viernes, 27 de enero de 2012

Justicia, opinión y democracia

En la última semana, muchas personas han decidido echarse a la calle para protestar contra la justicia. No es la primera vez. De hecho, ocurre con cierta frecuencia. El asunto me da que pensar. En primer lugar, sobre el tema de "las opiniones". No tengo nada que objetar al hecho de que la gente tenga opiniones sobre casi todo lo que ocurre. Faltaría más. Sin embargo, cuando uno se toma en serio la decisión de pensar los acontecimientos del presente, lo normal es que, en seguida, y sin necesidad de llegar a la humildad socrática, se dé cuenta de que, en realidad, dispone de muy poca información como para tomarse demasiado en serio sus propias opiniones. En un mundo donde cada vez todo es más complejo, la simplicidad de la opinión parece establecer un suelo, un cimiento a la subjetividad. Ello es especialmente así cuando la opinión es, al mismo tiempo, un juicio moral. La indignación que nos provocan los "malvados" nos crea, en un reflejo especular, la ilusión reconfortante de nuestra propia bondad. Y, así, nada más fácil que convertir la sospecha en condena. De hecho, algunos antropólogos encuentran en el sacrificio victimario el origen de la vida colectiva primitiva. Así, se trate de asesinos, violadores, corruptos o terroristas, los acusados se convierten en culpables hasta que demuestren lo contrario. Y cuando lo hacen, siguen siendo culpables, y entonces tenemos dos culpas: la de ellos y la de quienes no lo reconocen. A partir de ese momento toma vigencia social la famosa teoría de la justicia defendida por el profesor Skinner (no el del condicionamiento operante, sino el de los Simpsons) cuando afirmaba: "No hay mejor justicia que una turba enfurecida".

Hay una confusión en todo esto, por la que conviene recordar una y otra vez que la democracia no es sólo el sistema político en que la gente vota. Ni siquiera es fundamentalmente eso. Y desde luego no es el sistema de la gente, el sistema del pueblo convertido en un Absoluto. La democracia es el sistema político que establece la vigencia universal de la ley. Es un sistema moral, en el que todo individuo renuncia, como explicaron Spinoza y Hobbes, al uso de su propia fuerza para convertir las fuerzas de la colectividad en un organismo racional, legal, organizado. Perfectible, pero racional. La gente no debería opinar sobre la culpabilidad o la inocencia de quienes son juzgados. Pero sobre todo no debería negar a los jueces esa potestad, organizar manifestaciones para acusar a una persona de todo aquello de lo que ha sido exculpada por los tribunales... toda esa actitud golpista, usurpadora de las potestades públicas, da miedo: no por lo que pueda llegar a ser (que será nada), sino por lo sintomático que resulta de la estructura moral de un pueblo que aún no ha asumido totalmente el significado del sistema político que lo ampara. Recuerdo que, en el famoso discurso de Pericles, la democracia no era simplemente el gobierno de la mayoría, sino un "ejemplo para otros pueblos", un auténtico sistema ético donde sólo la diferencia de méritos es causa de la diferencia de posición. La democracia, tal y como la entiende Pericles, es un motivo de orgullo precisamente porque pone la ley por encima del arbitrio caprichoso de los hombres. Sólo cuando se atisba su densidad moral, se la puede defender con pasión: esa pasión que nos falta a los españoles y, en general, a casi todos los viejos países europeos. A veces da la sensación de que este país, que parece un conjunto anarquista de tribus pre-romanas, no sólo no estuviera preparado para tener una democracia, sino que ni siquiera lo estuviera para tener un Estado. Y entonces -y ahora es cuando espanto a los pocos lectores que me queden- uno se pregunta si no será realmente necesaria una Educación para la ciudadanía.

10 comentarios:

Ana dijo...

Una reflexión interesante. Justo he estado leyendo esta semana unos textos de Girard y de Foucault para cuestiones de la tesis y el tema me viene muy al caso. Por otra parte, siempre es bueno tener presentes estas cosas, en mi opinión (sic.) especialmente como modo de autocrítica y advertencia personal. O al menos a mí desde luego me viene pero que muy bien recordármelo a menudo, ejem... Total, que gracias.

(Tiene gracia, el texto de verificación que me ponen para poder publicar el comentario es "ginebr"...)

Fernando dijo...

"La gente no debería opinar sobre la culpabilidad o la inocencia de quienes son juzgados". La frase es terrorífica, Alejandro. Primero, porque esto no es la democracia de Rousseau, eso no es el Pueblo Soberano que vota directamente sus Leyes y acepta responsablemente su aplicación, pues deriva de la Voluntad Común. Esto es un sistema en que unos señores (elegidos y sometidos a intereses y presiones) hacen unas Leyes que pueden coincidir o no con lo que opina la gente, con lo que opina cada uno, así que todos somos libres de juzgar sobre el contenido de la Ley que se aplica.

Segundo, no sólo eso. Incluso estando conformes con la Ley no hay porqué estarlo con su aplicación. En el caso que citas, por muy santa que sea la Ley, si el juez A dice que hubo cómplices, aunque a él no le toque juzgarlos, y el juez B dice que no queda acreditado que hubo cómplices, ¿es desacato a la Voluntad Común decir que eso es absurdo, contradictorio?

Conforme con lo del inicio: da miedo opinar sobre nada, tal es la complejidad de todo asunto hoy en día. La sociedad de la información hace que cada vez tengamos más datos y cada vez seamos más conscientes de nuestra ignorancia y cada vez opinemos más sobre todo (véase este comentario, por ejemplo).

Buenísimo lo de la turba de Skinner.

Nicolás Fabelo dijo...

Alejandro, si espantas a un lector con tus palabras es porque no es digno de tu blog. La verdad es que estoy muy de acuerdo con lo que dices.

Quisiera hacer dos apuntes: 1) Mucha gente se toma equivocadamente la democracia como una cosa que viene dada, gratuita, algo así como el aire que respiramos; 2) Una democracia sin ciudadanos responsables y bien informados no es que no sea una democracia plena, es que es una democracia con pies de barro. En fin, mentiría si dijese que soy optimista con respecto al futuro de la democracia, al menos en España.

Jesús Beades dijo...

Efectivamente, el antropólogo del "chivo expiatorio", por antonomasia, es Girard. Se remonta al origen de la violencia, que es el deseo mimético, que se va concentrando en remolinos que acaban necesitando ese punto de origen, convención social impuesta, que es el chivo expiatorio. También explica cómo la Redención rompe esa dinámica, asumiendo Cristo ser el Chivo expiatorio, justo Quien menos lo merece, para salvación de todos, rompiendo la espiral de odio en un nuevo Orden, en un Hombre Nuevo.

Por cierto, un respeto. Es Director (Principal) Skinner. No lo rebajes a Profesor.

Y, más que democracia, la definición se ajusta más al concepto de "Estado de Derecho", en la que la separación de los tres Poderes, vigilándose entre sí, y el pueblo siempre vigilando a los tres (mediante la prensa y otras manifestaciones no estatales), el que mantiene el difícil, casi imposible, equilibrio, en que la Ley es la norma, y el monopolio de la fuerza es legítimo. Una democracia (en cuanto sistema de elección de mandatarios) no coincide siempre con un Estado de Derecho real. Por eso, más que "Democracia Real", el lema tendría que haber sido otro.

Por mucho que me fastidie, he de reconocer que el ministro que mejor pinta tiene, por sus primeras declaraciones, es el de Justicia. La despolitización de la Justicia, devolviendo al Tercer Poder su autonomía (o gran parte) sería un legado que justificaría un mandato. Pero habrá que verlo. LLevan mucho tiempo con el pastel repartido.

Alejandro Martín dijo...

Ana: se ve que mi hospitalario blog quería invitarte a un gintonic... ¿O estaba pensando en Rousseau...? Citas dos buenos autores para este tema. Girard es el antropólogo del chivo expiatorio, como menciona Beades. En esa expiación se concentran todas las fuerzas violentas de la sociedad. Por eso el asesinato público, el linchamiento, es una liberación de las energías violentas de la vida colectiva: buscamos un malvado, nos lo cargamos, y nos sentimos unidos y reconfortados. Y Foucault es que da para mucho, porque recorre todas las manifestaciones de la crueldad de la razón occidental. Ya hablaremos de esto -si eres la Ana que creo que eres... :-)

Alejandro Martín dijo...

Fernando: yo no he hablado en ningún momento de las leyes, que por supuesto pueden merecernos toda clase de opinión. Pero tampoco hablo del funcionamiento de la Justicia (pérdida de pruebas, errores burocráticos, contradicciones, descoordinación, lo que sea...). De lo que hablo es de los juicios sumarísimos llevados a cabo por las turbas de opinadores (mediáticos o no) que dan lugar -no sé si recuerdas- a casos tan espantosos como el de Dolores Vázquez en el caso de Sonia Wanninkhof. La gente se apostaba en las calles, ante el juzgado, frente a su casa. Los medios la lincharon. La hubieran ahorcado en la plaza del pueblo de no haber un sistema mediocre, pero legal, que la ampara. No sé si recuerdas el final... Los juicios paralelos, generalmente condenatorios, basados en filias, fobias, simpatías o antipatías, sospechas convertidas en hechos... son actitudes que, más que a la democracia de Rousseau, efectivamente, me recuerdan a la de Robespierre, con su "justicia rápida, severa e inflexible" (que es como definía él mismo al Terror).

Alejandro Martín dijo...

Nicolás: totalmente de acuerdo, aunque quiero ser más optimista. Hay que reflexionar y educar, cada uno desde su posición. No hay otra.

Alejandro Martín dijo...

Jesús: claro, es que la democracia, en su origen, es el Estado de Derecho mismo. En Grecia, democracia es sometimiento a una ley igual para todos. En la modernidad, la democracia se desarrolla en base a las distintas revoluciones que buscan despojar al Soberano de su carácter absoluto (precisamente ese carácter que lo coloca, a él, por encima de la ley misma). Es lo que dice Locke: mientras el rey esté por encima del pacto social, la relación entre éste y sus súbditos sigue siendo de estado de naturaleza (y, por tanto, expuesta a la violencia y a la guerra). Es esa validez universal de la ley que se desprende de la Bill of Rights, y que aparece en el pensamiento de los grandes autores del XVII y del XVIII (de Locke a Kant).

Enrique García-Máiquez dijo...

A mí tampoco me espantas. Esa idea del soberano por encima de la ley tiene —veo ahora clarísimamente— una conexión con la turba enfurecida según el Director Skinner. Nos explica Girard que el rey es figura especialmente susceptible de ser víctima. Lógicamente, añado después de leer la entrada. Gracias.

Ignacio Trujillo dijo...

Tras la sentencia de Garzón , tus palabras cobran aún más actualidad. Parece que lo de la "vigencia universal de la ley" ha de tener sus excepciones, aunque por supuesto no en el caso de Urdangarín, al que se le machaca sin piedad. (No discuto su posible culpabilidad pero que sea la justicia quien lo dirima).
Efectivamente disponemos de poca información como para poder tomarnos en serio nuestras opiniones. En el caso de las sentencias judiciales, sin embargo, la información es pública, sistemática y objetiva. Simplemente no concibo que se pueda opinar frívolamente, incluso con indignación y desprecio, y no haberse leído la sentencia.(Es aconsejable echarle un vistazo. Es clara rotunda y unánime. Eso sí después cada uno que opine lo que quiera) Por otra parte, el pasaje en que Cristo insta a lanzar la primera piedra a la "malvada" adultera es un maravillosos ejemplo de la ruptura de ese reflejo especular, de esa la ilusión reconfortante de nuestra propia bondad...Y como siempre es un placer abrir este blog. Rezuma inteligencia y profundidad, también por parte de los participantes, aunque haya atrevidos como yo. Saludos.