martes, 23 de febrero de 2010

Formación del profesorado

Hace un par de días llegó al centro una carta de la Consejería de Educación invitando a los profesores a que demos nuestra opinión sobre los cursos de formación. No sé si el lector sabrá que a los profesores se nos "anima" a realizar este tipo de cursos para conseguir puntos en los concursos de traslados, pagos de sexenios, etc. Pues bien, cuando mande por escrito mi opinión, diré más o menos lo siguiente:

Considero que la oferta de formación del profesorado es básicamente un escándalo y una tomadura de pelo. Un escándalo: porque se resuelve en una mera compra-venta de puntos, en la que es posible el milagro de superar, en una sola tarde y desde el ordenador de tu casa, un curso de 100 horas, si has pagado 100 euros al sindicato que lo oferta. Una tomadora de pelo: porque la calidad, el objeto y la evaluación de la mayoría de los cursos es tan lamentable que posibilita -y es sólo un ejemplo- que un profesor de física obtenga puntos realizando un curso de patinaje o que aprenda a realizar unidades didácticas en un par de horas.

Para que nadie diga que critico por criticar, ahí va mi propuesta: un órgano único, centralizado, especializado y de carácter estatal, dedicado exclusivamente a la evaluación del profesorado. Este órgano ofertaría cursos impartidos por especialistas, y no por cualquier cantamañanas que ha encontrado eco en un sindicato proponiendo un curso sobre... gastronomía tailandesa. Por ejemplo. Pero sobre todo que se encargue de evaluar que el profesor ha alcanzado realmente unos objetivos que realmente mejoren la calidad de la enseñanza. La temática de los cursos podría ser:

1) Didáctica. Pero en serio: con proyectos de innovación en las técnicas educativas. No vanas y vagas reflexiones pseudopedagógicas sobre el aprendizaje, sino proponiendo formas de motivación, de estructuración de las clases, de utilización de nuevas tecnologías, etc.

2) Especialidades. Cursos para ampliar conocimientos sobre cada una de las materias. Actualizar información sobre los temas que se imparten, permitiendo "reciclarse" al profesorado en el conocimiento.

3) Idiomas. Al igual que los valores, los idiomas no se aprenden como objeto de una asignatura en un par de horas a la semana, sino insertos en una praxis concreta y continua. Por eso, el futuro de la educación pasa por la impartición de materias en diferentes lenguas, como ya ocurre en algunos centros. Pero para ello es necesario que el profesorado conozca otras lenguas y pueda impartir parte de sus clases en ellas.

Lo importante, en fin, no es la oferta formativa misma (en la que encontramos de todo), sino el modo en que esa oferta se evalúa. Mi propuesta es, en definitiva, que se marquen unos objetivos concretos (¿qué le falta al profesorado español para estar a la altura de -digamos- el profesorado sueco?), y a partir de ahí se desarrolle una oferta formativa que se evalúe por un órgano serio. Y que se deje de gastar dinero y tiempo en este enésimo maquillaje de la educación.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Amén!

Th. Reichmann

Fernando dijo...

Hola, Alejandro. Tocas un problema común a todas las Administraciones, aunque no con el grado de corrupción que tú describes. En la mía -la Comunidad de Madrid- puedes hacer interesantes cursos sobre Protocolo en comidas oficiales, Inteligencia emocional o Ayuda a bien morir, asuntos de dudosa eficacia en la vida administrativa cotidiana, pero que te dan puntos en los concursos.

Me gusta la idea de la gestión estatal del asunto. Las Comunidades Autónomas -empezando por la mía- fueron una gran invención para acercar la Administración al ciudadano, pero han degenerado en corruptelas y localismos como el que describes.

Ramón Simón dijo...

Ánimo y suerte.
Un abrazo.