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viernes, 25 de marzo de 2016

Obra de arte total Sevilla

Las fiestas de una ciudad son, de algún modo, las fiestas de su fundación. Una ciudad se crea –y se recrea– en sus fiestas. Por eso la Semana Santa de Sevilla es una dramatización de sí misma, cuyo escenario lo constituye la ciudad entera, jerarquizando los espacios según un orden moral históricamente impuesto, recreando las condiciones originarias de la fundación, reuniendo a los ciudadanos fuera de los límites del orden económico convencional (marcado por la división del trabajo) e intensificando los lazos sociales por medio de una sorprendente y genial catarsis estética.

Mircea Eliade hizo famosa la idea de que la religión era, ante todo, la erección de un tiempo y un espacio sagrados. En nuestro caso, el centro de la ciudad, normalmente destinado a los edificios públicos y al comercio, se convierte en carrera oficial, y las zonas más históricas de la urbe se vuelven escenario de un espacio de sacralidad compartida. Otro gran teórico de las religiones, Rudolf Otto, interpretó la religión prescindiendo de categorías morales y racionales, y se centró en aquello que dio en llamar “lo numinoso” (una especie de emoción ante lo sagrado, la fuerza que late oculta bajo los objetos santos). Si unimos ambas definiciones, la religión vendría a constituir una división simbólica del espacio y el tiempo por medio de una experiencia de aquello que escapa a la razón y “sobrecoge”. En cierto sentido, ambas posiciones, la de Eliade y Otto, nos colocan en los límites: pues el espacio y el tiempo se racionalizan solo en la medida en que erigen fronteras más allá de las cuales no hay espacio ni tiempo, sino naturaleza, oscuridad, caos, o divinidad.

¿Sirve todo esto para clarificar y comprender lo que ocurre en la Semana Santa de Sevilla? ¿O aquí estamos, sin más, ante una performance propia de una ciudad en la que se suceden sin conflicto la Semana Santa, los conciertos de rock, la feria de Abril y la Cabalgata del Orgullo Gay? ¿O es que se trata de la pervivencia de un rito rural en una ciudad aún no plenamente consumida por la industrialización? ¿Debemos decidirnos entre autoridad tradicional u ocio urbano? ¿Entre coacción religiosa o libertad hedonista?

Es curioso, para empezar por lo aparentemente anecdótico, que aquí se celebre la Pasión y la Muerte de Cristo, pero apenas haya referencias al misterio cristiano celebrado por la Iglesia estos días: el Domingo de Resurrección pasa relativamente desapercibido. Ese día no culmina el sentido de la Pasión, pues la Pasión se explica por sí misma. El sacrificio mismo es lo que conmueve y, de acuerdo con los esquemas de la religión natural, lo que compensa la culpa y la salda. Lo que se persigue aquí es únicamente participar en el drama estético de la Pasión: la emoción (la conmoción) ante el Señor sufriente es la única redención, pues el que sufre injustamente por nosotros es digno de máximo amor, de máxima reverencia. En cierto modo, no es la Resurrección lo que diviniza la figura de Cristo, sino el sufrimiento que inmerecidamente sufre, por un lado, y su majestad estética sobre el paso y sobre la ciudad entera, por otro.  

Estamos ante la construcción colectiva de una obra de arte total: la gente acaricia el paso antes o después de persignarse, la ciudad huele a incienso y a azahar, los cirios se reflejan sobre el ladrillo rojo de los viejos edificios de Triana y sobre los muros de la Catedral. En cierto modo, podría decirse que el aspecto más teológico de la Semana Santa de Sevilla es el hecho de que reactualiza el misterio nuclear de la fe cristiana: la Encarnación. Todo el ritual estético-religioso en que consiste está encaminado a encarnar lo sagrado en formas sublimes y numinosas, y hacer de este un foco de emotividad y cohesión colectiva.


Hace unos años se publicó en España “Obra de arte total Stalin”, de Boris Groys, donde el autor germano-ruso retrataba el devenir del arte soviético desde el punto de vista de su aspiración totalitaria: el arte debía manifestar estéticamente la plenitud moral de la utopía socialista. Aquí, en una Sevilla que crece entre lo sagrado barroco y lo profano postmoderno, la obra de arte total es la representación colectiva de una ciudad que se reconoce a sí misma en el espejo de la Pasión con mayúsculas y de las pasiones con minúsculas. La ciudad de Sevilla está indisolublemente unida a un trato estético-festivo con lo divino, en el que este deja de ser una instancia judicial ante la que pedir (y rendir) cuentas, transformándose, en consonancia con el proceso mismo de la “modernidad líquida” (Bauman), en un objeto de contemplación, de disfrute estético y de consumo social. Una contemplación que tiene la forma de un contacto físico, corpóreo con lo sagrado. Es el modo como la ciudad de Sevilla realiza social, estética, artísticamente, la afirmación de Cristo: “Este es mi cuerpo”.

(Sevilla Report, 2014, actualmente inaccesible)

viernes, 22 de abril de 2011

Tiempo presente

En Sevilla no hemos tenido "madrugá", ni en general Semana Santa, al menos sociológicamente hablando. Lo cual es inquietante, pues uno termina las vacaciones con la sensación de que no ha pasado nada de lo que se supone que tendría que pasar. No ha parado de llover y desde la ventana de mi cuarto veo cómo se llena de agua sucia la piscina que están construyendo mis padres. Me paseo por la casa y miro la estantería de mi cuarto de cuando niño, y reconozco los libros de Verne, los cuentos de los hermanos Grimm, un montón de tebeos... Y también los de la adolescencia: la Odisea, Erasmo, una antología de textos de Marx... en fin, un batiburrillo de cosas inconexas que, sin embargo, tienen un sentido muy definido para mí. De algún modo, los libros que recuerdo trazan mi biografía autoconsciente e iluminan momentos muy precisos de mi pasado. Dejan huecos, por supuesto, que lleno con otro batiburrillo de cosas igualmente inconexas. Es el narcisismo de la memoria, que se empeña en sostener la imagen del yo sobre el deseo de algo que nunca fue como creo. Entre la nostalgia -el deseo del pasado- y el anhelo -el deseo del futuro- la ansiedad nos aleja de la serenidad: el deseo del presente. Pues el pasado y el futuro son las dos formas en que -según me leía Beades en un pasaje de Lewis- nos engaña el demonio para sacarnos del presente, el único tiempo real y misteriosamente unido a la eternidad: allí donde todo está vivo y tiene consistencia. Como en los Cuatro cuartetos de Eliot: Time past and time future / what might have been and what has been / point to one end, wich is always present. Y en ese presente, llueve, no hay procesiones, la piscina se llena de polvo y de hojas, y sólo queda mirar por la ventana y desear que las cosas sean lo que son. Y sin embargo...

lunes, 4 de mayo de 2009

Estampas feriales

Vaya por delante la confesión de que soy un sevillano atípico: no ceceo ni seseo, hablo en tono más bien bajo y pausado, y carezco de un repertorio de chistes, por lo que tampoco me esfuerzo en hacerme el gracioso. Tampoco salen de mí frases del tipo "E´to é lo mejón der mundo", "qué arte, miarma" o la ya internacional "¡esto está de lujo!", aunque reconozco que alguna vez me permito alguna licencia "doshermanera". Tan atípico soy que, hasta el fin de semana pasado, hacía casi diez años que no pisaba la feria. Pero esta vez lo he hecho, y me llevo al destierro manchego dos estampas inolvidables.
La foto está hecha desde el lado sevillano del puente de Triana (que viene a significar, en términos no geográficos pero sí simbólicos, casi el pleno centro de la ciudad). Sé que no es de muy buena calidad, pero se entrevé que los dos animales se encuentran en medio de un parterre de flores, van montados por dos jinetes en traje corto, y están frente al Isbiliyya, conocido bar de ambiente. Como no doy crédito a lo que veo, me paro, hago la foto y sigo mi camino. Mientras me alejo, escucho un breve fragmento de la conversación que uno de los jinetes mantiene con alguien del bar. Y esa frase se me queda en la memoria:

-Claro que soy maricón, miarma, maricón, maricón, pero de verdá...

Bien. La siguiente escena no es tan divertida, es bastante menos folclórica, pero en todo caso igual de surrealista. Se trata de la estampa que nos dejan en la carretera las concentraciones de motos de Jerez. Con los años, uno se hace enormemente tolerante con las aficiones y gustos de los demás, por muy extravagantes que parezcan. Acepto con relativa calma que haya gente que disfrute viendo los gladiadores americanos, las obras del metro, o las peleas de gallos. Así que lo de las motos, vale, pase. Lo que me sigue impactando de estas escenas es que ponen en cuestión toda mi jerarquía de valores, según la cual hay cosas que merecen más la pena que otras. Jerarquía resbaladiza, sin duda, pero en cuya base se encuentran actividades que no repercuten en una intensificación de mis energías vitales (físicas o espirituales). Por ejemplo: ver pasar motos. Y es que no puedo evitar preguntarme: todas estas personas congregadas en los puentes de hormigón de las autopistas, ¿no tenían nada mejor que hacer aquel hermoso y radiante domingo de primavera? ¿nada había mejor que aquella retahila monótonas de máquinas motorizadas pasando -una y otra y otra más- bajo el cegador sol de mayo? Ay, qué vida.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Crónicas manchegas

Cuando volví de Viena a Sevilla, sentí que mi vida había perdido glamour. Sin embargo, esta pérdida la compensaba el hecho de estar otra vez entre los míos: perdía las alas de una vida bohemia y viajera, pero ganaba las raíces de la confianza y el amor. Por desgracia, esta situación no duró mucho: la Junta llevaba casi una década prescindiendo de filósofos, así que tuve que presentarme a las oposiciones en Castilla – La Mancha, que había ofertado treinta y tres plazas, lo que para mi gremio era todo un derroche de generosidad. No llegamos a setecientos los que nos presentamos, así que pronto me vi dando clases a pocos kilómetros de Ciudad Real. Este acontecimiento suponía una nueva degradación de mi hábitat. Y sin embargo, a todo se acostumbra uno y en casi cualquier sitio hay espacio para la belleza y la alegría.

Al cabo de unos meses conseguí olvidarme de las casas modernistas de Viena, del mercado de la Wienzeile con sus quesos turcos, sus especias árabes y sus vinos italianos. También dejó de parecerme grave no tener que pasar el puente de Triana para recoger a Charo e ir a tomar unas cervecitas junto al río, ni poder salir al jardín de mis padres al atardecer y fumar un cigarro debajo de las ramas del paraíso, allí, en la única casa a la que yo he llamado “mi casa”. Y me acostumbré incluso a que todas las personas que amo, salvo una, estaban a más de cuatro horas en coche por una carretera destartalada. Pero, entonces, descendí otro peldaño más en la escalera invertida de Jacob: el concurso de traslado nos obligó a mudarnos a T.

T es un extraño lugar en medio de la estepa castellana. Se llega a él atravesando un vasto erial de tierra amarilla, que tras las últimas lluvias verdea tímidamente. Al acercarnos, columnas de humo blanco y un extraño olor como a desechos anuncian que queda poco. Cuando el viajero alza la vista, ve siempre la ciudad bajo una insólita nube negra, y en ese momento sabe cómo debieron sentirse los dos pequeños hobbits que, tras superar la última montaña, vieron alzarse ante ellos los muros espantosos de Mordor.

Y cuando paro un segundo, por ejemplo ahora en que quiero escribir algo en mi blog, me doy cuenta de que precisamente aquí, en este lugar infame cuyo nombre nunca antes había oído y cuya imagen nunca asocié a nada mío, resulta que aquí, precisamente aquí, está ocurriendo mi vida. Y casi soy feliz.