viernes, 3 de septiembre de 2010

Animalismo y antropofobia

En la entrada de un blog que habla sobre la figura del torero, leo este comentario:

"maldita sea por q no mataron al torero para q el toro gritara ole ole ole ole ole ole buey por q maltratan a los toros en publico estabien q no ablen pero no le agan semejante babosada creen q es bonito sacrificar a un toro simplemente por divercion por dinero q ipocritas son me cay de madres q se ve mejor a un carnicero q un pinche marica de torero q simplemente tiene agas para enfrentar a un pobre animal. a todos los toreros del mundo les deseo la muerte y ojala mueran en los cuernios de un toro para q les griten ole ole ole ole ole ole y un saludo desde lo eterno".

Si uno consigue soportar la catástrofe sintáctica y ortográfica, y va al fondo del comentario, percibe fácilmente qué hay detrás del animalismo: odio contra el ser humano. No es el único comentario que leo o escucho en ese sentido. Por lo demás, en otras ocasiones he preguntado a miembros de asociaciones animalistas por qué no dedican ese tiempo libre a ayudar a familias desfavorecidas o visitar a niños con cáncer. La razón es obvia: en una cosmovisión sentimentalista alimentada por Disney, los perros dan más pena que los gitanos, y las focas despiertan más compasión que los esquimales. Los hombres son malos y mezquinos: los animales, inocentes. Pero esa inocencia animal no es un más allá del bien y del mal, sino siempre un paroxismo del bien: bien y belleza en forma inmaculada. Una imagen de los mitos occidentales de la inocencia y la redención, hipostasiada allí donde no se ven perturbados por el sucio rastro de la condición moral y de la historia. En una sociedad nihilista y autodestructiva, la empatía es sólo el eco, el recuerdo del oso de peluche de una infancia perpetua, y el amor a los animales se convierte, en manos de los militantes del Reino Animal, en la más exquisita flor del jardín de la antropofobia.

jueves, 26 de agosto de 2010

Educación religiosa y pensamiento científico

Encuentro en este blog que Martin Mahner y Mario Bunge, en Is religious education compatible with science education?, sostienen que la educación religiosa es un obstáculo para el desarrollo de una mentalidad científica. Eso mismo piensan Dawkins y sus amigos, al menos cuando se reúnen en Cónclave para decirse los unos a los otros qué de acuerdo están consigo mismos. Antes de pasar a decir por qué me opongo a esta ecuación simplista, tengo que reconocer que comprendo hasta cierto punto las reticencias de estos autores, ligadas a la experiencia norteamericana con respecto a temas como el diseño inteligente y la teoría de la evolución. Ello no les exime, sin embargo, de una mayor exigencia de rigor.

Bien: lo fácil sería sacar la interminable lista de nombres que, educados religiosamente, han contribuido de manera fundamental a la ciencia: empezar recordando que Kepler buscaba en el Sol una imagen de Cristo para colocarla en medio del Universo, y terminar advirtiendo que Francis S. Collins no ha parado de profesar su fe cristiana mientras decodificaba el genoma humano, mientras era sometido a una campaña de persecución por parte del ateísmo inquisitorial (véase lo que dice Steven Pinker sobre Collins). Al fin y al cabo, la tesis "toda educación religiosa perjudica a la ciencia" se refuta mostrando grandes científicos educados religiosamente. Pero incluso más allá de esto: recordar que grandes científicos hoy ateos, fueron educados en una cosmovisión religiosa, y que ésta no fue un obstáculo ni para que terminaran volviéndose ateos ni trabajando como científicos. En todo caso, lo interesante sería probar que la mentalidad científica no sólo no se ha desarrollado a pesar de dicha educación, sino en buena medida favorecida por ella. Voy a dar algunas razones de por qué creo que la educación religiosa favorece el pensamiento crítico y científico.

1. La religión (cristiana, pero no sólo) induce al hombre a pensar que la realidad es producto de una inteligencia, y en esa misma medida, legible: inteligible. Todo lo contrario que el escepticismo de matriz pagana (desde Sexto Empírico hasta William James) que, al considerar que la realidad no es fruto de un logos, la tenía por indescifrable.

2. La religión (cristiana, pero no sólo) conlleva siempre una ética que va más allá del conjunto de normas y preceptos que pueda contener. En efecto, las religiones conforman una actitud frente a la propia vida, que en el caso que nos ocupa se ha manifestado históricamente como responsabilidad individual, valor del esfuerzo y del trabajo, exaltación de la inteligencia.

3. La religión (cristiana, pero no sólo) se constituye sobre una fuerte autoconciencia anti-idolátrica y anti-animista. Esto quiere decir que el mundo es un producto divino, pero no un recinto de poderes mágicos dispersos. El mundo es estable y predecible. Es verdad que, excepcionalmente, Dios puede alterar el curso previsible de los fenómenos. Pero ese momento, justamente excepcional y revelador, no altera la verdad de que las cosas no actúan por sí mismas, como si un espíritu arbitrario las guiase. El mundo fue hecho para ser nombrado (es decir, conocido) por el hombre.

4. La religión (cristiana, pero no sólo) enseña que la razón humana es finita, pero sin definir los límites de su finitud. Con esto, da un fundamento moral a la tarea infinita de la ciencia. Pues, siendo conscientes de que la realidad, en su dimensión última, siempre se escapa a nuestro entendimiento, recuerda al pensamiento que su tarea está siempre incompleta y siempre pendiente de una revisión ulterior.

5. El pensamiento crítico parte de la idea de que la tarea de la razón consiste en impugnar toda pretensión de "absolutez" en el mundo. No hay conocimiento, ni institución, ni costumbre que pueda pretender con derecho erigirse a sí mismo en una suerte de absoluto en la tierra. Si, como dice Novalis, "todo lo absoluto debe ser ostraciado del mundo", ello sólo ha sido pensado sobre la impugnación judeocristiana de una mentalidad que confería carácter absoluto a reyes, templos y astros.

domingo, 22 de agosto de 2010

Kant y mi sobrina

Carmen ha descubierto un nuevo juego: se puede preguntar el porqué de cada cosa. Así que ahí anda, escudriñando sus reglas. Da la impresión de que estuviera intentando averiguar hasta dónde se puede llegar, cuándo acaba el juego. Pero ya intuye que el juego no acaba nunca: es el juego infinito de la causalidad. Cree incluso que todo tiene un porqué. "No vine ayer porque fui al médico" -le digo. "¿E po´ qué?". "Porque estaba malito". "¿E po´ qué?". No se equivoca: hasta los microbios tienen sus motivos. Pero remontarnos a las primeras causas es complicado, sobre todo en un lenguaje tan limitado en vocabulario. Así que, al final, siempre soy yo el que termina cambiando de tema y obviando la pregunta. "Vaya filósofo" -se diría la pobre, si supiera...

Obviamente, Carmen no entiende casi nada de lo que le digo, pero sabe que cada hecho remite a un hecho anterior, y que hay una conexión sorprendente entre todos los objetos del mundo. Ver cómo mi sobrina juega el juego de la causalidad me hace pensar en Kant y en que tal vez sería posible una relectura de la filosofía trascendental desde la psicología evolutiva. Es decir, preguntándose cómo se forma la mente del hombre, histórica y biográficamente, para interpretar el mundo en términos de causa-efecto.

Que somos incapaces de ir más allá de nuestros esquemas mentales basados en el presupuesto de la causalidad lo prueba el hecho de que, cuando nos preguntamos por el origen absoluto del mundo, cualquier posible respuesta resulta incomprensible. Que no haya causa es tan incomprensible como que haya una causa última o una cadena infinita de causas. Y cada vez que la ciencia se aventura más allá del ámbito de lo perceptible, la causalidad empieza a hacerse borrosa, inestable, frágil. Así que la infinita concatenación de los efectos y las causas que maravillaba a Spinoza y a Borges posiblemente sea poco más que el juego creado por una mente demasiado joven, no preparada del todo para un universo demasiado viejo. Al menos desde el punto de vista -¿inexistente?- de aquello en que consiste verdaderamente el mundo.

sábado, 14 de agosto de 2010

El círculo de la fe postmoderna

La postmodernidad es, en muchos sentidos, hija de la modernidad. La herencia que recibe es, al menos, altamente moderna: la sospecha universal... [Más, en la taberna.]

miércoles, 28 de julio de 2010

El malestar, la culpa y el estigma

Desde la cueva paleolítica al apartamento neoyorquino, el hombre ha sido fundamentalmente infeliz. Sin duda ha tenido algunos momentos de gloria y muchos ratos de satisfacción personal, pero nunca ha podido evitar pensar, en el fondo de su corazón, que "las cosas deberían ser de otra manera". Hacer creer a los hombres que toda su infelicidad es natural (esto es, dependiente de un orden inmutable establecido por el universo, los dioses o la estirpe) ha sido, desde siempre, el recurso psicopolítico preferido por quienes ejercían la dominación. Por el contrario, todas las épocas revolucionarias comienzan cuando, en primer lugar, se convence a la gente de que al menos una buena parte de su infelicidad es artificial, y de que, en segundo lugar, esta infelicidad puede ser políticamente subvertida y transformada en libertad y bienestar. Lo primero es cierto sólo parcialmente; lo segundo conduce siempre a la creación de un chivo expiatorio en el que se concentran todas las energías timóticas y toda la furia resentida de un pueblo. Pues si mi infelicidad no es natural, entonces tiene un causante, y si tiene un causante que no es la naturaleza, entonces tiene un culpable. Se llega, en un solo salto, de la metafísica al derecho penal, de la crítica al holocausto. Desde ese momento, la instancia simbólica creada como objeto de purgación histórica ha sido el becerro de oro de todas las pequeñas políticas llevadas a cabo por oportunistas sin escrúpulos que buscaban hacerse con el beneplácito del pueblo, orientando su ira hacia minorías, grupos sociales, activistas de distintas causas, símbolos de todo tipo. Toda sociedad crea sus estigmas y su nivel de evolución se mide a menudo menos por la materia de sus leyes que por la intensidad con que produce y persigue estigmatizados. La noble causa de la razón es siempre desenmascarar la arbitrariedad de dicha condición estigmatizada, hasta volverla vergonzosa: poner en palabras la dignidad de aquellos que son convertidos en objeto de desprecio para complacer el falso sentimiento de justicia de quienes los persiguen. Cantar la Marsellesa cuando suena el Horst Wessel Lied es, sin duda, un triunfo de la dignidad. Pero también en ocasiones menos sublimes y cuando nuestra autoconciencia de rectitud nos empuja a perseguir a otros a golpe de santa intransigencia, se vuelve imperiosa la necesidad de negar sin estigmatizar. Incluso -por poner un ejemplo cualquiera- frente a quienes defienden la tauromaquia.

miércoles, 14 de julio de 2010

Esbozo de tres reflexiones sobre el Mundial

1. Tras la victoria, se celebran las virtudes ejemplares de los jugadores. De acuerdo. ¿Podemos entonces empezar a valorar en la educación y en el trabajo cosas como el mérito, el esfuerzo, la distinción, la competitividad, la idea misma de “selección”?

2. Los nacionalistas quieren selecciones regionales para obligar a los ciudadanos no nacionalistas de sus comunidades a decidirse entre sus identidades: o eres vasco y vas con la selección de Euskadi o eres español y vas con la selección española. La selección es, para ellos, un gran objetivo en términos simbólicos: establecer lo español como extraño, hacer irreconciliables ambas identidades.

3. El recelo ante los símbolos culturales catalanes o vascos. Ejemplo, ante la señera que llevan Puyol y Xavi. La gente que inconscientemente siente hostilidad ante los símbolos y la lengua de vascos y catalanes… ¿cómo pretenden no fomentar el sentimiento independentista? Para mí, lo mejor de la final fue ver a Puyol, jugador de la selección española, besando la bandera catalana. Si realmente es posible la cohesión entre los pueblos de España, esa bandera es parte de nosotros. Si existe España, si debe seguir existiendo, debemos aprender de una vez a sentirnos orgullosos de las culturas que la forman, a vivir como propios los signos de identidad de nuestras regiones. Si no, no vale la pena.

domingo, 4 de julio de 2010

Lo que la ciencia no explica

¿Por qué es preferible la verdad a la mentira?