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sábado, 5 de junio de 2010
Un día más
Son las 20:30 en este preciso momento. Acabo de terminar lo que tenía que traducir y que estudiar hoy. Cuando iba escribiendo las últimas palabras, pensé que, para ser feliz, sólo hace falta darle a cada día lo suyo. Hacer lo que toca, sin más. Y, al final del día, tener una terraza desde la que asomarse para ver un sol cansado, adormecido, igual que uno. Y recuerdo, para autoconfirmarme, que Gómez Dávila se quejaba (lástima no tenerlo a mano para citarlo bien) de la falta de sabiduría en el buen vivir que trasluce una sociedad que desprecia la monotonía. Pero esta sensación de felicidad rutinaria dura poco. En seguida mi lado romántico asalta a mi lado reaccionario, y le susurra: "Ahora mismo alguien está saltando en parapente desde una montaña que ni siquiera sabías que existía, y en algún local oscurecido de una ciudad unos músicos tocan una pieza irrepetible, y dos amantes están revolcándose sobre alguna playa, aunque sea en una película...". Y tengo la sensación de que lo verdaderamente importante se escapa en medio de esa lucha: entre la frustración y la alegría, entre la realidad y el deseo.
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