jueves, 30 de agosto de 2012

Final del verano

El verano se acaba. Como cualquier otro tópico, es tan real que apenas es posible decir nada que lo ilumine.  Está, sencillamente, ahí. Igual que están ahí los crepúsculos con amantes, las mariposas en el estómago, las despedidas. El final del verano es, otra vez -¿cuántas veces?- una playa en la que unos adolescentes comparten sus cuerpos y su indecisión. Es este ventilador cuyas aspas parecen ir más lentas. Y es esta luz que declina antes de las nueve. Termina el verano y empieza otra vez ese tiempo que nos lleva a las puertas del muro del invierno. Todo es un ciclo. También nosotros, como el año, repetimos un papel, nos repetimos a nosotros mismos. Volvemos al niño aquel que se deja caer por las dunas de arena. A la breve felicidad de qué lejano instante. Allí donde reposa -pensamos- lo más auténtico de nosotros mismos, algo que no hemos perdido a pesar del abismo de la vida, este teatro -otro tópico- del que solo nos libran unos raros destellos de verdadera libertad. El resto ya ha ocurrido millones de veces. Termina agosto tristemente, como todas las cosas que terminan. Pero la tristeza y la alegría son dos amantes que ahora bailan en una playa de agosto, mientras las hogueras iluminan tenuemente la noche.

5 comentarios:

Enrique García-Máiquez dijo...

Precioso texto. Con el curso que nos espera, sin embargo, la tristeza mía de este final de verano está siendo un poco mayor.

Adaldrida dijo...

Qué proema más bueno, Ale.

Alejandro Martín dijo...

Gracias a los dos. Enrique, te entiendo perfectamente. Adaldrida, hace un siglo que no sé de ti.. ¿te volveremos a ver en Sevilla?

Ignacio Trujillo dijo...

Me alegro, no del final del verano, sí de que vuelvas.

storm dijo...

Me encanta, estupendo.Lo bueno o positivo es que cuando algo acaba, una cosa nueva empieza. Y puede ser estupenda.