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miércoles, 20 de enero de 2010

El terremoto de Munilla

Lo que opino de esta conjunción de anticlericalismo e intolerancia, aquí. Aunque me quedo con el artículo de Enrique, acá.

viernes, 30 de enero de 2009

Educación para la Ciudadanía, o "no puede ser que el no-ser sea"

Por fin el Supremo se decidió: no existe el derecho a objeción de conciencia en el caso de Educación para la Ciudadanía. A mí la verdad es que esta historia me suena un poco a subdesarrollo intelectual, pero en fin... Como filósofo fiel a su formación -supongo que pensaría de otro modo si hubiese estudiado Derecho- siempre había entendido la objeción de conciencia como un acto de naturaleza moral: algo que uno ejerce precisamente contra algún tipo de exigencia por parte del Poder, de manera que yo lo imaginaba en plan Antígona, es decir, heroicamente y asumiendo las consecuencias, por muy terribles que fueran. Ahora resulta que no: por lo visto, son los tribunales los que deciden en qué casos el Poder debe reconocer el derecho a la objeción de conciencia. ¡Pues vaya conciencia!

A mí toda esta histeria alrededor de la asignatura me parece ridícula. Yo no creo al clero español cuando se queja de la posibilidad de "adoctrinamiento" y cuando reclama el derecho de los padres a elegir la educación moral de sus hijos. ¿Se quejaría igualmente si el contenido de ese adoctrinamiento le fuese más afín? Lo dudo. Y también me parece que la mayoría de las opiniones sobre la asignatura no están lo suficientemente formadas: cuando uno mira los objetivos de la asignatura (que es lo único que viene marcado por la ley), se da cuenta de que Educación para la Ciudadanía puede ser algo tan peligroso como inane, dependiendo de en qué manos caiga. Pero, ¡ah!, las manos son las que son: nos llevan adoctrinando desde tiempos remotos, y quienes hemos estudiado en centros públicos (no digo ya en los otros) hemos escuchado todo tipo de sentencias sobre lo humano y lo divino, sin necesidad de asignatura ciudadana.

Pero a lo que iba: todos estos debates sobre la bondad o maldad de la asignatura se hubieran evitado de haberse planteado un debate previo sobre una cuestión mucho más radical: ¿es siquiera posible una asignatura cuyo objetivo sea la Educación para la Ciudadanía? No, no lo es. Y no lo es porque a todo este asunto subyace un fundamental y terrible malentendido: se piensa que los valores (como la justicia, el diálogo, el respeto...) pueden ser convertidos en conceptos, y de este modo, "explicados". Se piensa que basta decirle a los alumnos que hay varios tipos de familia para evitar la homofobia; o que los inmigrantes crean riqueza y pagan las pensiones de las sociedades en las que viven, para evitar el racismo. Y así con todo lo demás. Pero no es cierto: decía Scheler que los valores no son, sino que los valores valen. Y es justamente así: están implícitos en la acción y su aprendizaje no se lleva a cabo por una teorización acerca de su naturaleza (y mucho menos de su fundamentación). Se aprende lo que es la belleza femenina viendo a Catherine Zeta-Jones, Natalie Portman y Liv Tyler, no en una asignatura en la que se explica en qué consiste la belleza femenina y en la que se hacen ejercicios para reconocerla y aplicarla a ejemplos concretos.

Los valores no se aprenden, se imitan. Van unidos al pensamiento y a las acciones de un modo tal que sólo pueden ser transmitidos en el contexto de la propia vida, una vida que, afortunadamente para los chicos, es mucho más que las dos horas semanales en que se imparte este contrasentido. Se podrá educar, no ya ciudadanos, sino personas, cuando toda la sociedad asuma la difícil tarea de crear paradigmas de acción y de pensamiento que contengan nuestros valores compartidos. Cuando se acepte que, como dice Marina, "toda la tribu educa". Lo demás -como ocurre con todas las políticas impactantes de nuestro presidente- es humo, y menos que nada.