jueves, 23 de julio de 2009

Blasfemia y tolerancia

Los países democráticos modernos suelen tener leyes que penalizan el que insultemos a otras personas u ofendamos su honor. Se basan, creo, en una intuición moral muy saludable: la idea de que, además de los intereses materiales (vida, propiedad, etc.), el Estado debe proteger los sentimientos y valores legítimos de los ciudadanos (esto es: aquellos que no implican conductas dañinas para los demás, en el contexto de una concepción más o menos liberal de la convivencia). Obviando esta obviedad, los laicistas se han enfadado mucho con la anunciada ley irlandesa contra la blasfemia, y con un par de querellas que quedarán –acuérdense– en nada. A mí, personalmente, que un autobús diga que Dios no existe, que un tarado meta un crucifijo en el horno o que algún vanguardista trasnochado pinte a una Virgen en plan porno, son cosas que, dicho mal y pronto, me la refanfinflan. Por lo demás, si alguna vez una emisora, periódico o televisión me han resultado hirientes, he dejado de verlos, sin más. Al contrario, por ejemplo, que aquellos fascios de la izquierda ibérica apostados para linchar a Jiménez Losantos por blasfemar contra lo que ellos sí consideran sagrado.

En todo caso, hay gente que, al ver u oír determinadas ocurrencias anticristianas, se siente profundamente dolida. Y, la verdad, no veo qué necesidad hay de herir sus legítimas convicciones religiosas en nombre de una supuesta libertad de expresión que se ha convertido en la excusa para todo tipo de atropellos. Uno puede muy bien criticar las maldades que crea encontrar en ritos, obispos, creencias…, pero jugar a que los objetos de la fe denostada son verdad sólo para tener ocasión de cagarse en ellos, me parece un abuso de las reglas de juego. Un abuso, por lo demás, peligroso, en cuanto puede alentar rencores, odios, fanatismos que, de otra forma, no aparecerían. Me acuerdo de Weber, a propósito de otra cosa: “Una nación perdona el daño contra sus intereses, pero no el que se hace a su honor”. Mutatis mutandis, eso mismo.

Al final, como en otras ocasiones, quienes dicen no creer en cosas sobrenaturales, vuelven a mostrar que no están dispuestos a hacerles un hueco entre las cosas naturales. Aceptarán como normal que no se pueda llamar puta a la madre de nadie, ni cagarse en sus muertos o mearse en una tumba (¿habrá cosa más sobrenatural que los “muertos”?), pero se rasgarán las vestiduras cuando alguien proteste porque se han herido sus sentimientos religiosos. Les basta con su firme creencia en que los objetos de la creencia de los demás son falsos. Pero no darán un paso más allá para admitir que la creencia misma es real, y que como tal merece un puesto entre las cosas que el hombre quiere proteger, y que es justo sean respetadas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Acertadísmo, incluso la foto de la rana. Schöne Ferien!!

Th. Reichmann

Anónimo dijo...

Querido Ale, soy Alberto, desde Buenos Aires. Estoy muy de acuerdo prácticamente con todo. Siempre me ha molestado, como ateo condenado a serlo, que los no creyentes se tomen en serio ciertos detalles para criticarlos desde una perspectiva ajena al cristianismo. Como tú dices, creen para criticar sin creer.
Lo que no veo claro, por lo mismo que tú dices, y no me parece el mejor argumento, es que lo de Fede sea sólo por eso. El asunto para mí no son los asuntos, sino el tono decididamente incendiario y antidemocrático de su supuesto ideario liberal. No me preocupaba tanto su forma de insultar, que llegaba a lo ridículo, sino su forma de agitar, como negando la más mínima sensatez a cualquiera que pensara diferente.
Por lo demás, supongo que tampoco estarás tu de acuerdo con su forma de actuar si defiendes que no es sano atacar a los demás.
No sé si pasará en todas partes, pero en nuestro país tener un diálogo atendiendo a los contenidos, por encima de etiquetas y de tópicos es casi imposible. Es cuestión de ir más allá de tener que tolerar al otro, para interesarse por lo que dice, sin tener que soportar que lo diga (para eso claro habría que partir de que lo que tú propones, el respeto previo, estuviera garantizado como un dogma). Y espero no molestar con lo del Fede.
Un abrazo,
Alberto.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Hola, enigmático Reichmann (algún día deberías abandonar tu semianonimato, porque me fascinan nuestras coincidencias intelectuales y biográficas). Danke und viel Spass wünsche ich dir auch.

Alberto: le das "glamour" a este blog escribiendo desde Buenos Aires :-) Lo de Fede creo que es un malentendido debido a que no he especificado de qué hablaba. A mí me molesta el discurso losantosiano, sobre todo porque incluso cuando tiene razón hace flaco favor a la causa con su manera hiriente y enajenada de ejercer la crítica. Me parece mal y, personalmente, lo que hago es no oírlo. Lo que nunca haría -y a eso me refería en el comentario- es concentrarme frente al lugar desde donde quiere emitir su programa para insultarlo:
www.youtube.com/watch?v=YU0-NUYJL-4
Que un periodista sea sistemáticamente atacado por todos los frentes y que tenga que ser protegido por la policía, me parece vergonzoso. Y me parece aún más vergonzoso que quienes se sienten tan ofendidos por él -la izquierda mediática, pero también políticos de todos los signos- luego consideren que ofender sentimientos religiosos entra dentro del legítimo ejercicio de la libertad de expresión.
Y tienes razón en lo que dices: el problema aquí es que nadie se interesa por escuchar al otro, y nadie concede a nadie la posibilidad de "tener razón". Habermas sólo pudo escribir lo que escribió porque es alemán; si hubiera nacido en este país de mierda, no se le hubiera ocurrido eso de la comunidad ideal de comunicación :-)
Un abrazo

Ángel dijo...

Como en tantas ocasiones, la única ley en vigor es la del embudo. No tengo demasiado clara mi postura sobre la penalización de la blasfemia, pero recuerdo aquellas palabras de Chesterton (creo recordar), en "Ortodoxia": "Cuando el hombre deja de creer en Dios, empieza a creer en cualquier cosa". La posibilidad de increencia absoluta es remota, y el dislate acaece cuando empezamos a construir religiones en torno a cosas que no son Dios. Tendremos religiones laicas con dogmas de razón, que son como los de fe pero sometidos a la ley del más fuerte (que suele coincidir con el más débil, al modo orteguiano de concebir la democracia). Y excomuniones, bienaventuranzas, ayes y liturgias.

Esto da tanto de sí... Ha sido un gustazo dar con este blog de la mano de un gran amigo. Te seguiré con asiduidad.

Hector1564 dijo...

Creo que aquí es donde pivota toda tu argumentación:
En todo caso, hay gente que, al ver u oír determinadas ocurrencias anticristianas, se siente profundamente dolida.

Es cierto pero ello no justifica o cuando menos queda por justificar por qué al sentir una mera incomodidad sicológica debe por ello sentirse compensado.

El "honor" y conceptos similares son lo suficientemente etéreos, es decir, inobservables como para no poder establecerse de forma racional sanciones penales cuando resultan violentados.

Entendería que una concreta afirmación injuriante (v.gr: Fulanito es un pederasta) sea punible pero cuando de generalizaciones se trata (v.gr: los X son pederastas) creo que el mismo sentido común basta para no sentirse aludido por ende ofendido.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Hola, Ángel, gracias por tu comentario. Pásate cuando quieras. Me dejas intrigado con lo de tu amigo... ¿es un amigo común?

Héctor: sí, es verdad que es complicado el tema. Pero las leyes sancionan cosas muy etéreas, y no veo por qué es tan escandaloso que lo hagan cuando se trata de sentimientos religiosos. Por ejemplo, el Código Penal contempla penas por "amenazas", donde es suficiente "la incomodidad psicológica" del amenazado (es decir, que él perciba algo "como" una amenaza), aunque la proporción de ese sentimiento con la realidad debe ser evaluada por el juez, sin duda de un modo problemático. Lo mismo pasa con un insulto, cuyo resultado es meramente psicológico, y que puede ser hiriente para unos y para otros no. Un saludo

Ángel dijo...

A mi amigo le dio clase de filosofía un amigo tuyo cuyo nombre no recuerdo en un instituto de Tomelloso. Son datos suficientemente vagos como para que un filósofo sepa dar buena cuenta de ellos ;-)