sábado, 13 de noviembre de 2010

Tauromaquia (o por qué el hombre se empeña en no comportarse como tal)

Tengo pocas dudas de que la tauromaquia desaparecerá en un lapso de tiempo relativamente corto. El Zeitgeist es implacable, y en su despliegue no se enreda en discusiones estéticas, morales o políticas. Simplemente avanza en una dirección, y hay posiciones que son demasiado ajenas a ese espíritu. Nuestra época es la de ese “budismo europeo” que Nietzsche detectó en Schopenhauer: la de una moral movida, al mismo tiempo, por la nostalgia de la aponía y por el más profundo autodesprecio. En esto somos, efectivamente, posthumanistas. Pensar este asunto abre, sin embargo, un haz de claridad sobre nuestra propia condición presente, a pesar de ser en vano. Es, al menos, un ejercicio de aquella “lucidez impotente” de que hablaba Gómez Dávila.

Para los animalistas, hay una especie de tendencia natural evolutiva que nos conduce a la empatía y la compasión. Pero los hechos parecen resistirse a confirmar esa hipótesis: los hombres no son hoy más compasivos que hace miles de años. ¿Y qué decir de los animales? El mismo chimpancé que se frota cariñosamente las mejillas con su semejante, es capaz de perseguir y dar muerte a otro mono para devorarlo, ignorante de que somos todos “primos hermanos”. Por eso, en la argumentación de los animalistas se repite la falacia que Hume encontró en las éticas metafísicas: eres X; luego compórtate como X. El hombre es compasivo; luego ¡que se comporte como tal! Bucean entre libros divulgativos y documentales científicos en busca de hechos que confirmen nuestra cercanía con los animales o las bases biológicas de nuestras capacidades empáticas. Y cuando los encuentran, exclaman alrededor: “¿Por qué no os comportáis como lo que sois?”. ¿Por qué el hombre se empeña en no comportarse conforme a lo que verdaderamente es? Tal es la vieja pregunta de la moral y de la metafísica, construida sobre el falso trasmundo de que existe algo así como "lo que el hombre verdaderamente es", actualizado convenientemente con la creencia pseudocientífica de que ese algo ha de estar inscrito en el código genético.

La relación del hombre con la naturaleza está agrietada. Tal es la fractura y el precio que supone la condición autoconsciente: una permanente sensación de lejanía con respecto a la inmediatez de la vida animal. Por eso tiene necesidad de preguntarse: "¿debería dejar de comer animales?", "¿debería dotarlos de derechos?", "¿debería...?". Hay una distancia entre nosotros y nuestros actos: no nos comportarnos efectivamente como aquello que somos porque, en verdad, no tenemos ni idea de qué somos. De saberlo realmente (es decir, inmediatamente), no habría dudas morales. El que las haya muestra qué profundamente distintos somos de nuestros "primos hermanos", por mucho que, como ellos, nos frotemos las mejillas y lloremos cuando nos duele algo.

Es precisamente aquí donde radica el sentido simbólico de la tauromaquia: el hombre, que vive siempre escindido de la inmediatez de la condición natural, acota un terreno que se constituye como un hueco de naturaleza en la cultura: un resto de aquel lugar del que fue expulsado para adquirir la condición cognoscente y moral. Y en ese terreno juega a que esta expulsión nunca tuvo lugar. Por lo tanto, la plaza de toros es un terreno de naturaleza al que el hombre vuelve: por eso el toro no evita la lucha (como haría un animal maltratado), sino que la busca, tal y como haría en libertad. Con inmediatez. Sin prejuicios ni reflexiones morales. Si puede matar al hombre, lo hará. El mundo humano está lleno de contratos; por eso el hombre siempre añora, a la vez que teme, el paraíso más acá del bien y del mal, donde no hay proyectos éticos, ni normas morales, ni idealizaciones simbólicas.

Lo tragicómico del hecho es que ese deseo de la naturaleza (esa especie de magma primigenio e inconceptualizable que Lacan llama lo real) nunca puede darse libre de lo simbólico. El hombre no puede declinar su vocación cultural: por eso viste de estética su retorno a la naturaleza. Por eso, también, al otro lado de la plaza, quienes defienden a los animales se comportan de un modo tan poco animalesco: mientras defienden nuestra cercanía con los animales, se enredan en innumerables reflexiones -en verdad muy poco naturales- sobre aquello que debemos comer, hacer, legislar, y dramatizan su propia vivencia simbólica teñidos de sangre, desnudos, llorando por el sufrimiento de otras especies. Con ello muestran que el animalismo es simplemente una invención simbólica más, en medio de una historia milenaria de extrañas invenciones antinaturales. Y es que los hombres se empeñan en no comportarse como lo que son: ni cuando intentan ser hombres, ni cuando intentan creer que son solamente animales.

15 comentarios:

Arturo dijo...

La verdad Alejandro es que escribes muy bien; pero, permíteme que te diga, sin ánimo de ofender, que no he entendido nada. ¿Estás a favor o en contra?.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Gracias, Arturo.

¿A favor o en contra de qué? ;-)

Arturo dijo...

Jaja, pues de la tauromaquia, como hablas de eso...

Alejandro Martín Navarro dijo...

Pues si no se entiende ni eso, es que no escribo tan bien... :-)

Hablo de la tauromaquia, en efecto, pero el tema no es si defenderla o atacarla. Si te interesa mi opinión sobre ese asunto concreto, lo discutimos en esta otra entrada:

http://amartinnavarro.blogspot.com/2010/06/la-etica-y-los-toros.html

Un abrazo

Suso Ares Fondevila dijo...

Parece que el Zeitgeist, en su lógica implacable, saltara por encima de los hombres y siguiera su rumbo asentando sus bases: muere Dios, muere el hombre, nace el Animal. Si es así, sería muy fácil ser profeta, adivinar el futuro: el hombre se iguala con el Animal, el hombre se somete al Animal, el hombre ya no es ni Animal... Pero el futuro no es futuro si es previsible. Si la historia es tan consecuente consigo misma, con sus postulados ¿sigue siendo historia? ¿Desaparece la sorpresa? ¿Nos domina el Espíritu absoluto? Siempre me haces pensar, Alejandro, cosa que te agradezco.

P.D.: ¿Por qué "Albayalde"?

Arturo dijo...

Ya veo que este tema suscita muchos tipos de opiniones(por la entrada esa);pero, me valdrá con leer los comentarios porque yo no me puedo igualar a los comentarios, no sé tanto como vosotros.

Nicolás Fabelo dijo...

Alejandro, sea lo que sea el hombre, ese "ser" es algo dinámico como todo lo que existe en el mundo. Hace medio millón de años éramos algo (muy parecido, eso sí) que no somos ahora, y ahora somos algo que dentro de medio millón de años seguro que ya no seremos. Todo evoluciona, y el ser humano también.

Yo sí creo que los hombres hoy (no todos, claro, puesto que la campana de Gauss sí que es una constante)son más compasivos que hace miles de años: hay una evolución cultural que ha tenido su trasunto legal (más en unos países -los más avanzados y con una población mejor formada- que en otros) en la abolición de la esclavitud, la igualdad de las mujeres, la tolerancia a los homosexuales, la condena de toda discriminación racial y el establecimiento de un sistema democrático.

Lo cierto es que desde los albores de la humanidad hasta hoy mismo nos hemos dedicado a "invenciones antinaturales" como la agricultura, la ganadería, los analgésicos, la calefacción, la democracia, los derechos humanos o la manipulación genética. Todo ello nos ha apartado, afortunadamente, de la ley de la selva: nadie nos expulsó de la Naturaleza, sino que nosotros mismos decidimos salirnos de su tiranía para domesticarla y transformarla atendiendo a nuestros intereses.

La tauromaquia no deja de ser un atavismo, al igual que lo son el maltrato a las mujeres o el racismo. Y es que la brutalidad animal es una pulsión natural que todos tenemos dentro en mayor o menor medida. Si queremos sublimar nuestras pulsiones brutales y volver a sentir la pasión de lo salvaje, lo mejor es practicar deportes de riesgo, hacer 'deroombing' o jugar a videojuegos de guerra... todo eso antes que torturar a un toro o pegarle palizas a la parienta

Alejandro Martín Navarro dijo...

Suso, gracias. "Albayalde" es el nombre de la casa de mis padres, donde me crié. Lo uso como topónimo del "paraíso perdido".

Arturo: anímate. No hace falta "saber mucho".

Nicolás: el progreso moral no va unido al desarrollo de la compasión. Las peores catástrofes de la historia han ocurrido en los siglos XIX y XX, y han sido realizadas por sociedades supuestamente más avanzadas y formadas. Por otro lado -lo he dicho muchas veces- la moral humana no se reduce, ni muchísimo menos, a la compasión: la capacidad de prometer, de mantener un contrato, la lealtad, el autosacrificio, el compromiso con proyectos morales y políticos, etc., etc., no se reducen a un ejercicio de compasión. Precisamente mi moral humana me permite respetar a aquellos por quienes no siento ninguna empatía.

En segundo lugar, la empatía es algo cultural y simbólicamente manipulable: algunos que sienten mucha empatía por los perros, no la sienten por los fetos humanos. Están en su derecho: los afectos no pueden ser juzgados. Lo que no me parece de recibo es querer vender entonces un determinado tipo de compasión como "la compasión" universal que todos los hombres deben sentir para coincidir con una supuesta empatía natural.

En tercer lugar, no se trata de sublimar las pulsiones, sino de aceptar que la naturaleza no tiene por qué sujetarse a nuestro orden moral, que es ajena a él, y que no se puede proclamar que el hombre es un ser más entre todos los seres vivos para, a renglón seguido, pretender que SU moral (y en concreto, la occidental) sea la que debe regir todo el reino de lo vivo. Una actitud muy soberbia para quienes supuestamente pretenden limitar el antropocentrismo, ¿no?

soy... dijo...

"la empatía es algo cultural y simbólicamente manipulable: algunos que sienten mucha empatía por los perros, no la sienten por los fetos humanos."

Brillante de nuevo Alejandro.

Siempre me digo que el espectáculo de los mineros de Chile duró todo el tiempo que quisieron los medios; desde el primer día manejaron nuestras emociones(por suerte salvaron sus vidas) pero a Haití, al pobre, olvidado y desesperado Haití, que lo tengo aqui al ladito en la frontera, con sus cientos de miles de muertos desde inicios de año, y esperando decenas de miles de muertos por el cólera y quien sabe que otra maldita epidemia, nadie le dedica esfuerzo, promoción, dinero...

Es increible Albayalde(es así como te conozco), he caminado por la blogosfera durante meses, y encuentro blog espectaculares sobre aborto, tauromaquia, vegetarianismo, ecologismo, etc. y sobre el desastre Haitiano, lleno de seres humanos que bien quisieran voces que los defiendan, casi nada, solo uno que otro post.

Siempre te leo, precisamente por esos aciertos.

Gracias.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Hola, soy.. Es verdad lo que dices de los medios. En mi instituto se organizaron muchos actos y colectas para Haití, pero es verdad que ya no se habla de ello. Los noticieros no soportan un tema más de una semana. De todas formas, tal vez la falta de atención que criticas en los blogs se deba también al hecho de que, al tratarse ante todo de una catástrofe natural mal gestionada, hay menos que opinar y menos que discutir.

soy... dijo...

Tienes razón, pero sabes, y creo que más que yo,pues te leo, que los desastres naturales no afectan a todos por igual; el problema de un país, en este caso Haití, no es de un temblor, sino de abandono ¿nadie sabía que las epidemias acabarían con miles de vida? en una localizacion de huracanes, tormentas tropicales etc. ¿no estaban en capacidad los organismos internacionales de ver lo que era inminente?

Claro, no hablo de Haití por hablar, sino que sintoniza muy bien con lo que comentaste preclaramente sobre la empatia.

Gracias por dirigirme comentarios.

ariel elea dijo...

Brillante. Como otras entradas.

Alejandro Martín Navarro dijo...

Soy.., Ariel, gracias a vosotros por comentar. Un saludo

Anónimo dijo...

Alejando en que te basas para decir que la tauromaquia va a acabar?

Alejandro no entiendo que haces en mi pueblo dando clase... gente como tú hace falta en las facultades. Y otra cosa te digo, anímate y publica otro libro ya !!

Alejandro Martín Navarro dijo...

Anónimo: gracias por el cumplido. De todas formas, soy muy feliz dando clases en tu pueblo. No te preocupes por eso.

En cuanto a la tauromaquia: es una impresión que tengo, nada más. Cuando observas la historia de la humanidad, te das cuenta de que ciertas cosas (sean malas o no) empiezan a estar "out", y simplemente se van "dejando de lado".

En este sentido, creo que nuestra sociedad se encamina hacia una moral basada únicamente en la "imagen": los toros son un espectáculo de lucha, sangriento y doloroso, y nuestra sociedad ya no es capaz de ver valores ahí: si le quitas lo simbólico, la tauromaquia sólo es un animal sangrando. Y eso no le gusta a nadie, lógicamente.