viernes, 23 de octubre de 2009

Acosados por las cosas

Al terminar la conversación, Jaime y yo estábamos de acuerdo: sólo deberíamos poseer lo que pudiéramos llevar con nosotros en el coche. Alguien malpensará: “para salir huyendo en cualquier momento, ¿no?”. En parte sí: o al menos para tener la sensación de que nada nos ata a ningún suelo. Pero sobre todo, para hacerse espacio a uno mismo en medio del asedio de los objetos: ese ejército de cosas que va creciendo alrededor de nosotros, asaltando nuestro hogar, y sobre las que a veces reparamos para constatar qué ajenas son a nosotros mismos. Todas ellas tienen su propia idiosincrasia: acumulan el polvo de una determinada manera, requieren un lugar preciso donde ser guardadas, se entorpecen entre sí de diversos modos...

Y lo cierto es que esto también vale para los fetiches de los que nos hablaba Jesús el otro día, en los que objetivamos todo cuanto amamos para finalmente convertir el amor en un objeto. Si pudiera elegirlo –pero qué pocas cosas elegimos, ay, de nosotros mismos–, cambiaría esta habitación (hojas, guitarra, tickets de aparcamiento, libros empezados, calculadora, clips, tres pares de zapatos, cds, cuadros, ventilador, cenicero, gorra, marioneta de bruja, recuerdos de lugares donde no he estado, mechero, cartas abiertas…) por la solitaria imagen de ese monje que, empequeñecido frente a un mar y un cielo inmensos, se sabe dueño de sí: dueño de nada.


Caspar David Friedrich, Der Mönch am Meer (1808-1809)

5 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Yo también lo haría. Pienso muchas veces en una habitación, muy limpia y muy blanca, con sólo un colchón, una mesita y una imagen de Jesús en la pared. Liberada de cosas, liberado de cosas, ellas tan amigas, por otra parte.

Fernando dijo...

Hola, Alejandro. Tener podemos tener muchas cosas, pero deberíamos tener claro esto, para no sufrir: si en mi casa hubiera un incendio, ¿cúantas cosas querría yo salvar realmente? ¿Llegarían a 10 los objetos salvables, imprescindibles???

En concreto, ¡¡abajo con las cajas de los recuerdos!!, como si algo tan grande como la memoria dependiera de las cosas!!!

(Sentí no responder ni a tu respuesta al post 1 sobre la homosexualidad ni a la mención a mi respuesta que hacías en el post 2 sobre el mismo tema: no tenía la cabeza muy bien, y para responder bobadas preferí no decir nada)

Olegario dijo...

Querido Alejandro:

No comparto completamente tu aspiración a liberarte de la presencia de las cosas. Te concedo que existe una sobreabundancia clara de objetos, un nivel por encima del cual uno se puede plantear su propia condición de sujeto; en mi caso, me ocurre cuando me pongo el abrigo : los objetos que debo guardar en los bolsillos (llaves, móvil, cartera, etc.) están poniendo cuestión mi estatuto de sujeto y convirtiéndome, sin yo saberlo, en objeto portador de objetos.
No obstante, por debajo de ese nivel exagerado, los objetos son nuestra baza ridícula contra la muerte, esto es, contra nuestra desaparición. El monje, en efecto, parece no temer a la muerte por sentirse parte de un absoluto, pero a mí una habitación blanca me produce una inquietud difícilmente soportable. El objeto, en cambio, la decoración, el "cachivache", es nuestra pequeña ancla, lo cual se opone a tu idea inicial de poder partir de cualquier lugar. Uno puede partir a otro lugar porque su verdadero hogar es el mundo, en general, no su ciudad natal o su universidad. Los objetos deberían acompañarnos (algunos de ellos) para recordarnos que aún no estamos muertos.

Ángel dijo...

Ese cuadro fue mi fondo de escritorio este verano. Me llevé el ordenador porque, como cada verano, la playa se me convierte en el mejor lugar para escribir y trabajar tranquilo, con el portátil en modo máquina de escribir, la tele vieja y apagada y la cobertura más bien escasa. Sin llegar a los límites de desprovisión del monje, pero intentándolo.

Alejandro Martín Navarro dijo...

De acuerdo con todos. Gracias por las matizaciones.

Fernando, no te preocupes. Yo dejo muchos comentarios sin contestar. Si no, no acabaríamos nunca.

Olegario: sí, efectivamente es un difícil equilibrio el que hay que encontrar entre la asfixiante proliferación de cosas (en el fondo: una manifestación de la ansiedad y el horror vacui postmodernos) y el nihilismo de la celda monacal...