Me llega por correo electrónico un breve relato digno de lectura. He pedido a su autor -al que, por su santidad y compasión hacia todas las bestias, llamaremos Francisco de T.- que me deje reproducirlo aquí. Y así lo hago. Es un poco extenso, pero yo lo he disfrutado mucho, y merece la pena si queréis haceros una idea de cuán dura es la vida que llevamos los exiliados in hac lacrimarum valle llamado T. Ahí va:
WALKING T.
Hoy he ido al médico. Me llevó mi cuñada en coche. Me bajé en la rampa del ambulatorio, frente a las escaleras que dan acceso a la puerta de entrada. La puerta no es automática. Entraba y salía gente. Yo con mis dos muletas me acerqué y esperé con la inseguridad de que no podía resistir un leve empujón, ni de la gente ni de la puerta con muelle. Nadie me cedió el paso ni se ocupó de abrirme la puerta.
La salida fue penosa, comprobé que la distancia que puedo recorrer no va más allá de un pasillo de un piso normal. Después de veinte metros noto la dureza del suelo golpeando mis muñecas que empuñan las muletas, y el peso muerto de mi cuerpo sobrecargando la pierna buena. Me fui a desayunar a una cafetería cerca del ambulatorio. Me dispuse a sentarme en una mesa más amplia que estaba al fondo del local, apenas ocupado, sólo por mujeres. Al otro lado de la barra un hombre grande, con cara de amargado. Pedí mi cruasán y un café con leche. No vi un atisbo de amabilidad ante la torpeza de mi invalidez. Parsimoniosamente me levanté a coger la prensa. Un Interviú y la Razón era la prensa nacional que había, cogí los dos. Quise disfrutar de pequeños placeres del pasado. Una cafetería aceptable, un cruasán, prensa, tiempo libre. Como en los tiempos de Procurador, mucha cafetería rellenando, entre estrés y estrés, la espera de los juicios. Ojeo el Interviú sin atreverme a detenerme en la chica semidesnuda, los artículos hablan de la Eta y de que Fraga permitió las negociaciones con la banda; que el “sinfein” aconsejaba a los batasunos tener tres hijos por aberchale y así en veinte años ganarían las elecciones; el escándalo del dopaje en el atletismo; que si un hijo de un nazi protegido por Franco es un corrupto de Málaga... Llego a las páginas de la chica desnuda del todo y ni me atrevo a abrirlas del todo, además me gustaba más la actriz... Se van todas las mujeres como si hubiese sonado una sirena. El local queda vacío. Sigo con mi cruasán y con la Razón. La portada no me seduce mucho. La paliza del consejero murciano. Dice que fue alentada por la izquierda... No me suena a noticia reciente. Miro la fecha del periódico ¡y es de hace tres días! La ilusión del pequeño placer de mi desayuno casi urbano se desinfla, no sé muy bien porqué. Tampoco ha pasado nada objetivamente malo. Pido la cuenta y me da el cambio sacándolo del bolsillo y lo deposita todo de un golpe en mi mano. No sé tampoco porqué me entristece la situación. No sé si me hacía ilusión que me hubiesen puesto la nota en un platillo con la vuelta. No sé si se trata de los detalles y no del cruasán, que estaba bueno, pero es todo extraño, sin sabor, triste. La cara ausente del camarero, ni una palabra recitada de su oficio. De su rito. Del rito obligado.
Llego penosamente a la puerta tampoco automática y con torpeza, la justa, salgo a la calle. La niebla en vez de levantarse se ha caído aún más, a plomo sobre la acera y mis hombros. Antes de levantarme de la mesa llamé por el móvil a un taxi.
-Buenos dias, quería un taxi. Estoy en Don Gelato en la calle Antonio Huertas. -Es que voy a Ciudad real, pero usted a dónde va? No entiendo bien el diálogo, pero le respondo. -Voy al Aldi, enfrente. -Es que estoy conduciendo, tiene usted el otro número? -Sí, sí, lo tengo. -Pues llame a ese, es que yo ahora no le puedo atender. Me habla como si estuviese muy ocupada y no logro imaginármela en la autovía que lleva a Ciudad Real, que es monótona y recta como un desierto. Salí del local y a pesar de la niebla y de las muletas me pareció bien caminar un poco. Los pasos pronto se me hacen interminables. Me detengo en una esquina fácil para que se detenga el taxi sin alterar el tráfico. La acera desierta. Sólo una señora con un andador de anciana se cruza conmigo. Los dos torpes nos cruzamos lentamente. No sé porqué espero una mirada de complicidad. Apenas me mira, pero por un instante lo hace. Su mirada es entre torva e inexpresiva. Me viene a la cabeza la serie walking dead. Apenas sería preciso maquillarla. La niebla ya me pesa el corazón. Me apoyo en la esquina del Soho, pasan dos magrebíes -dos moros, de mauri, los llamaban así los romanos, no es despectivo-. No sé por qué imagino que me dan una paliza al verme indefenso. Pero la verdad es que ni los miro, y ellos a mí tampoco.
Llamo por el móvil al otro número de teléfono. No se oye bien. -Por favor me puede mandar un taxi a la calle Monte esquina Don Antonio Huertas? -Usted cómo se llama? Me sorprende la pregunta pero hace tiempo decidí adaptarme a este pueblo, al menos no oponer resistencia, así que la acepto y dócilmente le respondo. -Francisco. Insisto. -Me puede mandar un taxi a la calle Monte? Me responde como estresada y le reconozco la voz. Es la misma mujer de antes. -Pero no estabas en otro sitio? Me sorprende la pregunta y que sea la misma mujer. -Perdone creo que he hablado con usted hace un momento. -Sí, es que tengo yo los dos teléfonos. Me pareció que lo decía entre una sonrisa como si le hiciese gracia, o es una proyección de mi lógica. Ella insiste. -Pero no estabas en otro sitio? Sigo sin entender el interés de la pregunta e insisto en dónde estoy. Finalmente me rio, pero sarcásticamente y digo: Esto es increíble, coger un taxi en T. es imposible. Se acelera a responderme, ya no le interesa dónde estaba antes, y me parece un poco ofendida por mi espontánea exclamación. -Ya me ocupo y le mando un taxi. Sigue con un tono de urgencia, como de prisa o estrés. Y yo vuelvo a imaginar la autovía a Ciudad Real, desierta, recta, sin más movimiento que los mojones monótonos que van quedando atrás como a cámara lenta. Yo le digo que llevo dos muletas. Se me ocurre darle ese detalle, aunque en la calle Monte no hay nadie, ni parece que lo vaya a haber.
Bueno, pues ya está. A ver cuánto tarda en venir. No tengo prisa. Observo algún coche que pasa. Noto cada vez más la humedad de la niebla. Pasa un buen rato. Deseo que los coches que pasan de tarde en tarde sean mi taxi. Al rato suena mi teléfono. Pienso que será mi mujer. Pero no, es la mujer otra vez. -Cuanto lo siento, no hay ningún taxi en las paradas, lo lamento además estás cojo, no? Me lo dice como si fuera una tendera que quiere que vuelvas al día siguiente. Yo me despido con amabilidad. -No se preocupe, no importa, no importa, adiós. Buf. Me alivia que no voy a volver a hablar con ella. Que se acabó el trance.
Qué más me da. No tengo prisa. Voy a caminar, quizá poco a poco... Pero cada metro que avanzo es una victoria costosa. Es imposible. Vuelvo sobre mis pasos. La cafetería de origen me parece que está lejísimos. Me sobrepongo. Ahora entiendo el reproche de la empresaria de taxis. Quién me mandó a mí moverme de sitio. Poco a poco. Se me ocurre que en el ambulatorio, al pie de la rampa hay una marquesina de bus. No está lejos, me sentaré y ya veremos, porque estoy un poco cansado. Ahora que es mi destino la miro con detalle. Quizá vengan las líneas y los horarios. En realidad no lo espero, pero no sé, uno a veces quiere creer. No hay nada, ni un letrero ni una pegatina. La mayoría de los cristales están rajados, y todos emborronados con espray de grafitero sin pulso y opacos de letreros arrancados. Nada que se parezca a un horario. Intento sentarme como puedo. El asiento es un madero estrecho, como una traviesa de tren de vía estrecha, por la espalda me entra frío. El cristal que parecía limpio sencillamente no está. Llamo a mi mujer. -"Lo siento, a ver si puede ir mi hermano a recogerte. Mi madre dice que a y veinte o a y media pasa el autobús, refúgiate en algún sitio mientras tanto". La niebla me había calado poco a poco y estaba aterido. Así que subo la rampa, las escaleras, la puerta manual. Esta vez me la abre un pedigüeño rumano que ha empezado su jornada en la puerta del ambulatorio. Reconozco que no tengo intención de darle una propina. Me mira con amabilidad de marketing, pienso. Otra vez la sala de espera. Y la calefacción. Observo a la gente. Un pesimismo difuso me inunda como la niebla, por dentro. Esas miradas. Esos hombres de faz tan dura. Pienso en la Guerra Civil, en el odio y las muertes que aquí ensangrentaron la tierra de forma más despiadada. Pienso que los imagino fácilmente empuñando un arma y disparando. Llega la hora. Vuelta rampa abajo. Vuelta a la marquesina. No hay nadie. Al poco llega un hombre. Se va a sentar; parece que va a saludarme. Me adelanto y le saludo yo. -"Buenos días". Silencio. Pasan segundos. Cuando ya no espero respuesta espeta: -"Los cojones de buenos días". No me altero, creo que he comprendido lo que quiere decir. Le respondo. -"Ya, la niebla. Me mira el pie sin zapato, abultado por la venda". -"Cuidado con la escayola, el frío es muy malo, yo llevé escayola, mi madre es de Salamanca...". Yo intenté por un momento pensar que no era de aquí, que sería de Salamanca, que aunque tosco sería amable. -"Diecisiete bajo cero, tuvieron que ponerme bolsas de agua caliente para calentar la escayola". Pensaba que podría decirle que yo no llevaba escayola, que era una venda. Pero ya no dejó de hablar. Vino otro señor a la parada, su retahíla cambió de destinatario y de tema. Ahora era la política. -"Zapatero vale poco, pero los otros.... son hijos y nietos del franquismo. ¿Para qué quiere Rajoy ganar si hay cinco millones de parados? Tienen el poder económico y ahora quieren el político". Yo hace tiempo que ni le miro ni le asiento, apoyo la cara en las muletas.... Llega el autobús. Casi todos llevamos bastón o muleta. El conductor va dejando a la gente en sus portales. Parece que todos son habituales. Hay una mujer coja que no habla, es como muda o demente, pero da gritos agudos de vez en cuando. Es anciana, me cedió el paso con otro grito. No me gustan los gritos, pero me agarro a él para no desfallecer. Me siento triste. No sé si es por la niebla, cada vez es más espesa aunque son las doce del mediodía. El autobús da vueltas y vueltas, aunque casi no hay pasajeros, y no hay paradas. Sale del pueblo, para en el hospital, y sigue dando vueltas y vueltas. Finalmente voy reconociendo las calles. Ha pasado mucho tiempo. Llega mi esquina. Abre las puertas. Echo de menos un escalón bajo que tienen los autobuses, hoy realmente lo necesito -me dijeron que lo tiene pero que nunca lo tienden, será parte de la rehabilitación, pienso-. Ha parado justo encima de un parterre embarrado, entre una alcantarilla y el bordillo muy alto del parterre. Me paro concentrado en decidir dónde voy a poner mi pie sano. Lo logro con alivio. Me alegra verme en mi acera. Paso a paso. A mi refugio, a mi invalidez, a no salir de casa. Poco a poco, llego a casa. Mi casa. Qué cansado estoy, y qué triste.
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viernes, 21 de enero de 2011
domingo, 3 de octubre de 2010
Diálogos platónicos en T.
Me dirijo a una conocida sala de T., el lugar de La Mancha donde vivo, a escuchar un concierto de rock. Tocan Las aspiradoras, una banda compuesta por músicos de Daimiel y de Toledo, y The Satelliters, un grupo alemán de "garage rock" que empezó a tocar a principios de los noventa. Es la primera vez que puedo asistir a un concierto en esta legendaria sala, así que, con la emoción, llego media hora antes. En la puerta del local me encuentro un tipo con pinta de rebelde noventero. Lleva chaqueta de cuero y tiene cara de dar positivo en casi cualquier control de casi cualquier cosa. Le pregunto cuándo se abre la sala, nos presentamos, y comienza el siguiente diálogo:
-Soy Chucho.
-Yo, Alejandro.
Mientras digo mi nombre, caigo en que "Chucho" no es un mote, ni un nombre propio, sino el nombre que reciben aquellos daimieleños que dependen de la parroquia de Santa María (frente a los "Borregos", que son los daimieleños que dependen de la parroquia de San Pedro). Entonces, como me puede el deseo de no ser descortés, le digo: "Ah, de Daimiel. Yo trabajo allí de profesor".
El tipo se muestra sorprendido y trata de explicarme dónde vive. Pero no lo consigue. Empieza a enumerar caóticamente lugares y calles de Ciudad Real, Manzanares, y otras cuantas ciudades manchegas, hasta que desiste:
-"¿Y de qué eres profesor?"
Dudo si debo responderle o no. Pero, como no aprendo, me animo:
-"De filosofía".
-"¡Hostia! ¿Y cuál es el filósofo que más te gusta?".
Vuelvo a dudar, pero esta vez la duda viene con cierta ansiedad.
-"Kant" -titubeo.
-"¡Hostia! ¡¡Un chinaco!! ¿Y no te gusta más... Gasset?
Noto que la ansiedad empieza a convertirse en un auténtico malestar físico. Quiero terminar cuanto antes esta conversación. Pero el tipo continúa:
-"Dime una frase de Kant".
Ahora sí que me encuentro mal. Intento evitarlo, miro hacia el interior de la sala y expreso mi intención de tomarme una cerveza. Tengo la esperanza de que, como está drogado, se le olvide la pregunta. Pero no, insiste:
-"Pero dime una frase o algo del Kant ese"
Así que cedo. Pienso en algo sencillo:
-"Te voy a decir lo que pone en su epitafio: dos cosas me llenan de admiración: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí.
Como veo que no reacciona, añado:
-"¿Qué me dices?."
-"¿Qué te voy a decir, macho? Lo has dicho tú tó".
-Soy Chucho.
-Yo, Alejandro.
Mientras digo mi nombre, caigo en que "Chucho" no es un mote, ni un nombre propio, sino el nombre que reciben aquellos daimieleños que dependen de la parroquia de Santa María (frente a los "Borregos", que son los daimieleños que dependen de la parroquia de San Pedro). Entonces, como me puede el deseo de no ser descortés, le digo: "Ah, de Daimiel. Yo trabajo allí de profesor".
El tipo se muestra sorprendido y trata de explicarme dónde vive. Pero no lo consigue. Empieza a enumerar caóticamente lugares y calles de Ciudad Real, Manzanares, y otras cuantas ciudades manchegas, hasta que desiste:
-"¿Y de qué eres profesor?"
Dudo si debo responderle o no. Pero, como no aprendo, me animo:
-"De filosofía".
-"¡Hostia! ¿Y cuál es el filósofo que más te gusta?".
Vuelvo a dudar, pero esta vez la duda viene con cierta ansiedad.
-"Kant" -titubeo.
-"¡Hostia! ¡¡Un chinaco!! ¿Y no te gusta más... Gasset?
Noto que la ansiedad empieza a convertirse en un auténtico malestar físico. Quiero terminar cuanto antes esta conversación. Pero el tipo continúa:
-"Dime una frase de Kant".
Ahora sí que me encuentro mal. Intento evitarlo, miro hacia el interior de la sala y expreso mi intención de tomarme una cerveza. Tengo la esperanza de que, como está drogado, se le olvide la pregunta. Pero no, insiste:
-"Pero dime una frase o algo del Kant ese"
Así que cedo. Pienso en algo sencillo:
-"Te voy a decir lo que pone en su epitafio: dos cosas me llenan de admiración: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí.
Como veo que no reacciona, añado:
-"¿Qué me dices?."
-"¿Qué te voy a decir, macho? Lo has dicho tú tó".
lunes, 20 de julio de 2009
Muy por encima de su clara forma
Cuando vine a vivir a La Mancha, recordé que un amigo de mis padres solía hablar de "la belleza metafísica de Castilla". Lo entendí en invierno, mientras atravesaba con el coche estos parajes desnudos, donde los ojos, ante la nada grisácea de los campos, se vuelven sobre el propio pensamiento. Aparecen, como en el poema de Claudio Rodríguez, "muy por encima de su clara forma". Pero la estación cálida desvela ahora la belleza sensible de Castilla: el trigo está intensamente verde; aquí y allá se extienden mantos de amapolas rojísimas que cubren como una plaga los campos. Y es como si el Espíritu hubiera estado aguardando este momento para desdecirse, para mostrar que todo páramo desolado es un preludio, el preámbulo de la fiesta total de los sentidos.






viernes, 26 de junio de 2009
Las putas de T.
Hace tiempo que no cuento anécdotas de T. La que toca hoy es algo increíble, y quizá algunos pensaréis que me la invento. En todo caso, no tengo constancia directa del hecho. Lo narro tal y como se lo escucho al señor A., quien, por ser lector de este blog, seguro que podrá darnos más detalles si quiere pasarse por aquí.
El caso es que un tal señor X., conocido del señor A., llega a su nuevo destino como policía en T. Al pasar por cierta calle, le llaman la atención unos bares de aspecto licencioso. Cuando llega a la comisaría, pregunta a sus compañeros qué piensan hacer respecto a estos locales. Éstos responden a su ingenua intromisión: “nada, hombre, nada. Es que al alcalde le parece bien, porque mientras haya putas, los hombres no violan a las mujeres”.
El argumento es claro, y propio de ese desolador realismo manchego que sólo pueden igualar las madres, los extremeños y los esquimales: si los hombres feos no tienen puticlubs, violarán a las mujeres. Eso es asín, y hay que saberlo. A la mierda el feminismo, la emancipación, y los derechos humanos. Hombres feos + puticlubs cerrados = mujeres violadas.
Os lo juro: cuando abandone para siempre este lugar, clavaré un cartel en el muro más visible de la entrada: lasciate ogni speranza, voi ch´intrate!
El caso es que un tal señor X., conocido del señor A., llega a su nuevo destino como policía en T. Al pasar por cierta calle, le llaman la atención unos bares de aspecto licencioso. Cuando llega a la comisaría, pregunta a sus compañeros qué piensan hacer respecto a estos locales. Éstos responden a su ingenua intromisión: “nada, hombre, nada. Es que al alcalde le parece bien, porque mientras haya putas, los hombres no violan a las mujeres”.
El argumento es claro, y propio de ese desolador realismo manchego que sólo pueden igualar las madres, los extremeños y los esquimales: si los hombres feos no tienen puticlubs, violarán a las mujeres. Eso es asín, y hay que saberlo. A la mierda el feminismo, la emancipación, y los derechos humanos. Hombres feos + puticlubs cerrados = mujeres violadas.
Os lo juro: cuando abandone para siempre este lugar, clavaré un cartel en el muro más visible de la entrada: lasciate ogni speranza, voi ch´intrate!
miércoles, 20 de mayo de 2009
Dialecto de T.
En la carta de tapas de un estupendo bar de T., llamado La bodeguilla, encuentro una antología de expresiones autóctonas. Algunas las había oído, pero nunca era capaz de recordarlas. Copio aquí las mejores. No tienen desperdicio:
El t.-ero no es que no preste atención: lleva su hilo
El t.-ero no es cabezota: ¡es muuu terco!
El t.-ero no sorprende: abulta
El t.-ero no se queda en la cama: está empielecío
El t.-ero no se mete donde no le llaman: echa sopas
El t.-ero no es cotilla: es regular de bacín
El t.-ero no se asoma: s´abocica
El t.-ero no se sube en algo: s´engarabita
El t.-ero no se mancha: s´ace erramagiles
El t.-ero no se apoya: s´apesca
El t.-ero no se mete en la vida de los demás: es licinciao deprisa
El t.-ero no incordia: es un poco guisque
El t.-ero no dice “me quedo”, dice: ¡estoy a ir!
El t.-ero no dice “idiota”, dice: cipotón, o en su defecto, socipotón
El t.-ero no dice “sí”, dice: “¡ea!”
El t.-ero no dice “no”, dice: “¡sí, hermoso, sí!”
El t.-ero no se emborracha: s´alimona o s´empapa
El t.-ero no crea discordia: es un cita, o en su defecto, engalía
El t.-ero no es de pueblo: es del pueblo
El t.-ero no se arrepiente, pero se queda con “recochura”
El t.-ero no es que no preste atención: lleva su hilo
El t.-ero no es cabezota: ¡es muuu terco!
El t.-ero no sorprende: abulta
El t.-ero no se queda en la cama: está empielecío
El t.-ero no se mete donde no le llaman: echa sopas
El t.-ero no es cotilla: es regular de bacín
El t.-ero no se asoma: s´abocica
El t.-ero no se sube en algo: s´engarabita
El t.-ero no se mancha: s´ace erramagiles
El t.-ero no se apoya: s´apesca
El t.-ero no se mete en la vida de los demás: es licinciao deprisa
El t.-ero no incordia: es un poco guisque
El t.-ero no dice “me quedo”, dice: ¡estoy a ir!
El t.-ero no dice “idiota”, dice: cipotón, o en su defecto, socipotón
El t.-ero no dice “sí”, dice: “¡ea!”
El t.-ero no dice “no”, dice: “¡sí, hermoso, sí!”
El t.-ero no se emborracha: s´alimona o s´empapa
El t.-ero no crea discordia: es un cita, o en su defecto, engalía
El t.-ero no es de pueblo: es del pueblo
El t.-ero no se arrepiente, pero se queda con “recochura”
viernes, 17 de abril de 2009
La creación literaria en T.
La vida en T., mi pueblo de adopción, daría para un blog si yo supiera dedicar mi poco ingenio a ilustrar literariamente su excepcional idiosincrasia rústica. De hecho, daría para una novela, para un estudio antropológico, para una texis doctoral. No, no es una errata ni una falta de ortografía. En realidad, es el final de la historia que quería contar hoy. Así que empiezo por el principio:
Charo, mi novia, ha terminado su tesis. Como vivimos lejos de Sevilla, pensó que sería demasiado complicado hacerla encuadernar allí, así que se le ocurrió llevarla a una imprenta de T. Cogimos el coche y allí nos plantamos. De camino, yo iba algo escéptico:
-Charo, esta gente no va ni a saber lo que es eso...
Pero ignoraba cuán limitado era mi escepticismo. Entramos en la imprenta y preguntamos:
-Disculpe, ¿realizan ustedes encuadernaciones de tesis doctorales?
La mujer se sume en un silencio incómodo.
Por fin se lanza:
-Pero eso... como un libro, ¿no?
Yo me doy la vuelta para evitar reírme y me pongo a curiosear entre las carpetas y las clasificadoras. Charo, paciente aunque algo tensa, la corrige:
-Bueno, es una tesis, tiene que ser de pasta dura, ir cosida...
La señora, acostumbrada -supongo yo, en mi maldad- a editar folletos de ferias de ganado, está sobrepasada. Coge el teléfono:
-Mira, es que tengo que consultarlo.
Piii, piiii, piii...
-Oye, mira, que tengo una chica aquí que dice que si encuadernamos...
(A Charo) -¿Cómo has dicho? "Tesis", ¿no?
(Al interlocutor telefónico) -Una tesis. ¿Tú sabes lo que es? ... Bueno, vale, adiós.
(A Charo) -Mira, ahora mismo no sé, tenemos que verlo. Déjame tus datos si te parece.
Entonces la señora empieza a anotar en una libreta el nombre y teléfono de Charo. Y cuando los tiene, remata el episodio:
-Tesis... con "x", ¿no?
Charo, mi novia, ha terminado su tesis. Como vivimos lejos de Sevilla, pensó que sería demasiado complicado hacerla encuadernar allí, así que se le ocurrió llevarla a una imprenta de T. Cogimos el coche y allí nos plantamos. De camino, yo iba algo escéptico:
-Charo, esta gente no va ni a saber lo que es eso...
Pero ignoraba cuán limitado era mi escepticismo. Entramos en la imprenta y preguntamos:
-Disculpe, ¿realizan ustedes encuadernaciones de tesis doctorales?
La mujer se sume en un silencio incómodo.
Por fin se lanza:
-Pero eso... como un libro, ¿no?
Yo me doy la vuelta para evitar reírme y me pongo a curiosear entre las carpetas y las clasificadoras. Charo, paciente aunque algo tensa, la corrige:
-Bueno, es una tesis, tiene que ser de pasta dura, ir cosida...
La señora, acostumbrada -supongo yo, en mi maldad- a editar folletos de ferias de ganado, está sobrepasada. Coge el teléfono:
-Mira, es que tengo que consultarlo.
Piii, piiii, piii...
-Oye, mira, que tengo una chica aquí que dice que si encuadernamos...
(A Charo) -¿Cómo has dicho? "Tesis", ¿no?
(Al interlocutor telefónico) -Una tesis. ¿Tú sabes lo que es? ... Bueno, vale, adiós.
(A Charo) -Mira, ahora mismo no sé, tenemos que verlo. Déjame tus datos si te parece.
Entonces la señora empieza a anotar en una libreta el nombre y teléfono de Charo. Y cuando los tiene, remata el episodio:
-Tesis... con "x", ¿no?
miércoles, 18 de marzo de 2009
Idiosincrasia de T.
Es difícil hacer comprender a quienes no conocen T. hasta qué punto es éste un lugar absolutamente fantástico, capaz de dar la vuelta a todas las expectativas que podamos tener respecto a la raza humana y su civilización. El panorama apenas queda siquiera esbozado si me pongo a hablar de la ausencia de normas de tráfico, de las bicis circulando sin luces en las horas más oscuras de la madrugada, o si refiero algunas de sus expresiones más autóctonas: "¿no te abulta?", "hace chorrete, ¿en?", o esa misteriosa expresión irreconocible que Charo transcribe como "¡agüivayá!" y cuyo origen no hemos logrado descubrir. Dos anécdotas quizá posean la suficiente plasticidad para facilitar una imagen más precisa de T.:
La primera de ellas tiene lugar en el aula de un curso de 1º o 2º de E.S.O. El profesor, un chico joven y bien avenido con los alumnos, les pide que dibujen una nave. Él, que también fue niño un día y dibujó aviones, barcos y naves espaciales, esperaba encontrarse con algo parecido a la Enterprise, un Ala-X o una nave imperial. Sin embargo, cuando el primer niño le enseñó su dibujo, el profesor se encontró sobre el papel un rectángulo monolítico cuya estructura hacía difícil creer que aquello pudiera volar. Así que preguntó:
-¿Qué es esto, Rodrigo?
-Una nave de pollos, maestro.
Como se puede pensar, la nave de pollos de Rodrigo pulverizó en un segundo la nave nodriza que había planeado por la imaginación del profesor mientras ideaba su ejercicio de motivación. Pero la esencia rural de T. brilla aún mejor en la segunda anécdota que quería anotar, y que Charo, de viva voz y gesticulando, cuenta de una forma que consigue hacer llorar de risa. Le ocurre a ella en una clase de 2º de E.S.O. En Educación para la ciudadanía, tratan el tema de la llegada del nazismo al poder, la II Guerra Mundial y el Holocausto. Los niños la miran asombrados al oír por primera vez las persecuciones sufridas por los judíos a manos de los nazis. Extrañado por el comportamiento errático de los judíos, un niño -que no para de mirar a Charo con ojos de estupor- pregunta:
-Pero maestra... ¿y por qué no se iban corriendo por la era...?
La primera de ellas tiene lugar en el aula de un curso de 1º o 2º de E.S.O. El profesor, un chico joven y bien avenido con los alumnos, les pide que dibujen una nave. Él, que también fue niño un día y dibujó aviones, barcos y naves espaciales, esperaba encontrarse con algo parecido a la Enterprise, un Ala-X o una nave imperial. Sin embargo, cuando el primer niño le enseñó su dibujo, el profesor se encontró sobre el papel un rectángulo monolítico cuya estructura hacía difícil creer que aquello pudiera volar. Así que preguntó:
-¿Qué es esto, Rodrigo?
-Una nave de pollos, maestro.
Como se puede pensar, la nave de pollos de Rodrigo pulverizó en un segundo la nave nodriza que había planeado por la imaginación del profesor mientras ideaba su ejercicio de motivación. Pero la esencia rural de T. brilla aún mejor en la segunda anécdota que quería anotar, y que Charo, de viva voz y gesticulando, cuenta de una forma que consigue hacer llorar de risa. Le ocurre a ella en una clase de 2º de E.S.O. En Educación para la ciudadanía, tratan el tema de la llegada del nazismo al poder, la II Guerra Mundial y el Holocausto. Los niños la miran asombrados al oír por primera vez las persecuciones sufridas por los judíos a manos de los nazis. Extrañado por el comportamiento errático de los judíos, un niño -que no para de mirar a Charo con ojos de estupor- pregunta:
-Pero maestra... ¿y por qué no se iban corriendo por la era...?
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