En las noticias de la tele muestran una inundación en no sé qué lugar de no sé qué país. Con esa pasajera seriedad que nos caracteriza como telespectadores, los adultos contemplamos el caos, los campos anegados, la angustia de la gente que ha perdido sus casas, sus cosechas... Entonces, mi sobrina de dos años señala con el dedo y grita, entusiasmada, "¡PATOOOOOO!".
Sí: sobre las aguas desbordadas de sus cauces nadaba un pato, invisible para nosotros.
No podemos contener la risa, pero sólo dura un momento. Porque, después, todos nos quedamos brevemente sobrecogidos, cautivados por la alegría de la inocencia, aún atenta al enigma del ser, al hecho milagroso de que los patos existan.
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sábado, 19 de enero de 2013
miércoles, 10 de febrero de 2010
Propósito para la próxima vida
Termino, por fin, los exámenes de Antropología. Cierro un artículo sobre Schiller y lo mando por correo. Retomo las traducciones de Nietzsche. Pero en la cabeza: terminar aquel poema... Ahora mismo recojo los exámenes de 2º de Bachillerato, corrijo alguno. Querría escribir algo en el blog, me pongo a ello. Pienso en las Lagunas de Ruidera: están espléndidas desde las últimas lluvias, y me imagino pescando con Jaime, sentado apaciblemente en una orilla. En mi agenda: comprar el AVE para Sevilla, llamar a una profesora, hablar con este alumno, cambiar examen, ir al banco, sacar tres libros que necesito para esta asignatura, lavar el coche y que de paso le revisen ese ruidillo extraño que le oigo desde hace algunos días. Pero esto también urge: comprar comida, pagar el alquiler. No puedo dejar de ir al peluquero antes de parecer un pastor de brie. Pero tendré que hacerlo mañana. Ahora tengo que recoger la ropa, hacer la cena, descansar por fin...
Propósito para la próxima vida: hacer sólo una cosa. La que sea. Pero sólo una.
ACTUALIZACIÓN: Me refiero a algo así, por ejemplo...
Propósito para la próxima vida: hacer sólo una cosa. La que sea. Pero sólo una.
ACTUALIZACIÓN: Me refiero a algo así, por ejemplo...
miércoles, 1 de abril de 2009
Insomnio
No poder dormir es algo típicamente humano. Envidio a mi gato cuando lo veo abrir perezosamente la boca, enrollarse como una oruga, y dormir en calma hasta que, horas más tarde, algún otro estímulo lo anima a desperezarse. Ahora que son las 4 y media de la mañana y no consigo conciliar el sueño, pienso que alguna razón espiritual debe haber para todo esto. Y como mis maldades, de cutres que son, no llegan a la altura de las que provocan severos cargos de conciencia, supongo que hay alguna otra causa de que no pueda dormir.
Antes de irme inútilmente a la cama, leía a Kierkegaard (¿será por eso que no puedo dormir?). Contaba, a propósito del pasaje evangélico de los lirios del campo, que el problema del hombre es que no se conforma con ser hombre (es decir: con ser lo que es y no alguna otra cosa). En buena parte, somos infelices porque nos pasamos la vida contrastando nuestro presente con todo lo demás: otros hombres, otros lugares, otras vocaciones, otras vidas posibles que hemos desechado con cada decisión. Esa ansiedad se adueña de nosotros y espera a que llegue la noche. Entonces nos asalta como un pequeño demonio que hubiera estado aguardando la oscuridad para comenzar a agitarnos en la cama. Cerrar los párpados es combatir a ese demonio, pensar que mañana será todo distinto, que por fin estará claro para qué he venido a este mundo, creer que cesará la seducción estruendosa de lo otro, y que -envuelto en una claridad cegadora- seré por fin lo que en verdad soy.
Y en la dulce paz de ese engaño, me duermo.
Antes de irme inútilmente a la cama, leía a Kierkegaard (¿será por eso que no puedo dormir?). Contaba, a propósito del pasaje evangélico de los lirios del campo, que el problema del hombre es que no se conforma con ser hombre (es decir: con ser lo que es y no alguna otra cosa). En buena parte, somos infelices porque nos pasamos la vida contrastando nuestro presente con todo lo demás: otros hombres, otros lugares, otras vocaciones, otras vidas posibles que hemos desechado con cada decisión. Esa ansiedad se adueña de nosotros y espera a que llegue la noche. Entonces nos asalta como un pequeño demonio que hubiera estado aguardando la oscuridad para comenzar a agitarnos en la cama. Cerrar los párpados es combatir a ese demonio, pensar que mañana será todo distinto, que por fin estará claro para qué he venido a este mundo, creer que cesará la seducción estruendosa de lo otro, y que -envuelto en una claridad cegadora- seré por fin lo que en verdad soy.
Y en la dulce paz de ese engaño, me duermo.
Etiquetas:
ansiedad,
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miércoles, 4 de febrero de 2009
Crónicas manchegas
Cuando volví de Viena a Sevilla, sentí que mi vida había perdido glamour. Sin embargo, esta pérdida la compensaba el hecho de estar otra vez entre los míos: perdía las alas de una vida bohemia y viajera, pero ganaba las raíces de la confianza y el amor. Por desgracia, esta situación no duró mucho: la Junta llevaba casi una década prescindiendo de filósofos, así que tuve que presentarme a las oposiciones en Castilla – La Mancha, que había ofertado treinta y tres plazas, lo que para mi gremio era todo un derroche de generosidad. No llegamos a setecientos los que nos presentamos, así que pronto me vi dando clases a pocos kilómetros de Ciudad Real. Este acontecimiento suponía una nueva degradación de mi hábitat. Y sin embargo, a todo se acostumbra uno y en casi cualquier sitio hay espacio para la belleza y la alegría.
Al cabo de unos meses conseguí olvidarme de las casas modernistas de Viena, del mercado de la Wienzeile con sus quesos turcos, sus especias árabes y sus vinos italianos. También dejó de parecerme grave no tener que pasar el puente de Triana para recoger a Charo e ir a tomar unas cervecitas junto al río, ni poder salir al jardín de mis padres al atardecer y fumar un cigarro debajo de las ramas del paraíso, allí, en la única casa a la que yo he llamado “mi casa”. Y me acostumbré incluso a que todas las personas que amo, salvo una, estaban a más de cuatro horas en coche por una carretera destartalada. Pero, entonces, descendí otro peldaño más en la escalera invertida de Jacob: el concurso de traslado nos obligó a mudarnos a T.
T es un extraño lugar en medio de la estepa castellana. Se llega a él atravesando un vasto erial de tierra amarilla, que tras las últimas lluvias verdea tímidamente. Al acercarnos, columnas de humo blanco y un extraño olor como a desechos anuncian que queda poco. Cuando el viajero alza la vista, ve siempre la ciudad bajo una insólita nube negra, y en ese momento sabe cómo debieron sentirse los dos pequeños hobbits que, tras superar la última montaña, vieron alzarse ante ellos los muros espantosos de Mordor.
Y cuando paro un segundo, por ejemplo ahora en que quiero escribir algo en mi blog, me doy cuenta de que precisamente aquí, en este lugar infame cuyo nombre nunca antes había oído y cuya imagen nunca asocié a nada mío, resulta que aquí, precisamente aquí, está ocurriendo mi vida. Y casi soy feliz.
Al cabo de unos meses conseguí olvidarme de las casas modernistas de Viena, del mercado de la Wienzeile con sus quesos turcos, sus especias árabes y sus vinos italianos. También dejó de parecerme grave no tener que pasar el puente de Triana para recoger a Charo e ir a tomar unas cervecitas junto al río, ni poder salir al jardín de mis padres al atardecer y fumar un cigarro debajo de las ramas del paraíso, allí, en la única casa a la que yo he llamado “mi casa”. Y me acostumbré incluso a que todas las personas que amo, salvo una, estaban a más de cuatro horas en coche por una carretera destartalada. Pero, entonces, descendí otro peldaño más en la escalera invertida de Jacob: el concurso de traslado nos obligó a mudarnos a T.
T es un extraño lugar en medio de la estepa castellana. Se llega a él atravesando un vasto erial de tierra amarilla, que tras las últimas lluvias verdea tímidamente. Al acercarnos, columnas de humo blanco y un extraño olor como a desechos anuncian que queda poco. Cuando el viajero alza la vista, ve siempre la ciudad bajo una insólita nube negra, y en ese momento sabe cómo debieron sentirse los dos pequeños hobbits que, tras superar la última montaña, vieron alzarse ante ellos los muros espantosos de Mordor.
Y cuando paro un segundo, por ejemplo ahora en que quiero escribir algo en mi blog, me doy cuenta de que precisamente aquí, en este lugar infame cuyo nombre nunca antes había oído y cuya imagen nunca asocié a nada mío, resulta que aquí, precisamente aquí, está ocurriendo mi vida. Y casi soy feliz.
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