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domingo, 18 de marzo de 2012
Boris Groys sobre la literatura estalinista
“Un rasgo característico de los héroes de la literatura del período staliniano es la capacidad de realizar hazañas que de manera evidente superan las fuerzas humanas: esta capacidad se manifiesta en ellos gracias a su negativa a abordar la vida «formalistamente». Esta negativa les permite, con la sola fuerza de la voluntad, curarse de la tuberculosis, comenzar a cultivar plantas tropicales en la tundra sin invernaderos, paralizar al enemigo con la sola fuerza de la mirada, y así sucesivamente. El movimiento stajanovista, sin ninguna aplicación adicional de la técnica, con la sola fuerza de voluntad de los trabajadores, elevó la productividad del trabajo decenas de veces. Sin ninguna aplicación de los «métodos formalistas de la genética», el académico Lysenko logró convertir unas especies de plantas en otras completamente distintas. La frase «Para los bolcheviques no hay nada imposible» pasó a ser la consigna de la época. Toda referencia a hechos, posibilidades técnicas o límites objetivos era tratada como «pusilanimidad» o «poca fe», indignas de un verdadero stalinista. Con la sola aplicación de la voluntad se puede, como se creía, superar cualquier dificultad que a la mirada burocrática, formalista, le pareciera objetivamente insuperable” (Boris Groys, Gesamtkunstwerk Stalin. Die gespaltene Kultur in der Sowjetunion, München-Wien, Carl Hanser Verlag, 1988, pp. 66-67)
lunes, 25 de octubre de 2010
Algo inquietante está siendo ocultado
El último ha sido un fin de semana de mucho trabajo, así que el ocio se ha reducido casi exclusivamente a un paseo por el videoclub. La película elegida, en esta ocasión, ha sido Moon. Es curioso comprobar cómo el cine sigue siendo capaz de nutrirse de la vieja e inquietante idea cartesiana del genio maligno: cada circunstancia puede revelarse repentinamente como una farsa, cada mundo puede ser un teatro. Recuerdo que Boris Groys señaló en cierta ocasión que el espectador de los años veinte y treinta se cansó de la exposición del procedimiento artístico propio de la vanguardia y lo que quiso es precisamente su ocultación. Desde entonces, este deseo de ocultación perdura en la sensibilidad estética de nuestros días: el cine y la publicidad viven de él. Algo inquietante está siendo ocultado bajo la superficie simbólica del mundo, algo que debe ser tapado hasta el final para mantener la tensión de la sospecha, que es el origen de la metafísica y de la fruición artística. Este fenómeno estético es posiblemente uno de los signos más determinantes del fin de la modernidad: la clausura de una cosmovisión según la cual todo ha de ser finalmente transparente a la conciencia. La conciencia es, antes bien, el escenario del engaño, de la duda y de la sospecha. De ese modo, supone, inversamente, el triunfo de un cierto escepticismo romántico: la conciencia es el fenómeno de un proceso abismático que siempre la supera.
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