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martes, 10 de mayo de 2016

Hannibal abraza a Gramsci

La jugada, maquiavélicamente hablando, ha sido magistral: un grupo de viejos comunistas, muchos de los cuales habían militado en partidos de izquierda radical, ponen en marcha un partido al calor de la crisis y el descontento social. Lo presentan como un partido nuevo y transversal, que no se sitúa ideológicamente en el eje derecha-izquierda, a pesar de lo obvio de su discurso, sus líderes, sus filias y sus fobias, y gran parte de su programa. Como tales recogen el voto de diferentes fuentes del descontento ciudadano para, al final, volver a los cálidos brazos de la Madre Revolución. Fuera de las trincheras hace demasiado frío. El acuerdo es la ejecución del imperativo gramsciano de asaltar el poder en el difícil contexto de una sociedad en la que los comunistas resultan prácticamente extraterrestres. Y es a esto, creo, a lo que, botellín en mano, se refería Pablo Iglesias al anunciar su acuerdo desde la Puerta del Sol citando a Hannibal, el del Equipo A: "me encanta que los planes salgan bien". La cuestión por aclarar es a cuántos de sus votantes les gustará constatar que la regeneración era solo la estrategia de la viejísima izquierda comunista para alcanzar el poder a toda costa.

martes, 8 de diciembre de 2015

Anotaciones al debate

Me gustó mucho el debate de ayer en a3media, y no tanto por lo que allí se dijo, que fue poco y poco nuevo, sino por su contexto: en este país la política está dejando de ser un tabú conversacional y vuelve a provocar más interés que hartazgo. Más de nueve millones de personas vieron el debate y en Twitter no se hablaba de otra cosa. Muchos jóvenes que aún no han terminado el instituto ven los últimos debates y hablan de política. Y esta misma mañana, en una cafetería de barrio en Dos Hermanas, las señoras comentaban las propuestas en educación. Este país necesita una política nueva, y eso que precisamente los candidatos de la "nueva política" mostraron ayer qué fácil es caer en la vieja política del vacío: un discurso de mínimos para no pillarse los dedos con nada. En este sentido, he visto a Albert Rivera mucho más concreto y sólido en otras ocasiones, teniendo en cuenta que me sigue pareciendo la alternativa más viable al impasse político de este país. Hay que decir lo que se piensa de la guerra, de la contratación y de los impuestos. Precisamente ahí estuvo muy bien Pablo Iglesias cuando, por ejemplo, defendió el referéndum soberanista. Decir esas cosas nos aclara a los ciudadanos a quién no debemos votar si no queremos que una sola legislatura dinamite la gran conquista histórica de la unidad nacional. Los ciudadanos quieren oír discursos sólidos, propuestas viables, proyectos tangibles, para no correr el riesgo de que el discurso político se convierta, como decía Popper respecto de la pseudociencia, en un conjunto de afirmaciones infalsables, y por tanto, completamente irrelevantes. Ayer Rajoy, como siempre, se ausentó. Es el presidente que se oculta a sí mismo, el Sanctasanctórum, la Kaaba: en su no manifestarse, intenta crear la ilusión de su propia divinidad. Y como lo Absoluto no puede manifestarse (Éxodo, 33:18-23), mandó a su profeta Soraya, que no estuvo nada mal teniendo en cuenta que iba camino del Gólgota. Recibió a tres bandas, con cierta dignidad. A Rajoy, en cambio, no le gusta que le pregunten cosas. Las divinidades no dan explicaciones a la chusma. Por el contrario, sí estuvo en casa de Bertín Osborne, otra divinidad, en un bochornoso acto de propaganda grosera donde se alternaban relatos enternecedores de su infancia con fotos antiguas y música nostálgica. Pero de los sobres y de los pobres, de la política económica y de la economía politizada, de las aulas y los hospitales, no tiene nada que decir. La estrategia estética de Rajoy es la de los emperadores japoneses y los faraones egipcios: solo exponerse ante el populacho en escenificaciones de su propia grandeza. Con independencia de los frutos que pueda recoger de esta estrategia, ayer fue el peor del debate y demostró, una vez más, que no está a la altura de lo que merece España. Y eso que ni siquiera estaba.

lunes, 19 de octubre de 2015

La nueva política en la barra del bar

Ayer, mientras mi pueblo entero festejaba una romería que había sido cancelada por la lluvia, yo me tragué el debate entre Iglesias y Rivera organizado por Jordi Évole en La Sexta. El programa comenzaba con el small talk de Pablo y Albert en el asiento de atrás de un coche. Llegan a Nou Barris y, por la calle, un señor mira al líder de Podemos con cara de adoración: "Usted es Pablo Iglesias, ¿verdad?". A Rivera no le dice ni hola, así que el pobre se echa a un lado y todos pensamos que se han topado con un votante de Podemos. Hablan unos segundos y cuando se van a despedir, Évole le pregunta al señor: "bueno, ¿y usted a quién ha votado?". Entonces el señor confiesa haber votado PSOE en las municipales, luego señala con el dedo a Rivera como si fuera el hijo de la vecina y dice: "En las autonómicas, a Ciudadanos". Y sigue mirando a Iglesias con cara de alucinado. Me pareció tan genial que es el detalle que mejor recuerdo de la entrevista.

Bien. Los tres se van a un bar y, nada más entrar, la dueña se queja de que ningún candidato se pasa por Nou Barris. Y este primer detalle, esta estética ya dice algo de lo que está pasando, a pesar de que el eslogan de la nueva política se repita como un mantra hasta el punto de que la saturación nos empuje a dudar de él. Algún tuitero bromeaba ayer con que a la entrevista solo le faltaba un tío saliendo de cagar del baño. En España, el pueblo son los bares. Allí se escuchan las quejas, las preocupaciones, las opiniones de la gente. Dos políticos y un periodista tomando café con leche en un bar de barrio es una escenografía distinta, radicalmente nueva, a la que representa ese político asomado a un plasma para responder preguntas previamente dadas a los periodistas. Solo hacía falta tratar de imaginar allí las figuras artificiosas de Rajoy y Sánchez para entender que estábamos en otra dimensión.

El contenido: flojo en mi opinión, muy del gusto del formato televisivo. Faltó completamente la cuestión ecológica, al parecer irrelevante para la política actual. De dos temas tan importantes como la educación y la sanidad solo se dijo lo que alimenta la polémica mediática: la segregación por sexos en los colegios, en cuanto a lo primero, y la atención sanitaria a los inmigrantes, en cuanto a lo segundo. Dos asuntos que, mirados con atención, rozan lo irrelevante. Ambos líderes son hábiles y usan cualquier detalle para barrer para casa. Pero Rivera estuvo mucho más ágil: lo tiene más claro, explica mejor las propuestas del partido y se evidenció como un candidato a la altura de La Moncloa. Iglesias vaciló, no pudo concretar, diluyó propuestas iniciales en mera declaración de intenciones, regulativas, como las ideas de la razón de Kant. Propuso cosas que le van a quitar mucho apoyo a nivel nacional (como el acercamiento de presos de ETA, la celebración de un referéndum en Cataluña y la excarcelación de Otegi). Pero incluso en ellas hay que reconocer la honestidad de un político que afirma y explica aquello que cree bueno para su país, sin rodeos ni concesiones a la ambigüedad. Rivera hace lo mismo con temas económicos: le gustaría -dice- un salario mínimo más alto o una jubilación temprana, pero lo ve imposible en las condiciones demográficas y económicas actuales. Las malas noticias hay que explicarlas con honestidad: la gente lo entiende y lo valora.

La diferencia entre nueva y vieja política se ve especialmente al contrastarla con el nivel de la mesa de El Objetivo, que tiene lugar justo después de la entrevista. Allí Pablo Casado (PP) se ríe, con esa ironía cansina y falsa de los políticos profesionales, por las coincidencias entre Iglesias y Rivera. La estrategia es espantar a los votantes del PP de una posible huida a Ciudadanos. Y no entiende que a los ciudadanos que no adoramos a nuestros partidos como sectas, esas coincidencias nos parece que van en la buena dirección: la de que partidos tan distintos puedan ponerse de acuerdo en la regeneración institucional del país. Pero no solo: Casado también ironiza con el hecho de que ambos candidatos reconocieran haber pagado en alguna ocasión en negro. Entonces uno, como telespectador, contempla atónito cómo este Pablo Casado, representante del partido de la mentira, el expolio y la corrupción generalizada, se pone moralista porque ambos líderes declaren haber pagado en su vida alguna cosa en negro. Y luego está Adriana Lastra, la representante del PSOE, que usa su condición de mujer para pedir que no la interrumpan (!) y que se enfada con Íñigo Errejón porque el hombre mueve las cejas cuando ella habla.

Bien. En una sociedad en la que, como decía Erich Fromm, se ha perdido la gran esperanza en la política, quizá lo nuevo de la nueva política consista en que ya no nos mueva un gran sentimiento al que entregar el corazón, sino un compromiso sosegado con las buenas ideas. Quizá sea el momento, no de grandes revoluciones, sino de grandes consensos, de reformas surgidas de una puesta en común que, según todos los sondeos, va a ser inevitable. Al hilo de la entrevista pensaba, precisamente, que la Constitución Española no fue más que el resultado de múltiples renuncias. La renuncia a lo propio en atención a lo de todos. Esto a veces se olvida. La gran esperanza se diluye entonces en una confianza razonable: la de que es posible mejorar ciertas cosas. No conquistar el cielo, pero sí mejorar la tierra. Sin sectarismos ni certezas absolutas. Al terminar la entrevista, me acordé del personaje que apareció al principio: el pueblo español se parece mucho a ese señor que pasea por las calles de Nou Barris, vota PSOE en las municipales, Ciudadanos en las autonómicas y mira con simpatía a Pablo Iglesias. Que a la nueva política no se le olvide.

sábado, 3 de enero de 2015

La tragedia española

He escrito en alguna ocasión contra Podemos. Lo he hecho de una manera tan explícita que cualquiera podría pensar que mi posición oscila entre la antipatía personal y una distancia ideológica insalvable. Lo cierto, sin embargo, es que no hay partido en el espectro político español actual que me resulte tan simpático. Es decir, que estamos en el mismo pathos. ¿En qué radica este pathos? Básicamente en la repugnancia ante la degradación moral de la vida política en nuestro país y sus consecuencias para el bienestar de nuestros compatriotas. Vivimos gobernados por una casta parasitaria de tipo feudalista que crece consumiendo el cuerpo social que debería sanar y cuidar; una casta que impide prosperar en el ejercicio del poder precisamente a quienes conciben la política como una vocación de servicio público y, por tanto, estarían más capacitados para mejorar las cosas. La imagen de perversión que ofrecen, a día de hoy, las instituciones fundamentales del Estado es, sencillamente, insoportable, y la indignación ante dicha imagen crece sin cesar y es la energía que nutre a Podemos.

¿Dónde está, entonces, mi objeción? Conviene analizar este hecho: Podemos es a la política lo que el Cuadrado negro de Malévich al arte o el monolito de Kubrick al cine: es el triunfo de lo negativo, la victoria de un modelo de seducción basado en la negación de todo contenido. Cuando la entera imagen del ser es odiosa, la única esperanza está en la nada. Por supuesto, Podemos no es un partido meramente crítico y negativo: está lleno de propuestas concretas. Pero no son exactamente sus propuestas las que lo han llevado a donde está (cuarta fuerza política en las elecciones europeas y prácticamente al mismo nivel que PP y PSOE en intención de voto a lo largo de varias encuestas). Por ejemplo: todavía no sabemos exactamente en qué quedará su propuesta estrella de una renta básica universal y en los últimos tiempos el discurso de la formación se acerca peligrosamente en este punto a lo que ya nos suena por Rajoy: "nos hubiera gustado cumplir nuestro programa, pero la herencia recibida...". Tampoco sabemos bien cómo se concretará su reforma fiscal ni qué significa exactamente eso de un "proceso constituyente" como solución a las tensiones territoriales en las regiones con mayoría nacionalista. Pero lo más importante es que hay un gran número de votantes potenciales que fundamentalmente ignoran el contenido de las propuestas del partido: Podemos es la voz unificada de una indignación heterogénea. Lo que la ha convertido en una fuerza política de primer rango es su capacidad para seducir a padres de hijos en el paro, votantes conservadores desencantados del PP, decepcionados de los partidos tradicionales de izquierda e incluso a sectores con escaso interés en la política como los más jóvenes.

Podemos parece haber absorbido las posibilidades de UPyD y Ciudadanos (otros partidos que surgieron con ánimo regeneracionista) por medio de una genial maniobra estética: cuestionando la totalidad del sistema, presenta el reformismo como maquillaje del sistema, es decir, como hipocresía. La radicalidad del discurso crítico funciona conectando directamente con el comprensible resentimiento del pueblo: no valen medias tintas, es necesario extirpar el mal de raíz (de ahí las metáforas higienistas tan habituales en el discurso de Podemos: limpiar, barrer, extirpar...). Mientras -como parece pretender últimamente- la formación avance sutilmente hacia la socialdemocracia para seducir a los moderados, es posible que pierda parte de una fuerza magnética que ha funcionado precisamente gracias a no hacer concesiones a la moderación.

Y así nos vemos ante el siguiente panorama: la credibilidad en la política por los suelos, la desconfianza en la justicia por las nubes, una universal sensación de impotencia en los votantes, un gobierno ineficiente, inercial, carcomido por la corrupción, y frente a él una oposición hipócrita, en medio de un país empobrecido, desencantado y encima amenazado en su integridad territorial por el independentismo. La tragedia española, al menos de cara a las próximas elecciones, es que el único partido que se ha mostrado capaz de plantar cara a todo ello y que tiene la ambición de hablar de Política con mayúsculas, sea prisionero de los viejos prejuicios ideológicos de sus dirigentes y que toda esta exaltación de los grandes ideales termine siendo solo, como tantas veces en la historia, la máscara de una hiperpolítica liberticida.