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miércoles, 1 de abril de 2009

Insomnio

No poder dormir es algo típicamente humano. Envidio a mi gato cuando lo veo abrir perezosamente la boca, enrollarse como una oruga, y dormir en calma hasta que, horas más tarde, algún otro estímulo lo anima a desperezarse. Ahora que son las 4 y media de la mañana y no consigo conciliar el sueño, pienso que alguna razón espiritual debe haber para todo esto. Y como mis maldades, de cutres que son, no llegan a la altura de las que provocan severos cargos de conciencia, supongo que hay alguna otra causa de que no pueda dormir.

Antes de irme inútilmente a la cama, leía a Kierkegaard (¿será por eso que no puedo dormir?). Contaba, a propósito del pasaje evangélico de los lirios del campo, que el problema del hombre es que no se conforma con ser hombre (es decir: con ser lo que es y no alguna otra cosa). En buena parte, somos infelices porque nos pasamos la vida contrastando nuestro presente con todo lo demás: otros hombres, otros lugares, otras vocaciones, otras vidas posibles que hemos desechado con cada decisión. Esa ansiedad se adueña de nosotros y espera a que llegue la noche. Entonces nos asalta como un pequeño demonio que hubiera estado aguardando la oscuridad para comenzar a agitarnos en la cama. Cerrar los párpados es combatir a ese demonio, pensar que mañana será todo distinto, que por fin estará claro para qué he venido a este mundo, creer que cesará la seducción estruendosa de lo otro, y que -envuelto en una claridad cegadora- seré por fin lo que en verdad soy.

Y en la dulce paz de ese engaño, me duermo.