Mostrando entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta diario. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de marzo de 2017

Despedida

La casa de mis padres es un alcázar blanco rodeado de verde. Allí, escondido en la sombra de los setos, suele dormitar Lolo, nuestro gato, al abrigo del sol y de las perturbaciones del mundo. Cuando pasas a su lado, a veces consigues entrever sus ojos amarillos parpadeando levemente con gesto de desprecio sobrenatural. Solo los gatos consiguen elevar el desprecio a virtud: un desprecio aristocrático, señorial, übermenschlich. En clase siempre pongo a Lolo como ejemplo de filósofo helenístico, pues domina el arte de vivir conforme al orden de las cosas. Sin deseos, sin preocupaciones, sin artificios. Un maestro de la ataraxia. Podía yacer durante horas como una esfinge y, en un segundo, saltar sobre pájaros y ratones para devorarlos: seguía, como la araña de Spinoza, el divino orden de los efectos y las causas. El mundo humano está lleno de inútiles frustraciones; en el mundo de Lolo, todo es como debe ser. Por eso, cuando ayer sintió que su final era inminente, se acercó plácidamente a la puerta de la casa de mis padres para morir a sus pies. Y yo no quiero que termine el día sin despedirme de él con estas palabras, pues ya nunca volverá a sentarse en mi regazo mientras la tarde cae sobre los viejos árboles. Ya nunca volveré a acariciarlo mientras me duerme el ronroneo que hace felices y mansas todas las cosas. Hasta siempre, compañero de siestas y de juegos, señor de los alféizares y de las altas ramas, noble guardián de la casa de mis padres. Nos reuniremos en la tierra que a todos nos aguarda.

domingo, 2 de octubre de 2016

Un sueño

Tuve un sueño: al regresar al coche, lo encuentro cubierto por una enorme montaña de leña. Una pila de ramas y troncos geométricamente dispuestos en un orden perfecto. Trato de apartarlos, pero a cada esfuerzo aparecen nuevas ramas en el lugar de las anteriores, cada vez más altas. Entonces, imagino la vida entera como un orden minucioso bajo el que se asfixia lentamente algo muy mío, algo que no consigo salvar.

Por suerte, solo es un sueño.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Breves enseñanzas providenciales

El otro día me ocurrió algo ridículo. Había quedado con unos padres en el instituto para hablar de su hija. Fui en bici, que es el vehículo que usamos los que agotamos la treintena, confirmando que hemos dejado muy atrás la época veloz y contaminante de los veinte. Tras la reunión, me fui al gimnasio (así, sin esperar a los propósitos de Año Nuevo) y, al terminar, volví al instituto para recoger la bici. Era ya de noche. Abrí lentamente la pesada puerta de metal azul, y luego la pesada puerta de metal blanca, y por último la liviana puerta de aluminio y cristal. Entonces vi los sensores de la alarma colocados en la pared y comenzó a sonar un timbre estridente. Inmediatamente me imaginé rodeado por la policía nacional. Pero no desistí en mi empeño de recoger la bici. Me adentré por los pasillos oscuros y fantasmales del instituto, con mi mente asediada por viejas imágenes de terror cinematográfico. Imaginé lo que diría a los policías cuando, al salir en chándal y con una bicicleta en la mano, me encañonasen con sus armas reglamentarias. Decidí que gritaría "¡soy profesor de filosofía!", porque cualquiera podría comprender que los rateros del barrio no saben decir "filosofía" correctamente. Imaginé el tono de voz que debía poner para evitar que el agente más novato, en un movimiento nervioso, acabase esparciendo mis sesos por la puerta trasera del instituto. Definitivamente, no quería morir en un centro educativo andaluz. Recordé a Def Con Dos y sentí pánico a una muerte ridícula. Abrí cuidadosamente la puerta exterior y, frente a mí, el semáforo emitía un sonido estridente. No era la alarma lo que sonaba, sino el aparato que guía a los ciegos para cruzar la calle. En solo un instante, una pequeña gota de realidad diluyó historias y miedos que se extendían como una telaraña por mi mente. Pensé en cuántas veces nos ocurrirá esto, cuánto ruido psicológico impidiendo escuchar lo obvio cada día. 
Hoy andaba igual, esta vez con la política, imaginando escenarios apocalípticos y discursos inexistentes, cuando abrí mi correo electrónico. La Providencia, que no se cansa de intentar enseñarme, había dejado en mi bandeja de entrada un mensaje de spam que decía: "Keep calm and love, Alejandro". Y, dentro de mí, sentí vergüenza. Y gratitud.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La pesca y yo

He ido a pescar un par de veces en mi vida. La primera vez fue, creo, con mi primo Manolo. Éramos niños y nos conformamos con coger unos cuantos cangrejos con una red. Fue en Galicia, en un día fantástico, hace siglos. Después, con mi amigo Jacobo, que sabe tanto del tema como yo. Es decir: que lo importante en la pesca es llevar una neverita con cerveza cubierta de hielo. Si es Taifa, mejor. Y que la pesca es una forma de meditación, donde la mayor parte del tiempo no hay nada que hacer más que atender al instante, a la pausada respiración de uno mismo frente al mar. Una vez, en Tarifa, medité tanto que me quemé y pasé una noche febril. Y –creo que fue ese mismo día– cogimos un pez verde con aspecto radiactivo que no supimos si devolverlo al mar o mandarlo a un laboratorio de Greenpeace.

La última vez que fui de pesca lo hice solo. Y ni siquiera llegué al mar. Lo decidí sobre la marcha, en un arrebato de espontaneidad. Guardé los aparejos en el maletero, compré un choco en el supermercado y emprendí el breve viaje que separa Huelva de Punta Umbría. Mientras conducía, caí en la cuenta de que nunca había tomado la vieja carretera que se adentra en las marismas del Odiel, así que –ya digo: estaba yo muy espontáneo– di un volantazo y me adentré en el parque. Al poco había un cartel, enorme, que avisaba al conductor: “Zona muy peligrosa. Acceso bajo su responsabilidad. Riesgo de quedar aislado en el interior”. Cualquier persona normal se da la vuelta. Y, de hecho, la persona normal que a veces soy me lo susurraba, con voz pequeñita, en mi interior: “date la vueltaaa…”. Pero es superior a mí. Desde niño. Si pone prohibido, allá que voy. Así que allá que fui, con un puntito de adrenalina y otro de curiosidad.

La carretera se estrechaba, con el polo químico escupiendo humo al fondo. A su lado izquierdo, una caída abrupta en el Odiel, y a la derecha una playa postapocalíptica llena de basura y carteles avisando de la presencia de medusas muy tóxicas. Zona peligrosa, carretera estrecha, nubes químicas al fondo, y ahora medusas muy tóxicas. Genial, me encantaba todo. El caso es que decidí por fin parar. Eché el coche a un lado de la carretera y comenzó a patinar hasta que se detuvo de golpe. Bajé y comprobé que estaba atrapado en la arena. Así que me puse a buscar tablas, piedras, a idear mil maneras de sacar el coche, hundido hasta los bajos, de aquel arenal. El sol caía y las posibilidades de lograrlo decrecían, empapado en sudor, con las manos desolladas de sacar arena y piedras, completamente solo. Mientras, el choco sufría pacientemente en el maletero. Pensé en llamar a la grúa, claro, pero mi ego se resistía a tener que narrar algo donde se manifestara tan claramente que era un idiota. Al final lo hice, por supuesto, y no me sirvió de lección. Porque en la vida las consecuencias de nuestros actos suelen llegar mucho después de estos, con lo que la relación estímulo-respuesta ya está muy debilitada. Por eso de la vida aprendemos tan poco.

Así que pronto iré otra vez a pescar, cuando las playas se vacíen de veraneantes y la luz de septiembre, que es más mansa y serena, brille nuevamente sobre el mar.

sábado, 19 de enero de 2013

Surprised by Joy

En las noticias de la tele muestran una inundación en no sé qué lugar de no sé qué país. Con esa pasajera seriedad que nos caracteriza como telespectadores, los adultos contemplamos el caos, los campos anegados, la angustia de la gente que ha perdido sus casas, sus cosechas... Entonces, mi sobrina de dos años señala con el dedo y grita, entusiasmada, "¡PATOOOOOO!".

Sí: sobre las aguas desbordadas de sus cauces nadaba un pato, invisible para nosotros.

No podemos contener la risa, pero sólo dura un momento. Porque, después, todos nos quedamos brevemente sobrecogidos, cautivados por la alegría de la inocencia, aún atenta al enigma del ser, al hecho milagroso de que los patos existan.

domingo, 13 de enero de 2013

Nadie en el espejo

Los poetas hablan mucho de la soledad. A veces la comparan con un barco solitario que se pierde lentamente en el mar, o con la imagen de un rostro atrapado entre dos espejos, multiplicándose hacia el infinito. "No hay nadie en el espejo", se lamentaba Borges. Hay metáforas crueles. Las peores están, esto se sabe, en los boleros y en las canciones de amor. Algunos filósofos también han hablado de ella. Kierkegaard o Heidegger, por ejemplo, aunque para ellos la soledad iba ligada a la experiencia de la individualidad y de la libertad. Schopenhauer decía, incluso, que era el privilegio y la suerte de los espíritus elevados. La soledad de los poetas, por el contrario, carece de energía afirmativa. Es un agujero negro que atrae dentro de sí toda fuerza y la anula. Eloy Sánchez Rosillo la describía así: "Sólo queda la noche. Y nos perdemos / en el largo silencio de las calles / vacías. Y al llegar la madrugada / sentimos frío y respiramos muerte".

Ya sabemos, por otra parte, que el hombre puede estar solo también en compañía. Y, en cierto modo, es precisamente allí donde más solos estamos, pues huimos de la soledad para encontrarnos con los otros: pero si éstos no logran ahuyentarla, entonces se vuelve desesperante. Porque ya no hay excusas. La soledad se vuelve radical, algo que no puede ser solventado desde fuera. Sólo entonces nos pone en contacto con la carencia que está en su raíz: la falta de uno mismo. Es así: nos echamos de menos. Cada mañana nos levantamos, nos vestimos, vamos a trabajar, comemos, descansamos, leemos, somos a ratos felices e infelices, resolvemos tareas que no hemos elegido… y ni la música, la televisión, las actualizaciones de Facebook o los pitidos del Whatsapp pueden tapar ese silencio de fondo… ¿dónde estoy yo mismo? En medio de este sistema organizado, mecánico e implacable que llamamos vida, y del que Occidente se queja desde sus orígenes, el hombre se echa de menos a sí mismo, pues ha construido su identidad en el reino de lo que Hegel llamaría la "pura exterioridad", de forma que nuestra vida nos resulta, en el fondo, extraña, ajena, otra. Entonces aparece la pregunta: ¿qué fue de aquél que fui, si acaso llegué a serlo un día? Y dentro de esa pregunta, que se desliza como silenciosamente por las venas, tenemos si quiera un atisbo de hasta qué punto estamos perdidos. El silencio de la soledad dice mucho del que está callado, pues cuenta la historia de nuestra más honda pérdida. Tal vez a esto se refiriera Gómez Dávila: "El día se compone de momentos de silencio. Lo demás es tiempo perdido".

martes, 4 de septiembre de 2012

El caos como obra de arte

Dicen los que saben que las vanguardias fueron el último intento por restaurar la dignidad del arte. Todavía Rodchenko, Malevich, y por supuesto Klimt, Shiele, creían -de diferentes modos- en el arte como depositario de una misión histórica. Tras ellas, el arte se vulgariza; y sus divinos templos se llenan de urinarios y mierda de artista enlatada. Pero aun estas obras mantenían una deuda con la tradición: el artista como sujeto consciente de una voluntad representativa. El fantasmagórico presente de la información nos propone, por contra, un espectáculo inédito: la no-artista hace involuntariamente un no-arte convertido de pronto en un espectáculo estético de alcance mundial. En un pequeño pueblo aragonés, una ancianita siente vergüenza por algo que podría haber presentado como la verdadera culminación de la muerte del arte, si tan sólo dispusiera de las herramientas conceptuales de un Klee, un Modrian, un Malevich. En el mismo escenario inconceptualizable del presente aparecen, ya casi como espectros en un plano en penumbra, el socialista que destruye su programa social y el liberal que sube los impuestos. Y toda una comitiva de criaturas bosquianas que los espectadores no son capaces de ubicar en la realidad. Las "semanas decisivas" se repiten. El "tiempo que se acaba" parece no acabar nunca. Las representaciones estéticas de la catástrofe y la salvación se suceden, como en un tríptico renacentista holandés. Y cuando el espectáculo parece alejarse tanto de la realidad que empieza a resultar inverosímil, aparece Alfonso Guerra -como el nexo ontológico entre la realidad y su reverso- para pedir que se deje caer a los bancos, mientras Zapatero, en esta psicodelia en que se mezclan pasado y presente, mira hacia otro lado, con el rostro desvanecido de un Cristo de Borja. Las clases comienzan en los colegios. Pero no se sabe muy bien para qué. Porque, en el espectáculo del caos, el futuro es un rostro que no somos capaces de restaurar, y que se deshace en las paredes envejecidas de la inteligencia.


jueves, 30 de agosto de 2012

Final del verano

El verano se acaba. Como cualquier otro tópico, es tan real que apenas es posible decir nada que lo ilumine.  Está, sencillamente, ahí. Igual que están ahí los crepúsculos con amantes, las mariposas en el estómago, las despedidas. El final del verano es, otra vez -¿cuántas veces?- una playa en la que unos adolescentes comparten sus cuerpos y su indecisión. Es este ventilador cuyas aspas parecen ir más lentas. Y es esta luz que declina antes de las nueve. Termina el verano y empieza otra vez ese tiempo que nos lleva a las puertas del muro del invierno. Todo es un ciclo. También nosotros, como el año, repetimos un papel, nos repetimos a nosotros mismos. Volvemos al niño aquel que se deja caer por las dunas de arena. A la breve felicidad de qué lejano instante. Allí donde reposa -pensamos- lo más auténtico de nosotros mismos, algo que no hemos perdido a pesar del abismo de la vida, este teatro -otro tópico- del que solo nos libran unos raros destellos de verdadera libertad. El resto ya ha ocurrido millones de veces. Termina agosto tristemente, como todas las cosas que terminan. Pero la tristeza y la alegría son dos amantes que ahora bailan en una playa de agosto, mientras las hogueras iluminan tenuemente la noche.

martes, 13 de marzo de 2012

Abrazos

En la pared de mi habitación tengo El regreso del hijo pródigo de Rembrandt. Es un póster, claro, y el marco tiene una esquina rota. En la misma pared cuelga un detalle del Friso de Beethoven, de Klimt: el abrazo final de dos figuras desnudas, bañadas de luz, frente al coro de ángeles del Paraíso. Todo el mundo que viene a visitarme se detiene brevemente a observarlos. El cuadro de Rembrandt agita la emoción del reencuentro paterno, el abrazo último (y primero también) en que todo descansa; el de Klimt evoca la alegría erótica de los amantes, la consumación de un itinerario platónico que nos lleva a lo Uno por medio del amor. Es la nostalgia de un amor sin fisuras, de una alegría sin sombras, la que me lleva a romper el horror pleni de mis paredes. Y los observo ahora que es de noche, y el día ha quedado atrás con su ruido, sus coches en doble fila, sus índices bursátiles... Tal vez esos cuadros están ahí porque haya dejado de creer en aquello que prometen, porque haya querido exhibir en la pared el cadáver de mi propio deseo, aquello que Bloch describía como "la visión no falseada ideológicamente del contenido de la esperanza humana". O tal vez reflejan, como espejos, la más sagrada verdad del corazón humano, que late de nuevo al recordarla.

jueves, 5 de enero de 2012

Los Reyes Magos

Mañana vienen los Reyes Magos. Cuando era niño, mis padres solían esconder pistas por toda la casa, y mi hermano y yo, emocionados, tratábamos de descifrarlas en busca del lugar en que sus Majestades habían escondido nuestros regalos. Mirábamos bajo las plantas, subíamos la escalera estrecha que conduce a la azotea, buscábamos entre las hojas de los naranjos, en la hierba mojada del jardín, en las cerámicas de la chimenea... Cada pista nos acercaba poco a poco al milagro. Que tres sabios mazdeístas vinieran en camello desde Persia, Babilonia y Asia a Dos Hermanas para regalar cosas a dos pequeños zoquetes no era ninguna extravagancia que nos hiciera sospechar. Mientras más mágico e inaudito resultase, más real parecía. Para una mente que aún no ha sucumbido a la negatividad del mundo, nada más lógico que el hecho de que lo increíble suceda. Y al contrario: nada más incomprensible que la persistencia de lo negativo. Mañana, al despertarnos, tal vez vuelva, como otras veces, un breve recuerdo de aquella insólita magia: cuando, en casa de mis padres, mis sobrinas abran los regalos con los ojos luminosos, mientras, afuera, en el campo, comienza a brillar el rocío sobre las hojas temblorosas de los olivos.

sábado, 11 de junio de 2011

La Revolución en la que creo

-grafiteada por un hermano en un muro de Ciudad Real... :-)

viernes, 22 de abril de 2011

Tiempo presente

En Sevilla no hemos tenido "madrugá", ni en general Semana Santa, al menos sociológicamente hablando. Lo cual es inquietante, pues uno termina las vacaciones con la sensación de que no ha pasado nada de lo que se supone que tendría que pasar. No ha parado de llover y desde la ventana de mi cuarto veo cómo se llena de agua sucia la piscina que están construyendo mis padres. Me paseo por la casa y miro la estantería de mi cuarto de cuando niño, y reconozco los libros de Verne, los cuentos de los hermanos Grimm, un montón de tebeos... Y también los de la adolescencia: la Odisea, Erasmo, una antología de textos de Marx... en fin, un batiburrillo de cosas inconexas que, sin embargo, tienen un sentido muy definido para mí. De algún modo, los libros que recuerdo trazan mi biografía autoconsciente e iluminan momentos muy precisos de mi pasado. Dejan huecos, por supuesto, que lleno con otro batiburrillo de cosas igualmente inconexas. Es el narcisismo de la memoria, que se empeña en sostener la imagen del yo sobre el deseo de algo que nunca fue como creo. Entre la nostalgia -el deseo del pasado- y el anhelo -el deseo del futuro- la ansiedad nos aleja de la serenidad: el deseo del presente. Pues el pasado y el futuro son las dos formas en que -según me leía Beades en un pasaje de Lewis- nos engaña el demonio para sacarnos del presente, el único tiempo real y misteriosamente unido a la eternidad: allí donde todo está vivo y tiene consistencia. Como en los Cuatro cuartetos de Eliot: Time past and time future / what might have been and what has been / point to one end, wich is always present. Y en ese presente, llueve, no hay procesiones, la piscina se llena de polvo y de hojas, y sólo queda mirar por la ventana y desear que las cosas sean lo que son. Y sin embargo...

lunes, 28 de febrero de 2011

Qué es la metafísica

Ni ciencia primera, ni conocimiento de los primeros principios, desde luego. Pero tampoco "la más larga mentira" desvelada por Nietzsche, ni el olvido del ser heideggeriano. La metafísica, vendida a "4 en 1", es una disciplina que nos enseña cosas como: "¡piensa lo bueno, y se te dará!". O eso asegura una tal Conny Méndez, realmente llamada Juana María de la Concepción Méndez Guzmán, en este libro que me encontré el otro día en una librería. Me impactó tanto que le hice una foto con el móvil para poder recordar luego que fue real, que no lo soñé. La portada asegura que se han vendido más de 750000 ejemplares en español (así que alguien pensará que esto es pura envidia). Si se tiene estómago para abrirlo, se encontrarán dentro cosas como la siguiente:

"Las vibraciones mentales forman un aura de forma ovoide alrededor del cuerpo, y en esa aura se ve toda la composición de colores que emanan del pensamiento individual. El Subconsciente limpio, positivo, produce un aura luminosa, multicolor, como el oriente de la perla. Como las altas frecuencias dominan a las bajas, ningún pensamiento negativo que viene de afuera puede penetrar en un aura y un ambiente positivo".

Como dicen en mi tierra, me queo muerto.

sábado, 26 de febrero de 2011

La luz en el invierno

Para Paco Gallardo

La primavera ha aparecido repentinamente en medio del invierno. Sin embargo, sabemos que este calor es engañador: un genio maligno meteorológico que quiere hacernos creer que el alma está frente a la luz, cuando en realidad está rodeada de oscuridad y nieve. Las noches son largas y frías. Son muchas las cosas que ocultó la nieve y muchas las que nos asaltan en mitad del insomnio. Y a pesar de todo, amanece hoy como si el sol llevara horas, días, detenido en lo alto: será la batalla de Gabaón. Así que ¿cómo no aceptar con gratitud esta paradoja y cómo no acallar la voz de la sospecha que dice “el frío aguarda”? Porque también hay gracia, y salvación, en medio de las escorias.

viernes, 21 de enero de 2011

Walking T.

Me llega por correo electrónico un breve relato digno de lectura. He pedido a su autor -al que, por su santidad y compasión hacia todas las bestias, llamaremos Francisco de T.- que me deje reproducirlo aquí. Y así lo hago. Es un poco extenso, pero yo lo he disfrutado mucho, y merece la pena si queréis haceros una idea de cuán dura es la vida que llevamos los exiliados in hac lacrimarum valle llamado T. Ahí va:

WALKING T.

Hoy he ido al médico. Me llevó mi cuñada en coche. Me bajé en la rampa del ambulatorio, frente a las escaleras que dan acceso a la puerta de entrada. La puerta no es automática. Entraba y salía gente. Yo con mis dos muletas me acerqué y esperé con la inseguridad de que no podía resistir un leve empujón, ni de la gente ni de la puerta con muelle. Nadie me cedió el paso ni se ocupó de abrirme la puerta.
La salida fue penosa, comprobé que la distancia que puedo recorrer no va más allá de un pasillo de un piso normal. Después de veinte metros noto la dureza del suelo golpeando mis muñecas que empuñan las muletas, y el peso muerto de mi cuerpo sobrecargando la pierna buena. Me fui a desayunar a una cafetería cerca del ambulatorio. Me dispuse a sentarme en una mesa más amplia que estaba al fondo del local, apenas ocupado, sólo por mujeres. Al otro lado de la barra un hombre grande, con cara de amargado. Pedí mi cruasán y un café con leche. No vi un atisbo de amabilidad ante la torpeza de mi invalidez. Parsimoniosamente me levanté a coger la prensa. Un Interviú y la Razón era la prensa nacional que había, cogí los dos. Quise disfrutar de pequeños placeres del pasado. Una cafetería aceptable, un cruasán, prensa, tiempo libre. Como en los tiempos de Procurador, mucha cafetería rellenando, entre estrés y estrés, la espera de los juicios. Ojeo el Interviú sin atreverme a detenerme en la chica semidesnuda, los artículos hablan de la Eta y de que Fraga permitió las negociaciones con la banda; que el “sinfein” aconsejaba a los batasunos tener tres hijos por aberchale y así en veinte años ganarían las elecciones; el escándalo del dopaje en el atletismo; que si un hijo de un nazi protegido por Franco es un corrupto de Málaga... Llego a las páginas de la chica desnuda del todo y ni me atrevo a abrirlas del todo, además me gustaba más la actriz... Se van todas las mujeres como si hubiese sonado una sirena. El local queda vacío. Sigo con mi cruasán y con la Razón. La portada no me seduce mucho. La paliza del consejero murciano. Dice que fue alentada por la izquierda... No me suena a noticia reciente. Miro la fecha del periódico ¡y es de hace tres días! La ilusión del pequeño placer de mi desayuno casi urbano se desinfla, no sé muy bien porqué. Tampoco ha pasado nada objetivamente malo. Pido la cuenta y me da el cambio sacándolo del bolsillo y lo deposita todo de un golpe en mi mano. No sé tampoco porqué me entristece la situación. No sé si me hacía ilusión que me hubiesen puesto la nota en un platillo con la vuelta. No sé si se trata de los detalles y no del cruasán, que estaba bueno, pero es todo extraño, sin sabor, triste. La cara ausente del camarero, ni una palabra recitada de su oficio. De su rito. Del rito obligado.
Llego penosamente a la puerta tampoco automática y con torpeza, la justa, salgo a la calle. La niebla en vez de levantarse se ha caído aún más, a plomo sobre la acera y mis hombros. Antes de levantarme de la mesa llamé por el móvil a un taxi.
-Buenos dias, quería un taxi. Estoy en Don Gelato en la calle Antonio Huertas. -Es que voy a Ciudad real, pero usted a dónde va? No entiendo bien el diálogo, pero le respondo. -Voy al Aldi, enfrente. -Es que estoy conduciendo, tiene usted el otro número? -Sí, sí, lo tengo. -Pues llame a ese, es que yo ahora no le puedo atender. Me habla como si estuviese muy ocupada y no logro imaginármela en la autovía que lleva a Ciudad Real, que es monótona y recta como un desierto. Salí del local y a pesar de la niebla y de las muletas me pareció bien caminar un poco. Los pasos pronto se me hacen interminables. Me detengo en una esquina fácil para que se detenga el taxi sin alterar el tráfico. La acera desierta. Sólo una señora con un andador de anciana se cruza conmigo. Los dos torpes nos cruzamos lentamente. No sé porqué espero una mirada de complicidad. Apenas me mira, pero por un instante lo hace. Su mirada es entre torva e inexpresiva. Me viene a la cabeza la serie walking dead. Apenas sería preciso maquillarla. La niebla ya me pesa el corazón. Me apoyo en la esquina del Soho, pasan dos magrebíes -dos moros, de mauri, los llamaban así los romanos, no es despectivo-. No sé por qué imagino que me dan una paliza al verme indefenso. Pero la verdad es que ni los miro, y ellos a mí tampoco.
Llamo por el móvil al otro número de teléfono. No se oye bien. -Por favor me puede mandar un taxi a la calle Monte esquina Don Antonio Huertas? -Usted cómo se llama? Me sorprende la pregunta pero hace tiempo decidí adaptarme a este pueblo, al menos no oponer resistencia, así que la acepto y dócilmente le respondo. -Francisco. Insisto. -Me puede mandar un taxi a la calle Monte? Me responde como estresada y le reconozco la voz. Es la misma mujer de antes. -Pero no estabas en otro sitio? Me sorprende la pregunta y que sea la misma mujer. -Perdone creo que he hablado con usted hace un momento. -Sí, es que tengo yo los dos teléfonos. Me pareció que lo decía entre una sonrisa como si le hiciese gracia, o es una proyección de mi lógica. Ella insiste. -Pero no estabas en otro sitio? Sigo sin entender el interés de la pregunta e insisto en dónde estoy. Finalmente me rio, pero sarcásticamente y digo: Esto es increíble, coger un taxi en T. es imposible. Se acelera a responderme, ya no le interesa dónde estaba antes, y me parece un poco ofendida por mi espontánea exclamación. -Ya me ocupo y le mando un taxi. Sigue con un tono de urgencia, como de prisa o estrés. Y yo vuelvo a imaginar la autovía a Ciudad Real, desierta, recta, sin más movimiento que los mojones monótonos que van quedando atrás como a cámara lenta. Yo le digo que llevo dos muletas. Se me ocurre darle ese detalle, aunque en la calle Monte no hay nadie, ni parece que lo vaya a haber.
Bueno, pues ya está. A ver cuánto tarda en venir. No tengo prisa. Observo algún coche que pasa. Noto cada vez más la humedad de la niebla. Pasa un buen rato. Deseo que los coches que pasan de tarde en tarde sean mi taxi. Al rato suena mi teléfono. Pienso que será mi mujer. Pero no, es la mujer otra vez. -Cuanto lo siento, no hay ningún taxi en las paradas, lo lamento además estás cojo, no? Me lo dice como si fuera una tendera que quiere que vuelvas al día siguiente. Yo me despido con amabilidad. -No se preocupe, no importa, no importa, adiós. Buf. Me alivia que no voy a volver a hablar con ella. Que se acabó el trance.
Qué más me da. No tengo prisa. Voy a caminar, quizá poco a poco... Pero cada metro que avanzo es una victoria costosa. Es imposible. Vuelvo sobre mis pasos. La cafetería de origen me parece que está lejísimos. Me sobrepongo. Ahora entiendo el reproche de la empresaria de taxis. Quién me mandó a mí moverme de sitio. Poco a poco. Se me ocurre que en el ambulatorio, al pie de la rampa hay una marquesina de bus. No está lejos, me sentaré y ya veremos, porque estoy un poco cansado. Ahora que es mi destino la miro con detalle. Quizá vengan las líneas y los horarios. En realidad no lo espero, pero no sé, uno a veces quiere creer. No hay nada, ni un letrero ni una pegatina. La mayoría de los cristales están rajados, y todos emborronados con espray de grafitero sin pulso y opacos de letreros arrancados. Nada que se parezca a un horario. Intento sentarme como puedo. El asiento es un madero estrecho, como una traviesa de tren de vía estrecha, por la espalda me entra frío. El cristal que parecía limpio sencillamente no está. Llamo a mi mujer. -"Lo siento, a ver si puede ir mi hermano a recogerte. Mi madre dice que a y veinte o a y media pasa el autobús, refúgiate en algún sitio mientras tanto". La niebla me había calado poco a poco y estaba aterido. Así que subo la rampa, las escaleras, la puerta manual. Esta vez me la abre un pedigüeño rumano que ha empezado su jornada en la puerta del ambulatorio. Reconozco que no tengo intención de darle una propina. Me mira con amabilidad de marketing, pienso. Otra vez la sala de espera. Y la calefacción. Observo a la gente. Un pesimismo difuso me inunda como la niebla, por dentro. Esas miradas. Esos hombres de faz tan dura. Pienso en la Guerra Civil, en el odio y las muertes que aquí ensangrentaron la tierra de forma más despiadada. Pienso que los imagino fácilmente empuñando un arma y disparando. Llega la hora. Vuelta rampa abajo. Vuelta a la marquesina. No hay nadie. Al poco llega un hombre. Se va a sentar; parece que va a saludarme. Me adelanto y le saludo yo. -"Buenos días". Silencio. Pasan segundos. Cuando ya no espero respuesta espeta: -"Los cojones de buenos días". No me altero, creo que he comprendido lo que quiere decir. Le respondo. -"Ya, la niebla. Me mira el pie sin zapato, abultado por la venda". -"Cuidado con la escayola, el frío es muy malo, yo llevé escayola, mi madre es de Salamanca...". Yo intenté por un momento pensar que no era de aquí, que sería de Salamanca, que aunque tosco sería amable. -"Diecisiete bajo cero, tuvieron que ponerme bolsas de agua caliente para calentar la escayola". Pensaba que podría decirle que yo no llevaba escayola, que era una venda. Pero ya no dejó de hablar. Vino otro señor a la parada, su retahíla cambió de destinatario y de tema. Ahora era la política. -"Zapatero vale poco, pero los otros.... son hijos y nietos del franquismo. ¿Para qué quiere Rajoy ganar si hay cinco millones de parados? Tienen el poder económico y ahora quieren el político". Yo hace tiempo que ni le miro ni le asiento, apoyo la cara en las muletas.... Llega el autobús. Casi todos llevamos bastón o muleta. El conductor va dejando a la gente en sus portales. Parece que todos son habituales. Hay una mujer coja que no habla, es como muda o demente, pero da gritos agudos de vez en cuando. Es anciana, me cedió el paso con otro grito. No me gustan los gritos, pero me agarro a él para no desfallecer. Me siento triste. No sé si es por la niebla, cada vez es más espesa aunque son las doce del mediodía. El autobús da vueltas y vueltas, aunque casi no hay pasajeros, y no hay paradas. Sale del pueblo, para en el hospital, y sigue dando vueltas y vueltas. Finalmente voy reconociendo las calles. Ha pasado mucho tiempo. Llega mi esquina. Abre las puertas. Echo de menos un escalón bajo que tienen los autobuses, hoy realmente lo necesito -me dijeron que lo tiene pero que nunca lo tienden, será parte de la rehabilitación, pienso-. Ha parado justo encima de un parterre embarrado, entre una alcantarilla y el bordillo muy alto del parterre. Me paro concentrado en decidir dónde voy a poner mi pie sano. Lo logro con alivio. Me alegra verme en mi acera. Paso a paso. A mi refugio, a mi invalidez, a no salir de casa. Poco a poco, llego a casa. Mi casa. Qué cansado estoy, y qué triste.

jueves, 20 de enero de 2011

Esperar y perder

De aquello hace ya siete años. Yo tenía, por tanto, veinticinco. Pero los largos días neblinosos en La Mancha me han traído de repente aquella imagen: camino por el Türkenschanzpark, que mi querido y ya fallecido profesor Manuel Pavón me había descrito como "el más hermoso de Europa". Los árboles están robustos y verdes como nunca antes los había visto, aunque el buen tiempo no termina de llegar del todo: la hermosa luz de mayo en Viena, que muestra de pronto los cuerpos femeninos, largos meses ocultos, y llena las terrazas de gentes, y el aire de músicas y de idiomas que apenas reconozco. Pero, al mismo tiempo, se pierde el romanticismo de los cementerios y su niebla, los grajos negros sobre los tejados de las casas, y los pueblos nevados entre los montes de Austria.

Y en este preciso momento, siete años después, mientras levanta la niebla al final de la tarde, vuelve aquella misma emoción: que el dolor de toda pérdida es mayor que la alegría de una hermosura nueva.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Informe semanal

La semana avanza. En la pared de la sala de profesores hay un reloj cuyo segundero se mueve con un ritmo homogéneo: no hay segundos distintos, todo es un flujo constante en el que cada instante engulle al anterior. Me parece un reloj heraclitiano: el mío, que pasa de segundo a segundo discontinuamente, es claramente atomista. Escucho la radio, que es, con la televisión, la Fenomenología del espíritu postmoderna, que narra en directo el devenir de la época: la Bolsa explota la burbuja europea de felicidad social, pone y quita leyes como Dios ponía y quitaba emperadores. Definitivamente, se acabó el tinglado. Es el fin del fin de la historia. La izquierda privatiza empresas públicas y limita las ayudas a los parados, mientras que la derecha hace ruido protestando por los recortes sociales. Todo fluye, en efecto. Entretanto, se cumple el viejo sueño democrático de la sociedad transparente: los trapicheos más inconfesables del gobierno más poderoso (¿aún?) del mundo, al alcance de las amas de casa y el Dalai Lama. Pero lo peor llega con la noticia de la muerte de Leslie Nielsen (viendo cómo crece el caos alrededor, uno recuerda aquel gran Aterriza como puedas, y el momento en que el director del aeropuerto confiesa: elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento). Tempus fugit. El ser y el no ser se engendran mutuamente: los días y las noches, la riqueza y la pobreza, la vida y la muerte. Como el verano ha engendrado este invierno hostil y anticipado que, tampoco él, durará eternamente.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Puerta del Sol

El martes, después del congreso sobre Idealismo, quedé con un amigo para cenar en un estupendo restarante vegetariano que me descubrió mi amiga Sara en la calle Marqués de Santa Ana. Cuando miré en el plano el lugar donde habíamos quedado, comprobé con horror que se trataba de "Sol". La Puerta del Sol de Madrid es uno de los lugares del mundo que más odio: en primer lugar, por las millones de personas que allí se desplazan continuamente en todas las direcciones y que hay que ir esquivando cuidadosamente. Yo, además, tengo la habilidad de no conseguir nunca que sean los demás los que se aparten. Ni siquiera las señoras mayores: termino cediendo ante su paso firme y agresivo. Luego está la cosa estética: no soporto ver el intercambiador de metro y cercanías, ni que me asalte Bob Esponja o un muñeco de Disney, y lo peor de todo: me crea ansiedad todo ese montón de gente vestida de cartones amarillos que compra -o vende, según la época- oro. Me resulta, en fin, un lugar agobiante, caótico, kitsch y fraudulento. Y supongo que algo me influye ver que eso, exactamente eso, es el corazón de España.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Resumen del fin de semana

El sábado comienza cubierto de niebla en T. Pero conforme avanzan la mañana y el autobús, clarea. Ya en Madrid hace un sol radiante. El saxofonista de Miguel Ríos toca, para presentarse, unas pocas notas del Himno Nacional: se hace el silencio en el auditorio. Para romper la tensión, Ríos bromea: "aunque no lo parezca, es republicano". Entonces la gente ríe, aliviada. Pienso en lo patético que resulta este país. El domingo, leo la prensa: según El Mundo, las plazas del centro de Santiago se llenaron; pero según El País, estaban casi vacías. Así que ni frío ni calor: cero grados. Paso la página: Felipe González lleva veinte años haciendo examen de conciencia. Es lo que tiene perder la fe pero no la conciencia: uno sigue confesándose pero nunca obtiene la absolución. Un tal Juan G. Bedoya escribe un artículo muy enfadado con Ratzinger porque éste se quejaba del "laicismo agresivo" que hay en España, y para mostrar que no es así, habla de la connivencia católica con Franco, se queja del gasto que genera la visita, asegura que el actual gobierno ha tratado a la Iglesia mejor que cualquier otro gobierno anterior, y termina llamándolo "ignorante", "irresponsable" y "execrable". De fondo (en Barcelona), suenan las letrillas populares que corean una pandilla de amantes de la libertad: "Esta catedral la vamos a quemar". De regreso a T., recuerdo con cariño este fin de semana en esa ciudad frenética: la música, la noche madrileña, el paisaje por la ventana del autobús. Al fin y al cabo, cuando se cierra el periódico y se apaga la tele, todo vuelve a ser más tranquilo, hermoso y apacible.

martes, 26 de octubre de 2010

Resumen de la semana

Voy a sacar dinero de un cajero: introduzco la tarjeta, el código, marco "sacar dinero", cojo la tarjeta y me voy. "¿Dónde he puesto los cien euros...?" -me pregunto, en la cola de Caja Castilla La Mancha, veinte minutos después. Me consuela la imagen de Tales, cayéndose en un pozo. En mi airada sensación de idiotez, me siento brevemente sabio. Por la noche, Antena 3 versiona la lucha de Viriato con el poder de Roma de este modo: un pastorcico lusitano, que habla como un chulapo madrileño, intenta rescatar del campamento de Astérix a una Ana de Armas con un pelo Pantene que ya quisiera la mujer del César, y a la que los romanos castigan echándole agua -pobrecita- con la fortuita consecuencia de que se le transparentan las tetas, también típicamente lusitanas. Tres días seguidos de exámenes de 2º de Bachillerato: desde la mesa del salón me observa, implacable, una pila de exámenes. Se abre el telediario con la siguiente noticia: el pulpo Paul ha muerto. Y la noticia del día anterior: en los móviles hay más gérmenes que en los vestuarios de un gimnasio. Por un momento, pienso que no sé qué cosa llamada Wikileaks dejó caer por ahí que nos hemos cargado más de 70000 civiles en una guerra absurda que nadie entiende. Pero yo miro mi móvil y pienso en el pulpo Paul. La semana se acaba: llega el puente. Tengo que traducir, corregir, sacar tiempo para descansar un poco. Puedo permitírmelo, mientras el presidente de Mango no llegue a ministro.