Cuando volví de Viena a Sevilla, sentí que mi vida había perdido glamour. Sin embargo, esta pérdida la compensaba el hecho de estar otra vez entre los míos: perdía las alas de una vida bohemia y viajera, pero ganaba las raíces de la confianza y el amor. Por desgracia, esta situación no duró mucho: la Junta llevaba casi una década prescindiendo de filósofos, así que tuve que presentarme a las oposiciones en Castilla – La Mancha, que había ofertado treinta y tres plazas, lo que para mi gremio era todo un derroche de generosidad. No llegamos a setecientos los que nos presentamos, así que pronto me vi dando clases a pocos kilómetros de Ciudad Real. Este acontecimiento suponía una nueva degradación de mi hábitat. Y sin embargo, a todo se acostumbra uno y en casi cualquier sitio hay espacio para la belleza y la alegría.
Al cabo de unos meses conseguí olvidarme de las casas modernistas de Viena, del mercado de la Wienzeile con sus quesos turcos, sus especias árabes y sus vinos italianos. También dejó de parecerme grave no tener que pasar el puente de Triana para recoger a Charo e ir a tomar unas cervecitas junto al río, ni poder salir al jardín de mis padres al atardecer y fumar un cigarro debajo de las ramas del paraíso, allí, en la única casa a la que yo he llamado “mi casa”. Y me acostumbré incluso a que todas las personas que amo, salvo una, estaban a más de cuatro horas en coche por una carretera destartalada. Pero, entonces, descendí otro peldaño más en la escalera invertida de Jacob: el concurso de traslado nos obligó a mudarnos a T.
T es un extraño lugar en medio de la estepa castellana. Se llega a él atravesando un vasto erial de tierra amarilla, que tras las últimas lluvias verdea tímidamente. Al acercarnos, columnas de humo blanco y un extraño olor como a desechos anuncian que queda poco. Cuando el viajero alza la vista, ve siempre la ciudad bajo una insólita nube negra, y en ese momento sabe cómo debieron sentirse los dos pequeños hobbits que, tras superar la última montaña, vieron alzarse ante ellos los muros espantosos de Mordor.
Y cuando paro un segundo, por ejemplo ahora en que quiero escribir algo en mi blog, me doy cuenta de que precisamente aquí, en este lugar infame cuyo nombre nunca antes había oído y cuya imagen nunca asocié a nada mío, resulta que aquí, precisamente aquí, está ocurriendo mi vida. Y casi soy feliz.
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miércoles, 4 de febrero de 2009
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Berlín, la ciudad reinventada
Envidio a quienes odian viajar. Para mí es una tortura pensar que, ahora mismo, podría estar de pie en la cumbre más alta del Himalaya, sentado en una playa de Cefalonia, tomando vino nuevo en un Heuriger tirolés, paseando por alguna de las callejas limpísimas de Friburgo, sudando en alguna selva sudamericana... Me entristece no ser el misionero que cuida niños en Calcuta, el escritor que compone versos desde un ático de Siena o el ingeniero que proyecta estaciones eléctricas a los pies del Medjerda. Y al mismo tiempo ¡qué tristeza si yo no fuera yo: este profesor de filosofía, con mis cuatro o cinco amigos de siempre, mis clases, mis poemas, mi sobrina Carmen... Hay algo nihilista en viajar, una especie de Nada que crece en tu interior, un desasosiego, un descontento crónico. La belleza está siempre en “otro sitio”, igual que la lluvia de Borges siempre sucede en el pasado.
Ahora, en esta noche del destierro manchego, me acuerdo de mi último viaje: Berlín. Y repaso fotos. A quienes procedemos de ciudades con cascos históricos más bien amplios y cuidados, lo más sorprendente de la capital alemana es que allí no queda casi nada anterior a la Guerra. Todo está reinventado según el espíritu caótico y ecléctico de nuestra época.
La racionalidad y la seriedad prusianas se diluyen en esta anti-utopía postmoderna en la que ni siquiera las calles respetan el viejo orden alemán:
Ahora, en esta noche del destierro manchego, me acuerdo de mi último viaje: Berlín. Y repaso fotos. A quienes procedemos de ciudades con cascos históricos más bien amplios y cuidados, lo más sorprendente de la capital alemana es que allí no queda casi nada anterior a la Guerra. Todo está reinventado según el espíritu caótico y ecléctico de nuestra época.
La racionalidad y la seriedad prusianas se diluyen en esta anti-utopía postmoderna en la que ni siquiera las calles respetan el viejo orden alemán:
Éste es el laberinto de hormigón que hizo Eisenmann para recordar el Holocausto:
Y éstas mis dos instalaciones favoritas del Museo Judío. La primera representa algo más que obvio:
La otra es un jardín de pilares colocados en la azotea del edificio. Los pilares están levantados perpendicularmente con respecto al suelo, pero éste se encuentra inclinado en relación a la superficie de la tierra, de manera que, aunque el visitante ve todo normal, se encuentra de pie sobre lo más alto de un edificio inclinado. Y su cuerpo lo nota: siente vértigo. Una ilusión muy bien lograda por el arquitecto.
Ah, ¿y qué decir de las pastelerías alemanas? Esas galerías de arte para las glándulas salivares...
Un último apunte para chestertonianos: esta belleza rubia, auténtica cerveza de trigo (Weizenbier) nos fue servida en una taberna llamada... “Los doce Apóstoles"

¿Qué nos hace volver a casa a quienes estamos siempre soñando con abandonarla? Parecería que fuera una cierta pereza, una débil pero constante pulsión del origen, de la raíz que finge un muro frente al tiempo. Sin esa pulsión, sería fácil dejarse llevar por los caminos del mundo, en un incesante ir y venir, buscar aquí y allá. Pero ¿buscar qué? ¿Qué busca o de qué huye el viajero? Todo es inmensamente fascinante como sueño. Sin embargo, como realidad cansa pronto. Y al escribir esto, recuerdo las palabras de Novalis: “buscamos por todas partes lo incondicionado, y sólo encontramos cosas”. A éstas añado las del gran sabio Montaigne: "A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco".
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