.
Pero, en fin, la constatación más obvia del paradójico y ridículo destino del relativismo cultural es el hecho de que, en su guerra contra las perversiones de la sociedad liberal, ni los bolivarianos usan cerbatanas amazónicas ni los yihadistas la gumía. Y es que, mientras se pone en duda la supremacía política, intelectual y moral de Occidente, nadie duda de la del AK-47.
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