jueves, 19 de noviembre de 2020

Javier Hernández-Pacheco, in memoriam

Anteayer murió, víctima del coronavirus, Javier Hernández-Pacheco Sanz, quien fuera mi profesor, mi director de tesis, mi mentor en tantas cosas y -me gusta pensar- mi amigo. No es fácil decir algo de quien acaba de fallecer sin que, en la maraña de anécdotas, parezca que uno está realmente hablando de sí mismo. Tal vez sea así y lo que de verdad me mueve a abrir este blog, después de años de abandono, sea decir algo de mí. Decir, por ejemplo, simplemente, que siento una gran tristeza. Hace más de veinte años que nos dio clase a los de mi promoción (la generación que se licenció en Filosofía en 2001, vaya odisea) y, aunque veinte años no es nada, es toda una vida. Todavía se fumaba en los pasillos y se hacían fiestas de la primavera. Javier hablaba de la fiesta en sus clases: de cómo Nietzsche y la religión se reconcilian allí donde la piedad se vuelve gratitud y la gratitud se manifiesta en un inmenso sí a la vida. Nos enseñó a reconocer a Fichte en el trabajo de los ingenieros contra el no-yo y a Hegel en las luchas de autoconciencias de las pandillas adolescentes. Era un pedagogo nato, uno de esos profesores que no tiene que "motivar" a los alumnos, como se dice hoy, porque no hay nada tan motivador como la verdad. Aunque sea una verdad así, discreta, con minúsculas: qué gran tesoro es tener una verdad que contar y qué cosa tan infrecuente ser una persona de verdad. 

Javier nunca cayó en la retórica y el academicismo, esos mohos por los que la filosofía languidece entre las páginas de las revistas indexadas. Creía en el pensamiento, en la unidad de la tradición filosófica, en la existencia de un relato construido y custodiado a lo largo del tiempo por los grandes maestros de Occidente. Creía que la humanidad, en su caminar por la historia, había aprendido cosas y había aprendido a contarlas. Yo aprendí muchas de él. Me aguantó cuatro años de tesis doctoral y quince más de madurar, a veces a golpes, y casi lo consigo. Le debo un montón de Guinness que acompañamos, bajo los árboles de Plaza de Cuba, para hablar de novias y de política internacional, de reformas educativas y de los Heuriger de Viena. Cuando comenzó este curso, quedamos en vernos, pero lo pospusimos porque estaban confinados en casa. Le dije que seguro sería cosa leve e hice una broma sobre Donald Trump. Me respondió que tenía toda la pinta de no ser nada. La última frase que tengo de él es la de ese mensaje: "Nos vemos al final de la semana que viene. Si Dios quiere". 

Dios no quiso (¿Alguien entiende a Dios? se preguntaba en cierta ocasión), pero quiso dejarme ese condicional enorme, ese abismo abierto al final de nuestra conversación de whatsapp, como recuerdo necesario de lo efímero de la vida, de lo irreversible del tiempo y de que todo está regido por una Voluntad en la que se diluyen inevitablemente nuestros proyectos y nuestros afanes. Y de que, a la vez, en esa misma Voluntad retornan todas las cosas logradas y se consuman las que quedaron por ser. En uno de los recuerdos más antiguos que tengo de él, estamos en clase, hablando sobre Marx o sobre la Escuela de Frankfurt, no me acuerdo. Javier nos explica cómo el marxismo reinventa la redención diluyendo su contenido personalísimo y dejándola reducida a una utopía colectiva en la que el individuo es lo único que no importa. Y entonces añade: "el cristianismo hará otras trampas, pero al menos no hace esa: cuando dice que te salvas, lo que dice es que te salvas TÚ". Ese "tú" ahora es él. Ya conoce, en primera persona, aquello de lo que habló tantas veces: la única utopía verdadera, el lugar donde la vida se encuentra consigo misma, el final en el que llegamos a ser lo que éramos desde el principio, la fiesta novalisiana del rejuvenecimiento del mundo. Ese Paraíso huele, seguro, a pino y a romero y a marismas.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Filosofia en estado de alarma

La crisis del coronavirus nos ha traído muchas sorpresas (y las que nos traerá). Una de ellas es que, a estas alturas de la vida y tras haber dejado languidecer este blog por demasiado tiempo, me veo empujado a reciclar este viejo recurso para complementar las clases no presenciales que, desde ahora y hasta sabe Dios cuándo, vamos a tener que impartir los profesores en varios países del mundo. Así que he creado este otro blog, Filosofía en estado de alarma, para continuar las clases de Bachillerato. Está pensado para alumnos de secundaria, pero iré subiendo cosas de introducción a la filosofía. Tal vez a alguno de los que rondabais por aquí os pueda interesar. Ánimo a todos y mucha fuerza.

domingo, 11 de febrero de 2018

Cincuenta sombras de totalitarismo

En 1795 se publicó de forma anónima la obra de Sade Filosofía en el tocador. La fecha es importante, porque coincide con la publicación de otra obra crucial para el desarrollo filosófico de la Ilustración: La educación estética del hombre, de Schiller. En su libro, el Marqués de Sade nos cuenta la historia de una joven, Eugenia, instruida por Dolmancé en los dolorosos placeres del BDSM y en los principios de una filosofía materialista cuyo fundamento es la idea de que los instintos -recibidos de la naturaleza- no pueden verse reprimidos por preceptos morales. Ambas obras, la de Sade y la de Schiller, constituyen -vistas desde lejos- dos formas de reivindicación de la naturaleza en el hombre: Sade, a través de la desinhibición sexual y el cuestionamiento materialista de la moral tradicional; Schiller, a través de la reconciliación entre la libertad y la naturaleza en la obra de arte. Ambos comprenden que no hay liberación, que no es posible la emancipación, si la naturaleza no recupera su papel en la vida del hombre: un papel que le ha sido arrebatado por la cultura, la razón y la moral.

Viene todo esto al caso de que, desde el año 2015, no dejo de encontrarme en las redes sociales con intentos de boicot -a veces simples memes- vinculando la historia de E. L. James (Cincuenta sombras de Grey) al machismo, el heteropatriarcado y la violencia de género. La suerte en este caso es que la autora del libro sea una mujer; porque, de lo contrario, se añadiría a la polémica la responsabilidad del hombre en la propagación de estereotipos falocéntricos. Por lo demás, algo parecido ocurrió hace años con la polémica en Alemania con el Tribunal Constitucional: la izquierda feminista ponía en cuestión su legitimidad con el argumento de que todos sus miembros eran hombres. Cuando las leyes igualitarias equilibraron los sexos, el argumento pasó a ser el de la alienación femenina y el problema del machismo en las mujeres. Porque aquí se funciona igual que en el comunismo o en el nacionalismo, y el hecho no es casual: el pueblo alienado es enemigo del verdadero pueblo, igual que son enemigas de la liberación de la mujer las mujeres que se empeñan en no ser liberadas. Ay.

A lo que iba: Ilumina cruelmente la faz decadente de nuestra época el hecho de que el rechazo a la obra no se deba a motivos estéticos (el espanto ante la mala literatura), sino a reparos de moralidad sexual. La obsesión del totalitarismo por meterse en la cama de los ciudadanos ha sido una constante en la historia. Por ejemplo, en el capítulo de La ciudad del sol dedicado a la procreación, Tomasso Campanella detalla los días de la semana en que está permitida la unión carnal, la higiene requerida, los permisos a las autoridades, la asignación de mujeres y hombres en función del temperamento individual, y un sinfín de preceptos que hoy consideraríamos, en el mejor de los casos, ridículos. Lo mismo puede decirse de la Cristianópolis de Andreae, donde explica que no existe delito peor que el de la impureza. El desorden sexual lo contamina todo: “La impureza (…) difunde los vicios, confunde las dotes, esparce las efermedades, extiende la maledicencia, propaga la infamia, vacía la conciencia, provoca la saciedad, cubre de inmundicias, dilapida los bienes, amontona las amenazas del Señor, siembra la desesperación y trasfunde la pena”. Por supuesto, el propio Platón tiene instrucciones claras sobre lo que hace cada uno en la cama y -en su caso- la obsesión moral va unida a un rechazo explícito a la poesía, a la escritura de ficción que aleja de la verdad y de la virtud. Incluso Aristóteles, tan poco dado a las utopías, se enreda en las cuestiones sexuales y se empeña en describir edad, forma, carácter y hasta vientos favorables al ayuntamiento sexual (v. Política, libro IV). Y por supuesto lo encontramos -¿cómo podría no ser así?- en el camarada Lenin, para quien el amor libre era una reivindicación burguesa y el exceso de sexualidad, un signo de degeneración.

La obsesión por la moral sexual es el contrapunto necesario de una obsesión por el poder: El tabú como base del control político. Cómo en tan pocas décadas se ha pasado del "prohibido prohibir" a una sociedad moralmente histérica es una historia que alguien debería escribir algún día. Casi cualquier práctica reivindicada y conquistada por el progresismo clásico es ahora impugnada por los reaccionarios y las reaccionarias a sueldo de partidos y medios, por los gurús del puritanismo laico y los santos guardianes de la fe que se dice feminista: desde el lenguaje a la pornografía, de la prostitución a los roles sociales, prácticamente todo lo que implica dominio individual del propio cuerpo es malo. Hay una policía religiosa, repartida por las portavocías de los partidos políticos, las instituciones públicas, las escuelas y las columnas de los periódicos, caracterizada por un absoluto desconocimiento de todo cuanto puede considerarse científico en relación con el comportamiento humano (psicología, etología, neurobiología...) y que ha asumido la tarea de solucionar los problemas de la desigualdad y la violencia basándose en una metafísica infantil, que no solo es incapaz de corregir lo que pretende, sino que además oculta una perversa voluntad de dominio político. Una única idea simple (el heteropatriarcado) como explicación de toda la realidad social y sus defectos y como justificación de una moralidad puritana y antiliberal que extiende sentimientos de culpa y tabúes como si tales cosas hubieran solucionado alguna vez un solo problema social.

Es verdad que la convivencia cívica exige aguantar las ocurrencias absurdas de tu prójimo, igual que uno espera de los demás comprensión con las estupideces propias. Pero entramos en el terreno de lo intolerable cuando alguien pretende legislar sobre lo que hacemos en la cama. Y si personas adultas y responsables quieren fantasear con jaulas y esposas, azotes y vendas, pues amén y aleluya. Concluyo -pues el espíritu de la época no se lleva bien con textos demasiado largos- con una cita del Marqués de Sade, mártir de la emancipación, noble revolucionario y defensor del papel liberador de la literatura y la fantasía: “¡Renuncia a las virtudes, Eugenia! ¿Hay uno solo de los sacrificios que pueden hacerse a esas falsas divinidades que valga lo que un minuto de los placeres que se gustan ultrajándolas? Bah, la virtud no es más que una quimera, cuyo culto sólo consiste en inmolaciones perpetuas, en rebeldías sin número contra las inspiraciones del temperamento. Tales movimientos, ¿pueden ser naturales? ¿Aconseja la naturaleza lo que la ultraja? No seas víctima, Eugenia, de esas mujeres que oyes llamar virtuosas. No son, si quieres, nuestras pasiones las que ellas sirven: tienen otras, y con mucha frecuencia despreciables... Es la ambición, es el orgullo, son los intereses particulares, a menudo incluso sólo la frigidez de un temperamento que no les aconseja nada” (Filosofía en el tocador).

viernes, 13 de octubre de 2017

Cosas varias al hilo de Cataluña

1. A uno pudiera parecerle incomprensible, a la vista de las noticias sobre el proceso electoral, sobre los resultados, la abstención, la fuga de empresas, la respuesta internacional, etc., que un soberanista no se plantee, al menos, que tal vez no sea el momento ni el modo de llevar hasta el final sus aspiraciones políticas. La razón de que esto no sea así y que sigamos viendo muy exaltada a la hinchada nacionalista es que vivimos en universos informativos diferentes. Los lectores de Ara y los lectores de El Mundo viven realidades distintas. En las redes sociales, el asunto es aún más grave: recibidas en su origen por ciertos intelectuales postmodernos (Vattimo, por ejemplo) como herramientas potenciales de comunicación universal, las redes sociales se han degradado hasta convertirse en microcosmos donde uno ya solo lee, mira y comparte lo que refuerza su sentido de la identidad y de la verdad. Literalmente, no vivimos en el mismo mundo. Y eso es jodido para el futuro de nuestras sociedades, más allá de la movida catalana.
2. El mito de “La Gente”, “El Pueblo” o “Nosotros”. Es la superstición más extendida por la Weltanschauung ibérica. El argumento nacional-populista dice así: son los catalanes los que deben decidir el futuro político de Cataluña, lo que equivale a decir: un tipo en Soria o en Sevilla no tiene derecho a votar la autodeterminación catalana. En cambio, nadie cuestiona que los ciudadanos de los pueblos del Pirineo leridano, independentistas hasta la médula, condicionen con su voto el futuro del cinturón industrial de Barcelona, de Badalona, de Lloret del Mar o del Valle de Arán, ciudadanos a los que la erótica soberanista les pone bastante menos. Puestos a ser escrupulosamente respetuosos con la voluntad popular, ¿por qué no radicalizar la consulta y preguntar a las comarcas, a los municipios, para al menos constatar el absurdo de que un país pueda estar preguntándose a sí mismo permanentemente su identidad? ¿Por qué se cuestiona tan alegremente la nación legalmente constituida y se respeta con temor religioso la nación mitológicamente inventada? En los sistemas políticos no totalitarios, no hay "nosotros" más allá de la suma de "yoes". Lo que me lleva al siguiente punto.
3. “Autodeterminación” es un concepto ilustrado y tiene un sentido individual: Solo el individuo puede ser sujeto de autodeterminación. Es el núcleo indivisible, el átomo, de cualquier exigencia de libertad. La cuestión política solo entra en escena en relación a si el Estado favorece o entorpece el ejercicio de esa libertad individual, de esa autodeterminación. En Kant y en los ilustrados, de hecho, significa la capacidad de actuar de acuerdo a una norma que es pensada como común a todo el género humano, la capacidad de actuar por encima de las pasiones, las inclinaciones, las creencias. Así aparece históricamente también el concepto de nación, en el contexto de la Revolución Francesa: Cuando el pueblo se rebela contra una concepción patrimonialista del territorio y de los recursos y lleva a cabo la superación del Antiguo Régimen. Dicho de otra forma: Autodeterminación y nación representan justo lo contrario del nacionalismo.
4. Otra cuestión casi metafísica: El mito del “Referéndum” como solución a las tensiones políticas. Como es bien sabido, en 1995 Quebec organizó un referéndum de eso que la gente llama autodeterminación. La pregunta era tan ambigua que el legislativo terminó elaborando una ley (nacional) de transparencia (el "Clarity Act") para hacer frente a las escaramuzas dialécticas del particular Procés quebequense, ley en la que además se fijaba la participación del Parlamento nacional canadiense. Quebec respondió con su propia ley de autodeterminación en la que se evidencia que el referéndum no ha resuelto en absoluto la tensión política. Un referéndum soberanista es siempre una trampa: Solo sirve si el nacionalismo alcanza el poder total e impide cualquier marcha atrás. En el otro gran espejo del nacionalismo periférico español, Escocia, sucedió lo mismo: Poco después de celebrarse un referéndum de autodeterminación (ojo: concedido y regulado por el Estado de acuerdo a las leyes británicas) los nacionalistas escoceses ya estaban reclamando otro para aprovechar el tirón del descontento post-Brexit. El referéndum -no importa el resultado- jamás resuelve la tensión política. Solo la eleva a un nivel diferente.
5. En democracia creemos que solo el consenso disuelve -o al menos rebaja- la tensión: El acuerdo en que todos, al abandonar sus puntos de partida individuales y sus exigencias maximalistas, ganan un espacio común. La famosa convivencia. Pero el nacionalismo no dura mucho tiempo en el consenso. Por eso únicamente lo acepta como medio para acumular más poder y permitirse la creación de nuevas tensiones futuras. Es su ciclo natural. Ya había en España un consenso nacional: Es la historia de la democracia española y la fragmentación del poder nacional para dar sitio, espacio y cauces a las sensibilidades y aspiraciones nacionalistas. La situación actual es la negación del consenso alcanzado.
6. Otra cuestión metafísica: El mito de la “Mayoría”. Todos los políticos, sin excepción, intentan hacer suyo el sentir de la mayoría, como si esa fuera la cuestión decisiva. Pero no es exactamente así: La democracia es el gobierno de la gente, sí, pero a través de las leyes; la democracia es el gobierno de las mayorías, sí, pero con respeto a las minorías. Hay democracia donde el gobierno está sostenido por la mayoría, pero solo si ese gobierno está sometido a ciertos mecanismos de control. Una cuestión emocional, económica, política y socialmente tan compleja como la secesión de un territorio no puede ser dirimida en un referéndum por mayoría simple. La fórmula autonomista es precisamente una solución donde cohabitan varios sentidos de pertenencia.
7. El respeto. La izquierda es muy sensible: Se pone muy indignada cuando ve a unos ultras diciendo barbaridades en la calle o en las redes sociales. El otro día, la plana mayor de Unidos Podemos compartía por Twitter el video de un hombre en Sanlúcar de Barrameda al que le quitan con violencia un cartel pidiendo diálogo. Y me parece muy bien que sea tan intolerante con los intolerantes. Tiene, sin embargo, una doble vara de medir: todos estos periodistas, intelectuales, políticos, tuiteros, que se llevan las manos a la cabeza por las manifestaciones de violencia que consideran inaceptables, ¿se indignan igual cuando las juventudes nacionalpopulistas atacan los puntos de información de Ciudadanos, cuando las amenazas de muerte en las sedes de los partidos que no comulgan con el dogma identitario, cuando piden la violación en grupo de la líder del principal partido político de la oposición catalana, cuando las presiones en la Universidad, en los colegios, en los medios, cuando llaman "falangistas" y "fascistas" a quienes se manifiestan en defensa del orden constitucional? Se ve que, también aquí, el respeto depende sobre todo del cariz ideológico de las víctimas y los verdugos.
8. Otra constante en nuestra nueva izquierda: La falacia de los nacionalismos simétricos. La bandera de España, agitada en la manifestación constitucionalista, no es el símbolo de otro nacionalismo excluyente. No se ondea como símbolo identitario frente a otros (no deja de ser llamativo que apareciera tan a menudo acompañada de la senyera y de la bandera europea). La defensa de la unidad y la legalidad, del consenso y la convivencia, no puede ser puesta al mismo nivel que la defensa de una ruptura unilateral, el desprecio a las leyes, la imposición de una identidad sobre otra y la tensión social.
9. Qué le pasa a la izquierda de la izquierda. Lo explica muy bien Zizek, el gurú de los revolucionarios europeos: La izquierda que carece de criterio político propio se dedica a negar sistemáticamente el discurso de sus adversarios ideológicos. Son incapaces de compartir un espacio discursivo con los demás. Irene Montero salió el otro día en televisión para explicar que la declaración unilateral de independencia no tenía legitimidad, pero que la aplicación de un artículo de la Constitución, ¡mucho menos! Cuando se conviertan en una fuerza política irrelevante y Rajoy vuelva a ganar las elecciones generales, tal vez tengan tiempo de pensar cómo lograron -en medio de la peor crisis económica, social y moral de nuestra historia democrática- la animadversión de la mayoría social de este país y la perpetuación del PP en el gobierno in saecula saeculorum, amen. Deberían echar un vistazo a los barrios obreros de las principales ciudades españolas y preguntarse por qué esos balcones desvencijados llevan días ondeando la bandera nacional.
10. Cuestión final. El nacionalismo no puede domesticarse. La cesión de competencias ha sido tan amplia que ya solo queda lo que Artur Mas reconocía el otro día precisamente como necesario para ejercer una independencia completa: jueces, hacienda, aduanas. Si consiguen eso, el camino a la secesión será imparable por la vía de los hechos consumados. Ayer, los líderes de los principales partidos nacionales hablaban de una reforma de la Constitución: ¿será para dar respuesta a las necesidades de todo el país, se abordarán las reformas institucionales que desea una mayoría de españoles, o supondrá solo una enésima cesión a las fuerzas centrífugas, a la espera de que la siguiente crisis tenga que resolverla otro?

martes, 3 de octubre de 2017

Variaciones sobre un mismo tema

"Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere", decía Spinoza. "Ni rías, ni llores, ni te indignes: comprende". Sin embargo, cuesta mucho pensar con frialdad spinoziana todo lo que está pasando en este país donde, como reza el adagio esotérico, las emociones viajan más rápido que el tiempo. Porque, en realidad, el verdadero problema es que las emociones son ya el único problema. La lógica tribal se impone, la de los egos y las identidades heridas, y cuando eso ocurre solo queda decir, con Feyerabend, adiós a la razón. Hace años una imagen me impresionó mucho: un fundamentalista islámico habla ante las cámaras de su lucha contra los infieles y, de pronto, se le quiebra la voz y comienza a llorar. Es el romanticismo de los totalitarios, la delicada melancolía de los criminales. Últimamente todo el mundo llora. A mí, lo confieso, también me parece bastante triste todo esto, aunque la tristeza -dicen los psicoterapeutas- es ira reprimida y, como tal, solo espera el momento de salir; busca su válvula de escape. Mientras tanto, la guerra es de símbolos. Gracias al presidente más inepto de la historia de España, las cargas policiales del domingo se han convertido en estandartes de la represión con la misma rapidez con que se han olvidado ya las cargas de los Mossos contra el 15M y sus incontables condenas judiciales por tortura. De estos queda ahora la imagen del abrazo, su elevación ritual a ejército del pueblo. Y cuela. Esta es la magia de los símbolos, la fuerza simbólica de una imagen. He recordado estos días a Boris Groys, un teórico del arte al que traduje hace unos años. Escribió un libro titulado "Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural". Es un libro que hay que leer para entender algunas cosas de nuestro tiempo: no hay fuerza moral y política -dice- como la creación de un nuevo valor. Aunque lo nuevo sea la mierda enlatada de Manzoni. Por eso, como todas las épocas largamente estables, la nuestra es milenarista. El nacionalismo, el populismo, el yihadismo son variaciones sobre un mismo tema: la culminación de la historia, el parto de una sociedad utópica, esa estética del hombre nuevo que atraviesa nuestra historia desde el Talmud hasta los panfletos del Ché Guevara. Y es que no hay idea más vieja que la de lo nuevo. Una señora de edad avanzada también se emocionaba ante las cámaras explicando el entusiasmo que le produce asistir al alumbramiento de una nueva república. Me acordé de Kant quien, hablando sobre la Revolución Francesa, venía a decir: Es una auténtica barbarie, pero la gente siente entusiasmo por la idea de estar trayendo el Bien a la Tierra. "Entusiasmado" significa en griego "que lleva un dios dentro", es decir, iluminado, poseído. Hay siempre algo religioso en el entusiasmo político. Los símbolos, las emociones, las creencias lo ocupan todo. Por eso la violencia ya está en marcha e irá a más. La catástrofe, por lo demás, no es solo nuestra, como pretenden quienes se empeñan en ver nuestro país como una anomalía europea. Por todas partes del mundo asistimos al fracaso de la democracia como técnica racional, como procedimiento decisorio. Hace ya mucho tiempo que no hemos experimentado la verdad de que, fuera de la ley, aguardan la violencia y sus monstruos: los monstruos que produce, no la razón, sino su sueño.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Otegi en Cataluña

Como si el ruido permanente de los secesionistas catalanes no fuera ya suficientemente insufrible de por sí, como si no fuera suficientemente humillante la montaña diaria de mentiras, falacias, descalificaciones y desplantes, ahora se les ha ocurrido traer a Arnaldo Otegi para convertirlo en un icono de la causa catalanista. Un tipo que estuvo en prisión por secuestro y pertenencia a organización terrorista. Un tipo que, el 14 de julio de 1997, se negó a participar en la condena del asesinato de Miguel Ángel Blanco, a quien ETA había ejecutado de un tiro en la nuca ignorando una movilización ciudadana sin precedentes. Un tipo que, en 2002, cuando ETA mató a una niña de seis años, Silvia Martínez Santiago, salió a explicar cómo era necesario “racionalizar el conflicto” y las circunstancias que hacían posible que ocurrieran “dolorosos sucesos” como aquel, para inmediatamente culpar a Aznar de lo ocurrido. (¿No suena reciente esto de culpar al presidente del gobierno de lo que hace un grupo de terroristas fanáticos?). Un tipo que, cuando ETA mató (son tantos ya) a López de Lacalle, periodista, fundador de CCOO y un referente en la lucha por las libertades, lo único que alcanzó a comentar fue que el atentado ponía sobre la mesa “el papel de los medios de comunicación en Euskal Herria”.
Este es el tipo y es conocido por todos. En realidad, lo cuento porque tal vez haya quien me lea y no conozca aquella parte -tan reciente que casi es presente- de la historia de España. Yo no soy ningún sabio ni un experto en política, pero he leído a Marcuse, a Horkheimer, a Benjamin, a muchos de los que lucharon en Europa contra el fascismo cuando el fascismo no era una palabra que usan los niñatos para desprestigiar el sistema que los mantiene con vida y libres. ETA y su mundo han sido lo más parecido que ha habido, ya en una España constitucional, al totalitarismo genocida europeo de los años 30 y 40.
El otro día, el símbolo de aquel totalitarismo todavía invicto, fue a la televisión pública catalana para mofarse de Albert Rivera, tras abrazarse y hacerse selfies con simpatizantes independentistas por las calles de Barcelona. Siendo lo menos malo que ha hecho en su vida, me pregunto cómo hemos llegado a este estado miserable de impunidad y olvido. Ese estado que nos ha llevado a presenciar marchas nocturnas con antorchas, quema de banderas, homenaje a terroristas, acoso a partidos de la oposición, y que no es más que la consecuencia de una renuncia al ejercicio del poder nacional y al dominio del discurso político. Y, aunque no tengo muchos motivos para la esperanza, todavía deseo que, con la misma higiene democrática con que se ilegalizó y desmontó el entramado político que hacía posible la supervivencia de ETA, se ponga fin al golpe de Estado en Cataluña y toda la inmundicia moral que lo rodea.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Elogio y refutación del humor

La escena es bien conocida: Un monje llamado Jorge de Burgos -facciones duras, ojos blanquecinos por la ceguera- le explica a Guillermo de Baskerville (trasunto literario de Ockham, la incipiente modernidad nominalista) cuáles son los peligros de la risa. "La risa es un viento diabólico -dice el airado monje- que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos". La descripción del monje busca, obviamente, nuestra antipatía. Su odio a la risa es solo expresión de un odio general, más profundo, contra el ser humano y contra la vida. Representa la mirada irritada de un mundo que prefiere la férrea seriedad del orden a la caótica alegría de una libertad venidera. Jorge -¡atención spoiler!- resulta ser finalmente el responsable de las extrañas muertes acontecidas en la abadía, al haber envenenado las páginas de un libro de Aristóteles dedicado a la risa. 

Pues bien: Cuando Aristóteles, en la Poética, se ocupa de la comedia y el humor, señala con claridad que se trata de un arte de segunda. "Lo cómico -dice- es un defecto y una fealdad que no contiene ni dolor ni daño". Imita, frente al gran arte de la tragedia, aquello que es feo, miserable, estúpido, no ejemplar. A pesar de este papel secundario, la comedia tiene su lugar en el arte, y precisamente porque pone de manifiesto la imperfección, pudo convertirse con el tiempo en un arte proclive a la crítica. Especialmente a la crítica social. La literatura española tiene, desde el Barroco y ya antes, muchos y muy claros ejemplos de ello. En la Alemania del siglo XVIII, el humor, lo cómico y el chiste alcanzaron incluso dignidad filosófica cuando los primeros románticos convirtieron el concepto de Witz en una categoría metafísica. Novalis decía que el ingenio humorístico (Witz) era electricidad espiritual, lo que atraviesa y unifica todos los conceptos. Pero el propio Schlegel advierte que "el Witz entendido como instrumento de la venganza, es tan peligroso como el arte entendido como instrumento de la curiosidad".

En efecto, hay algo peligroso en el humor, y he pensado en ello cada vez que algún problema social ha sido tratado frívolamente en un tuit, una viñeta, un meme humorístico. Cada producción del espíritu humano genera sus propias contradicciones y en esto el humor no es una excepción. Pone de manifiesto, intuitivamente, las disonancias del mundo, pero, al hacerlo, prescinde de las reglas lógicas del discurso. Ignora -cuando no asume deliberadamente- la facilidad con que una falacia se instala en el lenguaje y hace imposible el entendimiento. 

Pues bien: El estado de nuestra época es el de una sociedad de la risa gratuita, del humor sin motivo ni fin. El mismo hombre contemporáneo que necesita encender la tele, la radio, el ordenador, para no sentir la tristeza de una existencia nihilista, prescinde del debate sosegado, del análisis lento, de la aburrida información. Desconoce cuanto Hegel llamaba el "lento trabajo de lo negativo" y lo sustituye por un borrón, una negación abstracta, un chiste que tapa con la risa la seriedad de las cosas y que, en general, solo conserva su carácter humorístico en la medida en que se ríe de los otros. Se acuerda uno entonces de aquella famosa escena de En busca del fuego en que los neanderthales -inspirados por la joven sapiens- aprenden a reír cuando uno de ellos le tira una piedra en la cabeza a otro. Es, literalmente, una risa simiesca. Entonces el chiste, la viñeta, el humor no solo se desvisten de su potencial ilustrado y emancipador, sino que se convierten de hecho en el modo como se consuma la tendencia involutiva de las sociedades postmodernas: el chiste se convierte en un instrumento de la incomunicación, de la fragmentación tribal, de la venganza. 

No es difícil constatar que hoy, en las sociedades postmodernas, el humor se ha convertido en un absoluto: Debe haber humor en los debates políticos, en los mensajes de whatsapp, en los programas de cocina, en las misas y en la información meteorológica. Dan ganas de decir que no hay nada más deprimente que esta sobrecarga de risas simiescas. El humor es, sí, un absoluto y, como tal, es también un tabú: uno puede decir cualquier barbaridad y pretenderse al margen de todo juicio ético o penal con tal de aducir que "solo es un chiste". Es decir, que el chiste se ha convertido en lo más serio que tenemos. 

Termino. Suele decir mi amigo Bernardo que la vida es un cachondeo. Y tiene razón. Pero -permítanme el chiste hegeliano- también es verdad lo contrario: que la vida es una cosa muy seria. El enfado de Jorge de Burgos -tan desagradable a nuestra sensibilidad- tal vez tenga algo que decirnos a los hombres del final de la historia: La risa unifica a los hombres en el ridículo teatro de una vida siempre contradictoria y deficiente. Tal vez no deberíamos enfrentar un destino tan épico con las facciones deformadas, empujados por ese viento diabólico que hace que los hombres parezcan monos.

sábado, 26 de agosto de 2017

La unidad esa, sí

El otro día, gracias al elenco pluralista de mis amigos de Facebook, tuve ocasión de leer un artículo muy interesante que sin ellos, seguramente, se me habría pasado. El texto se titula "La unidad esa" y el medio en que aparece es CTXT, diario que se autodefine como progresista y que está dirigido por Miguel Mora, ex periodista de El País. Para que no haya confusión respecto al sesgo ideológico del artículo -permítase el lector ir más allá del aparente ad hominem-, su autor es Guillem Martínez, escritor y periodista que en 2015 aparece entre los firmantes de un manifiesto en apoyo de Barcelona en Comú
En el texto -que ya digo me parece bien escrito y argumentado- el autor se queja de que, gracias al atentado de Barcelona y de las llamadas a la unidad de las fuerzas políticas y sociales, ha sido posible ver cosas inauditas: el Rey presidiendo un acto sin ser increpado, políticos laicos en una misa católica, etc. La violencia terrorista -arguye- tiene siempre como efecto secundario un engrosamiento de la legitimidad del statu quo al producir una falsa apariencia de uniformidad en torno al gobierno y las instituciones. 
El artículo me ha hecho pensar en cómo, efectivamente, es la sociedad civil la que espontáneamente produce esa unidad mientras la clase política se empeña en sacar tajada partidista con los cuerpos todavía calientes en la morgue. Desde Hobbes y Spinoza, por lo menos, la finalidad del contrato democrático consiste en suprimir la violencia. La democracia es entonces un teatro en el que los actores disputan sus propios roles, sus intereses, sus concepciones morales o lo que sea. Pero detrás de ese teatro están el estado de naturaleza, la barbarie, la guerra de todos contra todos, la disolución de la convivencia democrática, la guerra, la violación, la esclavitud, la rapiña y el hambre. Cosas serias. Por eso, cuando la violencia eclosiona de una manera especialmente brutal, el espectro de la violencia primigenia reaparece. Y ahí es donde tiene sentido la llamada a la unidad: no a una falsa unidad ideológica, que es imposible e incluso contradictoria con el sistema, sino a la unidad del deseo de convivir de acuerdo a leyes y de resolver las diferencias por procedimientos democráticos. Pasa con los actos terroristas, pero también con los asesinatos machistas o con las grandes catástrofes naturales. Es la unidad del Leviatán frente al miedo que, según Hobbes, lo creó. Y por eso me parece especialmente acertado el lema surgido como respuesta al atentado de Barcelona: no tinc por, mejor así, en singular. El individuo sin miedo como sentido último de la convivencia política. Y por eso, una vez más, la izquierda reaccionaria y el nacionalismo antisistema explicitan su naturaleza antidemocrática cada vez que, como está ocurriendo en los últimos días, anteponen su propia concepción del orden político o de la forma que ha de tener la jefatura del Estado a la manifestación de esa unidad anterior que garantiza nuestra existencia. Son, en toda situación, el parásito totalitario de nuestra democracia.


jueves, 16 de marzo de 2017

Despedida

La casa de mis padres es un alcázar blanco rodeado de verde. Allí, escondido en la sombra de los setos, suele dormitar Lolo, nuestro gato, al abrigo del sol y de las perturbaciones del mundo. Cuando pasas a su lado, a veces consigues entrever sus ojos amarillos parpadeando levemente con gesto de desprecio sobrenatural. Solo los gatos consiguen elevar el desprecio a virtud: un desprecio aristocrático, señorial, übermenschlich. En clase siempre pongo a Lolo como ejemplo de filósofo helenístico, pues domina el arte de vivir conforme al orden de las cosas. Sin deseos, sin preocupaciones, sin artificios. Un maestro de la ataraxia. Podía yacer durante horas como una esfinge y, en un segundo, saltar sobre pájaros y ratones para devorarlos: seguía, como la araña de Spinoza, el divino orden de los efectos y las causas. El mundo humano está lleno de inútiles frustraciones; en el mundo de Lolo, todo es como debe ser. Por eso, cuando ayer sintió que su final era inminente, se acercó plácidamente a la puerta de la casa de mis padres para morir a sus pies. Y yo no quiero que termine el día sin despedirme de él con estas palabras, pues ya nunca volverá a sentarse en mi regazo mientras la tarde cae sobre los viejos árboles. Ya nunca volveré a acariciarlo mientras me duerme el ronroneo que hace felices y mansas todas las cosas. Hasta siempre, compañero de siestas y de juegos, señor de los alféizares y de las altas ramas, noble guardián de la casa de mis padres. Nos reuniremos en la tierra que a todos nos aguarda.

domingo, 2 de octubre de 2016

Un sueño

Tuve un sueño: al regresar al coche, lo encuentro cubierto por una enorme montaña de leña. Una pila de ramas y troncos geométricamente dispuestos en un orden perfecto. Trato de apartarlos, pero a cada esfuerzo aparecen nuevas ramas en el lugar de las anteriores, cada vez más altas. Entonces, imagino la vida entera como un orden minucioso bajo el que se asfixia lentamente algo muy mío, algo que no consigo salvar.

Por suerte, solo es un sueño.

domingo, 21 de agosto de 2016

La decisión

“Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. (...) Pero el que decide es nuestro carácter”. La cita es de Ortega, a quien he estado releyendo este verano. Si tiene razón nuestro filósofo más afamado, vivir significa elegir y cada individuo es, en mayor o menor medida, coautor de su propia existencia. Esta definición me lleva –lejos en el tiempo y en el espacio– a Kierkegaard, el filósofo a quien leían Faemino y Cansado. Para el danés, la libertad va unida a la angustia ante el infinito abanico de todo lo posible, de la que solo nos saca la decisión. La angustia procede del miedo a renunciar a todo cuanto se nos ofrece como pura posibilidad: el miedo a comprometerse en una relación y renunciar a otras; el miedo a elegir una profesión en lugar de cualquier otra; el miedo en general a la vida, que es riesgo, sacrificio y finitud. Así, el infantilismo podría caracterizarse como la negativa a asumir esta verdad: que vivir exige tomar decisiones que desembocarán en consecuencias, y que toda decisión es, al mismo tiempo, una renuncia, una transmutación de la posibilidad infinita en realidad finita.

Le daba vueltas a todo esto al contemplar un día más el panorama siniestro de la política nacional. Pensaba que alguno –yo mismo, sin ir más lejos– podría ver en el actual modo de hacer política del PSOE ciertos rasgos de este infantilismo. Respecto a la investidura, claro, pero no solo. Hace años que su vicio es el mismo: quiere ser serio y europeísta pero, al mismo tiempo, tontea con las promesas anti-sistema del populismo; quiere ser un partido español, incontestable defensor de la unidad nacional, pero hace guiños al discurso de los nacionalistas, a veces para gobernar con ellos, otras como simple muestra de su obsesión por no hacer nada con la derecha; quiere ser socialdemócrata y, a la vez, toda la izquierda; quiere ser escrupulosamente laico, pero da el salto mortal al anticlericalismo cuando puede; no quiere apoyar un gobierno del PP, no quiere llevarnos a terceras elecciones, no quiere articular un gobierno alternativo. Quiere no tener que decidir y, al no decidir, toma la peor decisión: decidir la nada.

Cuando, en el Congreso Extraordinario del año 79, se decidió abandonar las tesis marxistas, muchos pensaron que una decisión de tal magnitud haría peligrar la hegemonía del PSOE en el ámbito sociológico de la izquierda. No fue así, pero toda decisión conlleva riesgos, y la única actitud viable a la larga es asumirlos. Habrá que ver qué tipo de riesgos están dispuestos a soportar los actuales dirigentes del Partido Socialista, porque después de todo lo dicho no conviene olvidar la inquietante coda de la cita de Ortega: quien decide es siempre nuestro carácter.

sábado, 30 de julio de 2016

La zorra y las uvas (el resentimiento en la política)

Hay una vieja fábula atribuida a Esopo que narra el esforzado intento de una zorra por alcanzar un racimo de uvas demasiado alto. Tras fracasar una y otra vez, la zorra se aleja y exclama, desdeñosa: “¡Todavía están verdes!”. Suelo usar esta historia en clase para ilustrar el concepto de “resentimiento” en Nietzsche: el odio que profesamos hacia todo aquello que secretamente queremos pero no somos capaces de alcanzar. El odio de la impotencia alterando el valor de las cosas. A veces uso otro ejemplo: esa persona que, tras haber estado enamorada de otra de un modo no correspondido, termina diciendo: “¡No sé cómo pude enamorarme de alguien tan feo y estúpido!”. La vida cotidiana está llena de ejemplos de esta perversa alteración del valor que nos permite sobrellevar la frustración y que, por eso mismo, es solo un mecanismo psicológico de supervivencia emocional bastante simple. “Desde su impotencia –decía Nietzsche– crece en ellos el odio hasta convertirse en algo gigantesco y siniestro, en lo más espiritual y lo más venenoso”.


Ocurre, sin embargo, que esa inversión de los valores (despreciar lo bueno que no está a nuestro alcance, apreciar lo mediocre que sí lo está) no afecta solo a los bienes exteriores (las uvas maduras, las chicas guapas, las asignaturas difíciles, la merecida fama) sino también a los bienes interiores: así es como el tonto suele despreciar la inteligencia; el ignorante, la cultura; el débil, la fuerza; el miserable, la honestidad. El resentimiento –decía Max Scheler, otro de sus grandes teóricos– es una autointoxicación psíquica: en el fondo de nuestra oscura caverna psicológica nos vengamos de una realidad empeñada en no rebajarse a nuestra altura.

El resentimiento es un odio enmascarado hacia la vida. Una vida que no nos da lo que deseamos, que no se pliega a la forma de nuestra voluntad. Entonces, el resentimiento conduce necesariamente a un escenario psicológico en el que nadie es mejor que yo, en el que no existe nada valioso que no me pertenezca de antemano, en el que las uvas maduras nunca están demasiado altas. La jerarquía, la diferencia, es ofensiva para el resentido. Lo decía Chesterton, a su modo: “Quizá la mediocridad consista en estar al lado de la grandeza y no darse cuenta”. Fuera del mecanismo del resentimiento, uno tiene dos opciones ante la grandeza: se puede aspirar a alcanzarla por medio del esfuerzo y la obstinación, o se puede simplemente admirarla, reconociendo que está muy por encima de uno mismo y disfrutar del hecho de que al menos sí esté al alcance de otros. Aspirar a la inteligencia, al saber, a la virtud, o al menos admirarlos en otros. Ambas opciones respetan la naturaleza jerárquica de los valores: los dejan en el lugar que merecen. “Un alma delicada –decía Nietzsche en Humano, demasiado humano– se siente molesta al saber que hay que darle las gracias; un alma grosera, al saber que tiene que darlas”.

Nietzsche fue el primero en percibir el modo como el resentimiento había sido capaz de crear sistemas de valores a lo largo de la historia, y el primero también en detectar que este mecanismo impregnaba, de manera alarmante, toda la vida espiritual de la Europa moderna. Su intuición fue desarrollada, en diferentes sentidos, por Scheler y Ortega. El resentimiento en la moral de Max Scheler aparece en 1912 y La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, en 1929. Ambas se publican, pues, cuando en Europa es ya muy clara la sintomatología política y social de una enfermedad que Nietzsche había diagnosticado veinte años antes de que terminase el siglo XIX y que alcanza su desarrollo total en nuestra propia época. “Aprended esto de mí –clamaba Zaratustra– en el mercado nadie cree en hombres superiores. Y si queréis hablar allí, ¡de acuerdo! Pero la plebe responderá, parpadeando, «todos somos iguales»”.

La moral dominante niega la diferencia, la excelencia, el mérito, así como la grandeza intelectual y moral. Lo que Ortega llama el "hombre masa" –es decir, el individuo en cuanto no se diferencia de ningún otro por ninguna cualidad especial– se convierte en prototipo de existencia. “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”. Esto se confirma cada vez que uno se toma la molestia de observar qué tipo humano, qué paradigma de la existencia se predica desde los programas televisivos, las tertulias, las listas de los partidos políticos, los ídolos deportivos. Por todas partes, ocupando los principales espacios de la vida común, hay hombres vulgares convencidos de que su vulgaridad es la medida de todo valor. Todos somos iguales, y por tanto debemos parecerlo: he aquí la base de esta universalizada e hipócrita estética de la humildad que nos rodea. La mediocridad es convertida en la medida de todo valor. Como dice en España invertebrada, "la rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de estos -he aquí la razón verdadera del gran fracaso hispánico". Y este fenómeno alcanza a toda la vida social europea: “El europeo que empieza a predominar sería, relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo, un bárbaro emergiendo por escotillón, un «invasor vertical»”. Este invasor vertical es también el que, en la acción política contemporánea, se manifiesta en las múltiples dogmáticas de la democracia directa: cualquiera es tan bueno como cualquier otro, no hay que encargar la política a ningún representante, pues la representación es en sí misma una jerarquía, y por tanto, el último residuo de la desigualdad. 


Otro de los rasgos del resentimiento político es su amnesia histórica. Nunca ha habido en la historia de la humanidad tanto tiempo de paz, prosperidad y libertad como el que disfruta el mundo de las democracias liberales actuales, y ello a lo largo de cuantos sistemas de organización social, política, moral y religiosa han existido. Pero el resentido no puede aceptar algo que implicaría el reconocimiento de su propia condicionalidad: que el simple hecho de existir ya nos pone en una situación de inferioridad y dependencia respecto al pasado. Somos siempre efecto antes que causa. “Quien pertenece a la plebe –dice Nietzsche – tiene una memoria que solo alcanza al abuelo, el tiempo termina en el abuelo”. Es esto lo que conduce a lo que Ortega llama “la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia”. La creencia infantil en que los logros históricos, los derechos adquiridos, son connaturales a la propia existencia, que no son algo conquistado y, por tanto, en permanente riesgo de pérdida. La civilización como naturaleza, no como empresa. Parecería que -en su intuición general, pues en los detalles Ortega se contradice como nadie- este es el terreno donde se juega la condición moral y política de nuestro tiempo: entre un negacionismo del pasado revestido a veces de falso progresismo, la mediocridad elevada a virtud colectiva, y la negativa a reconocer el valor de los mejores, la verdadera aristocracia del mérito y de la condición –no la de la sangre o la clase social– que siempre han guiado las grandes empresas históricas de la humanidad. 

jueves, 28 de julio de 2016

La hemiplejía moral del populismo

Si el alcalde de Granada le dice a Teresa Rodríguez que "cuanto más tapada la boca, mejor", es un machista repugnante, pero si Pablo Iglesias dice que quiere azotar a Mariló Montero hasta hacerla sangrar, se trata de una conversación privada y una simple broma. Si en las listas de Ciudadanos va un humorista como Felisuco, es un fichaje ridículo y risible, pero si en las listas de Podemos va un analfabeto como Cañamero, con decenas de querellas a sus espaldas y que manifiesta abiertamente no someterse al poder judicial, se trata de un hombre del pueblo y criticarlo es clasista. Si España está como está, es culpa de las malvadas élites que no quieren contribuir al pago de los derechos laborales de los trabajadores, pero si Echenique contrata a un asistente sin pagarle la seguridad social, no es más que un hombre humilde víctima del sistema. Así es la hipócrita indignación de los indignados, su ética unidireccional, la hemiplejía moral del populismo.

miércoles, 13 de julio de 2016

El caso Rajoy

Alguien debería escribir un libro que tal vez quisiera titular El caso Rajoy, inspirado en aquel que Nietzsche dedicara a la psicopatología colectiva que hizo posible el triunfo de la música de Wagner. La tesis era, en aquella obra, que la música de Wagner triunfa solo en la medida en que excita los sentimientos mientras desatiende todo lo que es propiamente música. Como las canciones de Pablo Alborán, para entendernos. Rajoy también es un caso curioso. Su triunfo político se lo debe a una genial renuncia a todo cuanto es político: la resolución, la gestión, la negociación, la representación. Rajoy funciona como una película de terror: ocultándose a sí mismo como el misterio que, al revelarse, se mostraría vano y acabaría con la tensión. Hace poco me decía una amiga alemana, al verlo en la tele, que le parecía un tipo competente y serio. En otra ocasión, alguien me comentaba que parecía un abuelillo simpático, a lo que solo habría que añadir: agredido por unos jovenzuelos insolentes y crueles. Pero esta curiosa combinación de amable ancianidad, competencia fingida y victimización no es todo. Como decía, Rajoy renuncia a dar cuenta de su gestión, renuncia a exponerse a la prensa, renuncia a sentarse en una mesa para hablar de qué piensa hacer en los próximos años y con quién. Todo ello le permite danzar sobre sí mismo mientras el universo se colapsa a su alrededor. Esta danza se repetirá en los días previos a la investidura: muchos pensamos que, dadas las circunstancias salidas de las urnas, lo más razonable sería que Rajoy encabezara el próximo gobierno. Cualquiera entiende, no obstante, que ello le exigirá, por la propia situación parlamentaria, dialogar y ceder ante otras fuerzas. Pero Rajoy usará otra vez su magia para obligar a los demás a moverse alrededor de él mientras logra evitar cualquier contacto profano con la realidad que aborrece. Con el obvio respaldo de sus 137 diputados conseguirá hacer invisible la también obvia realidad de que tiene enfrente a 213 diputados de la oposición y a un país que reclama, incluso desde sus propias filas, la renovación de muchas cosas. Él seguirá siendo el agujero negro alrededor del cual giran, mientras son engullidas, las galaxias.

miércoles, 29 de junio de 2016

Deseo postelectoral

Corría el año 2011 y la crisis era más que incontestable. Tras un final de legislatura socialista desastroso, Rajoy ganaba las elecciones con 10,7 millones de votos y 186 escaños. Los españoles pensaban que era tiempo de cambiar, de dar a los conservadores la oportunidad de enderezar todo aquello que parecía desmoronarse: la prosperidad económica, la cohesión social, la integridad territorial, y no sé cuántas cosas más. Por aquellos entonces, Rajoy daba la sensación de ser un tipo inteligente, de discurso ágil, con una gran capacidad política. Cuatro años después, a muchos se nos presenta como un presidente incapaz, jefe de un partido político corrupto hasta la médula, que deja atrás terribles leyes medioambientales, un elevado desempleo y mucho trabajo en condiciones precarias, una ley contra la libertad de expresión, subidas generalizadas de impuestos, una ley de educación para olvidar pronto y un catálogo memorable de desplantes institucionales. Resulta ilustrativo escuchar uno tras otro dos discursos de Rajoy -en el debate sobre el estado de la nación de 2011 y, ya como presidente del gobierno, en el mismo debate de 2012- para comprobar hasta dónde puede llegar el cinismo, la manipulación, la mentira como sistema.

Sin embargo, el PP de Rajoy ha ganado las elecciones. Lo ha hecho, además, por segunda vez, y de modo aún más contundente que la anterior. No importa qué horrible pueda parecerles a algunos este hecho: su victoria es incuestionable. Con quinientos setenta y tres mil votos más que las elecciones de 2015 y con más de dos millones de votos por encima del segundo partido, el PP ha sido el único que ha mejorado su resultado respecto a la vez anterior: más de cien mil ha perdido el PSOE; un millón, la suma de Podemos e IU; más de cuatrocientos mil, Ciudadanos. Los partidos políticos tuvieron la oportunidad de presentar a la sociedad las propuestas que consideraron oportunas y, por primera vez en la democracia, tuvieron también la oportunidad de mostrar cómo conciben la conformación de mayorías parlamentarias y de acuerdos de gobierno. Después de todo ello, España ha votado mayoritariamente al PP. No importa cuánto me apene esta situación. Personalmente, hubiera preferido que Ciudadanos, un partido reformista y situado ideológicamente en el centro político, tuviera mucha más fuerza de la que tiene hoy. Mis preferencias no importan, como tampoco importan las pataletas de los que solo creen en la democracia cuando sirve para poner a sus pies las instituciones. Hay muchas cosas que aprender de lo ocurrido. Una de ellas es que hay una España que desconocemos, que está más allá de la algarabía de Twitter, de los editoriales de los periódicos, de los debates televisados, de las charlas en la Universidad. Hay muchas Españas que han votado por astucia, por miedo, por rabia, por esperanza, por fidelidad, por hastío, por convicción, por contraste, por quién sabe qué cosas. Un amigo me decía hace poco que no podía votar a Rivera porque le parecía "demasiado pulcro": el corazón del votante es inescrutable. El número de votos, por suerte, no lo es.

Rajoy debería gobernar, y los partidos que no han ganado las elecciones deberían facilitarlo. Por supuesto, ganar no es suficiente y, en una democracia parlamentaria, el PP tendrá que hacer lo que no ha hecho durante cuatro años: construir puentes. Espero que esos puentes impliquen reformas, concesiones que tendrá que hacer a cambio del gobierno, proyectos a medio plazo y políticas ambiciosas. No las que ellos, nuestros políticos, tal vez hubieran querido, sino las que España, que ha hablado por segunda vez, necesita.

martes, 10 de mayo de 2016

Hannibal abraza a Gramsci

La jugada, maquiavélicamente hablando, ha sido magistral: un grupo de viejos comunistas, muchos de los cuales habían militado en partidos de izquierda radical, ponen en marcha un partido al calor de la crisis y el descontento social. Lo presentan como un partido nuevo y transversal, que no se sitúa ideológicamente en el eje derecha-izquierda, a pesar de lo obvio de su discurso, sus líderes, sus filias y sus fobias, y gran parte de su programa. Como tales recogen el voto de diferentes fuentes del descontento ciudadano para, al final, volver a los cálidos brazos de la Madre Revolución. Fuera de las trincheras hace demasiado frío. El acuerdo es la ejecución del imperativo gramsciano de asaltar el poder en el difícil contexto de una sociedad en la que los comunistas resultan prácticamente extraterrestres. Y es a esto, creo, a lo que, botellín en mano, se refería Pablo Iglesias al anunciar su acuerdo desde la Puerta del Sol citando a Hannibal, el del Equipo A: "me encanta que los planes salgan bien". La cuestión por aclarar es a cuántos de sus votantes les gustará constatar que la regeneración era solo la estrategia de la viejísima izquierda comunista para alcanzar el poder a toda costa.

domingo, 8 de mayo de 2016

Conmociones

Hoy he leído una noticia que me ha conmocionado, a pesar de que cuando uno vive un tiempo en Dos Hermanas tiende a alcanzar cierta insensibilidad ante lo inverosímil: a uno llega a parecerle normal Melody o Carlos Jesús y hasta se acostumbra a escuchar reguetón saliendo de las ventanas de un carro tuneado en las horas más profundas de la madrugada, o el pasodoble de organillo sonando a todo volumen desde el centro de la plaza hasta la cama. Pero, en fin, a lo que iba: me ha conmocionado la noticia de que el papa del Palmar de Troya, Su Santidad Gregorio XVIII, haya abandonado tan alta dignidad para fugarse con una funcionaria granaína. Lo que me conmociona no es que la mujer sea funcionaria, ni granaína, sino constatar que incluso el más férreo defensor de una creencia ortodoxa pueda perder su fe y abandonarlo todo por una historia -aparentemente bastante corriente- de amor postmoderno. Me ha hecho recordar a la figura del papa jubilado que aparece en la cuarta parte de Así habló Zaratustra: tras largos años sirviendo a Dios, el papa nietzscheano descubre que ha dejado de creer en él. No sé si Gregorio XVIII llegará a tanto. De momento está viviendo una historia de amor mundano que imagino acompañada de cierta angustia en alguien que, hasta ayer mismo, dirigía una Iglesia que considera santos a Hitler y a Franco. Y fue pensando estas cosas como tuve mi última conmoción: me imaginé cuántas personas habrá en el mundo creyendo firmemente una tontería mayúscula en la que podrían dejar de creer por otro motivo aún más tonto. Lo que me conmociona no es que creamos tonterías -que todos lo hacemos- sino que las creamos firmemente sin más motivo que esa conciencia subjetiva de poseer la verdad, conciencia que carece de valor más allá de nuestro propio orgullo. Recordé, impresionado, un texto de Nietzsche que siempre he considerado un bello Evangelio. Al fin y al cabo, son a menudo los apóstatas, y no los conversos, quienes pulen las aristas soberbias de toda fe. “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo”.

viernes, 15 de abril de 2016

Locke y la tolerancia

La Carta sobre la tolerancia de Locke es una obra muy importante, de esas que marcan y describen perfectamente una época. Un famoso fragmento dice así: "No es la diversidad de opiniones (lo que no puede evitarse), sino la negativa a tolerar a aquellos que son de opinión diferente (que podría ser permitida) lo que ha producido todos los conflictos y guerras que ha habido en la Cristiandad a causa de la religión". Releyéndola hoy para sacar algún texto que usar en clase, me ha asaltado un pensamiento perturbador. Se me ha ocurrido que, tras la indudable buena fe de sus ideas, se esconde una superstición: la creencia en que se puede separar lo que el hombre piensa de lo que el hombre hace, que es posible imponer una divisoria política entre el ser y el hacer. Por ejemplo: que podemos permitir que el hombre piense aberraciones, exprese ideas equivocadas, pierda su interioridad, y que ello no ha de tener repercusión alguna en nuestra convivencia social y política. Su fórmula sería: “Piensa lo que quieras, pero actúa de acuerdo a las leyes”. Pero, ¿no muestra precisamente nuestro tiempo que tal cosa es imposible? Desde la violencia de género al terrorismo yihadista, ¿cómo seguir creyendo que se puede mantener la paz entre los radicalmente diferentes con la sola fuerza de una ley abstracta y de unos ideales cívicos que precisamente no todos comparten? Esa idea -que es la esencia misma de la modernidad y que garantiza la separación del espacio público del privado- podría ser entonces un simple mito, uno de los últimos mitos de la Ilustración.

jueves, 7 de abril de 2016

Emprendedores

Noto últimamente a los medios especialmente proclives a publicar las opiniones políticas y sociológicas de reconocidos expertos como Cristina Pedroche y Antonio Banderas. La primera dijo el otro día algo tan profundo como que ser de izquierdas significa querer el bien de los demás, y el segundo se quejaba hace poco de que los jóvenes españoles prefieran ser funcionarios a emprendedores. Le resulta raro a él que una persona prefiera tener un sueldo y un empleo fijos a arriesgar su vida, su tiempo y sus esperanzas en un proyecto que tendrá que darse de cabeza mil veces contra la Administración y contra la propia naturaleza del sistema. Yo, que soy funcionario, me considero emprendedor: estudié filosofía contra todas las voces que -a excepción de mis padres, benditos sean- me advertían de que moriría pobre y loco. Y, al menos en lo primero, se equivocaron. Pero a lo que iba: lo que más me llamó la atención fue ver a Banderas representando el papel de aquello que Marx consideraba ideología en el sentido más alienante del término: los Zuckerbergs, Gates y Banderas del mundo vienen a decirnos que ellos mismos son el ejemplo viviente de que es posible cualquier cosa, de que la sola voluntad, unida al esfuerzo y al sacrificio, bastan para que cualquier hombre pueda cumplir sus sueños, por muy ambiciosos que sean. En el lema del si quieres, puedes se condensa toda la falsa autoconciencia de nuestro tiempo. La gran mentira del capitalismo. Evidentemente, tras los rostros sonrientes de los triunfadores se esconden las millones de personas a las que la configuración del sistema -en sus diferentes registros, tanto culturales como económicos- impedirá cualquier tentativa de éxito. También allí se oculta que incluso la decisión de emprender no es un acto de la libre voluntad, sino que está ella misma posibilitada por condiciones sociales y económicas a las que no todo el mundo tiene acceso. Así que no me resulta tan extraño que los más listos prefieran dejar dormir sus sueños a la sombra de las palmeras.

lunes, 28 de marzo de 2016

Filosofía contemporánea para iniciados

Obediente y servicial, ofrezco aquí una lista de libros para quienes me han pedido -por motivos diversos e inconfesables- introducirse en las oscuridades abisales de la filosofía contemporánea. Aún estáis a tiempo: corred, insensatos.

KIERKEGAARD. ¿Quién no querría leer libros titulados como La enfermedad mortal, Temor y temblor o El concepto de la angustia? Tiempo, angustia, muerte, Dios, libertad: los grandes temas de un gran filósofo.

SCHOPENHAUER. El arte de insultar: altamente polémico. Parece Twitter.

NIETZSCHE. Siempre recomiendo El crepúsculo de los ídolos para empezar con Nietzsche. Otras opciones sencillas, pero igualmente valiosas, son El nacimiento de la tragedia  o Más allá del bien y del mal.

MARX. Sería un sádico si recomendase El capital. Las obras de Marx son arduas y están llenas de conceptos de economía. Es mejor empezar con El manifiesto comunista, donde Marx quiso divulgar en un lenguaje más sencillo sus ideas.

FREUD. Un buen libro es El malestar en la cultura. Tiene de interesante que contiene las ideas fundamentales de Freud pero, además, las usa en una crítica a nuestra sociedad y sus múltiples represiones.  Sexo, violencia y dominación: ¿quién necesita a Christian Grey teniendo a Sigmund Freud?

HEIDEGGER Y SARTRE. Dos obras breves que deben ser leídas una detrás de otra: El existencialismo es un humanismo, y la respuesta de Heidegger a esa obra, su Carta sobre el humanismo. Cómo ser humanos y cómo pensar tras "la muerte de Dios". Polémica filosófica de alto voltaje.

ORTEGA Y GASSET. La rebelión de las masas. Una crítica a los movimientos totalitarios, un gran libro de filosofía política. Otra opción es Estudios sobre el amor. Dicen que Ortega ligaba bastante, pero no esperéis demasiado romanticismo en estas líneas: Ortega es Ortega.

HORKHEIMER Y ADORNO. Un libro bastante difícil, pero fundamental en el pensamiento político del siglo XX: Dialéctica de la Ilustración. Cómo, al intentar comprender la realidad, terminamos dominando y explotando al mundo y a los otros seres humanos.

RAWLS Y HABERMAS. Estos dos importantes filósofos de nuestra época (Rawls murió en 2002, pero Habermas sigue vivo) discuten grandes temas políticos en Debate sobre el liberalismo político.

RORTY. La filosofía y el espejo de la naturaleza es un importante libro que se considera clave en el llamado "pensamiento débil", la "nueva retórica", el "neopragmatismo" y en general la filosofía contemporánea que busca itinerarios nuevos partiendo de la idea nietzscheana y heideggeriana de que la metafísica está bien muerta y enterrada.

SCHUMACHER. No, no se trata del campeón de Fórmula 1 tristemente accidentado, sino del economista alemán que publicó Lo pequeño es hermoso: economía como si la gente importara. Es una obra menor al lado de las anteriores, pero es un hito en el pensamiento ecologista y en la búsqueda de alternativas al modelo económico existente. 


Creo que es suficiente para empezar. Cuando os sumerjáis en sus oscuras páginas, recordad las palabras de Ortega: "sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender".