miércoles, 10 de marzo de 2010

¿Para qué educar?

Los cursos se suceden como los proyectos de ley: por inercia. A los niños les decimos que hay que ser tolerantes y les enseñamos cuatro o cinco chorradas; luego, toqueteamos los impuestos para que la gente se anime a hacer obras en su casa y -tal vez- se compre un coche. Y entre una cosa y otra, llega el viernes. Entonces hay tiempo de comer más, de dormir más, de viajar más, de reírnos más, de copular más: "lo verdaderamente importante", decimos. Mientras tanto, da la impresión de que la historia nos deja de lado. Una cruel ironía para Occidente, cuyo pensamiento más in (Fukuyama, Rorty, Vattimo...) quiso declarar la muerte de la historia, justo antes de morir a manos de ella. Y lo peor: la que vuelve es la misma Historia con mayúsculas que, según Hegel, utilizaba fugazmente a los pueblos para luego abandonarlos en el tiempo de un simple acontecer sin sentido ni destino. Así, China desmonta a golpe de PIB nuestra más vieja y preciada premisa: la que dice que, a más libertad, más bienestar. Cada informe de los organismos económicos internacionales prevé un crecimiento desmesurado en el Sudeste asiático, animado por la locomotora china, cuyo régimen desintegra por igual el dogma marxista de la propiedad privada y el dogma hegeliano de la libertad burguesa. China demuestra (al menos de momento) que la represión y la negación del individuo pueden coexistir con la tecnología y la satisfacción existencial. Pero allí se sabe bien cuánto cuesta domesticar al hombre y convertirlo en una herramienta dura y provechosa: nosotros tardamos siglos en hacerlo, y lo hemos desmontado en cuarenta años. Así, mientras los niños chinos tienen que aprobar duros exámenes para acceder a la educación secundaria no obligatoria, nuestros estudiantes universitarios celebran una perpetua fiesta de la primavera y nuestros chicos de la ESO forcejean con los maestros para que no se le quite el móvil. En las clases de todos los niveles educativos se respira un aire viciado: la apatía, la desgana, el aturdimiento. No sabemos para qué vivir, así que no sabemos para qué educar. Consecuencia: no educamos.

5 comentarios:

Ángel Ruiz dijo...

Excelente entrada. Y aprovecho para felicitarte por tu traducción del poema de Rilke en Númenor: ¡excelente!

Anónimo dijo...

Ale, no veo la relación entre la educación inexistente aquí (por cierto, tómate lo que quieras, chaval) y el éxito material del sistema chino. Por supuesto que la "represión y la negaciçón del individuo pueden coexistir con la tecnología" - de hecho, es una de sus armas-; pero ¿la satisfacción existencial? ¿Te refieres a la del Estado como ente?
Otra cosa, ¿seguro qe no educamos? ¿Será que estamos hartos de que así sea una misión casi imposible educar?
Un abrazo.
Paco.

E. G-Máiquez dijo...

Admiración. ¿Has ido a ver An Education? Pone el dedo en esa misma llaga. Y "el aire viciado", qué bien visto, o respirado.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Gracias, Enrique, Ángel...

Paco: la relación es entre el éxito material chino y la disciplinada, férrea y espartana educación china. Con lo otro me refiero a la satisfacción existencial de la que, según ciertas encuestas, disfrutan nuestros amigos chinos: carecen de libertad y de derechos, pero progresan y son felices.

pseudópodo dijo...

Magnífica entrada. El principio, hasta el "Mientras tanto", es extraordinario. Y lo demás no desmerece.

Yo llevo diciendo años que los chinos nos van a barrer del mapa, pero nunca lo he dicho ni remotamente tan bien. Ten cuidado con la primavera que se avecina: hay mucha fiesta de la primavera, pero es la estación con más depresiones (quizá precisamente por eso).

No te agradecí el ofrecimiento que me hicieste con Florenski; es que compré dos libros suyos y no quería pedirte la revista si no los he leído aún. Muchas gracias, de todos modos.